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Archivo de agosto de 2015

María, Nazarena y Reina

Virgen María Reina del Universo
La festividad de la Coronación de la Virgen María, fue instituida por Pío XII en 1954, respondiendo a la creencia unánime de toda la Tradición que ha reconocido desde siempre su dignidad de Reina, por ser Madre del Rey de reyes y Señor de señores. La coronación de María como Reina de todo lo creado, que contemplamos en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, está íntimamente unida a su Asunción al Cielo en cuerpo y alma.

El dogma de la Asunción, que celebramos la pasada semana, nos lleva de modo natural a la fiesta que hoy celebramos, la Realeza de María. Ella fue trasladada al Cielo en cuerpo y alma para ser coronada por la Santísima Trinidad como Reina; así lo enseña el concilio Vaticano II: «terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cfr. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte». Esta verdad ha sido afirmada desde tiempos antiquísimos por la piedad de los fieles y enseñada por el Magisterio de la Iglesia.

Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Mater, enseña: «La Madre de Cristo es glorificada como Reina universal. La que en la anunciación se definió como esclava del Señor fue durante toda su vida terrena fiel a lo que este nombre expresa, confirmando así que era una verdadera «discípula» de Cristo, el cual subrayaba intensamente el carácter de servicio de su propia misión: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20, 28).

Por esto María ha sido la primera entre aquellos que, «sirviendo a Cristo también en los demás, conducen en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar» (Const. Lumen gentium, 36), y ha conseguido plenamente aquel “estado de libertad real”, propio de los discípulos de Cristo: ¡servir quiere decir reinar! (…). La gloria de servir no cesa (…); asunta a los cielos, ella no termina aquel servicio suyo salvífico…».

Santa María es una Reina sumamente accesible, pues todas las gracias nos vienen a través de su mediación maternal.

En la institución de esta fiesta, Pío XII invitaba a todos los cristianos a acercarse a este «trono de gracia y de misericordia de nuestra Reina y Madre para pedirle socorro en las adversidades, luz en las tinieblas, alivio en los dolores y penas», quiso alentar a todos a pedir gracias al Espíritu Santo y a esforzarnos para llegar a aborrecer el pecado, «para poder rendir un vasallaje constante, perfumado con la devoción de hijos», a quien es Reina y tan gran Madre. Adeamus ergo cum fiducia ad thronum gratiae, ut misericordiam consequamur… Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno (Hb 4, 16).

De nuevo en la Biblia, concretamente en el Apocalipsis, leemos que «apareció en el cielo una señal grande, una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas». Esta mujer, además de representar a la Iglesia, simboliza a María, la Madre de Jesús, confiada a Juan en el Calvario. Cuando, ya anciano, escribía estas visiones, María ejercía su realeza desde el Cielo.

Los tres rasgos descritos son símbolo de esta dignidad: vestida de sol, resplandeciente de gracia por ser Madre de Dios; la luna bajo sus pies indica la soberanía sobre todo lo creado; la corona de doce estrellas es la expresión de su corona real, de su reinado sobre los ángeles y los santos. Así se lo recordamos cada día en las letanías del Rosario: reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los apóstoles, de los mártires, de las vírgenes, de todos los santos…

Pero también es nuestra Reina. De ahí que sea muy frecuente expresar este título de María mediante la costumbre de coronar las imágenes de la Santísima Virgen de forma canónica solemne, y que el arte cristiano haya representado a María como Reina, sentada en trono real, con las insignias de la realeza y rodeada de ángeles. El pueblo cristiano le levanta ermitas y santuarios donde recurre a Ella con esas oraciones –Salve Regina, Ave Regina coelorum, Regina coeli laetare…– tantas veces repetidas.

El reinado de María se ejerce diariamente en toda la tierra, distribuyendo a manos llenas la gracia y la misericordia del Señor. A Ella acudimos en cada jornada; pedimos su protección musitando aquella entrañable Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra… ¡o cantándola!

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN REINA

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN REINA.
Procesión Virgen Reina
EL día 22 de agosto, la Iglesia Católica celebra la festividad de la Coronación de la Virgen María como Reina y Señora.
A tan solo 10 Kms. de Logroño, en el margen derecho de la carretera de Soria N-III, y a 4 Kms. de Albelda de Iregua, se encuentra ubicada la Capilla de la Virgen Reina.
Con dicha festividad, desde esta capilla se preparan una serie de actos para honrar a Nuestra Madre, Reina  y Señora, titular con su advocación mariana, tanto de la capilla como de la zona residencial, así como de toda la zona de alrededor de donde se haya ubicada dicha capilla.
En un principio, coincidiendo con esta festividad, se celebraba la Eucaristía como único y principal acto en honor de María Reina.
Pero desde hace ya más de diez años,  siendo párroco de Albelda D. Fernando García Cordón, y coincidiendo con una de las pequeñas reformas que se realizaron en la capilla, se sustituyó y aumentó la iluminación interior con apliques, proyectores superiores y luz del altar, posibilitando poder oficiar también por la tarde o noche de cualquier festividad.
Gracias a esta pequeña intervención en la iluminación, se pudo iniciar la ahora ya tradición de celebrar el día 22 de agosto la Eucaristía y en el ofertorio de la misma, una gran ofrenda de flores por parte de todos los asistentes a dicho acto.
Es ya con D. Félix Sáenz Solana, actual párroco de Albelda quien anima y organiza una serie de actos para completar nuestra singular fiesta en honor de nuestra querida Patrona. Con él, se estrena el “Triduo a María”  y la procesión, con la imagen de la Virgen bajada de su hornacina para ”visitar y pasear” por los caminos adyacentes a la capilla.
Poco tuvimos que insistir a D. Félix para bajar a Nuestra Señora de su hornacina de su altar. Más bien fue él, quien nos animó a ello para poder completar todos estos actos que en el cartel que acompaña a este post, está bien detallado.
Para cerrar y poner punto final a ésta festividad, al finalizar la Eucaristía, tenemos todos los asistente una cena-hermandad, aportando cada uno de nosotros todo tipo de cosas para esta cena, pasando unos buenos momentos de convivencia.
Este año además, nuestro Obispo Diocesano D. Juan José Omella, presidirá la Eucaristía y posterior procesión, estando también invitado al ágape.
Así mismo, quedáis todos invitados a los actos organizados para esta festividad. Pasad los días 20,21 y 22 de agosto por la Capilla de la Virgen Reina, acudid al triduo, participar en la Ofrenda de flores en el ofertorio de la misa del día 21 y participar en la Eucaristía y Procesión del día 22. Quedaros después, a pasar todos juntos unos buenos momentos de convivencia en la singular cena. Estaremos encantados de recibiros, y Nuestra Madre la Virgen Reina, muy satisfecha de vernos a todos bajo sus pies.
Viva la Virgen Reina.
Cartel

Festividad de la Asunción de María a los Cielos.

Asunción María

“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María, su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

Con estas  palabras, el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus, proclamaba el Dogma de la Asunción de María a los Cielos.

La importancia de la Asunción para nosotros, hombres y mujeres de comienzos del Tercer Milenio de la Era Cristiana, radica en la relación que hay entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La presencia de María, mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo, es eso: una anticipación de nuestra propia resurrección.

Más aún, la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es el Dogma de nuestra fe católica, expresamente definido como hemos dicho, por el Papa Pío XII hablando “ex-cathedra”. Y … ¿Qué es un Dogma? Puesto en los términos más sencillos, Dogma es una verdad de Fe, revelada por Dios (en la Sagrada Escritura o contenida en la Tradición), y que además es propuesta por la Iglesia como realmente revelada por Dios.

En este caso se dice que el Papa habla “ex-cathedra”, es decir, que habla y determina algo en virtud de la autoridad suprema que tiene como Vicario de Cristo y Cabeza Visible de la Iglesia, Maestro Supremo de la Fe, con intención de proponer un asunto como creencia obligatoria de los fieles Católicos.

El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica nos lo explica así, citando a Lumen Gentium 59, que a la vez cita la Bula de la Proclamación del Dogma: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del Cielo y elevada al Trono del Señor como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte”.

Y el Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, explica esto mismo en los siguientes términos: “El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio” (JP II, 2-julio-97).

“Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia Divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos” (JP II , Audiencia General del 9-julio-97).

Continúa el Papa: “María Santísima nos muestra el destino final de quienes `oyen la Palabra de Dios y la cumplen’ (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial” (JP II, 15-agosto-97)

http://logronopasion.com/portal/festividad-de-la-asuncion-de-la-santisima-virgen-maria-los-cielos/

 

Juan Bautista Vianney, “Cura de Ars”.

Juan Bautista Vianney, “Cura de Ars”, cuyo nombre completo fue Jean-Baptiste-Marie Vianney.

JuanMariaVianney-4Agosto

Nació en Dardilly el 8 de mayo de 1786.

Por el lugar de ver la luz –un villorrio cercano a Lyon–, por la condición económico-social de la familia –unos destripaterrones a sueldo, cuando lo había–, por el comienzo de su vida en sociedad como pastor de tres cabras y un borrico y, finalmente, por lo torpón de cabeza cuando se puso a hacer pinitos en los estudios, bien parecía que habría de decir a la historia tan pocas cosas como la historia de él.

Pero no fue como se temía; las cosas cambiaron más de lo que ningún agorero pudiera predecir. Y eran tiempos turbios los de Francia aquellos. Estalló la Revolución Francesa cuando tenía poca edad Juan Bautista. Ni siquiera pudo hacer su Primera Comunión en la pequeña Iglesia de su pueblo porque ya había llegado el sacerdote constitucional –que era lo mismo que decir cismático– y tuvo que recibir al Señor por primera vez en un salón de un pueblo cercano con las ventanas cerradas a cal y canto para que el sacerdote disimulado y perseguido –pero fiel a Roma– no sufriera maltratos con sus fieles. Si a esto se añade que fue declarado prófugo y desertor del ejército cuando se le llamó a filas para combatir en España, teniendo que pasar escondido dos años por aquellos campos de Dios, que le despidieron del seminario por no mantener buenas relaciones con el latín y que tenía bastante poca salud, tendremos un cuadro bastante aproximado al que quiere expresar el paisano cuando dice de alguien que «parece que lo ha mirado un tuerto».

Sin embargo, su persona llegó a ser una especie de piedra de escándalo en Lyon –sede primada metropolitana de Francia– y en Belley primero; luego será todo el país galo el que hablará de él entre la perplejidad, la sorna y el consuelo; las mismas fronteras no pudieron impedir el hálito que salió de su pequeño enclave humano que ni siquiera tenía las condiciones necesarias para haber sido nombrado jurídicamente como parroquia. Casi por compasión le ordenó el obispo de Grenoble, Mons. Simón, el 13 de agosto de 1815, a petición del P. Balley, que intercedió tozudamente por él y se hizo cargo de completar su formación, teniéndolo varios años por vicario a su cuidado en Ecully, hasta que le encomendaron el cuidado pastoral de aquella aldehuela que se llamaba Ars, una especie de anejo de Mizérieux.

Para que lo declararan patrono universal de los sacerdotes seculares, que es su mayor gloria ¿Qué hizo? Pues casi nada. Aquel que parecía el epítome de la ineptitud y que, cuando se refería a sí mismo, solo se le ocurría decir que su «tentación era la desesperación» resulta que pasó una cuarentena de años –toda su vida de sacerdote– consagrando todas sus energías y afanes a la santificación de las personas de su minúsculo pueblo.

Fue un cura rural «todo terreno». Con sencillez visita casa por casa a los suyos, dedica atención especial a niños con catequesis y a los enfermos con tiempo y consuelos; cuida lo más que puede la dignidad en el culto, amplía y ennoblece el templo y presta ayuda a los curas vecinos. Vive con asombrosas penitencias y es intensísima la oración. «¡Ars ya no es Ars!» llegaron a decir los lugareños. ¡Claro! Se ocupó de la moralización del pueblo, declarando la guerra a las tabernas, peleando contra el trabajo en los domingos y acabando con el baile. Nada de esto fue fácil, pero supo unir a su talante bondadoso la rectitud y firmeza explicada muy sencillamente en las predicaciones. A medida que disminuyeron los vicios empezaron a salir las vocaciones.

Después comenzó la procesión de gente procedente primero de los pueblos vecinos que conocían al sencillo cura de Ars de cuando iba a ayudar a los compañeros próximos. Pero de lo local, se va saltando como en círculos concéntricos a niveles más amplios hasta que la riada de gente llegó a obligar a las taquillas a que despacharan billetes de ida y vuelta a Ars; ignorantes campesinos le consultaron sus problemas, pidieron consejo y recibieron por él el perdón de los pecados; pero también llegaron a Ars obispos, intelectuales y políticos.

¿El secreto? Cumplimiento fidelísimo de las obligaciones de su ministerio, dieciocho horas de confesión diaria, poca comida y escaso tiempo para el sueño en camastro de madera sin colchón donde poner sus huesos, penitencia más de espanto que de admiración para quienes le atienden cuando contemplan los efectos, refriegas con el Demonio, sencilla y clara predicación, mucha oración y aún le dio la vida para fundar La Providencia para atender a las niñas huérfanas pobres de los contornos.

Murió a las dos de la madrugada del día 4 de agosto de 1859. Era jueves.

Beatificado el 8 de enero de 1905 por San Pío X y canonizado por Pio XI el 31 de mayo de 1925, quien también lo declaró patrono universal de los sacerdotes seculares.