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Archivo de noviembre de 2016

Cristo Rey del Universo. Fin del Año Litúrgico.

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La celebración de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

El año litúrgico llega a su fin. Desde que lo comenzamos, hemos ido recorriendo el círculo que describe la celebración de los diversos misterios que componen el único misterio de Cristo: desde el anuncio de su venida (Adviento), su nacimiento (Navidad), presentación al mundo (Epifanía) hasta su muerte y resurrección (Ciclo Pascual), y la cadencia semanal del ciclo ordinario de cada domingo.

La festividad que ahora celebramos, es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico donde celebramos que Cristo, “el ungido”, es sin duda, el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace más de dos mil años, pero reinará definitivamente sobre todos los hombres, cuando vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, el camino hacia el Reino de Dios. “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.

Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.  La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.

Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

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 ¿Pero por que decimos que Cristo es Rey?

Desde la antigüedad se ha llamado Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, en razón al supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, reina sobre los hombres porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad .

Sin embargo, profundizando en el tema, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey, ya que del Padre recibió la potestad, el honor y el reino; además, siendo Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

Ahora bien, que Cristo es Rey lo confirman muchos pasajes de las Sagradas Escrituras y del Nuevo Testamento. Esta doctrina fue seguida por la Iglesia –reino de Cristo sobre la tierra- con el propósito celebrar y glorificar durante el ciclo anual de la liturgia, a su autor y fundador como a soberano Señor y Rey de los reyes.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, adjudican el título de rey a aquel que deberá nacer de la estirpe de Jacob; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra.

Además, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: “Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz… y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra“.

Por último, aquellas palabras de Zacarías donde predice al “Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino”, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas, ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

En el Nuevo Testamento, esta misma doctrina sobre Cristo Rey se halla presente desde el momento de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen, por el cual ella fue advertida que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David, y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin.

El mismo Cristo, luego, dará testimonio de su realeza. El mismo respondió a Pilato confirmándolo, aunque también añadió: “Pero mi reino no es de aquí”.

Ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey y públicamente confirmó que es Rey, y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Pero, además, ¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, bastante olvidadizos, recordásemos cuánto le hemos costado a nuestro Salvador, ya que con su preciosa sangre, como de Cordero Inmaculado y sin tacha, fuimos redimidos del pecado. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande; hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas. Dice de su reino que:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;

“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

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Un poco de historia sobre ésta festividad.

Haciendo un poco de historia, la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, festividad que cierra el tiempo ordinario, originalmente fue promulgada instaurada por el Romano Pontífice Pío XI el día 11 de diciembre de 1925 a través de su encíclica “Quas primas”, al conmemorar un año Jubilar, el XVI centenario del I Concilio Ecuménico de Nicea que definió y proclamó el dogma de la consubstancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de incluir las palabras…y su reino no tendrá fin, en el Símbolo o “Credo Apostólico”, promulgando así la real dignidad de Cristo, estableciendo para su celebración el domingo anterior al día de Todos los Santos (1 de noviembre). Desde 1970, ésta solemnidad se celebra el último domingo per amnum, es decir el quinto domingo anterior a la Navidad, por lo tanto, su fecha varía u oscila entre los días 20 y 26 de noviembre y se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido, al cierre del año litúrgico y así se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

La Iglesia, ciertamente no había esperado dicha fecha para celebrar el soberano señorío de Cristo: Epifanía, Pascua, Ascensión, son también fiestas de Cristo Rey, y si Pío XI estableció esa fiesta, fue como él mismo dijo explícitamente en la encíclica  con una finalidad de pedagogía espiritual. Con ella se pretende motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de nuestra Iglesia es Cristo Rey y como principal objetivo es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.

 

Cristo reina ya, mediante la Iglesia

“Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos, y en la tierra. Él está “por encima de todo principado, Potestad, Virtud, Dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Cristo Rey

¿Cómo acercarnos a Cristo Rey?

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Recemos por nuestros difuntos

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¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?

Esta pregunta, le realizaron a San Agustín, y el santo acordándose de sus conversaciones con su madre, Santa Mónica, en el lecho de muerte, daba una respuesta muy convincente: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que en la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

 

Y así lo cuenta San Agustín, recordando lo que su madre Santa Mónica, les pidió a sus familiares y amigos al morir, “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”.

La Festividad de Todos los Fieles Difuntos, popularmente llamado día de los fallecidos o día de difuntos, tiene lugar el día 2 de noviembre, siguiente día al de la Festividad de Todos los Santos, y que es el día designado por la Iglesia Católica Romana para honrar y rezar por aquellos fieles que han acabado ya su vida terrenal y, especialmente, por aquellos que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio.

El día anterior, hemos celebramos como ya hemos dicho, la conmemoración de Todos los Santos, y nuestros cementerios, rebosaron de multitud de personas que visitaron las tumbas y nichos equivocadamente o por comodidad al ser día festivo laboral. Nuestros Campo santos, se encontraron llenos de gente que fueron y vinieron a los cementerios. En los alrededores se ponen puestos de flores con cantidad de ofrecimientos para adornar por fuera las tumbas y nichos de los seres queridos, pero el significado es el mismo. Nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración, ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos.

Debiera ser hoy ese día que dedicamos a nuestros difuntos en vez de ayer, pero como indicábamos anteriormente, ya por equivocación, comodidad u otras razones hemos trasladado voluntariamente a esa festividad, el recuerdo y oraciones a nuestros fieles difuntos.

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¿Tradición o creencia?

La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos

En todas las tumbas, se puede leer RIP como oración que indica deseo vehemente y afirmación. A los cristianos, éste fonema formado por las iniciales de Requiescat in pace en latín, descanse en paz en castellano, nos suena a oración con tintes de esperanza al recordar lo bueno realizado en vida por el muerto y teniendo muy presente lo mucho que abarca la misericordia de Dios. A los no creyente, le suena sólo a voz hueca expresiva de la quietud del muerto, del profundo silencio del cementerio considerado como su última morada y juzgando la separación pretérita como una pérdida irreparable.

Hoy, en muy pocas poblaciones o ciudades se entierra a los difuntos en tierra. La mayoría de las poblaciones entierran en nichos. Todo ello conlleva una cifra económica importante para añadir a lo que habitualmente cuesta ya la muerte de un ser querido. Pasada la etapa de duelo por el ser fallecido, muchos nos olvidamos de ellos y solo en estos días, elevamos unas pequeñas oraciones y llevamos un pequeño presente como son unas flores a las tumbas de estos seres queridos en su recuerdo.

Con este tipo de “molestias y dedicaciones” así como con todos los gastos ocasionados, no es de extrañar que cada vez más gente se decante por la opción de la incineración. ¿Pero esta opción ayuda a resolver estos problemas? Las molestias de trasladarse hasta el cementerio a dedicar unas oraciones y dejar unas flores pudieran ser, salvo que la urna esté depositada en uno de los nichos preparados para tal fin. Los gastos son más reducidos, aunque la incineración cuesta también una buena cantidad, pero evitas tener que alquilar los nichos a través del tiempo. ¿Qué es entonces lo que “empuja” a muchos a tomar la decisión de la incineración de los nuestros seres queridos?

Cada vez hay más inclinación hacia esta opción por las personas en general defendida por la modernidad y comodidad que representa ante la otra opción hasta ahora tradicional. Una vez terminada la cremación del cadáver, se nos entrega la urna que nos llevamos provisionalmente a nuestra casa hasta que, pasado un tiempo, nos incordia, nos molesta e incluso se nos puede llegar a comentar por parte de visitas y amigos que “la situación” es morbosa. En ese momento se nos presenta un problema no de espacio que también pero mucho más profundo y sentimental. ¿Qué hacemos con la urna? Unas veces, los restos de ese familiar, padre, madre, hermanos o hijos, son espolvoreados al viento en cualquier lugar relacionado más o menos con el difunto, otras enterradas las cenizas en esos lugares o parecidas circunstancias y otras, hay que reconocer que de momento las menos, son colocadas en el contenedor de la basura para terminar con el problema.

En fechas recientes, su santidad el Papa Francisco, ha dado las instrucciones que los católicos debemos mantener respecto a este tipo de inhumaciones. Las cenizas de nuestros difuntos, deberán ser depositados en un lugar sagrado para poder ser honrados por nosotros en el recuerdo y en la oración.

Todas estas cosas, son las que nos llevan a modificar nuestras buenas y ya viejas tradiciones abandonándolas por otras en aras de la modernidad. No ya por la rebelión social contra la religión que también pero que en este caso, no nos puede dejar indiferentes a los creyentes, el privar a nuestros seres queridos de esas oraciones, de esas flores que no solo en estos días sino en todos los días del año, debiéramos tener presentes en el recuerdo, ofreciéndoles nuestra ayuda, nuestros rezos, rosarios, misas, etc., y nuestra súplica a los santos, a Nuestra Madre Celestial y a Nuestro Señor Jesucristo para que intercedan ante Dios nuestro Señor en la salvación de su alma y en la de todos los Fieles Difuntos.

Debiéramos rezar más por los difuntos. Ofrezcamos por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras. Nuestros seres queridos ya fallecidos, seguro que sí rezan y obtienen igualmente favores a favor de los desde la tierra, rezan por ellos.

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¿Existe el Purgatorio?

San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo.

Y de San Gregorio, se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se popularizó mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo, nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, quienes no sean perfectos deberán purificarse antes de ser admitidos en la presencia de Dios. La Iglesia enseña la existencia del Purgatorio, en donde las almas de los justos que mueren con mancha de pecado se purifican expiando sus faltas antes de ser admitidas en el Cielo. Entre tanto pueden recibir ayuda de los fieles que viven en la tierra. Es decir, por nosotros.

Almas de los justos son aquellas que, en el momento de separarse del cuerpo por la muerte, se hallan en estado de gracia santificante y por eso tiene derecho a entrar en la Gloria. El juicio particular les fue favorable, pero necesitan quedar plenamente limpias de las manchas del pecado para poder ver a Dios “cara a cara”.

“Manchas de pecado” quiere decir el castigo temporal que es debido por los pecados mortales o los veniales, ya perdonados en cuanto a la culpa, pero que en la hora de la muerte no están totalmente libres de castigo correspondiente a la culpa. “Manchas de pecado” puede referirse también a los pecados veniales que, al morir, no habían sido perdonados ni en cuanto a la culpa ni en cuanto a la pena. La Iglesia entiende por Purgatorio el estado o condición bajo el cual los fieles difuntos están sometidos a purificación.

La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia. El texto de 2 Macabeos 12,46, da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. Asimismo, las palabras de nuestro Señor: “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo ni en el otro” (Mt 12,32). Se llega a semejante conclusión en el texto de 1 Corintios 3, 11-15.

En la Iglesia católica la práctica de rezar por las benditas almas del Purgatorio está basada sobre la fe en la Comunión de los Santos. Los miembros del Cuerpo Místico pueden ayudarse unos a otros, mientras estén en la tierra y después de la muerte. Si nos fijamos en las oraciones litúrgicas de la Iglesia vemos claramente que se invoca con frecuencia a los Ángeles y a los Santos en favor de la Iglesia sufriente o Purgatorio, pero siempre para que intercedan por ella. Toda persona en estado de gracia puede orar con provecho por las benditas almas; probablemente es necesario, al menos, hallarse en estado de gracia santificante para ganar las indulgencias por los difuntos.

El Concilio Vaticano Segundo hizo profesión de fe en la Iglesia Sufriente diciendo: “Este Sagrado Concilio recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros hermanos que se hallan en gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte”.

Aunque no sea doctrina definida, se mantiene como doctrina común que sufrimiento mayor del Purgatorio consiste en la “pena de ausencia”, porque las almas están temporalmente privadas de la visión beatifica. Sin embargo, no hay comparación entre este sufrimiento y las penas del Infierno. Es temporal y por eso lleva consigo la esperanza de ver a Dios algún día cara a cara. Las almas lo llevan con paciencia, pues comprenden que la purificación es necesaria. La aceptan generosamente por amor de Dios y con perfecta sumisión a su voluntad.

Es probable que las penas del Purgatorio van disminuyendo gradualmente de manera que en las etapas finales no podemos comparar los sufrimientos de este mundo con los que padece un alma próxima a la visión de Dios. Pero las almas experimentan también inmensa alegría espiritual. Están totalmente ciertas de su salvación. Tiene fe, esperanza y caridad. Saben que ellas mismas están en amistad con Dios, confirmadas en gracia y sin poder ofenderle.

Aunque las almas en el Purgatorio no pueden merecer, sin embargo, pueden orar y obtener el fruto de la oración. El poder de su oración depende del grado de santidad. Es cierto que pueden orar por los que viven en la tierra.

Por la Comunión de los Santos entendemos que están unidas a la Iglesia militante. Debemos animarnos a invocar su ayuda con la confianza de que ellas nos escuchan. Entienden perfectamente nuestras necesidades, porque las experimentaron y porque están agradecidas a las oraciones, sacrificios y santas Misas que ofrecemos por ellas.

Recordemos y recemos pues, por nuestros familiares más allegados, por nuestros amigos y por todos nuestros “HERMANOS” en la Fe.