Adviento. Preparación a la Natividad del Señor.

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¿Identidad Cristiana?

En nuestros días, a partir de octubre ya se pueden ver adornos navideños en los comercios, tanto en los países de tradición cristiana como en los de Oriente Medio, Japón o China. Numerosas páginas de internet recogen fotografías y comentan las costumbres que han surgido en todos los países durante los últimos años en torno a la Navidad: conciertos de música clásica, cenas para enamorados en restaurantes occidentales, Christmas Cake para el cumpleaños de Santa Claus, etc. Las películas de Hollywood han extendido una identificación de este tiempo con las decoraciones espectaculares, los conciertos benéficos, los personajes de la factoría Disney, el intercambio de regalos y los buenos sentimientos, acompañados por algún gesto de caridad, pero sin referencias religiosas explícitas. Para la mayoría de las personas, estas fiestas han perdido su identidad cristiana y se han convertido en unas meras vacaciones de invierno.

 

Pero no debemos fijarnos solo en lo negativo, las características de estas fechas, con su valoración de la vida familiar, de la inocencia de los niños, de los deseos de paz y reconciliación, pueden ser también la manifestación de que perviven algunos valores evangélicos en medio de un mundo incrédulo. Ciertamente, la Navidad no debe reducirse a un cuento para niños ni consiste en un regreso a la inocencia perdida de la infancia, como parecen sugerir las películas que se proyectan en esas fechas.

 

Si la Navidad ha sufrido una transformación tan grande, para la mayoría de nuestros contemporáneos el Adviento ha desaparecido, devorado por unas fiestas de fin de año que cada vez se adelantan y descristianizan más. Hasta el punto de que la misma palabra Adviento se ha vuelto extraña para la mayoría.

 

Se acerca la Navidad y con ella la compra de regalos, la preparación de la cena y la lista de invitados. Pero, ¿Qué es lo verdaderamente importante que debemos preparar? Es importante recordar que el Adviento, es el período de preparación para celebrar la Navidad y comienza cuatro domingos antes de esta fiesta.

 

El Adviento es además, el comienzo del Año Litúrgico que empieza el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son pues, los cuatro domingos anteriores a la Navidad y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía. En este año 2016, ha comenzado el pasado domingo 27 de noviembre y el último domingo de Adviento será el 18 de diciembre.

 

En los templos y casas se colocan las coronas de Adviento, en donde se encuentran cuatro velas de color morado, rojo o rosa, pudiéndose colocar una blanca en el mismo centro de la corona y se va encendiendo una vela por cada domingo. Asimismo, los ornamentos del sacerdote y los manteles del altar se tornan de color morado como símbolo de preparación y penitencia y en el tercer domingo de adviento, (Domingo de Gaudete) se sustituye por el color rosa.

 

Sobre el significado…

El término “Adviento” viene del latín adventus, que significa venida, llegada. El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor.

Se puede hablar de dos partes del Adviento:

Primera Parte.- Desde el primer domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la venida del Señor al final de los tiempos;

Segunda Parte.- Desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, es la llamada “Semana Santa” de la Navidad, y se orienta a preparar más explícitamente la venida de Jesucristo en las historia, la Navidad.

 

Las lecturas bíblicas de este tiempo de Adviento están tomadas sobre todo del profeta Isaías (primera lectura), también se recogen los pasajes más proféticos del Antiguo Testamento señalando la llegada del Mesías. Isaías, Juan Bautista y María de Nazaret son los modelos de creyentes que la Iglesias ofrece a los fieles para preparar la venida del Señor Jesús.

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Origen y significado del nombre

La palabra latina adventus traduce el término griego parusía, que originalmente significaba presencia, llegada, y se utilizaba con varios sentidos. En primer lugar, designaban la manifestación poderosa de un dios a sus fieles, por medio de un milagro o de una ceremonia religiosa. En el ámbito civil, indicaban la primera visita oficial a la corte de un personaje importante (un embajador de otro reino, por ejemplo), con la ceremonia en que tomaba posesión de su cargo y los posteriores festejos. El término parusía-adviento también se usaba para referirse a la visita solemne del emperador a una ciudad, con todo lo que conllevaba: reparto de regalos, banquetes, indultos, etc. De hecho, en unas excavaciones arqueológicas en Corinto aparecieron unas monedas con una inscripción que recuerda la visita de Nerón a la ciudad, denominada Adventus Augusti, y el Cronógrafo del 354 (un calendario de piedra) designa la coronación de Constantino como el Adventus Divi. Como la vida religiosa y la civil estaban totalmente unidas, con la llegada del rey se celebraba la epifanía de un dios en el monarca.

Los Santos Padres de la Iglesia comprendieron que hay una relación profunda entre los deseos de salvación que caracterizaban al mundo grecorromano y el mensaje cristiano. Si los pueblos deseaban la cercanía de sus dioses, sin conseguirla, en un tiempo y en un lugar concretos se ha producido el verdadero adviento, la parusía, la epifanía de Dios. El Hijo de Dios ha entrado en nuestra historia y ha revelado su misterio, hasta entonces inalcanzable para el hombre. En Cristo, Dios ha dado respuesta a la larga búsqueda de los filósofos y de los hombres religiosos de todos los tiempos. De alguna manera, Dios mismo sembró en ellos los deseos de encontrarlo, y los ha satisfecho: «Es conmovedor comprobar cómo ya la humanidad anterior a Cristo vivía anhelando la venida del verdadero Salvador […]. Con los nombres de Adviento, Parusía, Epifanía y otros por el estilo, ofrecía la antigüedad pagana el cuerpo de palabras más apropiadas al milagro de la verdadera manifestación de Dios entre los cristianos, y la Iglesia no vaciló en llenar estos recipientes preparados por el paganismo, al cual guiaba la providencia de Dios, con la verdad que ansiaban» (Emiliana Löhr).

Esto no significa que el cristianismo sea únicamente la respuesta a las esperanzas de las religiones antiguas, ni aun a sus aspiraciones más nobles, ya que Jesucristo supera cualquier expectativa humana. De hecho, el hombre no sabe cuáles deben ser sus aspiraciones, aquéllas que responden al fin para el que fue creado. San Pablo llega a decir que no sabemos lo que nos conviene (cf. Rom 8,26). Y añade que hemos descubierto el eterno proyecto de Dios sobre el hombre, solo porque Cristo lo ha revelado (cf. Ef 1,3-13). Hasta entonces, ese plan permanecía escondido. Aunque el helenismo aceptaba las categorías de venida, aparición o manifestación de lo divino, nunca habría podido aceptar una encarnación de Dios, concebido como un ser totalmente trascendente e incompatible con la materia. El proyecto de Dios, que se ha revelado en Cristo, supera todos los pensamientos humanos (cf. 1Cor 2,9).

Jesús no solo nos ha comunicado los contenidos del eterno proyecto de Dios. Él mismo lo ha realizado y nos ha introducido en él. Eso es algo tan novedoso, que no puede venir de los hombres, sino solo de Dios. Aparecía como algo insensato para los judíos y los griegos de la antigüedad y sigue siendo incomprensible para las religiones y filosofías contemporáneas. Los primeros cristianos se encontraron con la dificultad de expresar estos conceptos sin tener las palabras adecuadas. Por eso tomaron los términos de su ambiente cultural y se sirvieron de ellos, transformándolos. La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra historia concreta.

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Historia del Adviento

Al principio, los cristianos no celebraban el nacimiento de Cristo, sino únicamente su muerte y resurrección. La Pascua era la única fiesta anual y se esperaba el retorno glorioso del Señor durante una fiesta de Pascua, antes de que pasase la generación de sus contemporáneos. La esperanza de la parusía se acrecentaba en la liturgia. Por eso querían acelerarla con su oración, como testimonia la plegaria aramea, de proveniencia apostólica, Maranatha, que encontramos en 1Cor 16,22, en Ap 22,20 y en la Didajé y que tiene dos posibles significados: Ven, Señor, si se lee Marana Tha y el Señor viene o ha venido si se lee Maran Atha.

A partir del s. IV se generalizó la celebración de la Navidad. San Agustín, hacia el año 400, afirmaba que no es un sacramento en el mismo sentido que la Pascua, sino un simple recuerdo del nacimiento de Jesús, como las memorias de los Santos. Por lo tanto, no necesitaría de un tiempo previo de preparación o de uno posterior de profundización. Sin embargo, 50 años más tarde, San León Magno afirmó que sí lo es. El único sacramento de nuestra salvación se hace presente cada vez que se celebra un aspecto del mismo, por lo que la Navidad es ya el inicio de nuestra redención, que culminará en Pascua. Estas consideraciones posibilitaron su enorme desarrollo teológico y litúrgico hasta formarse un nuevo ciclo celebrativo, distinto del de Pascua, aunque dependiente de él. En Pascua se celebra el misterio redentor de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En Navidad se celebra la encarnación del Hijo de Dios, realizada en vistas de su Pascua, ya que «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo […] y se hizo hombre», como dice el Credo.

A medida que Navidad-Epifanía fue adquiriendo más importancia, se fue configurando un periodo de preparación. Las noticias más antiguas que se conservan provienen de las Galias e Hispania. Parece que se trataba de una preparación ascética a la Epifanía, en la que los catecúmenos recibían el bautismo. Pronto se les unió toda la comunidad. La duración variaba en cada lugar. Con el tiempo, se generalizó la práctica de cuarenta días. Como comenzaba el día de San Martín de Tours (11 de noviembre), la llamaron Cuaresma de San Martín o Cuaresma de invierno.

Cuando el Adviento fue asumido por la liturgia romana, en el s. VI, ya había adquirido un paralelismo con la Cuaresma, tanto en su duración como en sus contenidos. De hecho, los antiguos sacramentarios romanos contienen oraciones para seis domingos (que se conservan hasta el presente en las liturgias Ambrosiana y Mozárabe). También el Rótulo de Rávena (colección de plegarias del s. V) recoge cuarenta oraciones, una para cada día del Adviento. La fuerte dimensión escatológica de la Cuaresma y de la Pascua impregnó también el Adviento, llegando a ser su dimensión más significativa.

Junto a la tensión escatológica, el Adviento heredó de la Cuaresma el carácter penitencial, entendido como purificación de las propias faltas, en orden a estar preparados para el juicio final. Por eso, se practicaba un prolongado ayuno. (En la Iglesia Ortodoxa, se sigue ayunando del 15 de noviembre al 24 de diciembre. La víspera de la fiesta solo se puede comer trigo hervido con miel. En Occidente los ayunos se transformaron en abstinencia, excepto en las Témporas de diciembre y la víspera de Navidad. Después del Vaticano II desaparecieron). Igualmente, se generalizó el uso del color negro en los ornamentos sacerdotales (más tarde se pasó al morado), los diáconos no vestían dalmáticas, sino planetas (como una casulla, más pequeña por delante y plegada por detrás) y se eliminaron los cantos del Gloria, el Te Deum y el Ite missa est, así como el sonido de los instrumentos musicales. También se prohibió la celebración de las bodas solemnes. Después del rezo del Oficio Divino, estaban prescritas algunas oraciones de rodillas. En algunos lugares, para asemejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días de Adviento se cubrían con velos las imágenes y altares, igual que en el tiempo de Pasión. Durante siglos, el himno más usado en las misas y en el Oficio fue el Rorate coeli desuper, et nubes pluant iustum (Is 45,8), con las estrofas penitenciales que piden perdón por los pecados.

San Gregorio Magno redujo la duración del Adviento en Roma a cuatro semanas. Durante mucho tiempo convivieron las dos fórmulas, aunque a finales del s. XII se impuso definitivamente el uso breve. Las cuatro semanas evocaban la espera mesiánica del Antiguo Testamento, porque se interpretaban como el recuerdo de los cuatro mil años pasados entre la expulsión de Adán del Paraíso y el nacimiento de Cristo, según los cómputos de la época.

Para contrarrestar el espíritu penitencial, la liturgia reintrodujo el Aleluya los domingos en las antífonas del Oficio, lo que se ha conservado hasta el presente, extendido a los otros días de la semana. Los predicadores subrayaron cada vez más el recuerdo de la historia previa al nacimiento de Cristo, haciendo de la dimensión escatológica (tan importante al principio) algo secundario. Ésa ha sido la característica predominante durante siglos.

La liturgia anual de la Iglesia fue evolucionando y transformándose. Con el tiempo, sirvió para evocar toda la historia de la salvación. Adviento se consagró a los acontecimientos del Antiguo Testamento, Navidad a los misterios de la infancia del Señor, el tiempo después de Epifanía a su vida pública, Cuaresma a su pasión y muerte, Pascua a su resurrección, y el tiempo después de Pentecostés a la vida de la Iglesia.

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LA CORONA

La Corona de Adviento tiene su origen en una tradición pagana europea que consistía en prender velas durante el invierno para representar al fuego del dios sol, para que regresara con su luz y calor durante el invierno. Los primeros misioneros aprovecharon esta tradición para evangelizar a las personas. Partían de sus costumbres para enseñarles la fe católica. La corona está formada por una gran variedad de símbolos:

  • La forma circular. l círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.
  • Las ramas verdes. Verde es el color de esperanza y vida, y Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.
  • Las cuatro velas. Nos hace pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo.

Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Las manzanas rojas que adornan la corona representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.

 

El listón rojo representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

 

Los domingos de Adviento la familia o la comunidad se reúne en torno a la corona de adviento. Luego, se lee la Biblia y alguna meditación. La corona se puede llevar al templo para ser bendecida por el sacerdote.

 

Sugerencias

  1. Es preferible elaborar en familia la corona de Adviento aprovechando este momento para motivar a los niños platicándoles acerca de esta costumbre y su significado.
  2. La corona deberá ser colocada en un sitio especial dentro del hogar, de preferencia en un lugar fijo donde la puedan ver los niños de manera que ellos recuerden constantemente la venida de Jesús y la importancia de prepararse para ese momento.
  3. Es conveniente fijar con anticipación el horario en el que se prenderán las velas. Toda esta planeación hará que las cosas salgan mejor y que los niños vean y comprendan que es algo importante. Así como con anticipación preparamos la visita de un invitado importante, estamos haciendo esto con el invitado más importante que podemos tener en nuestra familia.
  4. Es conveniente también distribuir las funciones entre los miembros de la familia de modo que todos participen y se sientan involucrados en la ceremonia.

Por ejemplo:  un encargado de tener arreglado y limpio el lugar donde irá la corona antes de comenzar con esta tradición navideña.  un encargado de apagar las luces al inicio y encenderlas al final.  un encargado de dirigir el canto o de poner la grabadora con algún villancico.  un encargado de dirigir las oraciones para ponerse en presencia de Dios.  un encargado de leer las lecturas.  un encargado de encender las velas.

Cinco consejos que te ayudarán a vivir este tiempo litúrgico de preparación para el nacimiento del Niño Jesús.  “Que no nos vayan a arrebatar éste tesoro“:

1.- Vivirlo en FAMILIA.

2.- Recordar al festejado. El que nace es el mismísimo Dios hecho hombre en el Niño Jesús.

3.- Colocar o poner el Nacimiento (Misterio, pesebre o Bélen).

4.- Contemplar el misterio y disponer el corazón para recibir al Señor.

5.- Ser misioneros de ELLO.

Cristo Rey del Universo. Fin del Año Litúrgico.

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La celebración de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

El año litúrgico llega a su fin. Desde que lo comenzamos, hemos ido recorriendo el círculo que describe la celebración de los diversos misterios que componen el único misterio de Cristo: desde el anuncio de su venida (Adviento), su nacimiento (Navidad), presentación al mundo (Epifanía) hasta su muerte y resurrección (Ciclo Pascual), y la cadencia semanal del ciclo ordinario de cada domingo.

La festividad que ahora celebramos, es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico donde celebramos que Cristo, “el ungido”, es sin duda, el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace más de dos mil años, pero reinará definitivamente sobre todos los hombres, cuando vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, el camino hacia el Reino de Dios. “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.

Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.  La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.

Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

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 ¿Pero por que decimos que Cristo es Rey?

Desde la antigüedad se ha llamado Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, en razón al supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, reina sobre los hombres porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad .

Sin embargo, profundizando en el tema, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey, ya que del Padre recibió la potestad, el honor y el reino; además, siendo Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

Ahora bien, que Cristo es Rey lo confirman muchos pasajes de las Sagradas Escrituras y del Nuevo Testamento. Esta doctrina fue seguida por la Iglesia –reino de Cristo sobre la tierra- con el propósito celebrar y glorificar durante el ciclo anual de la liturgia, a su autor y fundador como a soberano Señor y Rey de los reyes.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, adjudican el título de rey a aquel que deberá nacer de la estirpe de Jacob; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra.

Además, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: “Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz… y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra“.

Por último, aquellas palabras de Zacarías donde predice al “Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino”, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas, ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

En el Nuevo Testamento, esta misma doctrina sobre Cristo Rey se halla presente desde el momento de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen, por el cual ella fue advertida que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David, y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin.

El mismo Cristo, luego, dará testimonio de su realeza. El mismo respondió a Pilato confirmándolo, aunque también añadió: “Pero mi reino no es de aquí”.

Ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey y públicamente confirmó que es Rey, y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Pero, además, ¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, bastante olvidadizos, recordásemos cuánto le hemos costado a nuestro Salvador, ya que con su preciosa sangre, como de Cordero Inmaculado y sin tacha, fuimos redimidos del pecado. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande; hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas. Dice de su reino que:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;

“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

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Un poco de historia sobre ésta festividad.

Haciendo un poco de historia, la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, festividad que cierra el tiempo ordinario, originalmente fue promulgada instaurada por el Romano Pontífice Pío XI el día 11 de diciembre de 1925 a través de su encíclica “Quas primas”, al conmemorar un año Jubilar, el XVI centenario del I Concilio Ecuménico de Nicea que definió y proclamó el dogma de la consubstancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de incluir las palabras…y su reino no tendrá fin, en el Símbolo o “Credo Apostólico”, promulgando así la real dignidad de Cristo, estableciendo para su celebración el domingo anterior al día de Todos los Santos (1 de noviembre). Desde 1970, ésta solemnidad se celebra el último domingo per amnum, es decir el quinto domingo anterior a la Navidad, por lo tanto, su fecha varía u oscila entre los días 20 y 26 de noviembre y se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido, al cierre del año litúrgico y así se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

La Iglesia, ciertamente no había esperado dicha fecha para celebrar el soberano señorío de Cristo: Epifanía, Pascua, Ascensión, son también fiestas de Cristo Rey, y si Pío XI estableció esa fiesta, fue como él mismo dijo explícitamente en la encíclica  con una finalidad de pedagogía espiritual. Con ella se pretende motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de nuestra Iglesia es Cristo Rey y como principal objetivo es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.

 

Cristo reina ya, mediante la Iglesia

“Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos, y en la tierra. Él está “por encima de todo principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

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¿Cómo acercarnos a Cristo Rey?

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Recemos por nuestros difuntos

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¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?

Esta pregunta, le realizaron a San Agustín, y el santo acordándose de sus conversaciones con su madre, Santa Mónica, en el lecho de muerte, daba una respuesta muy convincente: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que en la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

 

Y así lo cuenta San Agustín, recordando lo que su madre Santa Mónica, les pidió a sus familiares y amigos al morir, “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”.

La Festividad de Todos los Fieles Difuntos, popularmente llamado día de los fallecidos o día de difuntos, tiene lugar el día 2 de noviembre, siguiente día al de la Festividad de Todos los Santos, y que es el día designado por la Iglesia Católica Romana para honrar y rezar por aquellos fieles que han acabado ya su vida terrenal y, especialmente, por aquellos que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio.

El día anterior, hemos celebramos como ya hemos dicho, la conmemoración de Todos los Santos, y nuestros cementerios, rebosaron de multitud de personas que visitaron las tumbas y nichos equivocadamente o por comodidad al ser día festivo laboral. Nuestros Campo santos, se encontraron llenos de gente que fueron y vinieron a los cementerios. En los alrededores se ponen puestos de flores con cantidad de ofrecimientos para adornar por fuera las tumbas y nichos de los seres queridos, pero el significado es el mismo. Nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración, ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos.

Debiera ser hoy ese día que dedicamos a nuestros difuntos en vez de ayer, pero como indicábamos anteriormente, ya por equivocación, comodidad u otras razones hemos trasladado voluntariamente a esa festividad, el recuerdo y oraciones a nuestros fieles difuntos.

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¿Tradición o creencia?

La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos

En todas las tumbas, se puede leer RIP como oración que indica deseo vehemente y afirmación. A los cristianos, éste fonema formado por las iniciales de Requiescat in pace en latín, descanse en paz en castellano, nos suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios. A los no creyente, le suena sólo a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una pérdida irreparable.

Hoy, en muy pocas poblaciones o ciudades se entierra a los difuntos en tierra. La mayoría de las poblaciones entierran en nichos. Todo ello conlleva una cifra económica importante para añadir a lo que habitualmente cuesta ya la muerte de un ser querido. Pasada la etapa de duelo por el ser fallecido, muchos nos olvidamos de ellos y solo en estos días, elevamos unas pequeñas oraciones y llevamos un pequeño presente como son unas flores a las tumbas de estos seres queridos en su recuerdo.

Con este tipo de “molestias y dedicaciones” así como con todos los gastos ocasionados, no es de extrañar que cada vez más gente se decante por la opción de la incineración. ¿Pero esta opción ayuda a resolver estos problemas? Las molestias de trasladarse hasta el cementerio a dedicar unas oraciones y dejar unas flores pudieran ser, salvo que la urna esté depositada en uno de los nichos preparados para tal fin. Los gastos son más reducidos, aunque la incineración cuesta también una buena cantidad, pero evitas tener que alquilar los nichos a través del tiempo. ¿Qué es entonces lo que “empuja” a muchos a tomar la decisión de la incineración de los nuestros seres queridos?

Cada vez hay más inclinación hacia esta opción por las personas en general defendida por la modernidad y comodidad que representa ante la otra opción hasta ahora tradicional. Una vez terminada la cremación del cadáver, se nos entrega la urna que nos llevamos provisionalmente a nuestra casa hasta que, pasado un tiempo, nos incordia, nos molesta e incluso se nos puede llegar a comentar por parte de visitas y amigos que “la situación” es morbosa. En ese momento se nos presenta un problema no de espacio que también pero mucho más profundo y sentimental. ¿Qué hacemos con la urna? Unas veces, los restos de ese familiar, padre, madre, hermanos o hijos, son espolvoreados al viento en cualquier lugar relacionado más o menos con el difunto, otras enterradas las cenizas en esos lugares o parecidas circunstancias y otras, hay que reconocer que de momento las menos, son colocadas en el contenedor de la basura para terminar con el problema.

En fechas recientes, su santidad el Papa Francisco, ha dado las instrucciones que los católicos debemos mantener respecto a este tipo de inhumaciones. Las cenizas de nuestros difuntos, deberán ser depositados en un lugar sagrado para poder ser honrados por nosotros en el recuerdo y en la oración.

Todas estas cosas, son las que nos llevan a modificar nuestras buenas y ya viejas tradiciones abandonándolas por otras en aras de la modernidad. No ya por la rebelión social contra la religión que también pero que en este caso, no nos puede dejar indiferentes a los creyentes, el privar a nuestros seres queridos de esas oraciones, de esas flores que no solo en estos días sino en todos los días del año, debiéramos tener presentes en el recuerdo, ofreciéndoles nuestra ayuda, nuestros rezos, rosarios, misas, etc., y nuestra súplica a los santos, a Nuestra Madre Celestial y a Nuestro Señor Jesucristo para que intercedan ante Dios nuestro Señor en la salvación de su alma y en la de todos los Fieles Difuntos.

Debiéramos rezar más por los difuntos. Ofrezcamos por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras. Nuestros seres queridos ya fallecidos, seguro que sí rezan y obtienen igualmente favores a favor de los desde la tierra, rezan por ellos.

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¿Existe el Purgatorio?

San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo.

Y de San Gregorio, se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se popularizó mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo, nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, quienes no sean perfectos deberán purificarse antes de ser admitidos en la presencia de Dios. La Iglesia enseña la existencia del Purgatorio, en donde las almas de los justos que mueren con mancha de pecado se purifican expiando sus faltas antes de ser admitidas en el Cielo. Entre tanto pueden recibir ayuda de los fieles que viven en la tierra. Es decir, por nosotros.

Almas de los justos son aquellas que, en el momento de separarse del cuerpo por la muerte, se hallan en estado de gracia santificante y por eso tiene derecho a entrar en la Gloria. El juicio particular les fue favorable, pero necesitan quedar plenamente limpias de las manchas del pecado para poder ver a Dios “cara a cara”.

“Manchas de pecado” quiere decir el castigo temporal que es debido por los pecados mortales o los veniales, ya perdonados en cuanto a la culpa, pero que en la hora de la muerte no están totalmente libres de castigo correspondiente a la culpa. “Manchas de pecado” puede referirse también a los pecados veniales que, al morir, no habían sido perdonados ni en cuanto a la culpa ni en cuanto a la pena. La Iglesia entiende por Purgatorio el estado o condición bajo el cual los fieles difuntos están sometidos a purificación.

La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia. El texto de 2 Macabeos 12,46, da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. Asimismo, las palabras de nuestro Señor: “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo ni en el otro” (Mt 12,32). Se llega a semejante conclusión en el texto de 1 Corintios 3, 11-15.

En la Iglesia católica la práctica de rezar por las benditas almas del Purgatorio está basada sobre la fe en la Comunión de los Santos. Los miembros del Cuerpo Místico pueden ayudarse unos a otros, mientras estén en la tierra y después de la muerte. Si nos fijamos en las oraciones litúrgicas de la Iglesia vemos claramente que se invoca con frecuencia a los Ángeles y a los Santos en favor de la Iglesia sufriente o Purgatorio, pero siempre para que intercedan por ella. Toda persona en estado de gracia puede orar con provecho por las benditas almas; probablemente es necesario, al menos, hallarse en estado de gracia santificante para ganar las indulgencias por los difuntos.

El Concilio Vaticano Segundo hizo profesión de fe en la Iglesia Sufriente diciendo: “Este Sagrado Concilio recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros hermanos que se hallan en gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte”.

Aunque no sea doctrina definida, se mantiene como doctrina común que sufrimiento mayor del Purgatorio consiste en la “pena de ausencia”, porque las almas están temporalmente privadas de la visión beatifica. Sin embargo, no hay comparación entre este sufrimiento y las penas del Infierno. Es temporal y por eso lleva consigo la esperanza de ver a Dios algún día cara a cara. Las almas lo llevan con paciencia, pues comprenden que la purificación es necesaria. La aceptan generosamente por amor de Dios y con perfecta sumisión a su voluntad.

Es probable que las penas del Purgatorio van disminuyendo gradualmente de manera que en las etapas finales no podemos comparar los sufrimientos de este mundo con los que padece un alma próxima a la visión de Dios. Pero las almas experimentan también inmensa alegría espiritual. Están totalmente ciertas de su salvación. Tiene fe, esperanza y caridad. Saben que ellas mismas están en amistad con Dios, confirmadas en gracia y sin poder ofenderle.

Aunque las almas en el Purgatorio no pueden merecer, sin embargo, pueden orar y obtener el fruto de la oración. El poder de su oración depende del grado de santidad. Es cierto que pueden orar por los que viven en la tierra.

Por la Comunión de los Santos entendemos que están unidas a la Iglesia militante. Debemos animarnos a invocar su ayuda con la confianza de que ellas nos escuchan. Entienden perfectamente nuestras necesidades, porque las experimentaron y porque están agradecidas a las oraciones, sacrificios y santas Misas que ofrecemos por ellas.

Recordemos y recemos pues, por nuestros familiares más allegados, por nuestros amigos y por todos nuestros “HERMANOS” en la Fe.

 

Festividad de Todos los Santos

Un año más, nos encontramos celebrando la santidad de muchos hombre y mujeres anónimos que precisamente por ese anonimato, no tienen día señalado en el santoral, pero que sin duda están ya gozando de la presencia de Dios.

El 1 de noviembre la Iglesia Católica se llena de alegría al celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, tanto aquellos conocidos como los desconocidos, que con su vida son ejemplo de que sí es posible llegar al cielo.

“Hoy nosotros estamos inmersos con el espíritu entre esta muchedumbre innumerable de santos, de salvados, los cuales, a partir del justo Abel, hasta el que quizá está muriendo en este momento en alguna parte del mundo, nos rodean, nos animan, y cantan todos juntos un poderoso himno de gloria”, decía San Juan Pablo II un primero de noviembre de 1980.

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Un poco de historia

La primera noticia que se tiene del culto a los mártires es una carta que la comunidad de Esmirna escribió a la Iglesia de Filomelio, comunicándole la muerte de su santo obispo Policarpo en el año 156. Esta carta habla sobre Policarpo y de los mártires en general.

Del contenido de éste documento, se puede deducir que la comunidad cristiana veneraba a sus mártires, que celebraban su memoria el día del martirio con una celebración de la Eucaristía, reuniéndose en el lugar donde estaban sus tumbas y haciendo patente la relación que existe entre el sacrificio de Cristo y el de los mártires

La veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las tumbas de los mártires, grandes basílicas como la de San Pedro en la colina del Vaticano, la de San Pablo, la de San Lorenzo, la de San Sebastián, todos ellos en Roma.

Las historias de los mártires se escribieron en unos libros llamados Martirologios que sirvieron de base para redactar el Martirologio Romano, en el que se concentró toda la información de los santos oficialmente canonizados por la Iglesia.

Cuando cesaron las persecuciones, se unió a la memoria de los mártires el culto de otros cristianos que habían dado testimonio de Cristo con un amor admirable sin llegar al martirio, es decir, los santos confesores. En el año 258, San Cipriano habla del asunto, narrando la historia de los santos que no habían alcanzado el martirio corporal, pero sí confesaron su fe ante los perseguidores y cumplieron condenas de cárcel por Cristo.

Más adelante, aumentaron el santoral con los mártires de corazón. Estas personas llevaban una vida virtuosa que daba testimonio de su amor a Cristo. Entre estos, están San Antonio en Egipto y San Hilarión en Palestina. Tiempo después, se incluyó en la santidad a las mujeres consagradas a Cristo.

Hasta poco antes del siglo X, era el obispo local quien determinaba la autenticidad del santo y su culto público. Luego se hizo necesaria la intervención de los Sumos Pontífices, quienes fueron estableciendo una serie de reglas precisas para poder llevar a cabo un proceso de canonización, con el propósito de evitar errores y exageraciones.

En el Concilio Vaticano II, se reestructuró todo el calendario santoral y se disminuyeron las fiestas de devoción pues se sometieron a revisión crítica las noticias hagiográficas eliminándose algunos santos no porque no fueran santos sino por la carencia de datos históricos seguros. Se seleccionaron los santos de mayor importancia, no por su grado de santidad, sino por el modelo de santidad que representan: sacerdotes, casados, obispos, profesionistas, etc. Se recuperó la fecha adecuada de sus fiestas, ésta es, el día de su nacimiento al Cielo, es decir, al morir y se dio al calendario un carácter más universal, incluyendo santos de todos los continentes y no sólo de algunos de ellos.

Quedan pues, miles de mártires y santos en estado impreciso de su festividad y por lo tanto estas faltas de conocidos y desconocidos se debieran tener en cuenta. Y para compensar este hecho el papa Urbano IV decide dedicar un día durante el año para que los fieles lo dediquen a todos ellos. El Día de Todos los Santos, tradición católica instituida en honor de todos los santos, conocidos y desconocidos, según, para compensar cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles.

En los países de tradición católica, esta festividad de Todos los Santos se celebra ahora el 1 de Noviembre mientras que en la Iglesia Ortodoxa se celebra el primer domingo después de Pentecostés y también la celebran en esa fecha las Iglesias Anglicana y Luterana.

En la Iglesia de Occidente, el papa Bonifacio IV, entre el 609 y 610, consagró el Panteón de Roma a la Santísima Virgen y a todos los mártires, dándole un aniversario.  Y Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los santos y fijó el aniversario para esta fecha de primero de noviembre, siendo Gregorio IV quien extendió la celebración en esa fecha a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.

Desde entonces la fiesta se fue extendiendo, primero en Europa y luego en todo el mundo.

Como fiesta mayor, tenía su celebración vespertina en la vigilia, la noche del día anterior (31 de octubre) para preparar la fiesta.

Y en Inglaterra a esta vigilia vespertina se le llamó: All Hallow’s Even (Vigilia de todos los santos). Con el paso del tiempo su pronunciación fue cambiando….All Hallowd Eve …., All Hallow Een….., Halloween.

Por esto ahora se relaciona esta fiesta con la tradición norteamericana del halloween que, en su forma actual, nada tiene que ver con las fiestas cristianas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

¿Cuál es el origen de esta festividad, en principio católica?

Para algunos el creador de la fiesta de Todos los Santos fue Alcuino de York, en el siglo VIII. Es en el año 798 cuando Alcuino escribe y felicita al arzobispo de Salzburgo por fijar esta festividad dentro de las calendas romanas de noviembre, tal y como él le sugirió.

Pero para otros como ya sea comentado, entre ellos la propia Iglesia católica, se cree que nace en la decisión del Papa Bonifacio IV, el 13 de Mayo del año 609 o 610, cuando consagró el “Panteón de Agripa en Roma” al culto de la “Virgen y los mártires”, comenzando así una fiesta para conmemorar a esos santos anónimos, desconocidos por la mayoría de la cristiandad, pero que por su fe y obras, son dignos de reconocimiento y veneración por toda la humanidad. Despues, Gregorio IV, fijó el aniversario para la festividad pasando de la fecha del 13 de mayo al primero de noviembre.

Pero, ¿por qué este cambio?  La respuesta la tenemos en la conversión al cristianismo de los pueblos de tradición pagana. Ellos se negaban a abandonar sus raíces y fiestas. Los dirigentes católicos pensaron que instaurando fiestas nuevas, que coincidieran en fecha y de similar apariencia doctrinal, con las antiguas o propias de estos pueblos, les sería más fácil a estos nuevos creyentes ir abandonando sus antiguas creencias, sin que esto supusiera desechar su cultura e identidad.

La víspera del 1 de noviembre coincidía con una festividad, pagana, celta, la del “Samhein”, fiesta que marcaba el final del verano y de las cosechas para pasar a los días de frío y de oscuridad. En esa noche se creía que el dios de la muerte hacía volver a los muertos, permitiendo comunicarse así con sus antepasados. También esta práctica era habitual en el pueblo romano, pues el 21 de febrero celebraban la fiesta de “Feralia” ayudando con sus oraciones a la paz y el descanso de sus difuntos.

Nosotros, como cristianos, tenemos el deber de revisar, y poner en tela de juicio, todas nuestras costumbres y creencias, refrendándolas con la Palabra de Dios, para asegurarnos de que nuestros actos sean aprobados y bendecidos por Él. En el caso de estas dos fiestas vamos a ver que nos dice la Biblia sobre las oraciones por los muertos y el papel de intermediación de los “Santos” por nuestras almas.

¿Concuerdan estas tradiciones con el “deja que los muertos entierren a sus muertos” predicado por Cristo?, ¿Quiénes son los “Santos” según el Nuevo Testamento?, ¿por qué existen personas que sólo van a los cementerios un día al año y además equivocadamente?. Intentaremos reflexionar sobre estas cuestiones, dejando de lado fanatismos e ideas preconcebidas.

El pueblo judío, (sobre todo las ramas más ortodoxas), contiene en sus tradiciones, oraciones y conmemoraciones tales como el Izkor, que está basado en la firme creencia de que los vivos por medio de actos de bondad, pueden redimir a los muertos. Por su parte, el Antiguo Testamento, prohíbe expresamente intentar relacionarse con ellos: “Y el hombre o la mujer que evocare espíritus de muertos o se entregare a la adivinación, ha de morir; serán apedreados; su sangre será sobre ellos.” (Levítico 20.27) o en Deuteronomio 18.9-14., y, por consiguiente, no encontramos justificación para autorizar este tipo de oraciones, aunque en la cita se refiera a la invocación de los espíritus, tiene un sentido de prohibición a cualquier relación con el otro mundo, el de los muertos. No estamos hablando de recordar y añorar a nuestros seres queridos, sino de la posibilidad de interceder por ellos.

Todos los Santos

La Comunión de los santos.

Ya fijada esta festividad en el primer día de noviembre, conmemoramos a todos los millones de personas que han llegado al cielo, aunque sean desconocidos para nosotros. Santo es aquel que ha llegado al cielo, algunos han sido canonizados y son por esto propuestos por la Iglesia como ejemplos de vida cristiana.

En el sentido literal, canonizar significa incluir un nombre en el canon o lista de los santos. A lo largo de los siglos, las comunidades cristianas han compilado numerosas listas de sus santos y mártires. Muchos de esos nombres se han perdido para la historia. La obra más completa que existe sobre los santos, la Biblioteca Sanctorum, abarca actualmente dieciocho volúmenes y menciona a más de diez mil santos con sus vidas y milagros.

Significa que los denominados como santos, participan activamente en la vida de la Iglesia, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. La intercesión de los santos significa que ellos, al estar íntimamente unidos con Cristo, pueden interceder por nosotros ante el Padre. Esto ayuda mucho a nuestra debilidad humana.

Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero.

Aunque todos los días deberíamos pedir la ayuda de los santos, es muy fácil que el ajetreo de la vida nos haga olvidarlos y perdamos la oportunidad de recibir todas las gracias que ellos pueden alcanzarnos. Por esto, la Iglesia ha querido que un día del año lo dediquemos especialmente a rezar a los santos para pedir su intercesión. Este día es el primero de noviembre.

Este día es una oportunidad que la Iglesia nos da para recordar que Dios nos ha llamado a todos a la santidad. Que ser santo no es tener una aureola en la cabeza y hacer milagros, sino simplemente hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien, con amor y por amor a Dios. Que debemos luchar todos para conseguirla, estando conscientes de que se nos van a presentar algunos obstáculos como nuestra pasión dominante; el desánimo; el agobio del trabajo; el pesimismo; la rutina y las omisiones. Se puede aprovechar esta celebración para hacer un plan para alcanzar la santidad y poner los medios para lograrlo:

Pero ¿Cómo alcanzar la santidad?

Si hoy subiríamos al cielo,  contemplaríamos una gran multitud de personas que han amado de verdad a Jesucristo y ahora gozan de la visión beatífica. También nosotros dentro de algunos años, o quizá dentro de poco, ¿Quién lo sabe?, nosotros celebraremos esta fiesta en el cielo, porque también amamos a Jesucristo, a pesar de nuestras imperfecciones, En la fiesta de Todos los Santos podemos ver el éxito de Jesucristo. Millones de personas han creído en Él, han aceptado su mensaje y le han seguido, algunos hasta dar su sangre en el martirio. Los santos son el mejor fruto de la Pascua, y su felicidad es la felicidad del mismo Cristo.

En el Apocalipsis podemos leer: Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación raza, pueblos y lenguas. De pie, delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! (Ap 7,9-1).

Seguramente que nuestros abuelos, hermanos, padres o hijos, ahora, gozarán de la visión de Dios, y  celebramos su fiesta en este día de Todos los Santo.

San Pablo, en la carta a los Efesios, nos dice: El nos eligió en la persona de Cristo -antes de la creación del mundo- para que fuésemos santos e irreprensibles ante él por el amor. El nos ha destinado, en la persona de Cristo, a ser sus hijos (Ef 1,4-5).

Y Jesús nos dice: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48).

Esta es la voluntad de Dios: que todos se salven y gocen de la vida eterna.

¿En qué consiste la santidad?

La santidad consiste en vivir las bienaventuranzas. Ser pobre, ser humilde, ser misericordioso, luchar por la justicia, ser portador de paz y sufrir por el reino de Dios.

Este es el programa que expone Jesucristo y que nosotros, sus seguidores, hemos de llevarlo a la práctica. Santa Teresa nos dice que la santidad consiste en una disposición del corazón, que nos hace ser humildes y pequeños en los brazos de Dios. ¡Qué definición más bonita! ¡Ponernos en los brazos de Dios!

 

PONGAMOS AHORA NUESTRA MIRADA EN LA PERSONA DE JESUCRISTO

Miremos la gran figura de Jesucristo, y, aunque sea muy brevemente, consideremos cómo El, lleva a cabo las bienaventuranzas que hemos escuchado del evangelio y, cómo nosotros, en la vida cotidiana, es posible que podamos practicarlas.

 

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,3)

Jesús nació pobre, fue un trabajador, murió pobre en una cruz y fue enterrado en un sepulcro que no era suyo, hoy diríamos, de alquiler. Es posible que nosotros podamos poner en práctica la pobreza de espíritu, rectificando, de hecho, el ansia de riqueza que todos llevamos dentro.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados (Mt 5,4)

Jesús lloró cuando murió Lázaro, su amigo; ante la ingratitud de Jerusalén; en el huerto de los olivos, y en la cruz. Es posible que, en nuestra vida, más de una vez, hayamos de enjugar alguna lágrima de alguien que llora la muerte de un familiar, de una madre, de un hijo o hija drogadictos, de un amigo que pasa un mal momento en su vida afectiva, por falta de trabajo o soledad.

Dichosos los humildes, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5,5)

Jesús fue manso y humilde de corazón. Su mansedumbre y su humildad atraían a los niños, a los enfermos y afligidos. Yo soy sencillo y humilde de corazón (Mt 11,29). Dijo Jesús. Es posible que nosotros podamos ejercer la virtud de la humildad y de la mansedumbre, superando el deseo de insultar, o de despreciar a aquél o a aquella que se ha portado con nosotros de una manera incorrecta o indiferente.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados (Mt 5,6)

Jesús tuvo hambre de la gloria de su Padre, y se olvidaba del hambre material, porque su comida era hacer la voluntad de su Padre. Recordad el pasaje de la samaritana. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, hasta llevar a cabo su obra (Jn 4,34).

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5,7)

Jesús era misericordioso. Perdona a la pecadora, a la adúltera y a sus enemigos en la cruz. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Es el Padre misericordioso que espera que su hijo pródigo vuelva. Es posible ser misericordiosos en la forma de juzgar a las personas, saber disculpar, y procurar olvidar las ofensas que nos hayan hecho. En el Padrenuestro decimos: Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12).

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8)

Jesús era limpio de corazón. Jesús pregunta: ¿Quién me acusará de pecado? El era la inocencia personificada. ¿Quién de vosotros sería capaz de demostrar que yo he cometido pecado? (Jn 8,46). Es casi seguro que tendríamos que comprobar si nuestro corazón, nuestra mirada, nuestras palabras y actitudes son limpias, para no condenar, o ver segundas intenciones, sino debilidad, cuando juzgamos el mal comportamiento de una persona que nos ha ofendido. Muchas veces lo sentimos y nos duele, y por eso damos una respuesta crispada o que ofende.

No halloween

¿Holywins o Halloween?

All Hallow’s Even (Vigilia de todos los santos), con el paso del tiempo su pronunciación cambia a All Hallowd Eve ,después All Hallow Een, terminando en Halloween.

La fiesta de “Holywins” juego de palabras que en inglés significa “la santidad vence” o “lo santo gana”, nace en 2002 en París en una fiesta de Todos los Santos coordinada por la Comunidad de Emmanuel junto con otros movimientos católicos y los jóvenes de la diócesis para salir por las calles a evangelizar, repartiendo 150.000 ejemplares de una revista que hablaba sobre los santos, la muerte, la esperanza cristiana en la vida eterna, y reflexionaba sobre los seres queridos que ya murieron.

Pero claro, luchar para combatir o competir con Halloween, creemos que es difícil, muy difícil. La popular Halloween, sobre Todos los Santos, tiene muchas “ventajas”. Tiene disfraces y emociones fuertes, la fiesta es divertida y celebrativa, tiene además ventajas “comerciales” pues invita a consumir y a gastar, se publicita mucho, sale resaltadas en las teleseries y dibujos animados, etc….

Hasta hace unos años, eso no habría bastado para implantarse a nivel popular en los países hispanos o latinos, ni tampoco en los europeos, y de ahí que se haya derrochado mucha imaginación y trabajo por conseguir que los niños y jóvenes pidan celebrarlo. Hay que añadir que en nuestros propios colegios los maestros y profesores, junto a los propios padres de los niños, han implantado la fiesta y los disfraces y claro, de esta forma entonces sí ha arraigado.

Pero Halloween tiene un gran vacío: No tiene verdaderos protagonistas, no tiene rostros, no tiene historias.

Todos conocen, por ejemplo, la historia de los Reyes Magos y los nombres de sus protagonistas (Melchor, Gaspar, Baltasar, el Niño Jesús, María y José, Herodes…). Es un ejemplo de tradición con historia, con disfraces, con caramelos, con niños. ¿Alguien sabe o conoce el nombre de algún personaje hallowiniano? ¿o de alguna hazaña o historia ligada a esta fiesta?.

Por eso es normal que allí donde los cristianos han querido “plantar cara” a Halloween lo hayan hecho, precisamente, ofreciendo rostros e historias, y una multitud de ellos: los santos.

Es muy importante celebrarlo en las parroquias, en los colegios y en la misma calle. Es importante implicar a los niños con disfraces y si se puede, contar las historias de los santos, sus mensajes y evangelizar. En muy importante, no lo dudemos. Cada año vamos ganando terreno en ello y no podemos dejar de avanzar.

Como ejemplo, sirve el planteamiento a seguir para alejar a la juventud de una noche de “marcha” de un sitio concreto. Para ello, solo basta con ofrecer otra “marcha” distinta y en otra zona de la ciudad.

La diócesis española que lleva más años celebrando Holywins y que cada año lo amplía más, es la de Alcalá de Henares. Este año celebra su quinto Holywins, y han aprendido que es importante involucrar cada vez más a los niños, porque así también se involucra a los padres, y porque se contrarresta el influjo de Halloween en el colegio.

Desde la diócesis han escrito a todas las parroquias enviando materiales sobre algunos santos para las catequesis infantiles, animando a que vengan a la fiesta los niños disfrazados de santos.
Así, en catequesis a los niños les habrán enseñado y explicado la santidad, y figuras como San Francisco, Teresa de Calcuta, los Pastorcillos de Fátima, etc.. y distribuyen caramelos a los niños, pero también para repartir”.

Disfraces de Holywins

Disfraces de Holywins

Para completar la fiesta, explican la forma de confeccionar partiendo de “otros disfraces” y sin gastar dinero, transformándolos en bonitos y originales disfraces de santos. Y los hay de todo tipo…. Por ejemplo, quien tenga una armadura, escudo y espada, puede ser San Jorge, y si le añades alas, San Miguel Arcángel.

Una tela marrón con capucha y una cuerda blanca vale para cualquier santo franciscano.

El vestido de princesa de Carnaval sirve para cualquier princesa santa: Olga, Clotilde, Margarita de Escocia, Eduvigis…
Con un disfraz de vikingo, hacha y escudo redondo eres San Olaf o, San Canuto.

Una túnica verde sirve para San Patricio (aunque probablemente él no iba de verde).

Por supuesto, un traje de soldado romano o de dama romana puede representar a una infinidad de mártires antiguos.

Una túnica y un manto (recuperado del belén viviente del colegio) sirven para ser uno de los Doce Apóstoles.

Y si al niño le gusta lo “gore” y tiene un disfraz con una cabeza cortada en una bandeja, puede ir de San Juan Bautista Decapitado (un motivo clásico del arte).

Se puede animar a los niños de distintos cursos a ir en grupos temáticos: 6 niños de romanos pueden ser la Santa Legión Tebana; el grupo que junte 12 apóstoles asombrará a todo el mundo.

Lo mejor de los santos es que son muchos, variados y con grandes historias: ¡cuantos más santos, más historias!

No dejemos que las calabazas y los fantasmitas se adueñan de las calles, los escaparates y los colegios.

En Parroquias, colegios y asociaciones, podemos tener iniciativas como por ejemplo; organizar un festival de disfraces infantiles, saliendo con su disfraz y hablando de su santo. Se pueden realizar exposiciones sobre la vida de los santos, y concursos de catequesis y canciones. También se pueden organizar mesas redondas en la que participen profesionales cristianos dando su testimonio. Incluso organizar una “Peregrinación de los Santos” dando simplemente una vuelta a la manzana, colocar pancartas y carteles con el lema “Holywins: los santos ganan”

Pero incluso se puede salir en grupos de jóvenes numerosos y colocar en el suelo gran cantidad de velas, simulando estrellas. La idea base es que “cada santo, sea una verdadera estrella del Señor, y juntos formen su corona de amor sobre nosotros”, lo que implica y hace extensible también a las personas queridas que fallecieron, “estrellas que iluminaron nuestras vidas: un abuelo ó abuela, nuestra padre o madre, un hermano o hermana, un amigo ó amiga…” Proponen encender una vela recordando a “Todos nuestros Santos”

Pero como suele suceder en la Iglesia, muchos años después del gran “Holywins” de París, estas iniciativas siguen siendo puntuales, aisladas y esporádicas, con honrosas excepciones. Parece que a muchos colegios, incluso religiosos, les resulta más fácil usar alas de murciélago que alas de ángel, brujitas en vez de santos y decir que las gasas en el techo son telarañas, en vez de nubes celestiales.

Pero si los padres, jóvenes católicos, párrocos y profesores concienciados se organizan, Holywins puede convertirse en una gran ocasión evangelizadora. Y a los niños les encantará.

DOMUND ¿Pero que es el Domund?

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La Jornada Mundial de las Misiones, en España conocida como DOMUND, es una llamada de atención sobre la responsabilidad de todos los cristianos en la evangelización e invitando a amar y apoyar la causa misionera. Los misioneros dan a conocer a todos el mensaje de Jesús, especialmente en aquellos lugares del mundo donde el Evangelio está en sus comienzos y la Iglesia aún no está asentada.

 

Estos lugares son conocidos como Territorios de Misión, están confiados a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y dependen en gran medida de la labor de los misioneros y del sostenimiento económico las Obras Misionales Pontificias de todo el mundo.

 

El DOMUND pues, es una jornada universal que se celebra en todo el mundo el penúltimo domingo de octubre para ayudar a los misioneros en su labor evangelizadora desarrollada entre los más pobres, pero durante todo el año se promueven y realizan actividades de animación misionera y de cooperación con las misiones.

 

¿Pero por qué celebramos el DOMUND?

 

Porque los países de misión dependen de las ayudas y donativos que se envían con el DOMUND. La supervivencia de los Territorios de Misión depende de los donativos.

 

El DOMUND es una llamada a la colaboración económica de los fieles y mediante el DOMUND, la Iglesia trata de cubrir estas carencias y ayudar a los más desfavorecidos a través de los misioneros.  Gracias a la generosidad de miles de donantes se atienden las necesidades de funcionamiento de los 1111 territorios de misión, se construyen templos, se compran vehículos, se forman catequistas, se atienden proyectos sociales, sanitarios y educativos en las misiones.

 

¿Qué proyectos financia el DOMUND?

 

Con los donativos recaudados en el DOMUND, cada año se llevan a cabo miles de Proyectos pastorales, sociales educativos y sanitarios.

 

El dinero recaudado por el DOMUND, permite que se atienda a las 1111 zonas de misión que dependen para su subsistencia íntegramente de las ayudas que reciben. Las ayudas del Domund permiten llevar a cabo proyectos de Evangelización que sostienen principalmente la labor evangelizadora de la Iglesia: gastos ordinarios, construcción de parroquias, compra de vehículos para la pastoral… Este tipo de proyectos tiene gran incidencia social ya que la Iglesia, a través de la Evangelización, promueve la dignidad humana, fomenta la igualdad, reconstruye familias, da esperanza a los enfermos y futuro a los jóvenes.

 

Con los donativos que recibe el Domund se llevan también a cabo por los misioneros proyectos de promoción social: el Evangelio lleva en su esencia el desarrollo integral de los pueblos. Atienden escuelas, hospitales, asilos, orfanatos, etc. Con las ayudas del Domund se apoyan proyectos extraordinarios de este tipo.

 

La Iglesia tiene una amplia labor social y educativa en todo el mundo: atiende a 116.060 instituciones sociales: hospitales, residencias de ancianos, orfanatos y comedores para personas necesitadas en todo el mundo. Se encarga de más 216.202 instituciones educativas: guarderías, escuelas, universidades y centros de formación profesional.

 

En los Territorios de Misión, la Iglesia atiende a más de 26.898 instituciones sociales. Esto significa que más de un 23% de las instituciones sociales del mundo están en la Misión y por lo tanto, en manos de la Iglesia, encargándose también en estos territorios de más de 119.200 instituciones educativas, lo que representa más de un 55% del total de instituciones educativas que tiene la Iglesia.

 

El Fondo Universal de Solidaridad

 

Las ayudas recogidas en el DOMUND forman parte del Fondo Universal de Solidaridad, que el año pasado reunió 97.606.630,03 €. Este dinero se distribuye equitativamente entre los territorios de misión. La ayuda económica del Domund se envía exclusivamente a los territorios de misión.

 

Los españoles enviaron el año pasado 13.722.015,39 euros, convirtiéndose en el segundo país con mayor aportación al Fondo Universal de Solidaridad.

 

Ayudas del Fondo Universal de Solidaridad 2015

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Todos estos proyectos son financiados con los donativos recogidos en el DOMUND.

 

Las misiones siguen necesitando nuestra ayuda económica por eso muy necesaria toda nuestra colaboración.

 

Los orígenes del Domund. La Obra de la Propagación de la Fe.

 

La Obra de la Propagación de la Fe fue fundada por Paulina Jaricot en Francia en 1822, con la intención de cooperar espiritual y materialmente con la labor misionera de la Iglesia.

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La Sociedad de Misiones Extranjeras de París había fundado en 1817 una asociación de laicos en la que se pedía a sus miembros, además de oraciones, la colaboración material, con una aportación semanal destinada a la propagación de la fe. La joven Paulina Jaricot se unió a ellos, decidida a consagrar su vida al servicio de Dios y de la Iglesia como cristiana seglar en medio del mundo. Su entusiasmo hizo que se incorporaran muchas otras personas, especialmente de entre las obreras de la fábrica textil de su padre en Lyon.

 

Sin embargo, las colectas resultaban modestas e irregulares. Entonces, en otoño de 1819, Paulina tuvo la inspiración de organizarlas de otra manera: se agruparían diez socios bajo un responsable, que recogería de cada uno lo correspondiente a la aportación de un día cada semana; cada diez responsables de decena habría un responsable de centena, y cada diez jefes de centena habría un responsable de millar. Así resultaba una red de oraciones, de recolección de fondos y de propaganda misional.

 

La asociación conoció un rápido desarrollo entre las gentes más humildes de Francia: obreros, criados y pequeños artesanos. En 1820 Paulina pudo hacer el primer envío importante a las misiones extranjeras de China.

 

El 2 de mayo de 1822 nació oficialmente la Obra de la Propagación de la Fe, que fue creciendo mientras Paulina se escondía como una más entre los asociados. Siguió trabajando hasta su muerte, en 1862, para difundir esta gran asociación que tanto beneficiaba a las misiones.

 

La Obra no tardó en extenderse por otros países. El impulso del Papa León XIII contribuyó de manera especial a su difusión universal. En el año 1922 Pío XI concede a la Obra el título de Pontificia y la declara órgano oficial de la Iglesia para las misiones, trasladando su sede central a Roma e implantando subsedes nacionales en cada país.

 

El mismo “Papa de las misiones”, Pío XI, aprobó en 1926 la institución en todo el mundo católico de una jornada en favor de esta Obra, el “Domingo Mundial de las Misiones”.

 

La Obra de la Propagación de la Fe en España.

 

La Propagación de la Fe se introdujo en España en 1839, cuando el obispo de Cádiz, fray Domingo de Silos Moreno, lanzó a las diócesis españolas una invitación a establecer la Obra. Suprimida por decreto ministerial en 1841, esta se movió en la clandestinidad hasta su restablecimiento en 1884, gracias a las iniciativas de la Condesa de Armíldez de Toledo.

 

En cuanto al “Domingo Mundial de las Misiones”, don Ángel Sagarmínaga, recién nombrado entonces Director Nacional de la Propagación de la Fe, impulsó su celebración en el mismo 1926. Pese a los modestos resultados iniciales (sólo respondieron dos diócesis ese primer año y algunas más el segundo), la Jornada llegó a tener con el tiempo la gran implantación que hoy conocemos. Don Ángel, primer Director Nacional de las OMP en España, siguió siendo más de cuarenta años su gran promotor y el que, desde 1943, la popularizó con el nombre de “Domund”.

Ángel Sagarmínaga

 

Este gran sacerdote misionero, nació en Yurre el 1 de marzo de 1890, y murió el 15 de marzo de 1968.

Una de las mayores cualidades que D. Ángel aportaba a todo su hacer, es la de trabajar sin pensar en términos de “éxito” o “fracaso”. Todo lo que se haga, se hace con paz y constancia y después se pone todo en manos de Dios.

D. Ángel llegó a ser conocido como “el hombre del DOMUND”, pero ese sobrenombre esconde una historia singular de esfuerzos, fracasos y tenacidad contra viento y marea. Y así fue desde el principio: cuando se lanzó a impulsar la celebración en España del primer Domingo Mundial de las Misiones, en 1926, obtuvo el “gran éxito” de que respondieran solo dos diócesis. Pero siguió adelante… Y al año siguiente fueron solo seis. Pero siguió adelante…

Año tras año, D. Ángel continuó su infatigable trabajo de animación misionera en circunstancias nada fáciles. De hecho, con su sentido del humor, él decía de su papel en esos comienzos: “Estaba siempre al pie del cañón; cosa en extremo difícil… porque antes tenía que fabricar el cañón”.

Insistía en que no tienen que distraernos ni los aparentes logros ni los aparentes batacazos. Tan claro lo tenía que contaba y decía: “El Papa no me ha enviado a conseguir éxitos, a recaudar limosnas, sino a predicar”. Y así se lo transmitía a todos sus colaboradores: “Dios no nos exige el éxito: nos exige el trabajo”.

Estamos ya en vísperas del DOMUND, y tenemos la gran suerte que ahora disponemos de no tener ya, que fabricar el cañón como le pasó a D. Ángel, las energías de muchísimas personas se vuelcan en la preparación de este gran día de las misiones, se junta con la aportación cómplice de todos los que apoyamos con nuestro dinero y nuestras oraciones a todo este gran grupo de sacerdotes, misioneros, religiosos, voluntarios, laicos, etc., todos ellos “misioneros de vanguardia y retaguardia”.

Para ellos tiene que ir nuestro abrazo, nuestro agradecimiento por el trabajo y la ilusión “extra”, pero sobre todo, nuestra aportación generosa.

 

Pregón Domund 2016

 

 

pilar-rahola

Días atrás, sobre el pregón y su pregonera, opiné lo que bastantes más opinaron. Opiné que era un desatino encomendar el pregón del DOMUND a una no católica y por tanto ajena a la Iglesia. Me pregunté si no habría  nadie mejor para ello, pues además con un curriculum, por lo menos muy discutible, seguro que habría mucha gente bastante mejor preparada.

Pues bien, como muchos otros, también me equivoqué. Ha sido un pregón catolicísimo, respetuosísimo con Dios Nuestro Señor, elogiosísimo de los misioneros y con la Iglesia.

No sé quien fue el responsable de la elección. Podría haber sido D. Anastasio Gil, responsable en España de Misiones pero cabe suponer que sería de acuerdo y con el visto bueno del Arzobispado de Barcelona, pues ya se sabía en medios religiosos catalanes, que la elección de Pilar Rahola  como pregonera del Domund 2016, podría haber sido un gesto del arzobispo Juan José Omella Omella para con la diócesis y la Conferencia Episcopal Tarraconense.

De todas las formas, déjo el enlace del texto integro, porque da gusto leerlo.

http://www.domund.org/2016/10/la-patria-del-corazon.html