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Archivo de Diciembre de 2016

María, Madre de Dios.

Theotokos quiere decir Madre de Dios en griego.

La maternidad Divina de María fue el primer dogma mariano, promulgado en el Concilio de Éfeso en el año 430 d.C. En aquel tiempo ya se decía que era creído desde los orígenes del cristianismo que María había dado a luz al Dios Vivo, segunda persona de la Trinidad, el Emmanuel, o Dios con nosotros.

Aún con todo esto, la mayoría de los protestantes niegan esta gran verdad, revelada muy claramente en las escrituras, pero ya que no han admitido ningún dogma mariano tampoco este iba a ser la excepción.

María es verdadera Madre, ya que ella fue participe activo de la formación de la naturaleza humana de Cristo, de la misma manera en la que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre.

La Iglesia Católica comienza todos los nuevos años, celebrando la Festividad de María, Madre de Dios, fiesta solemne y propicia para pedir y solicitar la protección de la Santísima Virgen María. Es la fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente. Es la fiesta de la mismísima “Madre de Dios, nuestro Señor”.

San Pablo en su carta a los gálatas dice de Jesucristo: “nacido de mujer, nacido bajo la ley”, para indicarnos que como hombre, Dios necesariamente ha tenido que tener una madre. La bendición litúrgica de la primera lectura parece que fue escrita dirigida a María madre: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te dé la paz”. El rostro del Señor es Jesús de Nazaret, el hijo de María. El evangelio nos permite intuirlo cuando con impresionante sencillez nos dice, refiriéndose a los pastores: “Fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre”.

Ya en las Catacumbas Romanas que están cavadas debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Eucaristía en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este lema: “María, Madre de Dios”.

La mujer y que mujer, es el centro de atención en la liturgia de hoy. Particularmente la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre, es María, la Madre de Dios, nada más y nada menos.

María, no formó a Dios, pero es Madre de Dios. Y si nosotros, hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿Qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener, como mujer y como madre.

María no engendró a Dios desde la eternidad. María comienza a ser Madre de Dios cuando el Hijo Eterno se encarnó en sus entrañas, es decir en la misma “Encarnación del Señor”.

¿A quién llamamos madre? Pues a la mujer que engendra un hijo, y por ello, es madre de la persona por ella engendrada.

Si reconocemos que María engendró y dio a luz a Jesús, entonces reconocemos que María es madre de Jesús. Y si además reconocemos que Jesús es una persona divina, la Segunda Persona de la Trinidad, entonces reconocemos que María, por ser madre de esa Persona, Jesús, es verdaderamente Madre de Dios.

En el credo profesamos que el Hijo es engendrado (eternamente), no creado por Dios. Dios no tenía necesidad de hacerse hombre pero quiso hacerse. Quiso tener madre verdaderamente. Gálatas 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios, por ende María es madre de Jesús, Dios y hombre verdadero.

Dios no necesitaba tener madre pero la quiso tener para acercarse a nosotros con infinito amor. Dios es el único que pudo escoger a su madre y, para consternación de algunos y gozo de otros, escogió a la Santísima Virgen María quién es y será siempre la Madre de Dios.

Cuando la Virgen María visitó a su prima Isabel en su Visitación, ésta, movida por el Espíritu Santo, la reconoció como Madre de Dios al llamarle “Madre de mi Señor”.

La verdad de que María es Madre de Dios es parte de la fe de todos los cristianos.  Esto fue proclamado dogmáticamente en el Concilio de Efeso en el año 431 y es el primer dogma Mariano. Negar que María es Madre de Dios es negar que el Verbo se hizo hombre, negando la Encarnación de Dios Hijo.

¿Pero ha habido controversia sobre la maternidad divina de María Santísima?

Pues sí. En el siglo V, Nestorio, Patriarca de Constantinopla afirmaba los siguientes errores:

Que hay dos personas distintas en Jesús, una divina y otra humana.

Sus dos naturalezas no estaban unidas.

Por lo tanto, María no es la Madre de Dios pues es solamente la Madre de  Jesús hombre.

Jesús nació de María solo como hombre y más tarde “asumió” la divinidad, y por eso decimos que Jesús es Dios.

Vemos que estos errores de Nestorio, al negar que María es Madre de Dios, niegan también que Jesús fuera verdaderamente una Persona divina que asume una naturaleza humana.

La doctrina referente a María está totalmente ligada a la doctrina referente a Cristo. Confundir una es confundir la otra. Cuando la Iglesia defiende la maternidad divina de María está defendiendo la verdad de que, su hijo, Jesucristo, es una Persona divina.

En esta batalla doctrinal, San Cirilo, Obispo de Alejandría, jugó un papel muy importante en clarificar la posición de nuestra fe en contra de la herejía de Nestorio. En el año 430, el Papa Celestino I en un concilio en Roma, condenó la doctrina de Nestorio y comisionó a S. Cirilo para que iniciara una serie de correspondencias donde se presentara la verdad.

“Me extraña en gran manera, que haya alguien que tenga duda de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿Por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos transmitieron los discípulos del Señor. Así nos lo han enseñado los Santos Padres” dijo San Cirilo de Alejandría.

Pero en el transcurrir de los tiempos y hasta nuestros días, en los diferentes Concilios y diferentes Papas, se ha venido constatando y dejando bien claro el Dogma de Madre de Dios.

Al año siguiente, en el año 431, se reunieron 200 obispos en el Concilio Ecuménico de Efeso, ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años. En dicho Concilio, proclamaron solemnemente que “La Virgen María, sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios”. Por ello, canonizó el título de “Theotokos”

“Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios”

En vez de Theotokos, algunos padres proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Precisamente, en ese Concilio de Efeso, se confirmó, por una parte la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios y, por otra la legitimidad de la atribución a la Virgen, del título de Theotokos, Madre de Dios.

Para celebrar la proclamación de Efeso, los Padres, acompañados por el gentío de la ciudad, que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Así de esta forma, la Theotokos es representada e invocada como la reina y señora por ser Madre del Rey y del Señor.

“Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia en el año 451, en el que Cristo fue declarado “verdadero Dios y verdadero hombre, nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad”

La Maternidad de María fue también afirmada por otros concilios universales, como el segundo de Constantinopla en el año 553.

En el siglo XIV se introduce en el Ave María la segunda parte donde dice: “Santa María Madre de Dios”. En el siglo XVIII se extiende su rezo oficial a toda la Iglesia.

El Papa Pío XI reafirmó el dogma en la Encíclica Lux Veritatis en el año 1931 y el Concilio Vaticano II, recogió en un capítulo de la Constitución Dogmática “Lumen gentium” sobre la Iglesia, punto octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina. El capítulo se titula: “La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”. Este documento presenta la maternidad divina de María en dos aspectos:

1) La maternidad divina en el misterio de Cristo.
2) La maternidad divina en el misterio de la Iglesia.

“Y, ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Sta. Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades…. Y las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los límites de la sana doctrina, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo por razón del cual son todas las cosas, sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos”

En el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI, ya en el año 1968, dice: “Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y salvador nuestro”

También en 1984, San Juan Pablo II dice al mundo entero, a través de toda la oración de consagración “Recurrimos a tu protección, Santa Madre de Dios”

María por ser Madre de Dios transciende en dignidad a todas las criaturas, hombres y ángeles, ya que la dignidad de la criatura está en su cercanía con Dios. Y María es la más cercana a la Trinidad. Madre del Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu.

“El Conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María, será siempre la llave exacta de la comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia”

Saludamos a la Virgen con la Antífona de entrada de la Misa: “Salve, Madre santa, Virgen, Madre del Rey”

Santa María es la madre, llena de gracia y de virtudes, concebida sin pecado, que es Madre de Dios y Madre nuestra, y está en los cielos en cuerpo y alma.

Después de Cristo, Ella ocupa el lugar más alto y el más cercano a nosotros, en razón de su maternidad divina.

Decía San Juan de la Cruz:”Y la Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío”

Su Santidad Benedicto XVI decía en el año 2008: “El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de “Madre de la Iglesia”.

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiς tά íδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: “La Madre de Dios es también madre mía”. Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: “He ahí a tu madre”, ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Pidamos a María, a la doncella de Nazareth, a la llena de gracia, al asumir en su vientre al Niño Jesús, Segunda Persona de la Trinidad, y que por ello se convierte en la Madre de Dios, dando todo de sí para su Hijo y Dios nuestro, nos facilite y sea la guía segura que nos introduzca en la vida del Señor Jesús, pues vemos y creemos que todo en ella apunta a su Hijo. Es por ello  que María es modelo para todo cristiano que busca día a día alcanzar su santificación.

Que MARIA, la mismísima MADRE DE DIOS, nos lleve por este nuevo año que hoy comienza por los caminos de su mismísimo HIJO.

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Hoy, nos ha nacido un Salvador: El Mesías, el Señor.

Niño Jesús

Hoy la Paz bajo del Cielo

Hoy brilla una nueva Luz

Un niño nos ha nacido

Un Hijo se nos ha dado

Canta el Cielo con los hombres

la salvación de nuestro Dios.

Hosanna en el Cielo, hosanna al Señor

  • La Natividad del Señor.

El nacimiento de Jesús es motivo de una excepcional celebración. El ángel dijo a los pastores: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. El mismo ángel, catalogó el evento como “nuevas de gran gozo para todo el pueblo” y a raíz del alumbramiento, una multitud de ángeles alababan a Dios en clara actitud de celebración.

Habrá gente que no celebrará este nacimiento y otros que pongan en duda tanto la fecha como el año, criticando la celebración de la Navidad y en parte llevan razón. La sociedad actual ha llevado ésta celebración a los límites del paganismo. Todo se reduce a fiesta, comilonas, gasto desmesurado, regalos, etc., mientras hay muchas personas alrededor nuestro pasando muchas dificultades tanto económicas como personas que han llevado a desvirtuar estas fechas, días de amor, de paz y de hermandad.

Los Cristianos y el mundo entero debemos celebrar, no la Navidad, sino la Natividad de Cristo. . .¡Y por supuesto, todos los días! Lo importante no es la fecha, sino la conmemoración de un hecho trascendental: el nacimiento de Jesús Cristo, el Salvador, el Ungido, que vino como Cordero de Gloria para perdón de nuestros pecados, y para que todo aquél que crea en Él, no se pierda más y tenga vida eterna (Juan 3:16).

Dios prometió (Génesis 3:15) su “Herencia”, la que confirmó en Isaías 9:6 nombrándolo entre otros hermosísimos títulos, “Príncipe de Paz”, y realizándose miles de años después en el nacimiento de Cristo Jesús relatado en los evangelios, especialmente, en Mateo y Lucas.

Los hijos de Dios, somos sus herederos y coherederos con Cristo. Pero, ¿herederos y coherederos de qué? Bueno, si Cristo es considerado y llamado Príncipe, Su Padre es el Rey, y como tal, tiene un reino. Un reino de paz y justicia con gozo en el Espíritu Santo. Si Cristo es Príncipe de Paz, y la herencia de Dios para nosotros, también nosotros hemos heredado su reino. Y no para el futuro, para ahora mismo. Esto es precisamente, lo que debemos celebrar en la Navidad, la venida de ese Reino a través de la Natividad del Hijo de Dios, Príncipe de Paz, Él trajo la paz al mundo a través de la paz del perdón.

  • ¿Pero es correcta la fecha y el año del nacimiento de Jesús?

Los primeros cristianos no parece que celebrasen su “cumpleaños”. Celebraban su “dies natalis”, el día de su entrada en la patria definitiva, como participación en la salvación obrada por Jesús al vencer a la muerte con su pasión gloriosa. Recuerdan con precisión el día de la glorificación de Jesús, el 14/15 de Nisán, pero no la fecha de su nacimiento, de la que nada nos dicen los datos evangélicos.

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico “filocaliano” del año 354.

“Ian. natus Christus in Betleem Iudeae” que traducido dice: “El 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”. A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

  • Es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento.

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día, porque  a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el “dies natalis Solis invicti”, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.). Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución. Es posible, no obstante, que con el transcurso del tiempo la fiesta cristiana fuera asimilando la fiesta pagana.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.

La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí. Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz. Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

Actualmente, los más serios estudiosos y eruditos de la Biblia coinciden en que Jesús no nació el 25 de Diciembre como la tradición cristiana decimos. ¿Por qué? Es sencillo.

Porque los pastores tenían a sus rebaños fuera, en el campo, lo que implica que esto sucedió antes de Octubre. Y asimismo hay que tener en cuenta de que la razón del peregrinaje de José y su esposa embarazada, María, fue para ser censado. Ningún administrador romano que se respetara, hubiera requerido hacer un censo que implicara el viajar por Judea en la temporada en que ésta era intransitable.

  • ¿Quién decidió entonces que Diciembre 25 fuera la fecha de nacimiento oficial de Jesús?

La primera mención del día 25 de diciembre registrada es la del Calendario de Filócalo  quien asumió que el cumplimiento de Jesús fue el Viernes 25 de Diciembre del año primero de la Era Cristiana.

El 25 de Diciembre fue oficialmente proclamada por los padres de la iglesia en el año 440 DC, como un sincretismo entre la religión del entonces Imperio Romano y la tradición del día festivo de la Saturnalia, la que se observaba cerca del solsticio de invierno, que era una de las muchas tradiciones paganas heredadas del sacerdocio babilónico.

Entonces, ¿cuándo es exactamente cuando nace Jesús? A pesar de que la Biblia no identifica específicamente la fecha de nacimiento de nuestro Señor, muchos eruditos han desarrollado diversas opiniones, sobre cual pudiera ser la fecha más probable del nacimiento de Jesús.

  • El año del Nacimiento de Jesús.

Por el otro lado, el año en que Jesús nació es ampliamente aceptado como válido en el año 4 A.C., debido a las conclusiones erróneas derivadas de la datación que Josefo diera a un eclipse que se supone tuvo lugar en Marzo 13 A.C. “poco antes de la muerte de Herodes”. Hay varios problemas con esta aseveración además de que este eclipse con toda probabilidad tuvo lugar en Diciembre 29, año 1 A.C.

Esto es un considerable lapso de tiempo transcurrido entre el nacimiento de Jesús y la muerte de Herodes, dado que la familia escapó a Egipto huyendo del edicto de Herodes y no regresó sino después de la muerte de éste.

Pero hay más hechos: Tertuliano, nacido cerca del año 160 DC, declara que Augusto comenzó a gobernar 41 años antes del nacimiento de Jesús y que murió 15 años después de ese evento. Si Augusto murió el 19 de Agosto del año 14 D.C, hay que situar entonces el nacimiento de Jesús en el año 2 A.C. Además, igualmente Tertuliano hace notar que Jesús nació 28 años después de la muerte de Cleopatra, en el año 30 A.C, lo que es coincidente con la fecha del año 2 A.C.

Otro hecho es el de Irineo, que nació aproximadamente un siglo después de Jesús, y también comenta que el Señor nació en el año 41 del reinado de Augusto. Como Augusto inició su reinado en el otoño del año 43 A.C, esto también apoya al año 2 A.C como la fecha del nacimiento de Jesús.

Más hechos. Eusebio (264-340 D.C), el “Padre de la Historia de la Iglesia”, la describe en el año 24 del reinado de Augusto y el 28 a partir del sometimiento de Egipto a la muerte de Marco Antonio y Cleopatra. Para comprender esto, debemos tomar en cuenta que el año 42 del reinado de Augusto comienza a correr desde el otoño del año 2 A.C hasta el otoño del año 1 A.C. El sometimiento de Egipto por el Imperio Romano ocurrió en el otoño del año 30 D.C. Así, si el 28avo año se extiende del otoño del año 3 al otoño del año 2 A.C, la única fecha que se ajustaría a esto sería el otoño del año 2 A.C.

  • Juan el Bautista.

Otra forma de determinar la fecha del nacimiento de Jesús es obtenerla ó calcularla, de la información acerca de Juan el Bautista. Santa Isabel, la madre de Juan, era prima de María y la esposa de un sacerdote llamado Zacarías, quien era de la “clase” de Abías. Los sacerdotes eran divididos en 24 clases y cada clase o turno, oficiaba en el Templo por una semana, de Sabbat  “el Sábado judío” a Sabbat.)

Cuando el Templo fue destruido por Tito el 5 de Agosto del año 70 D.C, la primera clase de sacerdotes acababa de comenzar su servicio. Y dado que el curso de Abías era el octavo, podemos rastrear hacia atrás y determinar que Zacarías terminó su servicio el 13 de Julio del año 3 A.C.

Si el nacimiento de Juan se efectuó 280 días después, debió haber sucedido entre el 19 y el 20 de Abril del año 2 A.C, precisamente para la Pascua de ese año. El nacimiento de Juan y el de Jesús estuvieron separados por 5 meses. Por lo tanto, de nuevo tenemos como resultado el otoño del año 2 D.C. como fecha probable del nacimiento del Divino Maestro. Más datos sobre ello se pueden sonsacar desde Juan el Bautista pues  cuando  inicia su misión, era el año 15 de César Tiberio. La edad mínima para un ministerio de este orden eran los 30 años. Sabiendo que Augusto murió el 19 de Agosto del año 14 D.C, entonces podemos aseverar que ese año ascendió al poder Tiberio.

Si Juan nació el 19 o 20 de Abril del año 2 A.C, su trigésimo cumpleaños debió haber sido el 19 o 20 de Abril del año 29 D.C, es decir, el año 15 de Tiberio. Esto parece confirmar por sí mismo, la fecha del 2 A.C y como Juan era mayor a Jesús por 5 meses, esto confirma también a otoño como la época del nacimiento de éste último.

El que Juan presentara a Jesús repetidamente como el “Cordero de Dios” resulta interesante dado que Juan fue nacido en la Pascua.

  • La fecha exacta.

Santa Isabel se recluyó por cinco meses y entonces el Arcangel Gabriel anuncia a María, tanto la condición de Isabel así como que María daría a luz un hijo que se llamaría Jesús. María fue “de prisa” a visitar a Isabel, quien se encontraba en ese momento en la primera semana de su 6o mes de embarazo, en la 4a semana de Diciembre del año 3 A.C. Si Jesús nació 280 días después, esto sitúa su nacimiento el 29 de septiembre,  año 2 A.C.

Jesús no nació pues por todo lo descrito anteriormente el 25 de diciembre del año 1 antes de Cristo, como la lógica de nuestro calendario nos hace pensar. En realidad, todo parece indicar que lo hizo entre el 6 y el 4 A.C., siendo este último año el más probable y el más aceptado entre los historiadores.

Un análisis de los datos de los que se dispone debe comenzar por la lectura de los textos sagrados de la Biblia. En primer lugar, San Mateo dejó escrito: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él”. (Mateo, 2. 1-3).

Por su parte, San Lucas que al parecer recibió la información directamente de María, escribió: “Por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, mandando empadronar a todo el mundo. Este fue el primer empadronamiento hecho por Cirino, que después fue gobernador de la Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a la ciudad de su estirpe. José, pues, como era de la casa y familia de David, vino desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea” (Lucas, 2. 1-8).

Si se presta atención y se otorga credibilidad a la información legada por los apóstoles, se llega a la conclusión de que Jesús nació durante el reinado de Herodes en Israel, mientras Cirino era gobernador de Siria. Además, en esas fechas se estaba realizando un censo de población por orden de Augusto César.

  • La pista de Herodes.

Los historiadores modernos dan por cierto que Herodes el Grande, rey de Judea, nació en el año 73 A.C. y murió después de un eclipse de Luna que pudo contemplarse desde Jericó, antes de la Pascua Judía. Se sabe que se produjo un eclipse de esas características en el mes de marzo del 4 A.C. Por lo tanto, Jesús nunca pudo nacer más tarde de esa fecha.

También San Mateo escribió que “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.” (Mateo, 2. 16)

Si de nuevo se concede credibilidad a la cita, los datos anteriores quedan parcialmente confirmados, puesto que Jesús no contaría más de dos años cuando Herodes ordenó la matanza, lo que conduce a situar la horquilla temporal entre los años 7 y 5 A.C.

Por otro lado, Augusto César ordenó realizar censos con carácter tributario en tres ocasiones durante sus cuatro décadas de gobierno, en los años 28 A.C., 8 A.C. y 14 D.C., respectivamente. Además, Cirino (Quirinius por su nombre romano) desempeñó cargos de responsabilidad desde los años 6 y 5 A.C., de manera que las pistas dejadas por San Lucas también limitan el tiempo entre el 8 A.C. y el 5 A.C.

  • El calendario de Dionisio.

El principal responsable del calendario que hoy utilizamos fue Dionisio el Exiguo, un monje y astrónomo del siglo VI D.C. Dionisio propuso al obispo Petronio sustituir el calendario romano, basado en los años transcurridos desde la fundación de Roma, por otro cristiano que tomara como origen el nacimiento de Jesús.

Para ello, se basó en una tabla en la que apareciesen los emperadores romanos, contando los años que habían gobernado cada uno de ellos. Aunque el método era correcto, el astrónomo se equivocó en dos cosas: primero, marcó el año del nacimiento de Jesucristo como el año 1 sin tener en cuenta el número cero.

Y segundo, no contabilizó los cuatro años que Augusto César había gobernado con su verdadero nombre, Octavio. Por consiguiente, se deduce una diferencia de cinco años. Así, y según nuestro actual calendario Jesús habría nacido el 5 A.C.

  • La fecha del 25 de diciembre.

Como se está diciendo, tampoco el día del año en el que se conmemora el nacimiento del Mesías, 25 de diciembre, parece que sea el correcto. Este día fue declarado oficialmente como el de la Navidad por el Papa Julio I en el siglo IV, concretamente en el año 350. La fecha no fue fruto del azar, sino del deseo de la Iglesia de apropiarse de la fiesta pagana que celebraba entonces el alargamiento del día frente a la noche invernal, la victoria de la luz sobre las tinieblas. Es por lo tanto, una fecha arbitraria.

Pero, entonces, ¿qué día pudo nacer Jesús en realidad? Resulta difícil de concretar, aunque San Lucas da alguna pista en su evangelio cuando dice que los pastores “dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño“. En Judea, los pastores y el ganado no podían pasar la noche al aire libre entre noviembre y febrero puesto que las bajas temperaturas lo impiden.

  • A principios de otoño.

Algunos historiadores como Mario Saban creen que Jesús pudo nacer a principios de otoño, puesto que el establo al que se refiere la Biblia como lugar de nacimiento de Jesús podría ser una deformación de la cabaña que cada familia judía debía construir y en la que tenía que pasar ocho días durante la festividad de Sukot, en recuerdo –según la Torá– de las cabañas que Dios hizo para su pueblo cuando salió de Egipto.

Los dos evangelistas antes mencionados sitúan los hechos en Belén. Mateo ubica a María y José en la aldea desde el principio, pero Lucas recurre al censo para justificar su mudanza desde Nazaret. La elección de Belén para el nacimiento de Jesús puede responder no a la realidad, sino a la necesidad de cumplir la profecía de Miqueas (5, 1-3): “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel“.

  • Origen de la fecha del 25 de Diciembre: Desde el 221, los cristianos celebraban la Navidad en esta fecha.

Se ha dicho que la fecha del 25 de diciembre fue tomada de la fiesta pagana del sol. Según esta teoría, la Iglesia escogió ese día para suplantar la fiesta pagana en que se celebraba al sol, conocida como “dies natalis Solis invicti”. Es cierto que, según el calendario juliano, utilizado en el imperio romano a partir del 45 A.D., el 25 de diciembre marca el día del solsticio de invierno (cuando comienza a alargarse la luz del día y reducirse la oscuridad).Sin embargo en ese día no se celebraba ninguna fiesta pagana hasta el 274 AD con el emperador Aurelio, es decir, más de cincuenta años después de que los cristianos celebrasen en ese día la Navidad. El culto al sol tenía poca importancia en Roma antes del 274 AD y no se celebraba el 25 de diciembre sino en agosto hasta ese año. De manera que parece ser que fue el emperador pagano Aurelio, conocido por su hostilidad al cristianismo, el que quiso suplantar la fiesta cristiana trasladando a ese día la fiesta pagana del sol.

Es cierto que la celebración de la Navidad en la ciudad de Roma está comprobada solo a partir del 336 AD. Pero aun en el caso en que la Iglesia hubiese querido remplazar la fiesta pagana, lo cierto es que la Navidad es una fiesta radicalmente distinta a las paganas y los cristianos no las confundían. El verdadero Sol que nace de lo alto no es el astro sino Jesucristo. El es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.  San Cipriano decía: “Él es el verdadero Sol” y San Agustín: “Él es el nuevo Sol”.

  • La imprecisión de la fecha en ningún modo disminuye la importancia de celebrar el nacimiento de Jesús.

No cambia la realidad histórica y trascendental de que el Verbo Eterno se hizo hombre y habitó entre nosotros para salvarnos. Lo importante no es la fecha exacta del nacimiento de Jesús sino el hecho de que el Verbo verdaderamente se hizo hombre y habitó entre nosotros, naciendo de María Santísima en el tiempo y en la historia.  Esa realidad es digna de la mayor de las celebraciones porque trae la salvación al mundo entero.  Para celebrar unidos, es razonable que, al no saber a ciencia cierta el día natalicio de Jesús, la Iglesia haya escogido una fecha con la mayor aproximación de que era capaz cuando se hizo el calendario.

¿Qué más da un día ú otro?.

¿Qué más da un mes que otro?.

¿Qué más da un año antes ó un año después?.

¿Qué más da si donde nació, fue pesebre, gruta o cabaña?.

¿Qué más da si había o no, buey y asno?

Muchas preguntas intranscendentes en el enunciado e intranscendentes en cualquier respuesta a dar

Lo importante para los CRISTIANOS, es celebrar la Navidad y celebrar el Gran jubileo de nuestra redención con todo el corazón porque celebramos a Jesucristo. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Señor del cosmos y también Señor de la historia, de la que es « el Alfa y la Omega », « el Principio y el Fin ». En El, el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia. Esto es lo que expresa sintéticamente la Carta a los Hebreos: « Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo » (1, 1-2).

FELIZ NAVIDAD – FELICES PASCUAS

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La primera Navidad en el mundo.

Narración de la Primera Navidad en el mundo que escribió mi querido y buen amigo D. Eugenio Ugarte Alonso, como cuento de navidad para su familia y amigos, en el año 2009.

Estos hechos que voy a relatar ocurrieron entre los años 3759 y 3760 del calendario hebreo.

Son los hechos más importantes ocurridos en nuestro planeta, que significaron además del cambio del pensamiento y la acción de los hombres, el cambio del calendario en todos los pueblos, excepto el hebreo que continúa con el suyo. Este año 2009 nuestro es el 5768 suyo.

Verán ustedes que es una bellísima historia de amor hacia nosotros, los hombres de todos los tiempos tenida por el Dios Padre hacia todo el género humano de todas las etnias, razas y colores de piel.

He dividido esta narración en cuatro capítulos: El Precursor; La encarnación del verbo; La visitación a su prima Isabel y El nacimiento del Hijo de Dios.

Comencemos pues por el primero

  • El Precursor

Reinaba Herodes en Palestina.

Este idumeo, despiadado y brutal, no era amado por el pueblo.

Con fabulosos donativos había comprado a los romanos el trono de Israel; pero aunque lo buscó, no logró el favor de sus súbditos. En vano reedificó a Samaria, en vano amplió el Templo de Jerusalén, restaurándolo con magnificencia oriental.

En sus turbios manejos de intrigas y ambiciones, a la vez que halagaba a los judíos con obras espléndidas, se humillaba ante Augusto para lograr sus favores, levantaba templos en honor de los dioses de los dominadores y adulaba a los griegos construyendo teatros y estadios para espectáculos y juegos que aborrecían los hebreos.

Herodes, el hijo del desierto, era violento y feroz, ávido de gloria, insaciable derramador de sangre, impío, usurpador.

Y el pueblo, le aborrecía tenazmente.

Por éste tiempo vivía en Judea un virtuoso sacerdote llamado Zacarías.

Su esposa tenía por nombre Isabel. Los dos eran del linaje de Aarón.

No tenían hijos.

Ambos esposos eran fidelísimos observadores de la Ley de Moisés. Su vida ejemplar parecía darles derecho a los favores del Cielo.

Sin duda habían orado exponiendo sus anhelos. Tal vez vieron deslizarse con pena los años de su matrimonio, bajo la humillante condición de esterilidad, que los rebajaba a los ojos de los demás.

Las esperanzas habían muerto ya para ellos. Eran entrados en años. No podían, como sus hermanos de raza, entornar los ojos y soñar aquéllos eternos sueños de grandeza, en los que cada uno se imaginaba ser ascendiente del Mesías, el libertador de la patria oprimida, bajo cuyo cetro la soberanía del pueblo de Dios sería asombro del mundo.

Aquél día, tocóle el turno a Zacarías de penetrar en el Templo y ofrecer el incienso en el lugar santo.

Era la hora del sacrificio cotidiano. Ardía la víctima sobre el altar y elevábase al cielo la columna de humo, nimbando de blancos velos flotantes las cabezas morenas de los sacerdotes.

En los atrios inmobilizábase la multitud en posturas humildes. Un bordoneo de oraciones llenaba el ambiente…

Vibraron las trompetas, dominando el sonido de los instrumentos músicos; postróse el pueblo y penetró Zacarías en el lugar santo, para colocar en el altar de oro la brasa viva tomada del fuego del holocausto y derramar sobre ella el incienso perfumado.

A través de la suave bruma olorosa que llenó el recinto, vio el sacerdote que al lado derecho del altar, junto al candelero de los siete brazos, se perfilaba una figura etérea y majestuosa.

Zacarías se dio cuenta de que estaba frente a un ángel.

Apoderóse de él la turbación. El corazón se le llenó de religioso pavor.

–No temas Zacarías –dijo el ángel–; tu oración ha sido oída. Isabel, tu mujer, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan, el cual será para tí objeto de gozo, y muchos se regocijarán en su nacimiento. “Porque ha de ser grande en la presencia del Señor.” Desde el seno de su madre será lleno de la presencia del Espíritu Santo. Convertirá muchos de los hijos de Israel al Señor Dios suyo. Delante del cual irá él revestido del espíritu y de la virtud de Elías para reunir los corazones de los padres (antiguos patriarcas) con los de los hijos, conducir los incrédulos a la prudencia y fe de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto.

El anuncio de ver realizados éstos deseos, abandonados ya por imposibles, desconcertó al buen siervo de Dios, el cual preguntó indeciso: –¿Cómo podré yo conocer que esto es verdad? Porque yo soy viejo y mi mujer entrada en años.

–Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, de quien he sido enviado para traerte ésta feliz nueva. Desde ahora quedarás mudo y no podrás hablar hasta que sucedan éstas cosas, por cuanto no has creído en mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.

En los atrios enlosados, el pueblo, lleno de extrañeza, esperaba la salida del sacerdote, que permanecía en el lugar santo más tiempo del que estaba permitido. Miraban con ansiedad hacia la entrada, temiendo que le hubiera sucedido algo.

Apareció, al fin, Zacarías, demudado el semblante, radiante de alegría y procurando explicarse por señas, porque estaba sordo y mudo.

Y todos conocieron que había tenido en el Templo una visión.

Cumplidos los días del servicio del Templo, el sacerdote volvió presuroso a su casa. Poco después, Isabel, su esposa, vio que sus deseos de ser madre iban a realizarse.

Por espacio de cinco meses ocultó el prodigio a cuantos la rodeaban.

Haciendo vida ordenada y saboreando en silencio su felicidad, se decía a sí misma: “El Señor ha tenido a bien borrar mi oprobio delante de los hombres.”

  • Encarnación del Verbo

Sobre una loma escarpada y rocosa que dominaba la llanura de Jezrael, una pequeña ciudad ostentaba sus casitas de piedra y de barro doradas de sol.

Aquel poblado, risueño y fértil, era como un venturoso edén entre las montañas muertas y los caminos resecos.

Nazaret (flor de Galilea) se llamaba aquel lugar delicioso, vestido de árboles y flores, de frescura y de umbría bajo el cielo de porcelana.

Era una estación de parada y descanso para las caravanas que llegaban, fatigadas y sedientas, entre ruidos de campanillas, mugidos de las bestias de carga y recias voces de conductores.

Nazaret tenía una fuente. Una fuente de aguas claras y abundantes, que cantaba día y noche en la hondonada de un valle acolchado de césped, entre laureles y granados, almendros y limoneros.

Allí descansaban los caminantes refrescados con las aguas transparentes. A veces la gente pendenciera mezclaba el descanso con disputas ruidosas, entre camellos tumbados y bultos de mercancías esparcidos por el suelo.

Tal vez fuese ésta una de las razones por las cuales Nazaret gozaba de mala fama entre los antiguos. Algunos años más tarde, un sencillo cananeo, haciéndose eco del sentir popular, había de preguntar admirado: “¿Puede acaso salir cosa buena de Nazaret?”.

En la pequeña aldea oscura y humilde vivía una jovencita llamada María. Aún no tenía dieciséis años.

Era descendiente de David. La tradición nos dice que se había educado en el Templo, y que sus padres eran Joaquín y Ana. Joaquín había muerto siendo ella niña.

A la sazón estaba desposada con un varón de su misma tribu y familia, llamado José. Era un joven de real prosapia, pero artesano y pobre: un sencillo carpintero.

Entre el desposorio y las bodas transcurría cierto tiempo, durante el cual la esposa permanecía retirada, preparando su traslado al nuevo hogar.

En el día señalado para ser recibida en casa del esposo, la prometida era conducida entre cánticos y músicas, suelto el cabello y velado el rostro, rodeada de sus amigas, que con lámparas en la mano, la escoltaban agitando sobre su cabeza ramas de mirto, el árbol del amor.

Por el contrato de esponsales, la doncella quedaba indisolublemente unida al esposo, el cual ejercía sobre ella todos los derechos. Si la esposa faltaba a la ley de su promesa, era lapidada como adúltera.

María, pues como las demás jóvenes, hacía los preparativos para el matrimonio.

Pero arropada en el misterio de su corazón santísimo, dormía una promesa hecha al Señor: Ella permanecería virgen toda su vida.

La casita de Nazaret era humilde y pobre, pero no miserable. Recostada en la ladera de la montaña. Tras la primera habitación, había una segunda, excavada en la roca, que servía como cuarto interior.

Suelo de tierra apisonada, modestos enseres domésticos, asientos de madera desnuda y, tal vez, alguna estera de paja para orar sobre ella con el rostro vuelto hacia Jerusalén.

Aquí, oculta a los ojos de todos, María, la dulce nazarena de grandes ojos velados por ensueños místicos, se dedicaba a sus ordinarios quehaceres un día en que, recién entrada la primavera, vestía de blanco las ramas de los almendros. En nuestro tiempo podría ser hacia el 25 de Marzo.

Y vio que el ángel Gabriel penetraba en la casa, se detenía ante ella y la saludaba respetuosamente: –Dios te salve, oh llena de gracia; el Señor es contigo: bendita eres entre todas las mujeres.

Sorprendida y turbada al oir palabras tan desusadas, cuyo significado no comprendía, la cándida Virgen inclinó sus pupilas serenas, que reflejaron una sombra de temor.

–No temas, María—prosiguió el celestial visitante–; has hallado gracia en los ojos del Altísimo. Sabe que has de concebir y darás a luz un hijo a   quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, y será llamado hijo de Dios. El Señor le dará el trono de David, su padre; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reinado no tendrá fin.

Comprendió María que había sido elegida para Madre del Redentor. Con todo, hubo un momento de sobresalto en el corazón de ella. ¿Corría peligro su voto? Prudente y reflexiva, expuso su zozobra con extremada sencillez: –¿Cómo ha de ser eso? Yo no conozco varón.

Era tanto como decir que su matrimonio con José no se parecía a los demás.

De nuevo la tranquilizó el ángel: –El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo cual el Santo que de ti nacerá se llamará Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su vejez, y hoy la estéril se encuentra encinta y en el sexto mes de su maternidad. Para Dios no hay nada imposible.

El blanco liro nazareno conoce entonces que su voto ha sido agradable para el Cielo, puesto que lo respeta. Con el alma rebosante de consuelos espirituales, María exclamó humildemente: –He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

El ángel desapareció.

Su altísima embajada quedaba cumplida.

Y en aquel instante se realizó el más sublime prodigio que presenciaron los siglos.

EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS.

  • La visitación a su prima Isabel

Pocos días después de su diálogo con el ángel, María dejaba su florido rincón nazareno para encaminarse a las montañas de Judá.

Quería visitar a Isabel, su prima.

La joven desposada seguramente no iba sola. Tenía tres o cuatro días de camino, con posibles encuentros de caravanas, grupos de gente desconocida, senderos fragosos entre roquedales y campos extensos guardadores de peligros.

Por lo demás, las jornadas eran deliciosas. Cantaba la primavera su himno de renovación; crecían los trigos mezclados con amapolas y campanillas, y la llanura de Esdrelón era un mar de flores que reían al sol entre los pastos tranquilos. Las noches deslizábanse tibias y claras, bajo la caricia de la luna, que brillaba con serenidad infinita.

Y era el tiempo de la Pascua. Los caminos cuajábanse de jubilosos israelitas que acudían al Templo para celebrar la fiesta magna.

El sacerdote Zacarías habitaba con Isabel, su esposa, en un pueblecito oculto entre los repliegues de las montañas, al oeste de Jerusalén.

El lugar, un valle jugoso y fresco, abundante en higueras frondosas, plateados olivos y viñas que se colgaban en las laderas, tenía un ambiente de misterio que flotaba en su recogido aislamiento. Crecían los cactus agresivos entre las quebraduras de las peñas, y los rebaños de cabras negras ramoneaban los recientes retoños bajo la vigilancia de los pastores.

Por el sendero, flanqueado de terebintos y arbustos en flor, adelantábase María con grácil apresuramiento.

Cubierta del polvo del camino, con una frase de enhorabuena en los labios, penetró en casa de Isabel.

Cuando ésta divisó a su prima salió a su encuentro, tendiéndole los brazos deseosa de darle el ósculo de la paz. En los ojos de la anciana brillaba un gozo extraordinario.

De pronto, una luz divina iluminó su espíritu. Conoció el misterio que aureolaba la frente de la joven nazarena y exclamó, transportada de admiración y alegre respeto: –¡Bendita Tú entre todas la mujeres! ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Apenas oí tu voz, el hijo que mora en mi seno dio saltos de contento. (En éste mismo momento fue Juan santificado en el seno materno). ¡Bienaventurada Tú, que has creído, porque verás cumplido todo lo que el Señor te ha dicho!

En medio de su grandeza, María permanece humilde, y hasta pretende desdibujar su figura excelsa para que brille únicamente la maravillosa omnipotencia de Dios, que ha realizado en ella inauditos prodigios.

Elevando su alma sobre todos los horizontes terrestres, revela a Isabel el misterio sublime de su maternidad, de su vocación y de su gloria futura, que habían de celebrar todos los siglos venideros

Con la mirada perdida en el espacio, la Virgen elegida entona el Magníficat: Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava, por eso me aclamarán bienaventurada todas las generaciones.

Grandes cosas ha hecho en mí el Omnipotente cuyo nombre es santo

Y cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

Con la virtud de su brazo dispersó a los soberbios.

Derribó a los poderosos de sus tronos y ensalzó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos y envió vacíos a los ricos.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo.

Según la promesa que hizo a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre.

María se estuvo unos tres meses en casa de su prima Isabel.

Después regresó a Nazaret.

  • El nacimiento del Hijo de Dios

Muchas debieron de ser las angustias y vacilaciones del piadoso carpintero. Él vagamente presentía un misterio. No sabía definirlo, pero era indudable que existía.

Al fin, tomó una resolución que le pareció la mas apropiada a las circunstancias.

Para no difamar a la joven, no la llevaría ante los jueces, exponiéndola a la vergüenza pública; no se quejaría de ella a los parientes, que la hubieran tratado como a un baldón de la familia. Se alejaría secretamente, se iría muy lejos, dejando a la esposa abandonada a su suerte.

Aquélla noche, el sueño vino sobre él, invadiéndole con desacostumbrada dulzura.

Y, mientras dormía, un ángel, vestido de claridad, se le apareció y le dijo: –José, hijo de David, no temas recibir a tu esposa, porque lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un niño, a quién pondrás por nombre Jesús, pues Él salvará a los hombres de los pecados.

Despertó José. Con el corazón libre de angustias, obedeció sin dudar a la palabra dicha por el Cielo.

Abismado en profunda admiración, recibió a su esposa como un depósito sagrado.

En adelante ya sabía cual debía de ser su misión: salvaguardar la virtud de la madre y proteger la vida del Hijo.

María entró en casa de su esposo y tomó la dirección del hogar.

Ella permaneció siempre virgen inmaculada.

El mundo estaba en paz. Una paz completa, universal, como jamás se había conocido en el orbe.

Aprovechando esa tregua pacífica, el emperador Augusto, que ya había mandado empadronar a todos los ciudadanos romanos, ordenó incluir en el censo a todos los habitantes de las provincias aliadas y reinos vasallos.

La Judea quedó incluida en el edicto imperial.

Herodes, siempre cuidadoso de complacer y adular al César, su amo, publicó una orden por la cual todos los judíos debían inscribirse en la ciudad natal, trasladándose a la suya los que estuvieran ausentes.

José, de la tribu de Judá, descendiente de David, era oriundo de Belén. Allí debía de empadronarse legalmente.

El viaje era largo y la estación difícil. A María habían de serle fatigosas las jornadas; su estado de adelantada maternidad requería cuidados que no eran fáciles de proporcionar en marcha.

Sin embargo, no opuso resistencia alguna. Excelente ama de casa, seleccionó algunos víveres para el camino -tortas de harina, dátiles, higos secos-, reunió las ropitas que tenía preparadas para su hijo, y de buen grado se dispuso a ir en compañía de José.

Ellos, perfectos conocedores de las escrituras, vieron, sin duda, en éstos sucesos, mirados por todos como contratiempos, admirables disposiciones de la Providencia para que se cumpliese al pie de la letra la profecía de Miqueas, el cual había dicho vaticinando el reinado del futuro Mesías: Y tú, Belén Efrata, no eres pequeña entre las ciudades de Judá, porque de ti vendrá el que ha de ser dominador de Israel. El cual fue engendrado desde el principio, desde los días de la   eternidad.

El asno es en Oriente la cabalgadura de los humildes. José y María llevaban uno, sin duda. La joven nazarena no hubiera podido recorrer a pie los ciento veinte kilómetros que la separaban de Belén.

Sentada sobre la mullida albarda del borrico, que portaría también el reducido equipaje, iba María, ponderando en su expectación de madre las grandezas del Hijo que pronto había de nacer. ¡El Mesías prometido, por quien tanto habían suspirado los Patriarcas del pueblo de Dios!

Atravesaron la llanura de Jezrael, desnuda ya de los henos floridos y barrida por frecuentes rachas de cortante ventisca que traían en su seno el frío.

Internáronse en las desoladas ondulaciones montañosas de Samaria y Judea, por senderos pedregosos y hostiles, donde los lagartos se tendían al sol sobre las piedras desnudas.

Hacia el veinte de Diciembre llegaron a Jerusalén. Visitaron el Templo, asistieron a los sacrificios y tomaron parte en los cánticos sagrados que alababan la misericordia del Altísimo.

Faltaba la última etapa, la que se tiende sobre la llanura de Rafaim, que vio por dos veces el triunfo de David sobre los filisteos. Esta era la más corta de las jornadas.

Dos leguas más al sur de la Ciudad Santa apareció Belén, sobre la cresta que unía dos colinas de mediana elevación, dejando resbalar sus casas por la vertiente hasta un amplio valle cultivado y fértil que, al abrigo de las montañas, se vestía pomposo de viñas y olivos, higueras y almendros.

Ambos esposos vieron con satisfacción el fin de su viaje . Estaban cansados, habían hecho largas jornadas, reposando junto a las fuentes del camino y pernoctando en incómodos paradores, alojamiento de caravanas.

Al fin encontrarían alivio. Llegaban al pueblo de sus antepasados.

Debió de ser cruel la decepción de José y de María al entrar en Belén.

No había para ellos hospedaje en ninguna parte.

Iban de una a otra casa, siempre con el mismo interrogante en los labios: –¿Podrían cederles un albergue para pasar la noche? ¡Se contentarían con tan poco!…Un pequeño refugio donde la joven esposa, casi niña por la edad, pudiera resguardarse de las inclemencias invernales. De los vientos de nieve que helaban los cuerpos…

Los miraban. El aspecto del matrimonio era pobre , comprendían al punto que la recompensa no había de ser muy espléndida. Movían la cabeza y contestaban que no. La afluencia de forasteros en la ciudad era un buen pretexto. No había sitio, no había sitio…

José, con gesto resignado, arreaba al borrico. Y comenzaba la peregrinación, para terminar siempre con el mismo resultado.

María movíase con frecuencia sobre la cabalgadura, como si la postura se le hiciese incómoda. En sus dulces ojos saturados de candor había una sombra de melancolía.

Perdida toda esperanza de hospitalidad en casa de los particulares, dirgiéronse al khan. Un parador de los muchos que en Oriente se alzan a lo largo de los caminos para servir de refugio y defensa a las caravanas.

A veces, el khan no es mas que un pedazo de terreno rectangular rodeado de un muro de piedra, o simplemente de adobes. Puede tener pórticos, en la parte interna, con divisiones que sirven de cámaras; o bien un pequeño edificio de un solo piso con techo cuadrado, donde se reservan algunas habitaciones para los huéspedes de categoría.

El centro del khan está siempre al aire libre. Los viajeros, según van llegando, se acomodan como pueden, con entera promiscuidad de hombres y bestias, fardos de mercancías y cestos de frutas y legumbres.

En aquéllos días también el parador de Belén estaba abarrotado de elementos muy diversos. Mercaderes que se tendían cara al cielo con un fardo bajo la cabeza; traficantes, que cambiaban impresiones en diferentes lenguas; camellos de giboso lomo, que rumiaban filosóficamente acurrucados sobre sus patas dobladas; viajeros que descansaban al lado de sus caballos; pastores con sus rebaños de cabras y ovejas; vendedores de víveres, de pan y de vino; chiquillos que alborotaban incansables. Y todo revuelto en pintoresca confusión, todo dominado por un gran vocerío.

Era muy apurada la situación. Pero su alarma llegó al colmo cuando advirtió que el sol, desvaído y amarillento, comenzaba a hundirse tras un picacho de la montaña.

Venía la noche, madre de sombras invasoras. La noche glacial, espantable de frío…

En el corazón entristecido del carpintero fulguró una última esperanza: –Buscaría entre las grutas que se abrían en los flancos de la montaña. No era la primera vez que servían de alojamiento a los viajeros.

Tomó el ronzal del pollino y siguió caminando. Ahora cuesta abajo.

Frío, medianoche.

El cielo florecía de estrellas blancas y tembladoras, que eran en la bóveda oscura como rosas de plata.

Crujían los árboles, sacudidos por el cierzo helado, que los desnudaba sin piedad. Y las gotas de escarcha, al colgarse de las ramas, las vestían de perlas y diamantes.

Deslumbraba la luna, brillante y ligera, bañando el paisaje de luz, transformándolo en siluetas desdibujadas teñidas de azul y de violeta.

Dormía la pequeña población belemita, sin sospechar que el espíritu de Dios se cernía sobre ella próximo a realizar las esperanzas que habían sostenido a Israel a través de los siglos.

En aquélla noche, serena y blanca, el nombre de Belén iba a inmortalizarse.

María y José habían encontrado refugio en una pequeña cueva. Una cueva pequeña y ennegrecida, donde dos bestias comían perezosamente el pienso que su amo les había dejado en el pesebre.

La poesía con que gustamos rodear el nacimiento de Cristo, no se aviene bien con la realidad del sitio donde nació.

El lugar no podía ser más miserable.

Un establo… Un establo al natural, socavado en la montaña, oscuro y de olor desagradable, de atmósfera pesada y densa; sin más luz ni ventilación que la que penetraba por el boquete único que hacía a la vez de puerta y de ventana.

El lugar no tenía más que una ventaja para los santos esposos: podían estar solos, al abrigo de miradas indiscretas y curiosas.

Y allí, en completo desamparo, ignorado de todos, despreciado de muchos que no habían querido admitirle en su casa, va a nacer el Redentor del mundo…

La más pura de las madres tiene por morada un inmundo establo.

El más poderoso de los hijos quiere abrir por primera vez los ojos al calor de dos pobres animales.

Medianoche, frío, pobreza.

A una señal del Omnipotente realizóse el prodigio anunciado por los profetas.

De María, la rosa de Nazaret, brotó un capullo blanco y rosado. Un infantito de carnes tibias y delicadas, que se estremeció de frío sobre el duro suelo de la gruta.

La Virgen, pálida y transfigurada, tomó a su Hijo de las manos, lo contempló con ternura y lo estrechó contra su pecho.

El Niño era precioso. Se parecía a todos los niños, pero mostrábase incomparablemente más dulce.

Lo envolvió en pañales y le ciñó las fajas.

Bajo la mano de María, el corazoncito infantil latía acompasado y leve. ¡Aquél corazón que tanto amaba a los hombres!. Volvió a estrechar a su Hijo, como si quisiera fundirlo de nuevo dentro de ella. Y lo miraba, lo miraba… El Niño parecía devolverle las miradas y dibujar una sonrisa.

José. completamente sumido en la consideración del misterio que se desplegaba ante sus ojos, contemplaba también al recién nacido.

Hasta la luna clara vino corriendo y centelleó ante la puerta de la gruta, como si quisiera mirar también y besar la blonda cabeza del Mesías.

Al fin, la Madrecita, brillándole en los ojos una llama de divina beatitud, colocó al infante, bien arropado, en el pesebre.

Y los dos, cayendo de rodillas, lo adoraron.

Aquel Niño, además del Hijo de María, era Hijo de Dios.

Al pie de Belén, hay una explanada que fue en tiempos pasados propiedad del rico Booz. Allí tenía sus campos de trigos ondulantes y dorados de sol, y allí fue a espigar Rut, la dulce moabita.

Más tarde, los nómadas guardadores de rebaños, hicieron de aquella explanada un lugar preferido para invernar con sus ganados. Protegida de los vientos, fácil para absorber el calor de los rayos solares, la tierra se cubre de jugosas hierbas antes que ninguna otra. El ganado vive bien, al abrigo del cierzo y alimentado de los pastos tempranos.

La noche del nacimiento de Cristo, un grupo de estos pastores que vagan sin rumbo fijo, viven al raso y guardan sus rebaños en campo libre, calentábanse alrededor de una gran fogata.

Gentes sencillas, representantes de la ínfima clase de la población agrícola, dejaban deslizar las horas de la noche invernal contando las pequeñas incidencias de su vida, ignoradas del mundo, ungida de serenidad.

Esparcía la hoguera un calor grato. Crepitaban las llamas oscilantes, alargándose en el espacio, ahuyentando con su luz a los chacales hambrientos, que ponían escalofríos de miedo con su lúgubre aullar.

De pronto, en medio de una celeste claridad, que, al reflejar sobre ellos, los llenaba de luz, percibieron la figura de un ángel brillante y majestuoso.

A su vista se llenaron de asombro y de temor.

–Tranquilizaos—dijo el ángel–; vengo a daros una nueva de gozo grande para todo el pueblo. Hoy os ha nacido un Salvador, que es el Cristo, el Señor, en la misma ciudad de David. Y ésta será la señal: Hallaréis al Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

Una multitud inmensa de espíritus celestiales se dejó de ver en el mismo instante.

Junto con el ángel cantaban alabando a Dios, entre resplandores de gloria y trémulo rozar de alas. Era así su canto: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Extinguióse el resplandor y desvaneciéronse las legiones angélicas, volando con suavidad a las alturas. Subían, subían, repitiendo siempre el mismo himno nunca oído en la Tierra, que fue perdiéndose como un eco allá arriba, cada vez más lejos.

Repuestos de su asombro, en el corazón de los pastores brotó el entusiasmo.

–Vamos—se decían unos a otros–, vámonos a Belén y veamos este suceso prodigioso que el Señor nos ha manifestado.

Aquella misma noche, se pusieron en camino.

Llegaron al establo y vieron al Niño acostado en el pesebre. Su Madre lo miraba extasiada.

Emocionados, contaron a José y a María cómo venían enviados por el ángel.

La joven nazarena les presentó a su Hijo.

Ellos besaron las manitas rosadas del recién nacido.

Al volver a sus ganados, con el corazón rebosante de gozo, contaban los pastores a todos los que encontraban las maravillas que habían presenciado.

Cuantos los oían, se llenaban de admiración y alababan a Dios.

Pero el testimonio de los pobres guardadores de ganado no hizo mucho ruido en la ciudad.

Entre su Madre y José, continuó ignorado por los grandes, de los soberbios, del mundo duro y pervertido que había venido a rescatar.

La pobreza, la humildad y la sencillez rodeaban su cuna.

María, empero, conservaba en su corazón todas estas cosas. Y las flores del recuerdo perfumaban sus horas de meditación.

F I N

Cuento de Navidad de 2009

✝ D. Eugenio Ugarte Alonso.

(En su recuerdo)

Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza, Patrona y Alcaldesa de Logroño.

Logroño celebra hoy a su patrona y alcaldesa, la Virgen de la Esperanza.

Para celebrar y festejar dentro del programa preparado para nuestra Patrona, se llamará a las 11,40 horas a concejo para que la Corporación Municipal acuda en procesión a la iglesia Santiago El Real desde la Plaza del Ayuntamiento, donde a las 12.30 horas habrá misa solemne en honor de la Virgen de la Esperanza y la correspondiente procesión por las calles del centro histórico de la capital al finalizar la misma.

Finalizará la festividad de la Patrona con otra actuación musical de gran calidad: el concierto de Órgano Virgen de la Esperanza, a cargo de Óscar Candendo en la Catedral de La Redonda.

Este año, La cofradía estrena nuevo estandarte gracias a la donación de una devota de la Virgen. Dicho estandarte ha sido bordado en los talleres de Don Francisco Perales Raya, haciendo un gran trabajo y de calidad, aumentando de esta manera el fervor y cariño de todos los logroñeses por su Patrona y Alcaldesa.

 

“Año 1976. Pleno de la Corporación Municipal del Ayuntamiento de Logroño. Ante la moción presentada en el sentido de proclamar a la Virgen de la Esperanza Alcaldesa Mayor de la ciudad, se procede a la votación y el resultado fue un SÍ absoluto y unánime. Al año siguiente, le fue entregado a la imagen el bastón de mando, que desde entonces muestra en su mano derecha”

 

La imagen de Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza es una bellísima talla de comienzos del siglo XIV, profundamente rehecha con posterioridad. Contrariamente a lo que cabría esperar en tal advocación, no aparece nuestra Virgen con el vientre henchido, encinta, expectante para dar a luz al Hijo de Dios hecho carne en sus purísimas entrañas, sino, por el contrario, se nos presenta regia, sentada en su trono, mostrándonos al niño Dios en su regazo.

Antiguamente sostenía la Virgen en su mano derecha un ramillete de tres azucenas, que según parece, eran más bien tres flores de lis, en recuerdo de la gesta de 1. 521.

Tanto la Virgen como el Niño presentan una irresistible atracción. Quién se detenga a contemplar las imágenes quedará, de seguro, prendido de su rara belleza, cautivado por el encanto del risueño semblante de ambos, Madre e Hijo.

Sentimiento, por otra parte, perfectamente plasmado en el, para la mayoría de los logroñeses, desconocido himno a su patrón, San Bernabé, compuesto en 1. 933 por D. Fermín Irigaray con letra de D. Luis B. y Urie , cuya primera parte dice así:

Virgencita logroñesa faz morena trigo y sol esperanza del hidalgo promesa del labrador. Tu sonrisa es la sonrisa que en tus labios se posó al escuchar de tus hijos la memorable oración.

Y de nuevo se engarzan historia y leyenda hasta conformar la explicación satisfactoria para el desconocido origen de la venerada efigie.

Así, y atendiendo a su antigüedad, la tradición nos dirá que nuestros antepasados comenzaron a profesar gran devoción a una talla de la Virgen bajo la advocación de la Esperanza a partir de un suceso ocurrido en la legendaria batalla de Clavijo.

Se cree que, ante la angustiosa situación surgida para las tropas cristianas tras la derrota en la Batalla de Albelda, el rey Ramiro junto con los monjes del monasterio de San Prudencio se pusieron bajo la protección de la Virgen, elevando sus fervientes súplicas ante una imagen de Santa María que se encontraba en la iglesia de dicho monasterio y en la cual depositaron sus esperanza. Esta no fue defraudada pues al día siguiente y con la especialísima ayuda del apóstol Santiago derrotaban a las tropas moras invasoras.

Esta primitiva imagen desapareció y fue sustituida por otra del siglo XIII bajo la misma advocación de Nuestra Sra. de la Esperanza.

Ya en el Siglo XII se registra un voto de la ciudad de Logroño por el que se obligaba, subir anualmente al monasterio de San Prudencio; este voto se cumplió con más o menos incidencias hasta que en 1.837 desapareció el monasterio como consecuencia de la ley de supresión de órdenes

Pues bien, los logroñeses hicieron una efigie semejante a la talla de la Virgen venerada en el monasterio y la dieron a la veneración popular en el templo de Santiago.

Con la extinción del monasterio, la talla original pasó a la iglesia parroquial de Clavijo, donde se conserva en la actualidad bajo la advocación tradicional de la Esperanza.

Lo cierto es que la imagen, en el siglo XVI ya era centro de devociones. Antes se la había conocido popularmente como ” la Toledana”, sin que se sepa a ciencia cierta el motivo. No falta quién ha querido ver en tal denominación su procedencia , y aún quién la ha relacionado por ello con la gran celebración mozárabe del 18 de diciembre. Con todo, no son, por el momento, más que conjeturas.

De lo que no cabe la menor duda es de la importancia creciente que rápidamente alcanzó la imagen de Nuestra Sra. de la Esperanza, debido en gran parte a un acontecimiento que, como decíamos antes, marcó a fuego la conciencia histórica de la ciudad; me refiero al sitio de 1521.

Datos tomados de la página web http://www.cofradia-virgendelaesperanza.com

La Cofradía de la Virgen de la Esperanza es la más antigua de todas las cofradías de Logroño.

La Virgen de la Esperanza es Patrona por mandato del Papa Pío XII desde 1948. Procesionó junto con San Bernabé, el otro Patrón de la ciudad por primera vez el 11 de junio de 1921, como conmemoración del 400 aniversario del Sitio.

Se trata de una talla gótica de comienzos del XIV que representa a la Virgen con el niño en su regazo.

El 18 de diciembre de 1976 el Pleno le concedió el título de Alcaldesa Mayor de la ciudad, siendo alcalde Narciso San Baldomero. La Cofradía de la Virgen de la Esperanza se funda el 10 de diciembre del año 1612, como figuraba en la documentación depositada por sus patrones de entonces, la catedral de Santo Domingo de la Calzada, cuando ésta era sede episcopal. Nace con objeto de venerar y potenciar la devoción hacia la imagen de la virgen de la Esperanza. La imagen de la Virgen se encuentra en la Iglesia de Santiago El Real en la ciudad de Logroño.

“Estad alegres, ya se acerca el Salvador”.

Gaudete es el nombre que recibe el tercer domingo de Adviento en el calendario litúrgico cristiano.

tercerdomingoadviento2015noticia

Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca).

Con ese término, se pretende animar al pueblo a continuar con la preparación para la Solemnidad de la Natividad del Señor.

 

Anviento CasullaGaudate casulla

 

 

El color litúrgico usado, en las vestiduras del celebrante correspondiente a este domingo, es el rosado. No obstante, no es obligatorio el uso de este color, por lo que con cierta frecuencia se continúa vistiendo el color general del Tiempo de Adviento, es decir, el color morado.

Este tiempo de Adviento, se originó como un ayuno de cuarenta días en preparación para la Natividad, comenzando el día después de la fiesta de San Martín (12 de noviembre), de aquí que a menudo se le llamara la “Cuaresma de San Martín” nombre por el que se le conocía en el siglo V. La introducción de dicho ayuno de Adviento se puede datar en esas fechas porque no hay evidencia de que se celebrase la Navidad el 25 de diciembre, antes de finales del siglo IV.

En el siglo IX, la duración del Adviento se redujo de cinco a cuatro semanas; la primera alusión a la temporada acortada se encontró en una carta del Papa San Nicolás I a los búlgaros, y hacia el siglo XII el ayuno había sido ya reemplazado por una simple abstinencia.

El Papa San Gregorio I el Magno, fue el primero en redactar un Oficio para el Adviento, y el Sacramentario Gregoriano es el primero que señala Misas propias para los domingos de Adviento. En ambos (Oficio y Misa) se hace ya indicación para cinco domingos, pero hacia el siglo X el número usual eran cuatro, aunque algunas iglesias de Francia, observaban cinco domingos también en el siglo XIII.

Sin embargo, a pesar de todas estas modificaciones, el Adviento conservó muchas de las características de los tiempos penitenciales lo que lo hacía como un equivalente de la Cuaresma, y correspondiendo el tercer domingo de Adviento, mitad de este tiempo litúrgico, una similitud con el “laetare” o domingo de mitad de la Cuaresma.

En éste, al igual que el citado domingo de “laetare”, se permitía usar el órgano y las flores, prohibidos durante el resto de la estación; se permitía el uso de vestimentas color rosa en lugar del púrpura o negro como anteriormente; el diácono y subdiácono reasumieron el uso de la dalmática y de la túnica en la Misa principal, y los cardenales usaban color rosa en lugar del púrpura. Todas estas marcas características han continuado usándose y son la disciplina actual de la Iglesia Latina.

3º domingo adviento Gaudete

El domingo de “gaudete”, por lo tanto, hace un alto, como el domingo de “laetare”, a medio camino a través de una temporada que de otra manera es de carácter penitencial, y significa la cercanía de la venida del Señor.

De las “estaciones” que se celebran en Roma los cuatro domingos de Adviento, la de la basílica del Vaticano se le asigna el de este domingo “gaudete”, siendo el más importante de los cuatro domingos.

Tanto en el Oficio como en la Misa a través del Adviento, se hace referencia continua a la segunda venida de nuestro Señor, y esto se enfatiza en el tercer domingo por medio de la adición de signos de felicidad y alegría permitidos para ese día. El domingo de “gaudete” está marcado además por una nueva invitación, la Iglesia no invita ya a los fieles o laicos meramente a adorar “al Señor que va a venir”, sino que les llama a un saludo de alegría porque “el Señor está cerca y al alcance de la mano”.

Las lecturas de la profecía de Isaías, describen la venida del Señor y las bendiciones que resultan de ella, y las antífonas de vísperas hacen eco de las promesas proféticas. Los constantes aleluyas enfatizan la alegría de la espera, que ocurren tanto en el Oficio como en la Misa a través de todo la temporada. En la Misa, el introito “Gaudete in Domino temper” resalta la misma nota, y da su nombre al día. La epístola de nuevo nos incita a regocijarnos y nos urge a prepararnos para encontrarnos con el Salvador a través de oraciones, súplicas y acciones de gracia, mientras que el Evangelio, San Juan Bautista nos advierte que el Cordero de Dios está incluso ahora entre nosotros, aunque parezca que no le conocemos.

El espíritu del Oficio y de la liturgia a través de todo el Adviento es una espera y preparación para la Natividad o Navidad así como para la segunda venida de Cristo, y los ejercicios penitenciales, que han sido adecuados para ese espíritu, son suspendidos en el domingo de “gaudete” para simbolizar la alegría y el regocijo por la redención prometida, que nunca deben estar ausentes del corazón de todos nosotros, los fieles.

Gaudete dibujo

Solo queda decir y desear, “Feliz domingo Gaudete”