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Archivo de agosto de 2018

Asunta a los Cielos en Cuerpo y Alma.

La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, se celebra en toda la Iglesia el 15 de agosto. Esta fiesta tiene un doble objetivo: Conmemorar la feliz partida de María de ésta vida y la asunción de su cuerpo al cielo.

“En esta solemnidad de la Asunción, contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios”.

Homilía de Benedicto XVI (año 2010)

Asuncion de la Virgen María

La festividad que celebramos el 15 de agosto como la Asunción de la Virgen María a los Cielos, la promulgo como dogma de Fe en la Constitución “Munificentissimus Deus”, el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950.

Las razones fundamentales para la definición del dogma presentadas por Pío XII fueron:

1- La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella, estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.

2- Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.

3- Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal, (toda para Jesús y siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que después de la muerte no sufriera la corrupción.

4- Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.

La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas.

La Asunción es un mensaje de esperanza que nos hace pensar en la dicha de alcanzar el Cielo, la gloria de Dios y en la alegría de tener una madre que ha alcanzado la meta a la que nosotros caminamos.

Este día, recordamos que María es una obra maravillosa de Dios. Concebida sin pecado original, el cuerpo de María estuvo siempre libre de pecado. Era totalmente pura. Su alma nunca se corrompió. Su cuerpo nunca fue manchado por el pecado, fue siempre un templo santo e inmaculado.

También, tenemos presente a Cristo por todas las gracias que derramó sobre su Madre María y cómo ella supo responder a éstas. Ella alcanzó la Gloria de Dios por la vivencia de las virtudes. Se coronó con estas virtudes.

La maternidad divina de María fue el mayor milagro y la fuente de su grandeza, pero Dios no coronó a María por su sola la maternidad, sino por sus virtudes: su caridad, su humildad, su pureza, su paciencia, su mansedumbre, su perfecto homenaje de adoración, amor, alabanza y agradecimiento.

María cumplió perfectamente con la voluntad de Dios en su vida y eso es lo que la llevó a llegar a la gloria de Dios.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios y en esto trabajamos todos los días. Esta es nuestra esperanza. María ya ha alcanzado esto. Lo que ella ha alcanzado nos anima a nosotros. Lo que ella posee nos sirve de esperanza. Tuvo una enorme confianza en Dios y su corazón lo tenía lleno de Dios.

Ella es nuestra Madre del Cielo y está dispuesta a ayudarnos en todo lo que le pidamos.

La fiesta de la Asunción es “la fiesta de María”, la más solemne de las fiestas que la Iglesia celebra en su honor. Este día festejamos todos los misterios de su vida.

Es la celebración de su grandeza, de todos sus privilegios y virtudes, que también se celebran por separado en otras fechas.

María es una obra maravillosa de Dios: mujer sencilla y humilde, concebida sin pecado original y, por tanto, creatura purísima. Su alma nunca se corrompió. Su cuerpo nunca fue manchado por el pecado, fue siempre un templo santo e inmaculado de Dios.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios y por este fin trabajamos todos los días, ya que ésa es nuestra esperanza. María ya lo ha alcanzado. Lo que ella ya posee nos anima a nosotros a alcanzarlo también.

María tuvo una enorme confianza en Dios, su corazón lo tenía lleno de Dios. Vivió con una inmensa paz porque vivía en Dios, porque cumplió a la perfección con la voluntad de Dios durante toda su vida. Y esto es lo que la llevó a gozar en la gloria de Dios. Desde su Asunción al Cielo, Ella es nuestra Madre del Cielo.

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El dogma de la Asunción

Se refiere a que la Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Este Dogma fue proclamado como hemos dicho por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus, con las siguientes palabras:

“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María, su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

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Otra vez de vacaciones.

Estamos de nuevo en pleno verano y nuestra rutina laboral cambia en todos los órdenes: las vacaciones escolares, los niños y no tan niños por casa, los horarios se cambian, los días son más largos, las noches más cortas, incluso algunos privilegiados tienen la dicha de pasar algunos días fuera, en el pueble de origen, en la playa elegida, en la montaña.

vacaciones divinasEl verano es tiempo de buscar algún descanso, de tomar algunos días de vacaciones, cambiar y dejar la rutina diaria, aunque tampoco pasa nada si no se toman, y siga todo con el habitual ritmo del día a día.

Pero para muchos, cuando llega el verano, la vivencia de la fe se viene abajo o por lo menos bajo mínimos y son muchos los que descuidan la participación eucarística, otros muchos desatienden la oración del día a día, etc.

También las parroquias disminuyen muchísimo sus actividades. Las comunidades cristianas se aletargan y se relajan, “duermen” muchas de ellas hasta el fin del periodo estival. Muchas publicaciones semanales cristianas dejan de publicarse. Muchos foros y lugares de debates quedan ralentizados.

Nada nuevo en nuestras vidas. Año tras año por estas fechas sucede igual. En otros estamentos, en otros apartados, en otro tipo de asociaciones y comunidades, nos tomamos unas vacaciones o por lo menos, nos relajamos en nuestros quehaceres.

Pero en lo único que no podemos ni debemos “irnos” de vacaciones, es en la vivencia de nuestra fe.

¿Acaso Dios toma vacaciones? ¿Acaso Dios reduce su horario? ¿Acaso Dios reduce su  atención y presencia por descanso vacacional? ¿Acaso Dios se relaja y disminuye su atención, reduciéndolo a un horario más limitado?

 

No, Dios no toma vacaciones. Dios siempre está pendiente de todos y cada uno de nosotros, siempre. Dios no descansa en ningún momento del día, de la noche, del año. Siempre lo tenemos ahí……

Somos nosotros los que nos relajamos y nos olvidamos o por lo menos disminuimos nuestra relación respecto a Dios. Podemos decir que el descenso en la práctica religiosa durante el verano nos lleva a ser cristianos de tiempo parcial. A vivir la fe de forma esporádica en esta temporada. Y sería un síntoma de una fe vivida superficialmente.

Las personas que se han encontrado con Jesucristo, ya no viven más para sí. Tanto en invierno como en verano, en el trabajo y en las vacaciones, en la salud y en la enfermedad, con calor o con frío, su vida sólo encuentra sentido en la íntima relación con Dios.

No olvidemos pues, que Dios no se toma vacaciones en su búsqueda de amor al hombre y que estas vacaciones, pueden ser tiempo excepcional para salir a su encuentro. Y es que en verano, seguimos siendo cristianos. Es más, tenemos una magnífica oportunidad de serlo y de demostrarlo.

Dios no toma vacaciones, pero Satanás, el demonio, el maligno, el tentador, como quieras llamarlo, tampoco queda de vacaciones y no tenemos que dejar que el mal tome parte en nuestras vidas tampoco ahora.

Algunos consejos para vivir con plenitud nuestra fe en verano y también en invierno claro está. Son consejos sencillos, que a todos nos podrán venir bien.

Vive tu nombre y condición de cristiano.

No te avergüences en verano de ser cristiano. Falsearías tu identidad. Estés donde estés intenta tener muy claro quién eres y lo que eres, hijo de Dios.

Vive el domingo.

En vacaciones, el domingo sigue siendo el día del Señor y Dios no se va de vacaciones. Acude a la Eucaristía dominical. Tienes además más tiempo libre.

Vive la familia.

Dialoga, juega, goza con ellos sin prisas. Reza en familia. Asiste al templo también con ellos. Intenta visitar a esos familiares que durante el resto del año ves menos. La familia es la célula vital de la sociedad, apuesta por ella.

Vive la vida.

La vida es el gran don de Dios. No hagas peligrar tu propia vida y evita riesgos a la vida de los demás. La vida es bella, saboréala, vívela con sencillez y con respeto. Apuesta por la vida y  por la cultura de la vida.

Vive la amistad.

Desde la escucha, la confianza, la ayuda, el diálogo, el enriquecimiento y el respecto a la dignidad sagrada de las demás personas. Visita a los amigos, queda con ellos.

Vive la justicia.

No esperes que todo te lo den hecho. Otros trabajan para que tú tengas vacaciones. Ellos también tienen sus derechos. Respétales y respeta sus bienes.

Vive la verdad.      Evita la hipocresía, la mentira, la crítica, la presunción engañosa e interesada o la vanagloria.

Vive la limpieza de corazón.      Supera la codicia, el egoísmo y el hedonismo. Vacación no equivale a permisividad.

Vive la solidaridad.      No lo quieras todo para ti. Piensa en quienes no tienen vacaciones, porque ni siquiera tienen el pan de cada día. La caridad tampoco toma vacaciones.

Reza un pocos más, busca silencio.      Ten la experiencia de callar y si puedes, da un paseo por la playa, por la sierra, o por algún parque cercano a tu casa, pero hazlo en silencio. En el silencio habla Dios, en el silencio se escucha a Dios. En el silencio se aprende a vivir.

 

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Como en los mandamientos, en estos consejos hay uno que siendo el principal te lleva a todos los demás. Es el único que su título no empieza por el “Vive”. La oración al Padre en el silencio, en la paz, nos lleva a escuchar a Dios que nos habla precisamente en esa paz y en ese silencio.