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María, Nuestra Señora de los Dolores.

Por dos veces durante el año, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen. La primera es, el de la Semana de Pasión (Viernes de Dolor)  y también hoy 15 de setiembre, justo una semana después de la festividad del Dulce de María y  al día siguiente de la Exaltación de la Santa Cruz.

La primera de estas conmemoraciones es la más antigua, puesto que se instituyó en Colonia y en otras partes de Europa en el siglo XV y cuando la festividad se extendió por toda la Iglesia, en 1727, con el nombre de los Siete Dolores, se mantuvo la referencia original de la Misa y del oficio de la Crucifixión del Señor.

 

Soledad

En la Edad Media había una devoción popular por los cinco gozos de la Virgen Madre, y por la misma época se complementó esa devoción con otra fiesta en honor a sus cinco dolores durante la Pasión. Más adelante, las penas de la Virgen María aumentaron a siete, y no sólo comprendieron su marcha hacia el Calvario, sino su vida entera. A los frailes servitas, que desde su fundación tuvieron particular devoción por los sufrimientos de María, se les autorizó para que celebraran una festividad en memoria de los Siete Dolores, el tercer domingo de septiembre de todos los año.

Los Evangelios muestran a la Virgen Santísima presente, con inmenso amor y dolor de Madre, junto a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.

Nuestra Señora de los Dolores, de pie junto a la cruz de Jesús, su Hijo, estuvo íntima y fielmente asociada a su pasión salvadora. Fue la nueva Eva, que por su admirable obediencia contribuyó a la vida, al contrario de lo que hizo la primera mujer, que por su desobediencia trajo la muerte.

La representación pictórica e iconográfica de la Virgen María en cualquiera de sus distintas advocaciones, conmueve el corazón de los creyentes, pero la de Nuestra Señora Dolorosa, nos lleva directamente a justipreciar el valor de la redención y a descubrir mejor la malicia del pecado.

En la fiesta de nuestra Señora de los Dolores celebrada en este día, recordamos en ella los sufrimientos por los que pasó María a lo largo de su vida, por haber aceptado ser la Madre del Salvador.

Debiéramos acompañar en este día a María, en su experiencia de un muy profundo dolor, el dolor de una madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.

María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no la comprendamos.

La primera de estas conmemoraciones es la más antigua, puesto que se instituyó en Colonia y en otras partes de Europa en el siglo XV y cuando la festividad se extendió por toda la Iglesia, en 1727, con el nombre de los Siete Dolores, se mantuvo la referencia original de la Misa y del oficio de la Crucifixión del Señor.

En la Edad Media había una devoción popular por los cinco gozos de la Virgen Madre, y por la misma época se complementó esa devoción con otra fiesta en honor a sus cinco dolores durante la Pasión. Más adelante, las penas de la Virgen María aumentaron a siete, y no sólo comprendieron su marcha hacia el Calvario, sino su vida entera. A los frailes servitas, que desde su fundación tuvieron particular devoción por los sufrimientos de María, se les autorizó para que celebraran una festividad en memoria de los Siete Dolores, el tercer domingo de septiembre de todos los años.

Los siete dolores son:

La profecía del anciano Simeón.

La huida a Egipto

El niño Jesús perdido

María encuentra a Jesús cargado con la Cruz

Quinto dolor María al pie de la cruz

María recibe en sus brazos el cuerpo difunto de su hijo

Sepultura de Jesús y Soledad de María, nuestra Madre

 

Primer Dolor – La profecía de Simeón (cf. Lucas 2,22-35)
Primer dolorQué grande fue el impacto en el Corazón de María, cuando oyó las tristes palabras con las que Simeón le profetizó la amarga Pasión y muerte de su dulce Jesús. Querida Madre, obtén para mí un auténtico arrepentimiento por mis pecados.
Segundo Dolor – La huida a Egipto (Mateo 2,13-15)
segundo dolorConsidera el agudo dolor que María sintió cuando ella y José tuvieron que huir repentinamente de noche, a fin de salvar a su querido Hijo de la matanza decretada por Herodes. Cuánta angustia la de María, cuántas fueron sus privaciones durante tan largo viaje. Cuántos sufrimientos experimentó Ella en la tierra del exilio. Madre Dolorosa, alcánzame la gracia de perseverar en la confianza y el abandono a Dios, aún en los momentos más difíciles de mi vida.
Tercer Dolor – El Niño perdido en el Templo (Lucas 2,41 -50)
tercer dolorQué angustioso fue el dolor de María cuando se percató de que había perdido a su querido Hijo. Llena de preocupación y fatiga, regresó con José a Jerusalén. Durante tres largos días buscaron a Jesús, hasta que lo encontraron en el templo. Madre querida, cuando el pecado me lleve a perder a Jesús, ayúdame a encontrarlo de nuevo a través del Sacramento de la Reconciliación.
Cuarto Dolor – María se encuentra con Jesús camino al Calvario (IV Estación del Vía Crucis)
cuarto dolorAcércate, querido cristiano, ven y ve si puedes soportar tan triste escena. Esta Madre, tan dulce y amorosa, se encuentra con su Hijo en medio de quienes lo arrastran a tan cruel muerte. Consideren el tremendo dolor que sintieron cuando sus ojos se encontraron – el dolor de la Madre bendita que intentaba dar apoyo a su Hijo. María, yo también quiero acompañar a Jesús en Su Pasión, ayúdame a reconocerlo en mis hermanos y hermanas que sufren.
Quinto Dolor – Jesús muere en la Cruz (Juan 19,17-39)
quinto dolorContempla los dos sacrificios en el Calvario – uno, el cuerpo de Jesús; el otro, el corazón de María. Triste es el espectáculo de la Madre del Redentor viendo a su querido Hijo cruelmente clavado en la cruz. Ella permaneció al pie de la cruz y oyó a su Hijo prometerle el cielo a un ladrón y perdonar a Sus enemigos. Sus últimas palabras dirigidas a Ella fueron: “Madre, he ahí a tu hijo.” Y a nosotros nos dijo en Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre.” María, yo te acepto como mi Madre y quiero recordar siempre que Tú nunca le fallas a tus hijos.
Sexto Dolor – María recibe el Cuerpo de Jesús al ser bajado de la Cruz (Marcos 15, 42-46)
sexto dolorConsidera el amargo dolor que sintió el Corazón de María cuando el cuerpo de su querido Jesús fue bajado de la cruz y colocado en su regazo. Oh, Madre Dolorosa, nuestros corazones se estremecen al ver tanta aflicción. Haz que permanezcamos fieles a Jesús hasta el último instante de nuestras vidas.
Séptimo Dolor -Jesús es colocado en el Sepulcro (Juan 19, 38-42)
septimo dolor¡Oh Madre, tan afligida! Ya que en la persona del apóstol San Juan nos acogiste como a tus hijos al pie de la cruz y ello a costa de dolores tan acerbos, intercede por nosotros y alcánzanos las gracias que te pedimos en esta oración. Alcánzanos, sobre todo, oh Madre tierna y compasiva, la gracia de vivir y perseverar siempre en el servicio de tu Hijo amadísimo, a fin de que merezcamos alabarlo eternamente en el cielo.

 

Es Ella quien, con su compañía, su fortaleza y su fe, nos da fuerza en los momentos de dolor, en los sufrimientos diarios. La imagen de la Virgen Dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos en Ella una compañía y la fuerza necesaria para dar sentido a los propios sufrimientos.

Pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo, en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de Ella y comprender que, en el dolor, somos más parecidos a Cristo y somos capaces de amarlo con mayor intensidad.

María, tú que has pasado por un dolor tan grande y un sufrimiento tan profundo, ayúdanos a seguir tu ejemplo ante las dificultades de nuestra propia vida.

 

Las Siete Gracias.

Santa Brígida, era hija de Birgerio, gobernador de Uplandia, la principal provincia de Suecia. La madre de Brígida, Ingerborg; era hija del gobernador de Gotlandia oriental. Ingerborg murió hacia 1315 y dejó varios hijos. Brígida, que tenía entonces doce años aproximadamente, fue educada por una tía suya en Aspenas. A los tres años, hablaba con perfecta claridad, como si fuese una persona mayor, y su bondad y devoción fueron tan precoces como su lenguaje. Sin embargo, la santa confesaba que de joven había sido inclinada al orgullo y la presunción.

Ya a los siete años tuvo una visión de la Reina de los cielos. A los diez, a raíz de un sermón sobre la Pasión de Cristo que la impresionó mucho, soñó que veía al Señor clavado en la cruz y oyó estas palabras: “Mira en qué estado estoy, hija mía.” “¿Quién os ha hecho eso, Señor?”, preguntó la niña. Y Cristo respondió: “Los que me desprecian y se burlan de mi amor.” Esa visión dejó una huella imborrable en Brígida y, desde entonces, la Pasión del Señor se convirtió en el centro de su vida espiritual.

Brígida empezó a tener por entonces las visiones que habían de hacerla famosa. Estas versaban sobre las más diversas materias. Pero tales visiones no impresionaban a los cortesanos, quienes solían preguntar con ironía: “¿Qué soñó Doña Brígida anoche?”

Siempre los cristianos han aprendido de la Virgen a mejor amar a Jesucristo. La devoción a los Siete Dolores de la Virgen María se desarrolló por diversas revelaciones privadas.

Es en una de éstas “visiones”, (años  1303-1373), donde se le apareció la Virgen María y le dijo:

“Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, más hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos. Por eso tú, hija mía, no te olvides de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios.”

Y Nuestra Señora, prometió que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Ave Marías mientras meditan en sus lágrimas y dolores:

1“Yo concederé la paz a sus familias.” 2. “Serán iluminadas en cuanto a los divinos Misterios.” 3. “Yo las consolaré en sus penas y las acompañaré en sus trabajos.» 4. “Les daré cuanto me pidan, con tal de que no se oponga a la adorable voluntad de mi divino Hijo o a la salvación de sus almas.” 5. “Los defenderé en sus batallas espirituales contra el enemigo infernal y las protegeré cada instante de sus vidas.” 6. “Les asistiré visiblemente en el momento de su muerte y verán el rostro de su Madre. 7. “He conseguido de mi Divino Hijo que todos aquellos que propaguen la devoción a mis lágrimas y dolores, sean llevadas directamente de esta vida terrena a la felicidad eterna ya que todos sus pecados serán perdonados y mi Hijo será su consuelo y gozo eterno.”

Así mismo, según San Alfonso María Ligorio, Jesucristo Nuestro Señor, reveló a Santa Isabel de Hungría que El concedería cuatro gracias especiales a los devotos de los dolores de Su Madre Santísima:

Aquellos que antes de su muerte invoquen a la Santísima Madre en nombre de sus dolores, obtendrán una contrición perfecta de todos sus pecados.

Protegeré en sus tribulaciones a todos los que recuerden esta devoción y los protegeré muy especialmente a la hora de su muerte.

Imprimiré en sus mentes el recuerdo de Mi Pasión y tendrán su recompensa en el cielo.

Encomendaré a estas almas devotas en manos de María mi Madre, a fin de que les obtenga todas las gracias que quiera derramar en ellas.

 

Al pie de la Cruz, donde una espada de dolor atravesó el corazón de María, Jesús nos entregó a Su Madre como Madre nuestra poco antes de morir. En respuesta a esta demostración suprema de Su amor por nosotros, digamos cada día de nuestras vidas: “Sí, Ella es mi Madre. Jesús, yo la recibo y Te pido que me prestes Tu Corazón para amar a María como Tú la amas.”

Oración final

Oh Doloroso e Inmaculado Corazón de María, morada de pureza y santidad, cubre mi alma con tu protección maternal a fin de que siendo siempre fiel a la voz de Jesús, responda a Su amor y obedezca Su divina voluntad. Quiero, Madre mía, vivir íntimamente unido a tu Corazón que está totalmente unido al Corazón de tu Divino Hijo. Átame a tu Corazón y al Corazón de Jesús con tus virtudes y dolores. Protégeme siempre. Amén.

“Mirad el árbol de la Cruz”

A lo largo de la historia, la Iglesia ha celebrado tres fiestas relacionadas con la Santa Cruz: La llamada Invención de la Santa Cruz (día 3 de mayo), el Triunfo de la Santa Cruz (16 de julio) y la Exaltación de la Santa Cruz (día 14 de septiembre).

En el calendario litúrgico de la Iglesia Católica, únicamente ha prevalecido la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que tiene lugar el catorce de septiembre.

Pero vamos a dar unos pequeños detalles en la historia de cada una de estas festividades.

“LA INVENCION DE LA SANTA CRUZ”   (3 de mayo)

El Emperador Constantino trajo la paz y la libertad a la Iglesia, después de las crueles persecuciones del Imperio Romano. Vio en el cielo la Cruz de Cristo (“en este signo vencerás”).

Sin llegar a bautizarse, favoreció generosamente a la Iglesia. Emprendió la reconstrucción de Jerusalén, donde edificó varías basílicas. Su madre, Santa Elena, no descansó hasta que, el día tres de mayo del año 326, encontró la Cruz en que murió el Señor, en uno de los huecos del sepulcro.

Santa Elena repartió la Cruz entre las iglesias de Roma, Constantinopla y Jerusalén, donde quedó la parte principal.

Así se instituyó la fiesta de “la Invención de la Santa Cruz”, el día tres de mayo.

La Cruz de Mayo fue muy celebrada y cantada en España. Esta fiesta todavía aparece en el misal reformado de San Pío V, realizado por mandato del Papa San Pío X en 1911.

El mencionado misal de San Pío V daba a la Cruz de Mayo la categoría litúrgica de “Duplex II classis”. Las sucesivas reformas litúrgicas suprimieron esta fiesta de la Invención de la Santa Cruz.

“EL TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ”  (16 de julio)

En esta fecha se instituyó la muy toledana fiesta del “Triunfo de la Santa Cruz”. Como consecuencia de la victoria cristiana sobre los musulmanes, en la batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212. Así la mantuvieron los diversos sínodos diocesanos durante varios siglos. Incluso se mantuvo como fiesta de guardar en el sínodo del Cardenal Tavera (año 1536), que redujo el número de las fiestas de precepto.

El Papa Gregorio XIII, por bula de 30 de diciembre de 1573, mandó que la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz se celebrara en todos los Reinos de España y en el Nuevo Mundo.

Esta fiesta de ámbito muy local tuvo que competir con la fiesta de la Virgen del Carmen, que, desde fines del siglo XV, se celebró el mismo día dieciséis de julio. En el año 1726, el Papa Benedicto XIII extendió a la Iglesia universal la fiesta de la Virgen del Carmen.

El Triunfo de la Santa Cruz, corriendo los años, quedó muy reducida en ámbitos totalmente locales.

“LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ”  (14 de Septiembre)

De las tres fiestas de la Santa Cruz, sólo ha prevalecido esta última “La Exaltación de la Santa Cruz”. En ella se conmemora cómo el Emperador Heraclio I (610-641), el día catorce de septiembre del año 629, colocó de nuevo la Cruz en el Calvario, que había sido arrebatada en el año 628 por Cosrroes, Rey de Persia.

Cosrroes II (591-628) persiguió a los cristianos, a los que llegó casi a exterminar en Persia. Tomó Jerusalén y se llevó la Cruz de Cristo, depositada en esta ciudad Santa por Santa Elena.

Desde entonces comenzó a celebrarse la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el catorce de septiembre. Se mantuvo a lo largo de la Edad Media como consecuencia de votos populares por las poblaciones de la Cristiandad. Muchos sínodos diocesanos declararon, como fiesta de guardar, la Exaltación de la Santa cruz.

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz del catorce de septiembre oficialmente aparece en el misal romano, que el Papa Pío V mandó publicar en 1570, recogiendo así lo dispuesto en el Concilio de Trento. A esta fiesta de le concedía, en el mencionado misal, la categoría de “Duplex Majus”.Litúrgicamente era Fiesta Doble Mayor.

En la actualidad las celebraciones litúrgicas pueden ser solemnidades, fiestas y memorias. La Exaltación de la Santa Cruz pertenece a la segunda categoría: Fiesta que se celebra dentro de los límites del día natural, sin primeras vísperas.

Historia de la festividad.

La fecha elegida  para esta celebración tal y como ya hemos dicho, es el 14 de Septiembre, ya que ese día es el aniversario de la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén en el año 335. También se dice que se conmemora, por la recuperación de la Cruz en ese día por Heraclio en el año 628 de manos de los persas, que la tenían en su poder desde el año 614.

Santa Elena

Pero realmente lo que conmemoramos este día es el recuerdo del hallazgo de la Santa Cruz por parte de Santa Elena, madre de Constantino. Más tarde, Cosroes rey de Persia se llevó la Cruz a su país y  Heraclio la devolvió a Jerusalén.

Hacia el año 320 la Emperatriz Elena de Constantinopla, encontró la Vera Cruz, la Cruz en que murió Nuestro Señor Jesucristo. La Emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el sitio del descubrimiento la Basílica del Santo Sepulcro, en el que guardaron la reliquia.

Años después, el rey Cosroes II de Persia, en el 614 invadió y conquistó Jerusalén y se llevó la Cruz poniéndola bajo los pies de su trono como signo de su desprecio por el cristianismo. Pero en el 628 el emperador Heraclio logró derrotarlo y recuperó la Cruz, llevándola de nuevo a Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año. Para ello se realizó una ceremonia en la que la Cruz fue llevada en persona por el propio emperador a través de la ciudad.

Según manifiesta la historia, al recuperar el precioso madero, el emperador quiso cargar la Cruz, como había hecho Cristo a través de la ciudad, pero tan pronto puso el madero al hombro e intentó entrar a un recinto sagrado, no pudo hacerlo y quedó paralizado. El patriarca Zacarías que iba a su lado le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargando la Cruz por las calles de Jerusalén. Entonces el emperador se despojó de su atuendo imperial, y con simples vestiduras, avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo hasta dejar la Cruz en el sitio donde antes era venerada. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Vera Cruz, verdadera Cruz de Cristo.

La Santa Cruz, fue partida en varios pedazos para evitar nuevos robos. Uno fue llevado a Roma, otro a Constantinopla, un tercero se dejó en un hermoso cofre de plata en Jerusalén. Otro se partió en pequeñísimas astillas para repartirlas en diversas iglesias del mundo entero, que se llamaron “Veracruz” (Verdadera Cruz).

La señal de la Cruz.

 

La Santa Cruz la recordamos y la exaltamos con mucho cariño y veneración porqué en ella murió nuestro Redentor Jesucristo, y con las cinco heridas que allí padeció, pagó Cristo nuestras inmensas deudas con Dios y nos consiguió la salvación.

El gesto de hacer la señal de la Cruz, signo sacramental, consiste en dibujar una cruz invertida imaginaria con la punta de dos o tres dedos de una mano.

Consta de dos movimientos: el primero se realiza de arriba abajo y el segundo de izquierda a derecha en caso de los católicos o de derecha a izquierda en el caso de los ortodoxos. El acto de hacer la señal de la Cruz, es conocido como “persignar” si se hace sobre una persona, y “bendecir” si es sobre una cosa o en una dirección vaga. Pero en general lo llamamos “santiguar”.

Se puede hacerse en silencio o acompañado de la fórmula verbal de oración. Al señalarnos con la cruz decimos “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”…

Muchos ejemplos que ayudan a comprender la importancia de este llamado gesto o señal sacramental han quedado reflejados en muchos documentos y relatos.

Varios ejemplos: En el año 300, a San Antonio Abad, le sucedió que el demonio lo atacaba con terribilísimas tentaciones y cuentan que un día, angustiado por tantos ataques, se le ocurrió hacerse la señal de la Cruz, y el demonio se alejó. En adelante cada vez que le llegaban los ataques diabólicos, el santo hacía la señal de la Cruz y el enemigo huía. Y dicen que desde entonces se empezó la costumbre de hacer la señal de la Cruz para librarse de males.

De una gran santa, se narra que empezaron a llegarle espantosas tentaciones de tristeza. Por todo se disgustaba. Consultó con su director espiritual y este le dijo: “Si Usted no está enferma del cuerpo, ésta tristeza es una tentación del demonio”. Le recomendó la frase del libro del Eclesiástico en la S. Biblia: “La tristeza no produce ningún fruto bueno”. Y le aconsejó: “Cada vez que le llegue la tristeza, haga muy devotamente la señal de la Cruz”. La santa empezó a notar que con la señal de la Cruz se le alejaba el espíritu de tristeza.

También, cuando Nuestra Señora se le apareció por primera vez a Santa Bernardita en Lourdes en el año 1859, la niña al ver a la Virgen quiso hacerse la señal de la cruz. Pero cuando llegó con los dedos frente a la cara, se le quedó paralizada la mano. La Virgen entonces, hizo Ella misma la señal de la cruz muy despacio desde la frente hasta el pecho, y desde el hombro izquierdo hasta el derecho. Y tan pronto como la Madre de Dios terminó de hacerse la señal de la cruz, a la niña se le soltó la mano y ya pudo hacerla ella también. Y con esto entendió que Nuestra Señora le había querido dar una lección: que es necesario santiguarnos más despacio y con más devoción.

Una lección que habría que aprender y recordar en nuestros días. Solo hay que mirar a la gente cuando pasa por la fachada de una iglesia ó templo. ¿Cuánta gente se hace la señal de la Cruz? ¿Cómo nos parece esa señal de la Cruz que nos hacemos? ¿No es cierto que más parece un garabato que una señal de la Cruz? ¿Cómo la debiéramos hacer de hoy en adelante?

Los cristianos, debiéramos comenzar nuestra jornada, nuestras oraciones y nuestras acciones con la señal de la Cruz. Como bautizados, debiéramos consagrar la jornada diaria a la gloria de Dios e invocar la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la Cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades.

Los cristianos, con frecuencia hacemos con la mano la señal de la Cruz sobre nuestras personas. O nos la hacen otros, como en el caso del bautismo o de las bendiciones.

Al principio parece que era costumbre hacerla sólo sobre la frente. Luego se extendió poco a poco a lo que hoy conocemos: o hacer la gran Cruz sobre nosotros mismos, desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho o bien la triple Cruz pequeña, en la frente, en la boca y el pecho, como en el caso de la proclamación del Evangelio.

Es un gesto sencillo, pero lleno de significado. Esta señal de la Cruz es una verdadera confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia, de posesión: al hacerlo sobre nuestra persona, es como si dijéramos: “estoy bautizado, pertenezco a Cristo, El es mi Salvador, la Cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de mi existencia cristiana…”

En realidad, el primero que hizo la señal de la Cruz, fue el mismo Cristo, que “extendió sus brazos en la Cruz” y sus brazos extendidos dibujaron entre el cielo y la tierra el signo imborrable de su Alianza”. Si ya en el Antiguo Testamento se hablaba de los marcados por el signo de la letra “tau”, en forma de cruz (Ez. 9:4-6) y el Apocalipsis también nombra la marca que llevan los elegidos, nosotros, los cristianos, al trazar sobre nuestro cuerpo el signo de la Cruz, nos confesamos como miembros del nuevo Pueblo, la comunidad de los seguidores de ese Cristo que desde su Cruz nos ha salvado.

Todo gesto simbólico, todo signo, puede ayudarnos por una parte a entrar en comunión con lo que simboliza y significa, que es lo importante. La imagen o señal de la Cruz, quiere indicarnos y es, camino PASCUAL, o sea de muerte y resurrección que recorrió ya Cristo. Es fácil hacer distraídamente la señal de la Cruz en los momentos que estamos acostumbrados. Lo que es difícil es escuchar y asimilar el mensaje que nos transmite este símbolo: Un mensaje de salvación y esperanza, de muerte y de resurrección.

Los cristianos tenemos que reconocer a la Cruz, todo su contenido para que no sea un símbolo vacío. Y entonces sí, puede ser un signo que continuamente alimente la fe y el estilo de vida que Cristo nos enseñó. Si entendemos la Cruz, y si nuestro pequeño gesto de la señal de la Cruz es consciente, estaremos continuamente reorientando nuestra vida en buena dirección.

La festividad a día de hoy.

La festividad que celebramos los Cristianos, hoy 14 de Septiembre,es  la Exaltación de la Santa Cruz, Bendito y Santo Madero, donde Cristo entregó su vida por la redención de todos nosotros. Es una festividad de las más hermosas, aunque no ha alcanzado el carácter popular que ella se merece.

Esta fiesta se corresponde al Viernes Santo como el Corpus Christi se corresponde con el Jueves Santo. Pero en plena Semana Santa no caería bien unas celebraciones festivas, alegres, de la Eucaristía y de la Redención.

El Día del Corpus viene a llenar esta ansia de nuestro corazón, la de celebrar el misterio eucarístico y la presencia del Señor entre nosotros con una alegría que es desbordante.

Al igual, la muerte del Señor en la Cruz es para los Evangelios, sobre todo para Juan, el triunfo, la victoria, la glorificación de Jesús. Pero, ¿Cómo vamos a celebrar el Vienes Santo una jornada llena de júbilo, cuando lo que hace la Iglesia es llorar la muerte del Señor?

Esto es lo que hace la fiesta de hoy: Exaltar con gran alegría y gozo, el triunfo de Jesús en la Cruz. Un triunfo en el cual creemos y lleno de esperanza. Por ello entonamos con entusiasmo en muchas de las celebraciones el canto ¡Oh Cristo, Tú reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!… Himno eco de las palabras de Jesús, que dijo unos días antes de morir “Cuando yo sea levantado de la tierra lo atraeré todo hacia mí.”

El cristianismo es sí mismo, es un mensaje de total amor y entrega. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además la Resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.

Pero ahí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de San Pablo. Nosotros no hubiéramos introducido la Cruz. Pero los caminos de Dios son diferentes. Los apóstoles la rechazaban. Y nosotros también.

La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.

Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.

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Jesús, en plena juventud, es eliminado y lo acepta para abrirnos el paraíso con la fuerza de su bondad: “En plenitud de vida y de sendero dio el paso hacia la muerte porque El quiso. Mirad, de par en par, el paraíso, abierto por la fuerza de un Cordero” (Himno de Laudes).

En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza. Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos olímpicamente, con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.

Pero el discípulo no es de mejor condición que el maestro, dice Jesús. Y añade: “El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Es fácil seguir a Jesús en Belén, en el Tabor. ¡Qué bien estamos aquí!, decía Pedro. En Getsemaní se duerme, y, luego le niega.

“No se va al cielo hoy ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está crucificado” (León Bloy). “Sube a mi Cruz. Yo no he bajado de ella todavía” (El Señor a Juan de la Cruz). No tengamos miedo. La Cruz es un signo más, enriquece, no es un signo menos. El sufrir pasa, el haber sufrido, la madurez adquirida en el dolor, no pasa jamás. La Cruz son dos palos que se cruzan: si acomodamos nuestra voluntad a la de Dios, pesa menos. Si besamos la Cruz de Jesús, besemos la nuestra, astilla de la suya.

Es la ambigüedad del dolor. El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se santifica. El que lo rechaza, se amarga y se rebela.

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Jesucristo en lo alto de la Cruz, y elevado después por el Padre a la mayor altura en el Cielo, ha atraído todas las cosas y a todos hacia a Sí.  En su Persona se resume todo lo creado. Los ángeles lo adoran como a su Señor, sentado como está a la derecha del Padre. Todos los hombres lo miran, mientras esperan de Él la salvación.

 

Toda la Liturgia de esta festividad respira triunfo, augurio del triunfo definitivo de la Resurrección, la de Jesús y la nuestra.

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Muchos cristianos llevamos una Cruz colgada en el pecho. La Cruz de Jesús está en los altares, y en el exterior, en la parte más alta de las Iglesias. La Cruz es el instrumento para levantar a los caídos, la salud del alma y del cuerpo, la destrucción del pecado, y el árbol de la vida eterna. La Cruz se presenta en nuestra vida de muy diferentes maneras: enfermedad, pobreza, cansancio, dolor, desprecio, soledad…Hoy la Cruz sigue siendo y será siempre un signo de salvación. Aunque la lleves en el pecho, en la solapa o en el ojal, o metida en el bolsillo, no es una superstición. Y darle un beso lleno de amor no es un infantilismo. Es una profesión de fe, que más de una gracia grande debe traer al alma…

Desde niños hemos aprendido a hacer la señal de la Cruz en la frente, en los labios y en el corazón, como un signo externo de nuestra profesión de fe.

Hoy podemos revisar cual es nuestra disposición ante esa Cruz que se muestra a veces difícil y dura, pero que si la llevamos con amor, se convierte en una fuente de Vida y de alegría.

Quienes dejan de lado un signo tan bendito, por creerlo pasado de moda y propio de gente sin vigor humano, lo sustituyen por una herradura tonta por ejemplo, o por un signo del Zodíaco sin sentido alguno, que les traerá cualquier cosa menos buena suerte y si esta llegara, sería por otras causas, mientras que les aumentará la confusión de sus mentes poco seguras…

La Cruz, con todo los significados que ya sabemos y decimos, tiene por otra parte y  nos hace presentes, a los crucificados de hoy: los pobres, los enfermos, los parados que buscan trabajo con desesperación, los detenidos justa o injustamente, los que padecen soledad, los que viven sin fe…

Todos ellos son para nosotros un reclamo. Jesucristo los quiere resucitados con Él y solicita nuestra colaboración para realizar esta resurrección en el mundo. Trabajar por el que sufre es desclavar a Jesucristo de la cruz y nadie puede rehuir el realizar esta obra de amor.

Jesús no inventó la Cruz: la encontró en su camino, como todo hombre. La novedad es que Él, lo que inventó fue el poner en la Cruz un germen de amor. Así la Cruz de Cristo se convirtió en el camino que lleva a la vida, en mensaje de amor. ¡Es la Cruz de Jesús!

Esa Cruz abraza, primero, a cada uno de nosotros, nos confía una misión en nuestra vida personal, en nuestras familias, en el ámbito de nuestras amistades, de nuestros conocimientos, en todas partes encontramos y encontraremos cruces. Y desde la Cruz, nos invita a cada uno de nosotros hoy, a poner todas estas cruces, y no sólo la nuestra, en relación con la suya. Jesús nos invita a sembrar también en ellas, como El lo hizo, el germen del amor y la esperanza.

¡Oh Cristo, Tú reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!, te volvemos a repetir con el cantar.

Con tu Cruz, oh Cristo, nos rescataste y con ella nos trajiste todos los dones del Cielo.

Con ella, fuente de gracia y de bondad, extiendes por el mundo tu reino de santidad,

Infunde en nuestros corazones el fuego del amor.

Fuente del perdón, derrama sobre nuestros pueblos la paz de Dios. Paz divina que se convierte también en fraternidad universal.

Tu Cruz, oh Señor, es cifra de tu victoria y signo de nuestra salvación

Cruz de Cristo.

 

“María, Serranilla Graciosa” es Nuestra Señora de Valvanera de La Rioja.

Peregrinación Diocesana al Monasterio de Valvanera

Siguiendo una tradición maravillosa y entrañable, el domingo 10 subiremos en peregrinación a Valvanera a saludar a la Virgen, a mandarle un beso y a vivir una jornada festiva de unidad con todos los diocesanos en torno a nuestro Obispo. Don Carlos, al igual que se viene haciendo estos últimos años, pondrá en el regazo de la Señora el Plan Diocesano de Pastoral, para que Ella interceda ante su Hijo y nos ayude a hacer lo que Él nos diga, como en las bodas de Caná. Por lo demás, y con toda seguridad, pasaremos un día estupendo de convivencia en torno al monasterio.

He de confesar que ya desde niño me conmovían todas las expresiones de afecto filial que dirigíamos a la Virgen de Valvanera, sobre todo cuando subíamos en romería – allá por el mes de mayo – desde Matute, y más tarde desde el Seminario. Llamábamos a María “Serranilla graciosa”, invocación a la que uníamos otras no menos cariñosas como “Madre amorosa, bien de esta tierra, prenda querida”. ¿Puede haber un piropo dirigido a María más hermoso que llamarla “Serranilla graciosa”? Con toda seguridad que no lo hay.

Pocos riojanos habrá que no conozcan bien, detalladamente bien, el origen de nuestra devoción a María de Valvanera. Cómo el ladrón y asesino Nuño Oñez, oyendo el rezo de quien iba a ser su víctima inmediata, se arrepintió de sus crímenes, encomendándose a María para cambiar radicalmente de vida. Un día, durante su oración, recibió la visita de un ángel que le indicó que fuera a Valvanera en busca de un roble de cuyo pie brotaba una fuente y que contenía varios enjambres de abejas, en el que encontraría una imagen de la Virgen. Acompañado de Domingo, sacerdote, encontró la imagen y en el lugar edificaron lo que serían los inicios del monasterio de Valvanera, allá por los últimos años del siglo IX.

Así empezó todo. Hoy, la invocación a María como Reina y Señora de Valvanera está extendida por todo el mundo. Acudamos el domingo a venerarla como riojanos, como hijos predilectos de tan estupenda Madre.

Justo García Turza

(Pueblo de Dios 03/09/2017)

 

Queridos hermanos:

         Como todos los años, celebraremos la solemnidad de nuestra Patrona, la Virgen de Valvanera, en la tradicional Peregrinación Diocesana a su Monasterio, el domingo 10 de Septiembre, presidida por nuestro Sr. Obispo D. Carlos Escribano.

El horario previsto es:

– 11,00 h.: Celebración penitencial.

– 12,30 h.: Eucaristía presidida por el Sr. Obispo y procesión.

– 14,00 h.: Comida popular.

– 15,00 h.: Sobremesa festiva.

– 16,15 h.: Vísperas. Presentación y entrega del cartel del curso pastoral.

            Durante la Eucaristía se hará la presentación oficial del Plan Diocesano de Pastoral para este próximo curso, “Creemos y por eso hablamos”, e invocaremos a la Madre de todos los riojanos para que nos sostenga y acompañe al inicio de la nueva Misión que vamos a emprender.

           Después comeremos juntos en un lugar adecuado, habilitado con mesas y sillas. Cada cual ha de traer su comida que, como siempre, compartiremos con generosidad. Los monjes nos agasajarán con su licor de Valvanera y entre todos disfrutaremos de una sobremesa festiva.

            A continuación terminaremos en la iglesia con la oración de Vísperas, y presentaremos el icono pastoral de este curso, que se entregará, junto con el Plan Diocesano de Pastoral, a dos representantes de cada Arciprestazgo.

            Con nuestros mejores deseos en Cristo, recibid un cordial abrazo:

                      Vicente Robredo García                                          Víctor M. Jiménez López de Murillas

                             Vicario General                                                                  Vicario de Pastoral

ORACIÓN A LA VIRGEN DE VALVANERA

Virgen de Valvanera,

hija amada del Padre,

Madre del Señor Jesús,

templo del Espíritu Santo

Y Madre de todos los riojanos.

 

Al celebrar con alegría la presencia

de tu bendita imagen en nuestra tierra riojana,

te alabamos y de damos gracias

por ser regalo de Dios para nuestro pueblo,

por peregrinar con nosotros mostrándonos a Jesús,

por animar siempre a la Iglesia

que, guiada por el Espíritu Santo,

quiere servir a su pueblo.

 

María de Valvanera, mujer creyente,

fortalécenos en la fe;

Maestra de esperanza, enséñanos a vivir esperanzados;

Reina y Señora de la caridad,

muéstranos el sendero del amor,

del perdón y la reconciliación entre todos los hombres.

 

Acompáñanos en la oración,

enséñanos el camino de la conversión,

ayúdanos en el compromiso

y en el servicio a los hermanos,

especialmente a los que más sufren.

 

Contigo, primera discípula y misionera,

queremos seguir anunciando a Cristo

como el Camino, la Verdad y la Vida,

para que nuestro pueblo, en Él,

tenga vida abundante, verdadera y eterna.

 

Santa María, Virgen de Valvanera,

ruega por nosotros a Dios.

 

Amén.

PLEGARIA A LA VIRGEN DE VALVANERA

¡Oh Virgen de Valvanera,

Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!

Tú, Serranilla Graciosa,

que desde tu casa de los montes Distercios

manifiestas tu clemencia y tu compasión

a todos los que suben a solicitar tu amparo,

escucha la oración que en tu día de fiesta con filial confianza te dirigimos,

y preséntala ante tu Hijo Jesús, nuestro único Redentor,

a quién con cariño maternal sostienes en tu regazo.

Maestra del sacrificio escondido y silencioso

–como gustaba llamarte el venerado Papa Juan Pablo II -,

a ti que te muestras como la omnipotencia suplicante,

te consagramos nuestras vidas, nuestros trabajos,

nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.

Y, como no podía ser menos en este día de nuestra fiesta diocesana,

ponemos en tu maternal regazo a todas las familias de La Rioja,

a todos nuestros niños y jóvenes, a nuestros mayores:

dales tu fortaleza para que vivan la familia como verdadera comunión

de vida y cariño.

Madre del Amor Hermoso,

que las familias riojanas estén cada vez más unidas

como nos ha pedido el Papa Benedicto,

y sean con su ejemplo y su palabra

eficaces transmisoras de la fe en tu Hijo.

Te pedimos por la persona y las intenciones

de nuestro Obispo diocesano, Don Juan José,

para que apaciente con fortaleza

esta parcela del Pueblo de Dios en La Rioja,

con prudencia y dulzura,

en tu nombre siempre sublime.

Elevamos, Madre, una plegaria particular

por el Plan Diocesano de Pastoral

que hoy te ofrenda nuestro Pastor

para que llegue a ser un instrumento apostólico

que nos involucre a todos y del que todos nos beneficiemos.

Sol de La Rioja,

queremos ser totalmente tuyos.

Ayúdanos a recorrer el camino de nuestra vida

en una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia.

¡Nunca, Madre, nos sueltes de tu mano!

Aviva en nosotros la fe, la esperanza y la llama de la caridad.

Fuente sellada de la Trinidad,

derrama sobre nosotros y sobre nuestras ciudades y pueblos

los raudales fecundos de tu bendición.

Tus labios, Madre, son panal de miel.

Fortalece nuestras flaquezas

y endulza nuestros dolores, sufrimientos y contrariedades.

Finalmente, Señora de Valvanera,

intercede por nosotros ante tu Hijo Divino

en el momento de nuestra muerte,

para que alcancemos la eterna salvación. Amén.

P. Jesús Martínez de Toda, anterior Prior de Valvanera.

(Pueblo de Dios, 10 de Septiembre de 2006)

Feliz cumpleaños Bienaventurada María.

Hoy es el cumpleaños de una persona importantísima, cercana y queridísima por muchos de nosotros, por no decir todos.

Seguro que ni el Facebook, WhatsApp, twitter ni tan siquiera nuestro móvil, nos lo recordará. Hoy es el cumpleaños de María “la Nazarena”.

Virgen Maria y sus padres

María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado, siendo sus padres Joaquín y Ana.

La Virgen María fue la Madre de Jesús y, con este hecho, se cumplieron las Escrituras y todo lo dicho por los profetas. Dios escogió a esta mujer para ser la Madre de su Hijo. Con ella se aproximó la hora de la salvación. Por esta razón debemos celebrar esta fiesta con alabanzas y acciones de gracias.

El nacimiento de la Virgen María tuvo privilegios únicos. Ella vino al mundo sin pecado original. María, la elegida para ser Madre de Dios, era pura, santa, con todas las gracias más preciosas. Tenía la gracia santificante, desde su concepción.

Después del pecado original de Adán y Eva, Dios había prometido enviar al mundo a otra mujer cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente. Al nacer la Virgen María comenzó a cumplirse la promesa.

La vida de la Virgen María nos enseña a alabar a Dios por las gracias que le otorgó y por las bendiciones que por Ella derramó sobre el mundo. Por ello, podemos encomendar nuestras necesidades a Ella.

La Iglesia recuerda el día del nacimiento de la Virgen María cada 8 de septiembre. A diferencia de lo que ocurre con el nacimiento de Juan Bautista, el evangelio no dice nada del nacimiento de Nuestra Señora. No da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María.

Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática, o sea, de las ovejas. Debajo de la hermosa iglesia románica, levantada por los cruzados que aún existe, denominada Basílica de Santa Ana, se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen.

Esta tradición, fundada en apócrifos muy antiguos como el llamado Protoevangelio de Santiago (siglo II), se vincula con la convicción expresada por muchos autores acerca de que Joaquín, el padre de María, fuera propietario de rebaños de ovejas. Estos animales eran lavados en dicha piscina antes de ser ofrecidos en el templo.

La celebración de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, es conocida en Oriente desde el siglo VI. Fue fijada el 8 de septiembre, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, el cual se cierra con la Dormición, en agosto. En Occidente fue introducida hacia el siglo VII La fiesta pasó a Roma y fue apoyada por el Papa Sergio I. Su fecha de celebración no tiene un origen claro, pero motivó que la fiesta de “La Inmaculada Concepción” se celebrara el 8 de diciembre (9 meses antes), y era celebrada con una procesión-letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor.

El Papa Pío X quitó esta celebración del grupo de las fiestas de precepto

Esta fiesta mariana tiene su origen en la dedicación de una iglesia en Jerusalén, pues la piedad cristiana siempre ha venerado a las personas y acontecimientos que han preparado el nacimiento de Jesús. María ocupa un lugar privilegiado, y su nacimiento es motivo de gozo profundo. En esta basílica, que había de convertirse en la iglesia de Santa Ana (siglo XII), San Juan Damasceno saludó a la Virgen niña: “Dios te salve, Probática, santuario divino de la Madre de Dios … ¡Dios te salve, María, dulcísima hija de Ana!”.

El nacimiento de la Virgen María es celebrado como fiesta litúrgica en el santoral católico y en la mayoría de los santorales anglicanos, se celebra el mismo día 8 de septiembre, igual que por los cristianos sirios.

Maria 

Algo que no debemos olvidar.

– María vino al mundo sin pecado original y con la gracia santificante.
– La Virgen María fue escogida para ser la Madre de Dios.
– La Virgen María fue pura y santa.
– Al nacer la Virgen María se cumplió la promesa de Dios de que mandaría al mundo a una mujer de la que nacería el Salvador para    liberarnos del pecado.

Cómo vivir la fiesta en familia.

– Llevar flores a la Virgen en alguna capilla, en señal de que la amamos y dando gracias a Dios por haberla creado y escogido para esa gran misión.

– Pedir a la Santísima Virgen María, para que nos consiga la gracia que más necesitemos en este momento de nuestra vida, como familia.

– Rezarle: María, en este día que festejamos tu nacimiento, te pido que me ayudes a estar siempre cerca de ti y de tu Hijo Jesús.

 HIMNO A MARIA

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace de ella.

 

De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale luz clara y digna
de ser pura eternamente;
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

 

No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

 

Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

 

Canten hoy pues a ver vienen
nacida su Reina bella,
que el fruto que esperan de ella
es por quien la gracia tienen.

 

Dignan, Señora de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

 

Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.

 

Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense desde ahora,
para cuando venga Dios.

 

Y  nosotros que esperamos
que llegue pronto Belén,
preparemos también
el corazón y las manos.

 

Vete sembrando, Señora,
de paz nuestro corazón,
y ensayemos, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

 

Gloria al Padre,

 y gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

 Amén.

Oración

 Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento. Por nuestro Señor Jesucristo.


Amén.

Bienaventurada María Virgen Reina

El 22 de agosto, la Iglesia celebra a la Bienaventurada y Santísima Virgen María como Reina Madre. Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo y por lo tanto Reina de todo lo creado.

Un poco de historia

Esta festividad, fue instituida por el Papa Pío XII, en 1955 para venerar a María como Reina igual que se hace con su Hijo, Cristo Rey, al final del año litúrgico. A Ella le corresponde no sólo por naturaleza sino por mérito el título de Reina Madre.

María ha sido elevada sobre la gloria de todos los santos y coronada de estrellas por su divino Hijo. Está sentada junto a Él y es Reina y Señora del universo.

María fue elegida para ser Madre de Dios y ella, sin dudar un momento, aceptó con alegría. Por esta razón, alcanza tales alturas de gloria. Nadie se le puede comparar ni en virtud ni en méritos. A Ella le pertenece la corona del Cielo y de la Tierra.

María está sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a su Hijo. Tiene, entre todos los santos, el mayor poder de intercesión ante su Hijo por ser la que más cerca está de Él.

La Iglesia la proclama Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Es Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, a quien podemos invocar día y noche, no sólo con el dulce nombre de Madre, sino también con el de Reina, como la saludan en el cielo con alegría y amor los ángeles y todos los santos.

La realeza de María no es un dogma de fe, pero es una verdad del cristianismo. Esta fiesta se celebra, no para introducir novedad alguna, sino para que brille a los ojos del mundo una verdad capaz de traer remedio a sus males.

El reino de Santa María, a semejanza y en perfecta coincidencia con el reino de Jesucristo, no es un reino temporal y terreno, sino más bien un reino eterno y universal.  Es un reino eterno porque existirá siempre y no tendrá fin y universal porque se extiende al Cielo, a la tierra y a los abismos.

Es un reino de verdad y de vida. Para esto vino Jesús al mundo, para dar testimonio de la verdad y para dar la vida sobrenatural a los hombres. Es un reino de santidad y justicia porque María, la llena de gracia, nos alcanza las gracias de su Hijo para que seamos santos  y de justicia porque premia las buenas obras de todos.

Es un reino de amor porque de su eximia caridad nos ama con corazón maternal como hijos suyos y hermanos de su Hijo. Es un reino de paz, nunca de odios y rencores; de la paz con que se llenan los corazones que reciben las gracias de Dios.

Santa María como Reina y Madre del Rey es coronada en sus imágenes según costumbre de la Iglesia para simbo­lizar por este modo el dominio y poder que tiene sobre todos los súbditos de su reino.

Oración: “Oh Dios, que nos han dado como Madre y como Reina, a la Madre de tu Unigénito; concédenos, por su intercesión, el po­der llegar a participar en el Reino celestial de la gloria reserva­da a tus hijos” Amen.

La Coronación

María es Reina: Dios te salve Reina y Madre… Es Madre de Cristo, Rey universal por la plenitud de todo poder. María participa de la Realeza del Hijo al llevarlo virginalmente en sus entrañas

Cristo reconoce la realeza de su Madre: es el mejor de los hijos de los hombres. Por eso, María, asunta al Cielo en cuerpo y alma, es coronada como Reina por su Hijo. Cristo es Rey por derecho propio y absoluto. María es Reina por gracia del Hijo.

Veneramos a la Virgen Madre como Reina de los coros angélicos: los Ángeles, los Arcángeles, las Potestades, las Dominaciones, los Tronos y Serafines. María es Reina de los Profetas, de los Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores, de las Vírgenes. Es Reina de las almas del Purgatorio, de la Iglesia peregrina, de la familia, de la paz… Reina del Rosario.

Reconocemos la Realeza de la Virgen María consagrándonos a Ella en esclavitud. Somos totalmente de la Virgen María y todas nuestras cosas son suyas como la mejor manera de ser totalmente de Cristo y de su Iglesia. Expresamos nuestra dependencia de María Reina con el Rosario como cadena que nos ciñe a su corazón y nos empapa de sus sentimientos de Madre-Reina para mejor conocer, amar e imitar a Cristo.

Madre querida, la justicia de Dios no estaba satisfecha con reunirte en cuerpo y alma para que pudieras imitar a Jesús en su Reino. Tu divino Hijo, Dios y Señor, te coronó como Reina de Cielo y Tierra.

En la tierra eras la desconocida Madre de Jesús. Tu humildad asombró a los ángeles y confundió a los demonios. Es verdaderamente justo, que ahora tu grandeza sea manifestada a todos los hijos de Dios.

Tu solo deseo es el de conducirnos a Jesús y tu única oración es por nuestra salvación. Agradecemos tu solicitud y nos entristece nuestra negligencia.

Tu coronación nos garantiza que algún día seremos gloriosamente coronados. Dios enjugará todas nuestras lágrimas y nos será otorgada la luz de la Gloria.

Tu corazón fue lacerado con Siete Dolores durante su terrenal peregrinaje. Ahora, doce estrellas, circundan tu cabeza y la luna está bajo tus pies.

Tú eres Reina del Universo, los ángeles te sirven, las constelaciones enmarcan tu belleza. Obtén para nosotros, Madre querida, la gracia necesaria para un día entrar en Su Reino y recibir la corona de Santidad.

SALVE

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Tí llamamos los desterrados hijos de Eva; a Tí suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.  Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesuscristo.

Amén.

Hoy, día de su festividad y continuando con el tercer día de su Triduo, tendremos de nuevo la Eucaristía, a las 8.30 de la tarde en su Capilla.

Al finalizar  la misma, la imagen de la Virgen volverá a su hornacina, donde es venerada por todos nosotros hasta la próxima fecha de su festividad.

Este año, nos está acompañando y presidiendo las Eucaristías, ofrenda de flores y procesión, D. Abilio Martínez Varea, Obispo de Burgo de Osma-Soria, acompañado por D. José Luis Salcedo Pascual (sacerdote de la misma Diócesis, párroco de Castilruiz) D. Fernando García Cordón (anterior párroco de Albelda y capellán en el Hospital San Pedro) D. José Ignacio Subero Pérez (hasta ahora párroco de Nalda y nuevo párroco de Huércanos, Hormilla y Hormilleja) Y D. Félix Sáenz Solana (párroco de Albelda de Iregua)