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Castidad (X y último): ¿DIGNOS HIJOS Y HEREDEROS DE DIOS?

Para terminar esta serie de artículos sobre amor y sexualidad desde la óptica cristiana,  me faltaría hablarles, a la luz de todo lo anteriormente dicho, de lo que significa “amar con el cuerpo” y de la  “fertilidad”.

Amar con el cuerpo, en el contexto del amor maduro, ese que asume la entrega incondicional y la apertura a la vida, es una experiencia bellísima contrastada por psicólogos y sexólogos, fuente de plenitud y alegría, que responde a la naturaleza del corazón humano y que aporta gran solidez a la personalidad del individuo. Pero no tengo espacio para desarrollar la explicación pertinente. Así que les recomiendo que profundicen en el tema, sin miedo a aburrirse ni a aprender, leyendo los libros que he ido sugiriendo durante estos artículos y los que hoy propongo.

Tampoco voy a entrar en el asunto de la fertilidad porque ya he desarrollado el tema en esta sección. (Véanse en www.iglesiaenlarioja.org los números de Pueblo de Dios que versaban sobre anticoncepción y venéreas). Sin embargó, sí les diré lo siguiente: la postura católica de acoger a los hijos que van llegando, guiados por el amor responsable, aferrados a la esperanza del potencial que encierra cada bebé en ciernes, partiendo del hecho de que concebir un hijo no es lo mismo que pillar el sida – aunque ambas cosas puedan sucederse tras mantener una relación sexual -, es ¡liberadora!

Por otro lado, tener las ideas claras en este punto no sólo es muy positivo sino que evitaría la aniquilación de millones de vidas humanas, de modo que les brindaré cinco titulares:

1) La fertilidad no es el mayor peligro mientras no deseamos hijos, y un derecho absoluto cuando sentimos la necesidad de ser padres. “No sé si el niño necesita madre o padre, pero yo, ahora, necesito un hijo”.

2) La vida es un bien presente y futuro (no se acaba). Por eso merece la pena difundirla con generosidad y responsabilidad. De hecho, estamos llamados a transmitirla. Dado que hablamos de sexualidad, concretaría diciendo: cuando alcancemos la madurez, en la medida de nuestras posibilidades, confiando en Dios.

Nuestro Padre – y Creador – decidió otorgarnos el privilegio de participar en su obra dándonos inteligencia, facultades y autoridad para decidir sobre ella. Fue su manera de implicarnos en su labor creadora. Estamos llamados a ordenar, perfeccionar y completar SU universo que, en virtud de la filiación divina, también es NUESTRO. Y en el colmo de su orgullo, amor y confianza paternos, incluso nos regaló la potestad de engendrar vida poniendo una sola condición: que fuera por amor.  A cabio, el fruto de ese amor no sería una bacteria o un cetáceo  más, sino la criatura más frágil y maravillosa, un nuevo heredero de Dios, un nuevo hombre.

3) El óvulo femenino, una vez desprendido, sólo es fértil entre 12 y 24 horas. Luego muere. Si el varón es fértil 24 horas al día durante toda su vida, la fertilidad no es, sobre todo, una competencia femenina.

4) Hay varias técnicas seguras para conocer los tiempos de fertilidad de cada matrimonio. Si Dios ha establecido un ciclo para la reproducción humana y nos ha dado inteligencia para comprenderlo, es para que lo usemos bien.

5) Siempre que optemos por algo, debemos hacerlo en libertad, con razones para la cabeza y para el corazón. Dios no tiene por objeto complicarnos la vida. No era esa su intención al establecer el sexto y noveno mandamientos. Aunque en ocasiones nos cueste obedecer la voluntad de Dios, sobre todo al principio, cumplirla con amor acaba por llenarnos de gozo. De hecho, pude decirse que existe un auténtico placer en llevar a cabo el bien que Dios nos inspira.

MartaCM

Recomendaciónes bibliográficas:

La misericordia en la educación afectivo – sexual. Autora: Nieves GONZÁLEZ RICO. Fundación Desarrollo y Persona. Editorial CEPE, 2014.

La aventura de la castidad  (Edición católica) – Encontrar satisfacción con la ropa puesta.  Autora: Dawn Eden. Editorial, Grupo Nelson, 2008.

Dawn Eden es ex historiadora de rock y editora de noticias del Daily News, Nueva York. Fue judía, luego se convirtió al protestantismo y, más tarde, al catolicismo. Siendo protestante, escribió un libro con este título que tuvo mucho éxito. Una vez convertida, reescribió su obra a la luz de la doctrina católica.

La autora afirma que las virtudes nunca son negativas, y que la castidad en concreto nos permite amar completa y satisfactoriamente en función de nuestras relaciones y según nuestro estado de vida. “Castidad es amar a los demás como Dios los ama” (Dawn Eden).

 

 

Castidad (IX): NO ES LO MISMO

Tal como les prometí, les presento las etapas tres y cuatro del amor verdadero.

Amor maduro: Este es el amor inteligente. Quiere conocer al otro, saber lo más posible, y se pregunta: ¿por qué quiero a esta persona? ¿Temo quedarme solo? ¿Tengo vida, amigos, libertad e inquietudes propias que ofrecer? ¿Cómo sé que me quiere? ¿Me ayuda a vivir mejor mi vida y a asumir mis responsabilidades? ¿Me acerca a los que me quieren? ¿Confío en él o ella para afrontar juntos el mismo proyecto de familia? ¿Bendecirá Cristo nuestra unión?

Si somos novios, si nos estamos conociendo y amamos lo que vemos, sería raro no querer una relación sexual en esta etapa. Ahora bien, la inteligencia interpela preguntando: tener ahora relaciones sexuales, ¿nos dará la distancia justa para discernir objetivamente? La respuesta es no.

ENAMORAMIENTO (semilla) AMOR MADURO (un camino)
No concibo la vida sin ti Una sóla carne
Que no se acabe nunca Indisoluble
Eres único y especial para mí Fidelidad
Este amor nos da vida Fecundidad

Amor conyugal. La esencia del amor conyugal es el compromiso de entrega. Aquí la pregunta es: ¿tiene sentido entregar una palabra de amor que me comprometa de por vida? ¡Sí, tiene sentido! Aunque para ser capaz de tomar tal decisión con perspectivas de éxito – lo  mismo que para correr una maratón o aprobar selectividad -, se requiere entrenamiento de uno o varios años.

 La gente que rechaza “los papeles” para argumentar contra el matrimonio no está preparada para alcanzar esa cumbre en sus vidas. Temen el dolor, pero los papeles firmados no duelen. Lo que hiere y traumatiza es la ruptura del compromiso de amor; la triste certeza de que ya no existe voluntad firme de amar al otro por lo que es en lugar de por lo que me hace sentir; la ausencia de voluntad para amarle a pesar de los cambios, o para acoger y hacer fructificar el amor que tenemos ahora pese a las circunstancias que nos rodean y condicionan, o para amarle por las posibilidades que, un día, Dios me hizo ver en él/ella.

MartaCM

El ritmo del corazón y el del cuerpo son dispares: * El corazón necesita pasar por el “me gustas”, “te amo”, “te quiero” y “me decido por ti, para siempre, en fidelidad, asumiendo la posibilidad de crear vida”.

* El cuerpo, que también necesita su tiempo, puede acelerar mucho si no hay educación afectivo sexual profunda. Es necesario acompasar cuerpo y corazón para vivir la plenitud de la sexualidad y los afectos.

Castidad (VIII): EL AMOR ES MUCHO MÁS

Sexto axioma de la educación afectiva y sexual cristiana:

El enamoramiento es un sentimiento, el amor es mucho  más. Amar es un arte que se adquiere con la experiencia, aprendiendo de los errores, extrayendo consecuencias de nuestros actos.

Cuando aprendemos a cocinar tiramos mucho de recetas. Sin embargo, no lograremos el bizcocho o el solomillo perfectos siguiendo literalmente una.  Cocinar es mucho más que mezclar ingredientes y controlar tiempos de cocción, requiere dedicación, amor, trabajo, generosidad, ilusión, imaginación y una serie de técnicas básicas. Igual sucede con el amor.

Amar es una tarea artesanal. No existe la receta definitiva que nos alcance la pareja y la familia perfectas, sí una forma de entender y vivir la naturaleza humana que nos permite avanzar hacia esa meta con seguridad, logrando grandes satisfacciones en el camino.

Ahora bien, si no hacemos bien las cosas en materia de amor, lo que se quema no es un kilo de harina o de solomillo, sino parte de nuestro yo  (identidad, autoestima, libertad afectiva, la fe en el amor e incluso salud). Por eso es vital educar en el amor y la sexualidad.

Ellie y Carl, personajes de la película Up (Disney), tras muchos años de feliz matrimonio.

Puestos a esta tarea, conviene asimilar que educar a otros nos permite hacer los retoques necesarios en nuestra personalidad. Por ejemplo, si yo acepto mi cuerpo y mi historia personal (contemplada a la luz de la mirada de Jesús, curada y habiendo pasado página), cuando mire a mis hijos o alumnos no veré su desgarbo, falta de actitud o torpeza, sino a criaturas llenas de posibilidades.

También conviene superar el complejo de “perpetuo adolescente”. Los padres laxos y los propios jóvenes deben saber esto: no es cierto que la adolescencia sea la edad  de vivir sin responsabilidad alguna, sin tareas, disfrutando al máximo de la vida y pensando sólo en mis deseos. Cada edad – también la adolescencia y la primera juventud – tiene sus límites, sus rutinas saludables, sus peligros y su potencial.

Por último, interesa reconocer y superar las cuatro etapas del amor duradero, ese al que todos estamos llamados y que tanto anhelamos: atracción, enamoramiento, amor maduro y amor conyugal. Distinguirlas nos permite entender la diferencia entre estar enamorado y amar.

Atracción: Dios es extraordinariamente generoso, reparte dones a diestro y siniestro; que te gusten varias personas habla de lo bien hecho que estás y de la belleza que te rodea.

Enamoramiento: Es la dimensión involuntaria del amor; pero lo afectivo no es irracional, es supraracional. No se puede negar lo que uno siente, tampoco se puede poner una camisa de fuerza al corazón. Este debe permanecer libre; eso sí, es necesario entenderlo y ordenarlo.

Por ejemplo, no puedes dejar entrar a cualquiera en él sólo porque te gusta; así evitarás, en lo posible, enamorarte de quien no te conviene. Tampoco puedes dejar reservado un huequecito de tu corazón (bajo promesa de amistad) para tu ex novio/a. Nuestro corazón tiene una zona indivisible, muy exclusiva, casi nominativa, destinada a una sola persona. A una o ninguna. Quien ocupe esa zona, tendrá tu corazón.

Por eso, para recuperar la libertad del corazón tras una ruptura, has de poner distancia física y emocional. ¡Nada de cafés con los ex! Sólo así dejarás paso, con el tiempo, a una nueva y sólida relación. Cuando el que rompe insiste en conservar la cercanía, en el fondo, te está colocando en su reserva: no está contigo pero no te deja marchar; te tiene ahí para cuando necesite “calorcito”, sabiendo que eso te araña el alma, te impide curar tus heridas y… pasar página.

El adolescente es aquel que va saliendo de sí mismo y conquista algunas cuotas de independencia respecto a sus padres; que se interesa por los amigos del mismo sexo porque se siente más seguro y confiado a su lado, o cuando menos, siente menos pavor al rechazo que con los del sexo contrario. Es el que necesita  compartir confidencias con ellos y el que descubrirá “el amigo del alma”, ese con el que todo es más fácil, pero del que no está enamorado.

Más tarde, ampliará su círculo de relaciones y la pandilla le permitirá afrontar con menos miedos el acercamiento al sexo opuesto. Su vida transcurrirá entre el deseo de protegerse y el de abrirse a las diferencias. Que tenga en ese momento de su vida una relación especialmente cordial con un chico/a, no significa que esté enamorado.

Con el tiempo sentirá ciertas predilecciones. Estas le ayudan a formar su criterio para hacer “su futura elección”, y su primer amor llegará de forma inesperada cuando sienta fascinación profunda por el otro. Sin embargo, a pesar de los sentimientos que experimenten nuestros hijos (deseo de estar juntos, necesidad de recibir y comunicar ternura -no deseo sexual/genital- y anhelo de contar para alguien), este amor sólo es una etapa más de su aprendizaje afectivo-sexual.

Cuando dos se sienten enamorados, se recurre a la seducción y a la conquista, hoy mucho más a la 2ª que a 1ª. En realidad, deberíamos dar mucha más prominencia a la seducción y restarle casi toda a la conquista. Hay que postergar el juego de la conquista y animar a nuestros hijos a reforzar las cualidades que poseen, que construyen su personalidad y que refuerzan su autoestima porque son las que atraen la mirada del otro. Lo contrarío genera adictos al ligue. Y ¡sí! el ligue es muy divertido si hay correspondencia porque constatas tu capacidad de arrastre, pero esta adicción te impedirá construir la intimidad, esa parte de ti que sólo entregas cuando amas porque te hace vulnerable frente al otro.

P.D.: En la próxima entrega explicaré las etapas tres y cuatro.

MartaCM.

Recomendación bibliográfica: la obra que les aconsejo, relativa al tema que nos ocupa, agotó su primera edición en 15 días: “Sexo con alma y cuerpo”. Autores: José Ignacio Munilla (obispo de San Sebastián) y Begoña Ruiz Pereda (Fundación Desarrollo y Persona). Publicado en 2015. Ed.: FRESHBOOK.

Entrevistamos a su autora en El Espejo de la Iglesia, cadena Cope, el viernes 29 de mayo de 2015. (Ver fonoteca en www.cope.es)

Castidad (VII): EN LA DISTANCIA, CON DIOS COMO COMPLICE

Cuarto axioma de la educación afectiva y sexual cristiana:

Es necesario aprender a amar en la distancia. A una distancia suficiente, no muy larga.

Si vemos por el campo un bicácaro, un narciso o una primavera y nos lo llevamos a casa, disfrutaremos de su belleza y fragancia durante unas horas; luego, la flor morirá. Debemos aprender a disfrutarlas en la distancia: en la pradera, una vez al año, en su época de floración porque, trasplantadas a la maceta de casa, las flores silvestres nos suelen arraigar.

Si tenemos un bebé y le achuchamos con fuerza para expresarle nuestro amor, o le pellizcamos los papos y le mordemos, le haremos daño y llorará. Debemos transmitirle nuestro afecto en la forma que él puede entender o necesita, no tal como nos lo pida el cuerpo a nosotros.

Por lo tanto, es necesario aprender a amar en la distancia para no hacer daño al otro, para respetar su identidad, su libertad y sus tiempos. También es necesario amar en la distancia porque: 1- esta forma de amar no crea dependencia. Hace que la persona amada se sienta permanentemente conectada a ti sin temer que su fidelidad a ese amor le exija renunciar a emprender su propio vuelo; sin temer que emprender su ascenso le suponga perder tu afecto.  

2- Porque los corazones que viven su amor a distancia buscan el mayor efecto posible de los momentos de intimidad compartida. Superar la tentación de la inmediatez les permite establecer prioridades, elegir gestos y momentos, redefinir la transversalidad de su amor.

3- Porque esta forma de amor potencia el músculo de la mutua confianza: te quiero, reconozco tu potencial y espero que le saques partido, ¡ve! O: sé que me quieres, por eso voy y vuelvo sin temer tu olvido y abandono. O: nos queremos y estamos pendientes el uno del otro, dispuestos a  apoyarnos y a salvarnos las veces que haga falta sin caer en la subordinación a los caprichos pueriles del otro.

El amor verdadero no zarandea, ni fuerza, ni  manipula para obtener la atención, dedicación y devoción exclusivas del otro. ¿Será por eso que Dios es tan escrupuloso con el respeto a nuestro libre albedrio? Siendo nuestro Creador y Padre, El jamás someterá nuestra voluntad para obtener la consideración y afecto que merece y espera de nosotros.

Los cristianos no deberíamos perder de vista este arquetipo, ni en la educación afectiva y sexual de nuestros hijos, ni en la vivencia de nuestro amor conyugal. Los jóvenes deberían aprender a querer a sus novios/as sin sentido de la propiedad, sin acoso, ni celos; sin dañarles en su integridad física o moral. No deben tomar de ellos – aunque les fuera ofrecido – algo tan definitivo como la total entrega en cuerpo y alma. No, a menos que sean capaces de ofrecer, a cambio, algo suyo igual de incondicional y definitivo: el compromiso matrimonial. Lo cual no sucederán – por muchas palabras y expresiones de amor que medien entre ellos – hasta que alcancen la madurez personal propia de un adulto sano, equilibrado y sin impedimentos para entregarse como desearía.

MartaCM.

Quinto axioma de la educación afectiva y sexual cristiana: nada colma el corazón humano, hasta el fondo, como Dios. Saberlo nos evitará pasar la vida intentando llenarlo de cosas y personas que no logran este fin.

El deseo de ser felices está en el fondo de todo lo que hacemos. Para ser felices necesitamos sentirnos seguros. Nada nos da más estabilidad que el sabernos amados, respaldados, protegidos y consolados por otra persona. Cuando buscas con desesperación un amor despersonalizado, o cuando lo exiges sin estar dispuesto/a a entregarte, surge un desasosiego interior que no desaparece con cada nueva adquisición personal o material. La gente que en vez de vivir la castidad conforme su estado de vida va de relación en relación, en el fondo, o está en el grupo de los que sólo se toman en serio sus propias y peregrinas “necesidades”, o intenta curar su soledad o atajar el miedo a ser intrascendente, invisible, innecesario, anormal…

No deberíamos acercarnos a nadie sólo para usarlo. Vivir la castidad mientras llega la persona idónea, incluso rezar para que Dios la guarde hasta que nos encontremos con él o ella, implica concedernos (a uno mismo y al otro) un valor único como personas; implica vivir de cara a Dios, “compinchados” con Él, sin sentir vergüenza por nuestro comportamiento y actitudes. Saberse incondicionalmente amado por Dios, evitará que gastes tu vida buscando una amor a medida de tu narcisismo.

Castidad (VI): SENTIR, PENSAR, ACTUAR

Tercer axioma de la educación afectiva y sexual cristiana:

Es  distinto “sentir el impulso de”, que desear hacer algo y realizarlo finalmente. P.e., es distinto sentir el impulso de estudiar que sentarse a “hincar codos”, o sentir atracción por un chico/a que tener relaciones sexuales.

Explicar esto a nuestros jóvenes evitará que crezcan sintiéndose culpables por todo  y les ayudará a tomar conciencia del valor que tiene el ejercicio de la voluntad en su libertad.

Muchas personas desearían ser buenos hijos de Dios. Saben que para lograrlo han de estar atentos a la práctica de algunas virtudes (esperanza, caridad, justicia, prudencia, templanza… ¡castidad!), pero finalmente se dejan llevar del sentimiento o de la pereza y renuncian a hacer lo correcto, a ser constantes haciendo el bien, viviendo esas virtudes.

No es malo – ni bueno – sentir curiosidad, deseo, enamoramiento o cualquier otro sentimiento. Los atentados contra la castidad llegan cuando, en lugar de encauzar eso que sentimos, renunciamos a usar la inteligencia y la voluntad para ceder a la, casi siempre estéril, autocomplacencia.

En materia de sexualidad y emociones, lo maduro es actuar integrando sentimientos y emociones con inteligencia y voluntad: siento lo que sea sin caer en la culpabilidad, encauzo esa emoción, reflexiono sobre lo que quiero – o lo que no – y tomo las decisiones que me acerquen a lo que deseo alcanzar.

Esto nos hace más libres y responde a la esencia de nuestra naturaleza: criaturas de cuerpo y alma en unión inseparable, llenas de posibilidades, hechas a imagen y semejanza de Dios, creadas para ser felices disfrutando y difundiendo el bien.

El liberalismo sexual sólo beneficia los bolsillos de unos pocos. Ni al individuo en general, ni a la familia, ni a la sociedad en su conjunto. Es más honesto y libre vivir afrontando los remordimientos – los cuales nos mantienen conscientes de la posición precaria en la que estamos -, que negar la implicación moral y las consecuencias de los actos que realizamos.

Dicho lo anterior,  conviene alertar contra el “deberismo”. Es decir, huyamos de hacer o imponer nada sólo porque sí o sólo porque no. Esta actitud en padres y educadores, que puede ser práctica y útil durante algunos momentos de la infancia, es motivo de rebeldía indiscriminada y efusiva en adolescentes, jóvenes, e incluso adultos.

En la educación afectiva y sexual cristiana – esa que aboga por valores como la espera, el perdón, el respeto exquisito al otro y la libertad de las personas -, tenemos que dar criterios sin descanso, una y otra vez, desde que nuestros hijos nacen hasta que son adultos. De ahí la importancia de la educación remota en virtudes para introducirles en una sexualidad sana, constructiva, fácil, orientada a su fin y satisfactoria; tenemos que alentarles a decir sí o decir no; a no aceptar la palabra, promesa u orden de alguien mayor o aparentemente más listo que ellos, si su propuesta les hace sentir mal, o si genera rechazo en sus conciencias; debemos enseñarles a vivir atentos a la verdad y depositar en ellos – fundamental como medio y objetivo –  nuestra confianza. La certeza de nuestra confianza en ellos “recincela”, a diario, las virtudes que intentamos inculcarles.

Marta CM.

Conviene explicar la diferencia entre mostrar cariño y dar o recibir una caricia sexual. Es vital para prevenir los abusos sexuales en los más pequeños, quienes suelen sufrirlos bajo persuasión o engaño de un familiar o conocido; y es vital para salvar a los jóvenes de quedar atrapados en una relación prematura u homosexual.

La frontera entre amistad y atracción no es absoluta. Ni entre hombre y mujer, ni entre personas del mismo sexo. Tenemos que tener muy claro que hasta que no pasa ese periodo de maduración sexual durante el cual los adolescentes y jóvenes pueden sentir la AMS-transitoria, la duda sobre si sólo les gusta su mejor amigo/a o si además les atrae sexualmente genera confusión. Recordémosles que probar no soluciona esta duda, que es muy importante darse tiempo sin entrar en la dinámica de los actos, que el hecho de que nos gusten las personas – y no los árboles – quiere decir que estamos bien hechos.

Saber esto de antemano, y saber que la identidad sexual no queda definitivamente asentada hasta los 20 años, puede liberar muchas conciencias: las de los padres que viven con angustia la etapa “del amigo preferido”, las de los jóvenes que sienten la atracción pero ignoran que es un proceso natural en su crecimiento, y las de aquellos que alguna vez entraron en la dinámica de los actos por curiosidad y se quedaron con la angustia existencial de saber si, en el fondo, son homosexuales o no.