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Archivo de diciembre de 2017

Virgen de la Esperanza, vida, dulzura y esperanza nuestra.

18 de diciembre, Logroño celebra a su patrona y alcaldesa Mayor de la ciudad, a Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza.

“Año 1976. Pleno de la Corporación Municipal del Ayuntamiento de Logroño. Ante la moción presentada en el sentido de proclamar a la Virgen de la Esperanza Alcaldesa Mayor de la ciudad, se procede a la votación y el resultado fue un SÍ absoluto y unánime. Al año siguiente, le fue entregado a la imagen el bastón de mando, que desde entonces muestra en su mano derecha”

Invitado por nuestro obispo diocesano D. Carlos Escribano, el lunes 18 de diciembre, festividad de la Virgen de la Esperanza, el cardenal D. Juan José Omella Omella, arzobispo de Barcelona, presidirá la eucaristía a las 12.00 horas en el templo de la parroquia de Santiago el Real, de Logroño. En el Ofertorio, la alcaldesa de Ayuntamiento de Logroño, Cuca Gamarra hará la Consagración de la Ciudad de Logroño a la Virgen.

La Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño invita a los fieles cristianos de La Rioja, y a los de Logroño en especial, a unirse a la celebración y vivir juntos la comunión eclesial en torno a nuestra Madre.

El actual cardenal y arzobispo de Barcelona, D. Juan José Omella Omella, fue obispo de nuestra Diócesis desde mayo de 2004 hasta noviembre de 2015. El 6 de noviembre fue nombrado arzobispo de Barcelona por el Papa Francisco, cargo del que tomó posesión el 26 de diciembre. El 21 de mayo de 2017, el Papa Francisco anunció la celebración de un consistorio para la creación de cinco nuevos cardenales, entre ellos monseñor Omella, quien recibió la birreta cardenalicia con el título de Santa Cruz de Jerusalén el 28 de junio de 2017 en la Basílica de San Pedro.

Datos de la Imagen.

La imagen de Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza es una bellísima talla de comienzos del siglo XIV, profundamente rehecha con posterioridad. Contrariamente a lo que cabría esperar en tal advocación, no aparece nuestra Virgen con el vientre henchido, encinta, expectante para dar a luz al Hijo de Dios hecho carne en sus purísimas entrañas, sino, por el contrario, se nos presenta regia, sentada en su trono, mostrándonos al niño Dios en su regazo.

Antiguamente sostenía la Virgen en su mano derecha un ramillete de tres azucenas, que según parece, eran más bien tres flores de lis, en recuerdo de la gesta de 1. 521.

Tanto la Virgen como el Niño presentan una irresistible atracción. Quién se detenga a contemplar las imágenes quedará, de seguro, prendido de su rara belleza, cautivado por el encanto del risueño semblante de ambos, Madre e Hijo.

Sentimiento, por otra parte, perfectamente plasmado en el, para la mayoría de los logroñeses, desconocido himno a su patrón, San Bernabé, compuesto en 1. 933 por D. Fermín Irigaray con letra de D. Luis B. y Urie , cuya primera parte dice así:

Virgencita logroñesa faz morena trigo y sol esperanza del hidalgo promesa del labrador. Tu sonrisa es la sonrisa que en tus labios se posó al escuchar de tus hijos la memorable oración.

Y de nuevo se engarzan historia y leyenda hasta conformar la explicación satisfactoria para el desconocido origen de la venerada efigie.

Así, y atendiendo a su antigüedad, la tradición nos dirá que nuestros antepasados comenzaron a profesar gran devoción a una talla de la Virgen bajo la advocación de la Esperanza a partir de un suceso ocurrido en la legendaria batalla de Clavijo.

Se cree que, ante la angustiosa situación surgida para las tropas cristianas tras la derrota en la Batalla de Albelda, el rey Ramiro junto con los monjes del monasterio de San Prudencio se pusieron bajo la protección de la Virgen, elevando sus fervientes súplicas ante una imagen de Santa María que se encontraba en la iglesia de dicho monasterio y en la cual depositaron sus esperanza. Esta no fue defraudada pues al día siguiente y con la especialísima ayuda del apóstol Santiago derrotaban a las tropas moras invasoras.

La festividad se celebraba originalmente el 23 de mayo porque fue la madrugada de aquel día, en el año 884 cuando las tropas cristianas del citado rey Ramiro I vencieron a los moros en la batalla de Clavijo

Esta primitiva imagen desapareció y fue sustituida por otra del siglo XIII bajo la misma advocación de Nuestra Sra. de la Esperanza.

Ya en el Siglo XII se registra un voto de la ciudad de Logroño por el que se obligaba, subir anualmente al monasterio de San Prudencio; este voto se cumplió con más o menos incidencias hasta que en 1.837 desapareció el monasterio como consecuencia de la ley de supresión de órdenes

Pues bien, los logroñeses hicieron una efigie semejante a la talla de la Virgen venerada en el monasterio y la dieron a la veneración popular en el templo de Santiago.

Con la extinción del monasterio, la talla original pasó a la iglesia parroquial de Clavijo, donde se conserva en la actualidad bajo la advocación tradicional de la Esperanza.

Lo cierto es que la imagen, en el siglo XVI ya era centro de devociones. Antes se la había conocido popularmente como ” la Toledana”, sin que se sepa a ciencia cierta el motivo. No falta quién ha querido ver en tal denominación su procedencia , y aún quién la ha relacionado por ello con la gran celebración mozárabe del 18 de diciembre. Con todo, no son, por el momento, más que conjeturas.

De lo que no cabe la menor duda es de la importancia creciente que rápidamente alcanzó la imagen de Nuestra Sra. de la Esperanza, debido en gran parte a un acontecimiento que, como decíamos antes, marcó a fuego la conciencia histórica de la ciudad; me refiero al sitio de 1521.

La Cofradía de la Virgen de la Esperanza es la más antigua de todas las cofradías de Logroño.

La Virgen de la Esperanza es Patrona por mandato del Papa Pío XII desde 1948. Procesionó junto con San Bernabé, el otro Patrón de la ciudad por primera vez el 11 de junio de 1921, como conmemoración del 400 aniversario del Sitio.

Se trata de una talla gótica de comienzos del XIV que representa a la Virgen con el niño en su regazo.

El 18 de diciembre de 1976 como ya mencionamos al principio de este post, el Pleno le concedió el título de Alcaldesa Mayor de la ciudad, siendo alcalde Narciso San Baldomero.

A destacar también el año 1980. Las coronas que lucen la Virgen y el Niño fueron el resultado de una entrañable suscripción popular. La Virgen la estreno el 11 de junio y el Niño el 18 de diciembre.

La Cofradía de la Virgen de la Esperanza se funda el 10 de diciembre del año 1612, como figuraba en la documentación depositada por sus patrones de entonces, la catedral de Santo Domingo de la Calzada, cuando ésta era sede episcopal. Nace con objeto de venerar y potenciar la devoción hacia la imagen de la virgen de la Esperanza. La imagen de la Virgen se encuentra en la Iglesia de Santiago El Real en la ciudad de Logroño.

Esta imagen de Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza, no hace referencia a la próxima Natividad del Señor, pues no se le representa embarazada como en otras tallas. Se trata por tanto como Virgen de la Esperanza a la que se refiere nuestro rezo de la Salve: “Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida y dulzura y Esperanza nuestra”.

Datos tomados de la página web http://www.cofradia-virgendelaesperanza.com

Fotografías: Rioja2 y Miguel Herreros

 

 

“Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”

Gaudete es el nombre que recibe el tercer domingo de Adviento en el calendario litúrgico cristiano.

Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca).

Con ese término, se pretende animar al pueblo a continuar con la preparación para la Solemnidad de la Natividad del Señor.

 

Anviento CasullaGaudate casulla

 

El color litúrgico usado, en las vestiduras del celebrante correspondiente a este domingo, es el rosado. No obstante, no es obligatorio el uso de este color, por lo que con cierta frecuencia se continúa vistiendo el color general del Tiempo de Adviento, es decir, el color morado.

Este tiempo de Adviento, se originó como un ayuno de cuarenta días en preparación para la Natividad, comenzando el día después de la fiesta de San Martín (12 de noviembre), de aquí que a menudo se le llamara la “Cuaresma de San Martín” nombre por el que se le conocía en el siglo V. La introducción de dicho ayuno de Adviento se puede datar en esas fechas porque no hay evidencia de que se celebrase la Navidad el 25 de diciembre, antes de finales del siglo IV.

En el siglo IX, la duración del Adviento se redujo de cinco a cuatro semanas; la primera alusión a la temporada acortada se encontró en una carta del Papa San Nicolás I a los búlgaros, y hacia el siglo XII el ayuno había sido ya reemplazado por una simple abstinencia.

El Papa San Gregorio I el Magno, fue el primero en redactar un Oficio para el Adviento, y el Sacramentario Gregoriano es el primero que señala Misas propias para los domingos de Adviento. En ambos (Oficio y Misa) se hace ya indicación para cinco domingos, pero hacia el siglo X el número usual eran cuatro, aunque algunas iglesias de Francia, observaban cinco domingos también en el siglo XIII.

Sin embargo, a pesar de todas estas modificaciones, el Adviento conservó muchas de las características de los tiempos penitenciales lo que lo hacía como un equivalente de la Cuaresma, y correspondiendo el tercer domingo de Adviento, mitad de este tiempo litúrgico, una similitud con el “laetare” o domingo de mitad de la Cuaresma.

En éste, al igual que el citado domingo de “laetare”, se permitía usar el órgano y las flores, prohibidos durante el resto de la estación; se permitía el uso de vestimentas color rosa en lugar del púrpura o negro como anteriormente; el diácono y subdiácono reasumieron el uso de la dalmática y de la túnica en la Misa principal, y los cardenales usaban color rosa en lugar del púrpura. Todas estas marcas características han continuado usándose y son la disciplina actual de la Iglesia Latina.

3º domingo adviento Gaudete

El domingo de “gaudete”, por lo tanto, hace un alto, como el domingo de “laetare”, a medio camino a través de una temporada que de otra manera es de carácter penitencial, y significa la cercanía de la venida del Señor.

De las “estaciones” que se celebran en Roma los cuatro domingos de Adviento, la de la basílica del Vaticano se le asigna el de este domingo “gaudete”, siendo el más importante de los cuatro domingos.

Tanto en el Oficio como en la Misa a través del Adviento, se hace referencia continua a la segunda venida de nuestro Señor, y esto se enfatiza en el tercer domingo por medio de la adición de signos de felicidad y alegría permitidos para ese día. El domingo de “gaudete” está marcado además por una nueva invitación, la Iglesia no invita ya a los fieles o laicos meramente a adorar “al Señor que va a venir”, sino que les llama a un saludo de alegría porque “el Señor está cerca y al alcance de la mano”.

Las lecturas de la profecía de Isaías, describen la venida del Señor y las bendiciones que resultan de ella, y las antífonas de vísperas hacen eco de las promesas proféticas. Los constantes aleluyas enfatizan la alegría de la espera, que ocurren tanto en el Oficio como en la Misa a través de todo la temporada. En la Misa, el introito “Gaudete in Domino temper” resalta la misma nota, y da su nombre al día. La epístola de nuevo nos incita a regocijarnos y nos urge a prepararnos para encontrarnos con el Salvador a través de oraciones, súplicas y acciones de gracia, mientras que el Evangelio, San Juan Bautista nos advierte que el Cordero de Dios está incluso ahora entre nosotros, aunque parezca que no le conocemos.

El espíritu del Oficio y de la liturgia a través de todo el Adviento es una espera y preparación para la Natividad o Navidad así como para la segunda venida de Cristo, y los ejercicios penitenciales, que han sido adecuados para ese espíritu, son suspendidos en el domingo de “gaudete” para simbolizar la alegría y el regocijo por la redención prometida, que nunca deben estar ausentes del corazón de todos nosotros, los fieles.

¿Identidad Cristiana?

En nuestros días, a partir de octubre ya se pueden ver adornos navideños en los comercios, tanto en los países de tradición cristiana como en los de Oriente Medio, Japón o China. Numerosas páginas de internet recogen fotografías y comentan las costumbres que han surgido en todos los países durante los últimos años en torno a la Navidad: conciertos de música clásica, cenas para enamorados en restaurantes occidentales, Christmas Cake para el cumpleaños de Santa Claus, etc. Las películas de Hollywood han extendido una identificación de este tiempo con las decoraciones espectaculares, los conciertos benéficos, los personajes de la factoría Disney, el intercambio de regalos y los buenos sentimientos, acompañados por algún gesto de caridad, pero sin referencias religiosas explícitas. Para la mayoría de las personas, estas fiestas han perdido su identidad cristiana y se han convertido en unas meras vacaciones de invierno.

Pero no debemos fijarnos solo en lo negativo, las características de estas fechas, con su valoración de la vida familiar, de la inocencia de los niños, de los deseos de paz y reconciliación, pueden ser también la manifestación de que perviven algunos valores evangélicos en medio de un mundo incrédulo. Ciertamente, la Navidad no debe reducirse a un cuento para niños ni consiste en un regreso a la inocencia perdida de la infancia, como parecen sugerir las películas que se proyectan en esas fechas.

Si la Navidad ha sufrido una transformación tan grande, para la mayoría de nuestros contemporáneos el Adviento ha desaparecido, devorado por unas fiestas de fin de año que cada vez se adelantan y descristianizan más. Hasta el punto de que la misma palabra Adviento se ha vuelto extraña para la mayoría.

Se acerca la Navidad y con ella la compra de regalos, la preparación de la cena y la lista de invitados. Pero, ¿Qué es lo verdaderamente importante que debemos preparar? Es importante recordar que el Adviento, es el período de preparación para celebrar la Navidad y comienza cuatro domingos antes de esta fiesta.

El Adviento es además, el comienzo del Año Litúrgico que empieza el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son pues, los cuatro domingos anteriores a la Navidad y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía.

En los templos y casas se colocan las coronas de Adviento, en donde se encuentran cuatro velas de color morado, rojo o rosa, pudiéndose colocar una blanca en el mismo centro de la corona y se va encendiendo una vela por cada domingo. Asimismo, los ornamentos del sacerdote y los manteles del altar se tornan de color morado como símbolo de preparación y penitencia y en el tercer domingo de adviento, llamado Domingo de Gaudete, se sustituye por el color rosa.

Sobre el significado…

El término “Adviento” viene del latín adventus, que significa venida, llegada. El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor.

Se puede hablar de dos partes del Adviento:

Primera Parte.- Desde el primer domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la venida del Señor al final de los tiempos;

Segunda Parte.- Desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, es la llamada “Semana Santa” de la Navidad, y se orienta a preparar más explícitamente la venida de Jesucristo en las historia, la Navidad.

Las lecturas bíblicas de este tiempo de Adviento están tomadas sobre todo del profeta Isaías (primera lectura), también se recogen los pasajes más proféticos del Antiguo Testamento señalando la llegada del Mesías. Isaías, Juan Bautista y María de Nazaret son los modelos de creyentes que la Iglesias ofrece a los fieles para preparar la venida del Señor Jesús.

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Origen y significado del nombre

La palabra latina adventus traduce el término griego parusía, que originalmente significaba presencia, llegada, y se utilizaba con varios sentidos. En primer lugar, designaban la manifestación poderosa de un dios a sus fieles, por medio de un milagro o de una ceremonia religiosa. En el ámbito civil, indicaban la primera visita oficial a la corte de un personaje importante (un embajador de otro reino, por ejemplo), con la ceremonia en que tomaba posesión de su cargo y los posteriores festejos. El término parusía-adviento también se usaba para referirse a la visita solemne del emperador a una ciudad, con todo lo que conllevaba: reparto de regalos, banquetes, indultos, etc. De hecho, en unas excavaciones arqueológicas en Corinto aparecieron unas monedas con una inscripción que recuerda la visita de Nerón a la ciudad, denominada Adventus Augusti, y el Cronógrafo del 354 (un calendario de piedra) designa la coronación de Constantino como el Adventus Divi. Como la vida religiosa y la civil estaban totalmente unidas, con la llegada del rey se celebraba la epifanía de un dios en el monarca.

Los Santos Padres de la Iglesia comprendieron que hay una relación profunda entre los deseos de salvación que caracterizaban al mundo grecorromano y el mensaje cristiano. Si los pueblos deseaban la cercanía de sus dioses, sin conseguirla, en un tiempo y en un lugar concretos se ha producido el verdadero adviento, la parusía, la epifanía de Dios. El Hijo de Dios ha entrado en nuestra historia y ha revelado su misterio, hasta entonces inalcanzable para el hombre. En Cristo, Dios ha dado respuesta a la larga búsqueda de los filósofos y de los hombres religiosos de todos los tiempos. De alguna manera, Dios mismo sembró en ellos los deseos de encontrarlo, y los ha satisfecho: «Es conmovedor comprobar cómo ya la humanidad anterior a Cristo vivía anhelando la venida del verdadero Salvador […]. Con los nombres de Adviento, Parusía, Epifanía y otros por el estilo, ofrecía la antigüedad pagana el cuerpo de palabras más apropiadas al milagro de la verdadera manifestación de Dios entre los cristianos, y la Iglesia no vaciló en llenar estos recipientes preparados por el paganismo, al cual guiaba la providencia de Dios, con la verdad que ansiaban» (Emiliana Löhr).

Esto no significa que el cristianismo sea únicamente la respuesta a las esperanzas de las religiones antiguas, ni aun a sus aspiraciones más nobles, ya que Jesucristo supera cualquier expectativa humana. De hecho, el hombre no sabe cuáles deben ser sus aspiraciones, aquéllas que responden al fin para el que fue creado. San Pablo llega a decir que no sabemos lo que nos conviene (cf. Rom 8,26). Y añade que hemos descubierto el eterno proyecto de Dios sobre el hombre, solo porque Cristo lo ha revelado (cf. Ef 1,3-13). Hasta entonces, ese plan permanecía escondido. Aunque el helenismo aceptaba las categorías de venida, aparición o manifestación de lo divino, nunca habría podido aceptar una encarnación de Dios, concebido como un ser totalmente trascendente e incompatible con la materia. El proyecto de Dios, que se ha revelado en Cristo, supera todos los pensamientos humanos (cf. 1Cor 2,9).

Jesús no solo nos ha comunicado los contenidos del eterno proyecto de Dios. Él mismo lo ha realizado y nos ha introducido en él. Eso es algo tan novedoso, que no puede venir de los hombres, sino solo de Dios. Aparecía como algo insensato para los judíos y los griegos de la antigüedad y sigue siendo incomprensible para las religiones y filosofías contemporáneas. Los primeros cristianos se encontraron con la dificultad de expresar estos conceptos sin tener las palabras adecuadas. Por eso tomaron los términos de su ambiente cultural y se sirvieron de ellos, transformándolos. La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra historia concreta.

 

Historia del Adviento

Al principio, los cristianos no celebraban el nacimiento de Cristo, sino únicamente su muerte y resurrección. La Pascua era la única fiesta anual y se esperaba el retorno glorioso del Señor durante una fiesta de Pascua, antes de que pasase la generación de sus contemporáneos. La esperanza de la parusía se acrecentaba en la liturgia. Por eso querían acelerarla con su oración, como testimonia la plegaria aramea, de proveniencia apostólica, Maranatha, que encontramos en 1Cor 16,22, en Ap 22,20 y en la Didajé y que tiene dos posibles significados: Ven, Señor, si se lee Marana Tha y el Señor viene o ha venido si se lee Maran Atha.

A partir del s. IV se generalizó la celebración de la Navidad. San Agustín, hacia el año 400, afirmaba que no es un sacramento en el mismo sentido que la Pascua, sino un simple recuerdo del nacimiento de Jesús, como las memorias de los Santos. Por lo tanto, no necesitaría de un tiempo previo de preparación o de uno posterior de profundización. Sin embargo, 50 años más tarde, San León Magno afirmó que sí lo es. El único sacramento de nuestra salvación se hace presente cada vez que se celebra un aspecto del mismo, por lo que la Navidad es ya el inicio de nuestra redención, que culminará en Pascua. Estas consideraciones posibilitaron su enorme desarrollo teológico y litúrgico hasta formarse un nuevo ciclo celebrativo, distinto del de Pascua, aunque dependiente de él. En Pascua se celebra el misterio redentor de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En Navidad se celebra la encarnación del Hijo de Dios, realizada en vistas de su Pascua, ya que «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo […] y se hizo hombre», como dice el Credo.

A medida que Navidad-Epifanía fue adquiriendo más importancia, se fue configurando un periodo de preparación. Las noticias más antiguas que se conservan provienen de las Galias e Hispania. Parece que se trataba de una preparación ascética a la Epifanía, en la que los catecúmenos recibían el bautismo. Pronto se les unió toda la comunidad. La duración variaba en cada lugar. Con el tiempo, se generalizó la práctica de cuarenta días. Como comenzaba el día de San Martín de Tours (11 de noviembre), la llamaron Cuaresma de San Martín o Cuaresma de invierno.

Cuando el Adviento fue asumido por la liturgia romana, en el s. VI, ya había adquirido un paralelismo con la Cuaresma, tanto en su duración como en sus contenidos. De hecho, los antiguos sacramentarios romanos contienen oraciones para seis domingos (que se conservan hasta el presente en las liturgias Ambrosiana y Mozárabe). También el Rótulo de Rávena (colección de plegarias del s. V) recoge cuarenta oraciones, una para cada día del Adviento. La fuerte dimensión escatológica de la Cuaresma y de la Pascua impregnó también el Adviento, llegando a ser su dimensión más significativa.

Junto a la tensión escatológica, el Adviento heredó de la Cuaresma el carácter penitencial, entendido como purificación de las propias faltas, en orden a estar preparados para el juicio final. Por eso, se practicaba un prolongado ayuno. (En la Iglesia Ortodoxa, se sigue ayunando del 15 de noviembre al 24 de diciembre. La víspera de la fiesta solo se puede comer trigo hervido con miel. En Occidente los ayunos se transformaron en abstinencia, excepto en las Témporas de diciembre y la víspera de Navidad. Después del Vaticano II desaparecieron). Igualmente, se generalizó el uso del color negro en los ornamentos sacerdotales (más tarde se pasó al morado), los diáconos no vestían dalmáticas, sino planetas (como una casulla, más pequeña por delante y plegada por detrás) y se eliminaron los cantos del Gloria, el Te Deum y el Ite missa est, así como el sonido de los instrumentos musicales. También se prohibió la celebración de las bodas solemnes. Después del rezo del Oficio Divino, estaban prescritas algunas oraciones de rodillas. En algunos lugares, para asemejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días de Adviento se cubrían con velos las imágenes y altares, igual que en el tiempo de Pasión. Durante siglos, el himno más usado en las misas y en el Oficio fue el Rorate coeli desuper, et nubes pluant iustum (Is 45,8), con las estrofas penitenciales que piden perdón por los pecados.

San Gregorio Magno redujo la duración del Adviento en Roma a cuatro semanas. Durante mucho tiempo convivieron las dos fórmulas, aunque a finales del s. XII se impuso definitivamente el uso breve. Las cuatro semanas evocaban la espera mesiánica del Antiguo Testamento, porque se interpretaban como el recuerdo de los cuatro mil años pasados entre la expulsión de Adán del Paraíso y el nacimiento de Cristo, según los cómputos de la época.

Para contrarrestar el espíritu penitencial, la liturgia reintrodujo el Aleluya los domingos en las antífonas del Oficio, lo que se ha conservado hasta el presente, extendido a los otros días de la semana. Los predicadores subrayaron cada vez más el recuerdo de la historia previa al nacimiento de Cristo, haciendo de la dimensión escatológica (tan importante al principio) algo secundario. Ésa ha sido la característica predominante durante siglos.

La liturgia anual de la Iglesia fue evolucionando y transformándose. Con el tiempo, sirvió para evocar toda la historia de la salvación. Adviento se consagró a los acontecimientos del Antiguo Testamento, Navidad a los misterios de la infancia del Señor, el tiempo después de Epifanía a su vida pública, Cuaresma a su pasión y muerte, Pascua a su resurrección, y el tiempo después de Pentecostés a la vida de la Iglesia.

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La Corona

La Corona de Adviento tiene su origen en una tradición pagana europea que consistía en prender velas durante el invierno para representar al fuego del dios sol, para que regresara con su luz y calor durante el invierno. Los primeros misioneros aprovecharon esta tradición para evangelizar a las personas. Partían de sus costumbres para enseñarles la fe católica. La corona está formada por una gran variedad de símbolos:

  • La forma circular. l círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.
  • Las ramas verdes. Verde es el color de esperanza y vida, y Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.
  • Las cuatro velas. Nos hace pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo.

Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Las manzanas rojas que adornan la corona representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.

El listón rojo representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

Los domingos de Adviento la familia o la comunidad se reúne en torno a la corona de adviento. Luego, se lee la Biblia y alguna meditación. La corona se puede llevar al templo para ser bendecida por el sacerdote.

Sugerencias

  1. Es preferible elaborar en familia la corona de Adviento aprovechando este momento para motivar a los niños platicándoles acerca de esta costumbre y su significado.
  2. La corona deberá ser colocada en un sitio especial dentro del hogar, de preferencia en un lugar fijo donde la puedan ver los niños de manera que ellos recuerden constantemente la venida de Jesús y la importancia de prepararse para ese momento.
  3. Es conveniente fijar con anticipación el horario en el que se prenderán las velas. Toda esta planeación hará que las cosas salgan mejor y que los niños vean y comprendan que es algo importante. Así como con anticipación preparamos la visita de un invitado importante, estamos haciendo esto con el invitado más importante que podemos tener en nuestra familia.
  4. Es conveniente también distribuir las funciones entre los miembros de la familia de modo que todos participen y se sientan involucrados en la ceremonia.

Por ejemplo:  un encargado de tener arreglado y limpio el lugar donde irá la corona antes de comenzar con esta tradición navideña.  un encargado de apagar las luces al inicio y encenderlas al final.  un encargado de dirigir el canto o de poner la grabadora con algún villancico.  un encargado de dirigir las oraciones para ponerse en presencia de Dios.  un encargado de leer las lecturas.  un encargado de encender las velas.

Cinco consejos que te ayudarán a vivir este tiempo litúrgico de preparación para el nacimiento del Niño Jesús.  “Que no nos vayan a arrebatar éste tesoro“:

1.- Vivirlo en FAMILIA.

2.- Recordar al festejado. El que nace es el mismísimo Dios hecho hombre en el Niño Jesús.

3.- Colocar o poner el Nacimiento (Misterio, pesebre o Bélen).

4.- Contemplar el misterio y disponer el corazón para recibir al Señor.

5.- Ser misioneros de ELLO.

Purísima Inmaculada Concepción de María.

 

La concepción es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres. La concepción es pues, el momento en que comienza la vida humana.

Cuando hablamos del dogma de la Inmaculada Concepción no nos referimos a la concepción de Jesús quién, claro está, también fue concebido sin pecado. El dogma declara que María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir, María es la “llena de gracia” desde su concepción.

La Encíclica “Fulgens corona”, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre»

Fundamento Bíblico

La Biblia no menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada Concepción, como tampoco menciona explícitamente muchas otras doctrinas que la Iglesia recibió de los Apóstoles. La palabra “Trinidad”, por ejemplo, no aparece en la Biblia. Pero la Inmaculada Concepción se deduce de la Biblia cuando ésta se interpreta correctamente a la luz de la Tradición Apostólica.

El primer pasaje que contiene la promesa de la redención (Genesis 3:15) menciona a la Madre del Redentor. Es el llamado Proto-evangelium, donde Dios declara la enemistad entre la serpiente y la Mujer. Cristo, la semilla de la mujer (María) aplastará la cabeza de la serpiente. Ella será exaltada a la gracia santificante que el hombre había perdido por el pecado. Solo el hecho de que María se mantuvo en estado de gracia puede explicar que continúe la enemistad entre ella y la serpiente. El Proto-evangelium, por lo tanto, contiene una promesa directa de que vendrá un redentor.  Junto a Él se manifestará su obra maestra: La preservación perfecta de todo pecado de su Madre Virginal.

En Lucas 1:28 el ángel Gabriel enviado por Dios le dice a la Santísima Virgen María «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.». Las palabras en español “Llena de gracia” no hace justicia al texto griego original que es “kecharitomene” y significa una singular abundancia de gracia, un estado sobrenatural del alma en unión con Dios. Aunque este pasaje no “prueba” la Inmaculada Concepción de María ciertamente lo sugiere.

El Apocalipsis narra sobre la «mujer vestida de sol» (Ap 12,1).  Ella representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la Santísima Virgen, en virtud de una gracia singular. Ella es toda esplendor porque no hay en ella mancha alguna de pecado. Lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Con la bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, proclamó como dogma de fe, la Inmaculada Concepción de María que por una gracia especial de Dios, fue preservada de todo pecado desde su concepción.

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

¿Pero, que es un Dogma de fe?

El significado de dogma, es la creencia, doctrina o proposición sobre cuya verdad no se admiten dudas dentro de una religión cuyo acatamiento se exige a todos los fieles.

 

La Inmaculada Concepción en los primeros siglos

En los primeros siglos del cristianismo, los Santos Padres no se propusieron el problema de la Concepción Inmaculada de María. Pero la doctrina sobre el privilegio de María está contenida, como el árbol en la semilla, en las enseñanzas de los mismos Padres al contraponer la figura de María a la de Eva en relación con la caída y la reparación del género humano; al exaltar, con palabras sumamente encomiásticas, la pureza admirable de la Virgen; y al tratar sobre la realidad de su maternidad divina. Tres principios de la ciencia sobre María que dejaron firmísimamente sentados los primeros Doctores de la Iglesia.

La Inmaculada Concepción hasta la Edad Media

A partir del siglo IV, la Iglesia occidental no corre pareja con la oriental, en profesar la Concepción Inmaculada de María. La herejía nestoriana que atacó directamente, única en la historia, la prerrogativa máxima de la Virgen, su divina maternidad, y que iba extendiéndose en el siglo V, ofreció más frecuente ocasión y aun necesidad de exaltar la soberana figura de la Bienaventurada Madre de Dios; al paso que en Occidente, en esta misma época, el hereje Pelagio desfiguraba el concepto de pecado original y sus funestas consecuencias en los hombres, por lo que los Padres se ven constreñidos a tratar antes de la universalidad del pecado que de la gloriosa excepción que representa la Virgen.

  • En la Iglesia oriental

Encontramos el esforzado defensor de la maternidad divina de María, San Cirilo, que escribe: «¿Cuándo se ha oído jamás que un arquitecto se edifique una casa y la deje ocupar por su enemigo?». No se puede expresar más claramente la idea de la Concepción Inmaculada.

Teodoto de Ancira dice: «Virgen inocente, sin mancha, santa de alma y cuerpo, nacida como lirio entre espinas». Y en otra parte: «María aventaja en pureza a los serafines y querubines». Y Proclo, secretario de San Juan Crisóstomo, en el mismo siglo V, dice de María que está formada «de barro limpio», es decir, de naturaleza humana, pero incontaminada.

En el siglo VI, leemos en un himno compuesto por San Jaime Nisibeno: «Si el Hijo de Dios hubiera encontrado en María una mancha, un defecto cualquiera, sin duda se escogiera una madre exenta de toda inmundicia». Y a la santidad de María la califica de «Justicia jamás rota».

San Teófanes alaba así a María: «Oh, incontaminada de toda mancha». Y en otra parte: «El purísimo Hijo de Dios, como te hallase a Ti sola purísima de toda mancha, o totalmente inmune de pecado, engendrado de tus entrañas, limpia de pecados a los creyentes».

San Andrés de Creta: «No temas, encontraste gracia ante Dios, la gracia que perdió Eva… Encontraste la gracia que ningún otro encontró como Tú jamás».

Y en la carta a Sergio, aprobada por el Concilio Ecuménico VI, Sofronio dice de María: «Santa, inmaculada de alma y cuerpo, libre totalmente de todo contagio».

En adelante, la palabra Inmaculada, Purísima, ya no se refiere directamente a la sola virginidad de María. A medida que van adelantando los siglos se va perfilando con mayor precisión la idea de la Concepción Inmaculada.

Y así en el siglo VIII podemos leer estas palabras tan claras de San Juan Damasceno: «En este paraíso (María) no tuvo entrada la serpiente, por cuyas ansias de falsa divinidad hemos sido asemejados a las bestias».

En los siglos IX y X se contornea aún con mayor claridad la Concepción sin mancha de María. San José el Himnógrafo: «Inmune de toda mancha y caída, la única Inmaculada, sin mancha, sola sin mancha», dice de la Virgen.

Queda claro que en oriente, ya tiene éste significado preciso y concreto: la exención de María del pecado original. Además, desde el siglo VII la Iglesia oriental celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción, aunque no fuera universalmente. Sobre el significado de la fiesta dice San Juan de Eubea: «Si se celebra la dedicación de un nuevo templo, ¿cómo no se celebrará con mayor razón esta fiesta tratándose de la edificación del templo de Dios, no con fundamentos de piedra, ni por mano de hombre? Se celebra la concepción en el seno de Ana, pero el mismo Hijo de Dios la edificó con el beneplácito de Dios Padre, y con la cooperación del santísimo y vivificante Espíritu». Como se observará, en estas palabras se menciona la creación de María y, asimismo, su santificación, como insinúa la alusión al Espíritu Santo a quien se apropia.

  •   En la Iglesia occidental

En la Iglesia occidental, el proceso hasta llegar a la confesión clara y paladina de la Concepción Inmaculada de María resultó más lento debido a circunstancias especiales que lo entorpecieron. Pero el concepto que los Santos Padres manifiestan tener de la grandeza espiritual y moral de la excelsa Madre de Dios no desmerece ni cede en nada al de los orientales. La admisión de una mancha en María hubiera producido en Occidente, al igual que en el Oriente, un escándalo entre los fieles, y hubiera chocado con la idea que se profesaba sobre la santidad eximia de la Bienaventurada Virgen. Y en efecto, de ello echó mano el hereje Pelagio para atacar a su contrincante San Agustín, en la discusión sobre el pecado original que aquél negaba. Juliano, discípulo del hereje, escribía dirigiéndose al Obispo de Hipona: «Tú entregas a María al diablo por razón del nacimiento», es decir, si afirmas que el pecado original se trasmite por generación natural, María fue súbdita del diablo, porque de esta manera descendió y de este modo fue concebida por sus padres.

A esto contestó el Santo Doctor: «La condición del nacimiento se destruye por la gracia del renacimiento». Se discute si, con estas palabras, el santo Obispo admitió la Inmaculada Concepción. Pero es lo cierto que nuestro Doctor enseña que los pecados actuales tienen su origen en el pecado original. «Nadie, dice, está sin pecado actual, porque nadie fue libre del original». Ahora bien, opina que María no tuvo pecado actual alguno. «Excepto la Virgen María, de la cual no quiero, por el honor debido al Señor, suscitar cuestión alguna cuando se trata de pecado… Si pudiéramos congregar todos los santos y santas… cuando aquí vivían, ¿no es verdad que unánimemente hubieran exclamado: Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañamos y no hay verdad en nosotros?». Así, según el principio que sienta el mismo Santo Doctor, hemos de concluir que María careció del pecado original.

En esta misma época, hacia el 400, encontramos el máximo poeta cristiano Prudencio que, interpretando la fe de la Iglesia en la pureza sin mancha de María, canta en escogidos versos: «La víbora infernal yace, aplastada la cabeza, bajo los pies de la mujer. Por aquella virgen, que fue digna de engendrar a Dios, es disuelto el veneno, y retorciéndose bajo sus plantas, vomita impotente su tóxico sobre la verde yerba».

En el siglo V, San Máximo escribe estas palabras: «María, digna morada de Cristo, no por la belleza del cuerpo, sino por la gracia original».

Al revés de lo que sucede en Oriente, en Occidente, a medida que van avanzando los siglos, se habla con mayor cautela sobre este asunto. No que se nuble por completo la creencia en la Concepción Inmaculada de María, pues sabemos que pronto comenzó a celebrarse su fiesta, sino que los autores eclesiásticos, por la autoridad de San Agustín, cuya opinión sobre este misterio es dudosa, y ante la necesidad de defender el dogma cierto de la universalidad del pecado original y sus consecuencias, se ven constreñidos antes a tratar de este punto que a establecer e ilustrar la excepción que constituye María a la ley universal del pecado.

Buena prueba de que la fe en este glorioso privilegio de María no quedó ofuscada nos la suministra la Liturgia. Se dice que en el siglo VII, y por obra de San Ildefonso, Arzobispo de Toledo, ya se celebraba la fiesta de la Concepción Inmaculada en España. Algunos, empero, dudan de la autenticidad del documento en que se apoyan los que lo defienden. Pero con toda seguridad se celebraba ya en el siglo IX, como aparece por el calendario de mármol de Nápoles, que reza: «Día 9 de diciembre, la Concepción de la Santa Virgen María». La fecha de la celebración (la misma en que la celebran los orientales) indica que la fiesta transmigró de Oriente, con el que mantenía intensa relación comercial Nápoles. No es ésta la única constancia que queda de la celebración litúrgica. Por los calendarios de los siglos IX, X y XI sabemos que se celebraba también en Irlanda e Inglaterra.

Pero, a pesar de la celebración litúrgica, el significado de la solemnidad no estaba teológicamente fijado. Y no deja de llamar la atención que fuese, San Bernardo,  el Santo quizás más devoto de María, quien frenase los impulsos del pueblo cristiano, suscitando la discusión teológica más enconada de la historia de los dogmas.

Habiendo llegado a sus oídos que los monjes de Lyón, en 1140, introdujeron la fiesta, el Santo Abad les escribió una carta vehementísima, reprobando lo que él llama una innovación «ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua». La carta es uno de los mejores documentos para probar la gran devoción del Santo a María. Cada vez que la nombra, la pluma le rezuma unción, y con la inimitable galanura de estilo que le caracteriza, convence al lector de que en todo el raciocinio no hay ni brizna de pasión. Impugna el privilegio porque así cree deber hacerlo.

A pesar del enorme prestigio del santo Doctor, su carta no quedó sin réplica. El primero que replicó a la misma, Pedro Comestor, ya hace notar la confusión de San Bernardo en el asunto, y distingue entre la concepción del que concibe, es decir, el acto de los padres, y la concepción del ser concebido. Ni faltó tampoco, como en toda polémica, la frase dura y encendida de parte del contradictor: «Dos veces -escribió Nicolás, monje de San Albano- fue traspasada el alma de María: en la Pasión de su Hijo y en la contradicción de su Concepción».

Llegado al Concilio de Trento, al hablar de la universalidad del pecado original, aunque no define el dogma de la excepción de María, significó su opinión con estas palabras: «Declara, sin embargo, este santo Concilio que, al hablar del pecado original, no intenta comprender a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, sino que hay que observar sobre esto lo establecido por Sixto IV». Este Papa, ya en 1483, casi 4 siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

SixtoIV

Apenas se hallará una Orden religiosa que no pueda presentar nombres ilustres de grandes teólogos que favorecieron la prerrogativa de la Virgen, contribuyendo a su triunfo. La Compañía de Jesús puede presentar a Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Toledo, Suárez, San Pedro Canisio, San Roberto Belarmino y otros muchos más. La gloriosa Orden Dominicana, el celebérrimo Ambrosio Catarino, Tomás Campanella, Juan de Santo Tomás, San Vicente Ferrer, San Luis Beltrán y San Pío V, papa, etc. La Orden Carmelitana, ya en 1306, determinó celebrar la fiesta en el Capítulo General reunido en Francia, y los agustinos defendieron también la prerrogativa de la Virgen ya en 1350.

La definición dogmática de la Inmaculada

La contribución de España al triunfo del Dogma de la Inmaculada Concepción merecería capítulo aparte, bien nutrido y glorioso, Habría que recordar como  significativas, las legaciones que reyes españoles hacen a los Sumos Pontífices pidiendo la definición del dogma. Por eso Pío IX quiso que el monumento a la Inmaculada, después de su definitivo oráculo, se levantara en la romana Plaza de España.

El Papa Pío IX, es quien decidió dar el último paso para la suprema exaltación de la Virgen, definiendo el dogma de su Concepción Inmaculada. Dícese que en las tristísimas circunstancias por las que atravesaba la Iglesia, en un día de gran abatimiento, el Pontífice decía al Cardenal Lambruschini: «No le encuentro solución humana a esta situación». Y el Cardenal le respondió: «Pues busquemos una solución divina. Defina S. S. el dogma de la Inmaculada Concepción».

Para dar este paso, el Pontífice quiso conocer la opinión y parecer de todos los Obispos, pero al mismo tiempo le parecía imposible reunir un Concilio para la consulta. La Providencia le salió al paso con la solución. Una solución sencilla, pero eficaz y definitiva. San Leonardo de Porto Maurizio había escrito una carta al Papa Benedicto XIV, insinuándole que podía conocerse la opinión del episcopado consultándolo por correspondencia epistolar… La carta de San Leonardo fue descubierta en las circunstancias en que Pío IX trataba de solucionar el problema que hizo exclamar al Papa: «Solucionado». Al poco tiempo conoció el parecer de toda la jerarquía. Por cierto que un obispo de Hispanoamérica pudo responderle: «Los americanos, con la fe católica, hemos recibido la creencia en la preservación de María». Hermosa alabanza a la acción y celo de nuestra Patria.

Pio IX

Y el día 8 de diciembre de 1854, rodeado de la solemne corona de 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud ingentísima de pueblo, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen: «La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

Estas palabras, al parecer tan sencillas y simples, están seleccionadas una a una, y tienen resonancia de siglos. Son eco, autorizado y definitivo, de la voz solista que cantaba el común sentir de la Iglesia entre el fragor de las disputas de los teólogos de la Edad Media.

MARIA, MADRE INMACULADA DESDE SU CONCEPCIÓN, MADRE DE DIOS HECHO HOMBRE Y MADRE NUESTRA.

Inmaculada

A ella dirijamos nuestra mirada en este tiempo de Adviento. A María, que preparó a conciencia el primer y verdadero adviento. Nadie como Ella supo interpretar los signos de los tiempos, sintiendo que el Señor estaba cerca, Ella oró como nadie con el Salmo 24: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza”

Cuando le fue propuesta la maternidad, nada menos que del mismísimo Hijo de Dios, no quiso decir que no. Su vida fue un “sí “rotundo a los planes de Dios. Ella con su sí, propició que el Dios lejano se hiciera nuestro, y a partir de la encarnación de su Hijo, Dios tuviera otro título que antes no tenía: “Emmanuel”, el Dios con nosotros, el Salvador, el que puso su tienda entre nosotros. Quién mejor que Ella para abrir y disponer nuestros corazones para que esta Navidad no tenga las características de ser sólo una fiesta más, o mejor la fiesta de las fiestas, donde hay de todo, pero donde se siempre sentimos un vacío, no tanto por las cosas de las que no se pude disponer para la fiesta y el festejo, sino precisamente por no haber dispuesto el corazón, para hacer el Adviento, la llegada, la recepción y la acogida para el recién nacido.

Navidad es o debe ser, un festejo anticipado de la Pascua del Señor. Sin su encarnación, no hubiera sido posible ni la entrega, ni la redención, ni la cruz; pero tampoco la Resurrección y la vuelta de los hijos de Dios a la casa, al Reino, a los brazos amorosos del buen Padre Dios.

La Navidad nos hermanará en torno al Divino Niño, nos hará compadecernos y enternecernos a la vista de quien se convierte en la presencia más cercana del Dios de los Cielos, y de la tierra. Y María, su Madre, nuestra Madre es un signo anticipado de Limpieza, de belleza, de santidad, de perfección, de plenitud, de vida nueva, de victoria pascual. Es un anticipo del ideal humano, del proyecto que Dios había soñado para el hombre. Un modelo, por lo tanto, para cada persona humana, para cada creyente, para la Iglesia, para la humanidad. Lo que tanto soñamos y deseamos es posible, en María se ha realizado ya.

María en la alegre aurora, cuando aparecen las primeras luces del día, cuando está amaneciendo y admiramos los tonos de color que vencen la oscuridad de la noche y nos alegramos. María es la luz de la mañana, que además de ofrecernos claridad y un nuevo día, nos llena de alegría. Así es María, Virgen Inmaculada, suave luz que anuncia victoria sobre el pecado y la muerte, señal segura de que se acerca el día, buena noticia para todos los hijos de la noche, causa de nuestra nuestro contento. Alegría verdadera, porque nos garantiza salvación y victoria. Después de tantos fracasos, después de tantas derrotas, por fin podemos levantar cabeza. El poder de las tinieblas ha sido superado. En la Madre aparece un punto de luz primero, como una flor, pero la luz va creciendo hasta el encanto. Es un regalo, no sólo para los ojos, sino para toda el alma.

Virgen Santísima, que agradaste al Señor y fuiste su Madre; inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe y en el amor! Por piedad, vuelve benigna los ojos a los fieles que imploran tu poderoso patrocinio.
La maligna serpiente, contra quien fue lanzada la primera maldición, sigue combatiendo con furor y tentando a los miserables hijos de Eva.
¡Ea, bendita Madre, nuestra Reina y Abogada, que desde el primer instante de tu concepción quebrantaste la cabeza del enemigo!
Acoge las súplicas de los que, unidos a ti en un solo corazón, te pedimos las presentes ante el trono del Altísimo para que no caigamos nunca en las emboscadas que se nos preparan; para que todos lleguemos al puerto de salvación, y, entre tantos peligros, la Iglesia y la sociedad canten de nuevo el himno del rescate, de la victoria y de la paz.
Amén.

Preparando la Natividad del Señor

Año tras año, y cada vez con más fuerza y con más anticipación, nos preparan y participamos con muchísimo entusiasmos de ello, en la festividad más adulterada y desvirtuada de las que conocemos.

Para empezar, nos saltamos o mejor dicho hemos eliminado, ese tiempo de preparación al que hoy entramos de lleno, al que denominamos tiempo del Adviento, período de preparación para celebrar la Navidad. Este tiempo litúrgico que comenzamos hoy, en éste primer domingo de diciembre, damos comienzo también el inicio del nuevo Año Litúrgico católico.

El sentido del Adviento, es avivar en los creyentes la espera del nacimiento del niño Jesús, Nuestro Señor. Pero muchas veces como creyentes, ya no nos causa ni curiosidad, el hecho de que una de las más importantes fiestas del cristianismo, esté rodeada de elementos tan poco religiosos como por ejemplo el árbol apodado de navidad, con todos esos adornos luminosos, con todos esos costosos regalos. Esos adornos publicitarios y urbanos en las calles de las ciudades, sin ningún símbolo alegórico del nacimiento de Jesús.

Causa estremecimiento ver los contenidos en los elementos publicitados durante semanas, para el logro de beneficios económicos enormes, con campañas comerciales ambiciosas, que nada tiene que ver con el Espíritu del Mesías, ni con el Reino de Dios, ni con la sana doctrina de nuestro Salvador, ni con la de sus apóstoles y discípulos.

Y “Santa Claus” o “papa Noel”, que más bien es un personaje creado para un anuncio de bebidas de cola famosa, todo vestido ahora de rojo y antes de verde, que dicen viene de algún lugar helado en el norte de Europa, del cual curiosamente nunca salió ningún profeta o por lo menos son desconocidos en las escrituras, y donde se supone que vive, tiene una gran fábrica de juguetes, en su mayoría, lujuriosos, carnales, monopolizadores, de artes marciales, subliminales, de muerte y de guerra, etc.

Vamos, que más bien parece una gran fiesta pagana en la que creyentes y no creyentes vemos la oportunidad de gastar, gastar y gastar, grandes cantidades de dinero sin sentido, solo por gastar. Loterías, regalos, grandes comilonas, fiestas y viajes, vacaciones, etc. y eso en tiempos de crisis. ¿Crisis?. Si, crisis.

 

Muchos creyentes y no creyentes saben que aunque lo de las fechas del nacimiento de Jesús, no aparece en las escrituras bíblicas, y es más, los apóstoles y miembros de las primeras congregaciones, no celebraban el nacimiento del Mesías de ninguna manera, éste no es el espíritu de la navidad que Jesús buscó para su nacimiento y para su “familia cristiana”

Dios quiso humildad y sencillez, nos quiso hacer ver el contraste, la diferencia. Dios, todo poderoso, Rey y creador del universo, que pudiendo haber nacido en los mejores palacios, con las mejores vestimentas y joyas, con criados y criadas para atenderle, quiso que su primogénito, segunda persona de la Santísima Trinidad, naciera de una humilde mujer Nazarena, como sirviente y padre terrenal a un casto y buen hombre, como cuna de gran linaje, un pesebre y como pañales trapos rotos y raídos.

No es muy extraño que en una fiesta como la navidad, en el “cristianismo actual y tradicional” la hayamos convertido en costumbres idolátricas, que generan unos beneficios económicos al comercio y vendedores y nos hacen hacer grandes gastos para contribuir a esta gran bola inhumana, dejándonos llevar en estas fechas por todos los anuncios de navidad, por los comentarios y ensalzamiento de la sociedad de consumo por prensa, por radio y por T.V.

Los grandes problemas cotidianos de muchas personas, siguen presentes antes durante y después de la Navidad. Los que duermen en la calle lo siguen haciendo, los ladrones siguen robando, los maltratadores maltratando, muchas personas en el mundo sin poder comer, los telediarios siguen dando las mismas porquerías de noticias que todos los días, los programas de ocio-basura siguen sin fallar día tras día, en un palabra, el odio, el desamor, la avaricia, codicia y la deshumanización, siguen presentes en nuestras vidas.

Si bien es verdad que algunas personas se vuelven especialmente cariñosos en esta época, las familias aparcan de momento sus desencuentros, parece que nos esforzamos por llevarnos bien, por demostrar lo bueno que tenemos y que llevamos dentro, de nuestros buenos propósitos y sentimientos y que podemos ofrecer a nuestros amigos y al resto de nuestro prójimo todo ello.

Grandes comidas y cenas de familias, de amigos, de compañeros de trabajo y de empresas, haciendo la imagen de llevarse bien o por lo menos de procurarlo. Intentamos desde nuestras limitadas posibilidades, cambiar el mundo para hacerlo un sitio más justo, dónde reine la paz entre nosotros y todas esas cosas….Todo momentáneo y de cualquier manera falsa, muy falsa.

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La realidad es otra bien distinta. En el mundo hay mucha necesidad e injusticia. Recordemos que en el mundo hay mucha necesidad. Que muchos millones de personas mueren de hambre y enfermedades, que hay muchos, muchos necesitados. Y no es necesario irnos a mirar lo aquí detallado a países lejanos de África o de otros continentes, no. Los tenemos al lado nuestro, en nuestras calles, en nuestras ciudades. Porqué ahora y más que nunca, nuestros hermanos de piso, de edificio, de calle, de barrio, de parroquia, etc….están necesitados, muy necesitados.

Ahora más que nunca, debemos dejar de lado esos suntuosos gastos llamados de “navidad” y ofrecer cuanta ayuda podamos para cubrir las necesidades de nuestros hermanos en Cristo. Nos vendrá muy bien para nuestro propio bolsillo, para ayuda del prójimo, solidarizándonos con ellos y sobre todo para nuestra conciencia, pues estaremos volviendo a la NAVIDAD que Dios espera de todos nosotros.

No olvidemos lo que el Mesías dijo a unos invitados, en una reunión a la que estaba asistiendo, aconsejándoles llamar a aquellos, que no tenían esas necesidades cubiertas, para el banquete y darles de comer, a los hambrientos materialmente y también predicándoles el Reino de Dios en estas ocasiones, que es lo que el Maestro hacía cuando le invitaban a alguna casa para comer, estando seguros que estaremos haciendo grandes tesoros en el Cielo

Del Evangelio de San Lucas 14:12-14 “Dijo también al que lo había convidado: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a vecinos ricos, no sea que ellos, a su vez, te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Cuando hagas banquete, llama a los pobre, a los mancos, a los cojos y a los ciegos; Y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justo.”

Recordemos el nacimiento de Jesús, colocando en un rincón de nuestro hogar, el misterio. Tan solo hacen faltan las imágenes del niño Jesús, la Virgen María y San José; La Sagrada Familia. Preparémonos en estos días de Adviento para recibirlo. Contribuyamos en aportar todo lo que buenamente podamos en ayudar a nuestro prójimo. ¿Porqué gastar en tanta comida si además nos perjudica seriamente la salud? Hagamos regalos, sí, pueden ser simples detalles, pero también lo hagamos con los más necesitados, con los más solitarios, haciéndoles llegar nuestro cariño y afectividad. ESTO ES LA NAVIDAD. Feliz ADVIENTOnavidad2