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Archivo de diciembre de 2018

Sin villancicos, no hay Navidad

Los ideólogos de Satanás, con azufre infernal, quieren neutralizar el buen olor de Cristo de la sociedad, imponiendo un laicismo feroz en la mayoría de estados de Occidente. Llevan décadas, conspirando en la tiniebla, para acabar con el espíritu de la verdadera Navidad, para desterrar al país del olvido las buenas costumbres católicas y socavar los cimientos de la cristiandad. Mucho peor que el avariento Scrooge, de la novela de Dickens, que se conmueve y recapacita, pues ellos han iniciado un camino de no retorno para dinamitar el Reinado Social de Cristo, tratando de apagar el rescoldo que queda en las brasas humeantes de muchos corazones.

Tras la revolución cultural del PSOE, para más INRI fue gobernando el PP de Gallardón en Madrid cuando se empezaron a cercenar los motivos religiosos de los adornos navideños de las calles. Por no pagar el peaje de la modernidad desalojaron del portal al Niño, a María y a José, al buey y al mulo y entronizaron en su lugar a un pavo, a una botella de cava etc…Bienvenidos al reino del Matrix progre, a la ciudad sin Dios. Todos siguiendo “genuflectos” y bovinamente el discurso que ensalza la laicidad como uno de los grandes logros del régimen del 78.

Nadie protestó ni dijo nada y años más tarde da grima pasear por las calles de ciudades como Barcelona, infestadas de luces insulsas que forman vocablos como FUM, FUM o ÑAM, ÑAM….Onomatopeyas infantiloides, de higiene mental aguda, para mentes débiles. ¿Tanto costaba formar con las luces una frase que dijese HA NACIDO DIOS o GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS o FELIZ Y SANTA NAVIDAD?

Evidentemente que el Nuevo Orden Mundial y sus esbirros han vetado ese contenido de las sociedades que dominan. Dios ha muerto en la ONU y en la UNESCO. La Ingeniería Social avanza, como los jinetes desbocados del apocalipsis, con la inquina del averno. Por eso hay que estar alerta y ofrecer resistencia con valentía y firmeza, hasta dar la vida, si fuese necesario, por defender los derechos de Dios, pisoteados por los hijos de Satanás.

Grandes centros comerciales, como el Corte Inglés, también han claudicado al gelido laicismo. Antaño regalaban a las pupilas unas decoraciones navideñas primorosas rebosantes de colorido y creatividad, con motivos religiosos. Hoy son luces blancas, frías, insulsas, sin alma y por supuesto sin villancicos. Una Navidad castrada por el bisturí de la modernidad.

Y además de la ornamentación, un tema clave, y que da título a este artículo, es la aniquilación de los villancicos españoles tradicionales (especialmente andaluces, castellanos etc…) Este proceso se da igualmente en Hispanoamérica, aunque intuyo que allí se conservan un poco más estos signos genuinos de la Navidad.

En España ya no se escuchan prácticamente en ningún sitio porque la sociedad laica no quiere celebrar que ha nacido Dios. Ellos siguen la tesis nietzscheana de que Dios ha muerto y no quieren dejarle nacer ni en sus corazones ni en la sociedad. El bullicio de la modernidad insonoriza la voz del corazón, el frenesí de la vida abandona al hombre a la orfandad de Dios.

Ni siquiera aparece el portal de Belén en los anuncios publicitarios. Nos quieren vender una Navidad mundana, de Satanás. Los protagonistas son sucedáneos como Papá Noel, arbolitos nórdicos y todo tipo de plagios de oropel para desterrar a Dios de las mentes. No lo hacen de manera cruenta, como en la revolución marxista, sino de forma sutil, con el marxismo cultural. Abortan a Dios mismo en las entrañas sangrantes de la cristiandad.

Reivindico absolutamente los villancicos en Navidad porque, junto con los belenes, son un poderoso instrumento para adentrarnos en el misterio navideño, nos hacen como niños y nos llevan al portal de Belén a adorar al Niño Dios. Mientras escribo este artículo estoy escuchando emocionado los villancicos de siempre. O recuperamos los villancicos, los belenes, la Misa de Gallo, la costumbre de practicar la caridad en Navidad etc. o en unos años rendiremos vasallaje a las fiestas del solsticio de invierno.

Pensemos en la diferencia que hay entre cantar villancicos en familia, pues el protagonista es Jesús, y estar abducidos por los cantos de sirena deplorables de las televisiones, que vomitan en alta definición todos los vicios del siglo.

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José, María y Jesús, la Familia de Dios.

“La familia, la primera comunidad de vida y amor, es el primer ambiente donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios.” (San Juan Pablo II)

 

El Papa San Juan Pablo II, en su carta a las familias nos dijo que es necesario que los esposos orienten, desde el principio, su corazón y sus pensamientos hacia Dios, para que su paternidad y maternidad, encuentre en Él la fuerza para renovarse continuamente en el amor.

Así como Jesús creció en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, en nuestras familias debe suceder lo mismo. Esto significa que los niños deben aprender a ser amables y respetuosos con todos, ser estudiosos, obedecer a sus padres, confiar en ellos, ayudarlos y quererlos, orar por ellos, y todo esto en familia.

El hogar familiar debe ser una escuela de virtudes. Es el lugar donde crecen los hijos, donde se forman los cimientos de su personalidad para el resto de su vida y donde se aprende a ser un buen cristiano. Es en la familia donde se formará la personalidad, inteligencia y voluntad del niño. Esta es una labor hermosa y delicada. Enseñar a los niños el camino hacia Dios, llevar estas almas al cielo. Esto se hace con amor y cariño.

Las familias de hoy, deben seguir este ejemplo tan hermoso que nos dejó Jesús tratando de imitar las virtudes que vivía la Sagrada Familia: sencillez, bondad, humildad, caridad, laboriosidad, etc.

Hoy, en medio de una fuerte crisis de integridad de la familia, Dios nos brinda nuevamente el modelo de pleno amor familiar. María, José y el niño Jesús, “La Sagrada Familia de Nazaret”.

El mensaje que viene de la Sagrada Familia es ante todo un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad. María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos.

Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia. Es necesario alimentar esa atmósfera de fe. Recordemos que “la salvación del mundo vino a través del corazón de la Sagrada Familia”.

La salvación del mundo, el porvenir de la humanidad de los pueblos y sociedades, pasa siempre por el corazón de toda familia. Es la célula de la sociedad.

Los Cristianos, en ésta festividad, recordamos y celebramos que Dios quiso nacer dentro de una familia para que tuviera alguien que lo cuidara, lo protegiera, lo ayudara y lo aceptara como era. Al nacer Jesús en una familia, el Hijo de Dios ha santificado la familia humana. Por eso nosotros veneramos a la Sagrada Familia como Familia de Santos, puesto que desde la intensa comunión hay una total entrega amorosa por parte de cada miembro de la familia santa elevando cada acto generoso hacia Dios, como el aroma del incienso, para darle gloria.

¿Pero cómo era la Sagrada Familia?

María y José cuidaban a Jesús, se esforzaban y trabajaban para que nada le faltara, tal como lo hacen todos los buenos padres por sus hijos.

  • San José, el padre.

Es el jefe de la familia y actúa siempre como Dios le manda, muchas veces sin comprender el por qué de lo que Dios le pide, pero teniendo fe y confianza en Él. “Al despertarse, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa”. (Mt 1, 24-25) Cuando se entera que María estaba embarazada piensa en abandonarla porque la quería mucho y no deseaba denunciarla públicamente (como era la costumbre de la época), pero el Ángel de Dios se le apareció en sueños y le dijo que lo que había sido engendrado en el vientre de María era obra del Espíritu Santo y que no temiera en recibirla. “Ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús” (Mt 1, 25) Cuando nace el niño, él le pone el nombre de Jesús, como el Ángel le había dicho. Luego, cuando Herodes tenía intenciones de matar al Niño Jesús y ante otro aviso del Ángel del Señor, José toma a su familia y marcha hacia Egipto. Por último, con la muerte de Herodes y ante un nuevo aviso del Ángel de Dios, lleva a su familia a instalarse en Nazaret. San José, Casto Esposo de Santa María, acoge a Jesús en su corazón paternal, educándolo, cuidándolo, amándolo como si fuere hijo suyo.

José es carpintero, el Niño Jesús aprende de su “santo padre adoptivo” muchas cosas, entre estas, el oficio de carpintero, pues Jesús le ayudaba en sus trabajos, y después lo reconocen como el “hijo del carpintero”.

  • Santísima Virgen María, la madre.

La Santísima Virgen María, desde el momento de la Anunciación, es el modelo de entrega a Dios. “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38) En la Anunciación, María responde con un Sí rotundo desde una libertad poseída, poniéndose en las manos de Dios. En Santa María vemos una continua vivencia de la dinámica de la alegría-dolor: criando, educando, siguiendo de cerca a su Hijo Jesús mostrándole en todo momento un auténtico amor maternal. “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2, 52) Ella fue vislumbrando lentamente el misterio trascendente de la vida de Jesús, manteniéndose fielmente unida a Él.

María se dedicaba a cuidar de toda la familia, de que no faltara nada en la casa de Nazaret.

  • Jesús, el hijo.

Tal como era la costumbre en aquella época, los hijos ayudaban a sus madres moliendo el trigo y acarreando agua del pozo y a sus padres en su trabajo. Podemos suponer que en el caso de Jesús no es diferente. Jesús aprendió a trabajar y a ayudar a su familia con generosidad. Él siendo Todopoderoso, obedecía a sus padres humanos, confiaba en ellos, los ayudaba y los quería.

Desde niño, Jesús demuestra que es el Hijo de Dios y que cumple fielmente lo que su Padre le manda. “Vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51) Como niño, Él obedecía a su madre y a su padre adoptivo, y permanecía siempre junto a ellos. María y José fueron sus primeros educadores. “El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la Gracia de Dios estaba con Él” (Lc 2, 40) Jesús aprende el oficio de carpintero de su padre adoptivo José. “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49) Cuando Jesús se queda en el Templo, a los doce años, se puede pensar que desobedece a sus padres y que eso está mal. No es así, Jesús demuestra en este hecho su plena independencia con respecto a todo vínculo humano cuando está de por medio el Plan de su Padre y la Misión que Él le ha encomendado.

¡Qué enseñanza nos da Jesús, quien hubiera podido reinar en el más suntuoso palacio de Jerusalén siendo obedecido por todos! Él, en cambio, rechazó todo esto para esconderse del mundo obedeciendo fielmente a María y a José y dedicándose a los más humildes trabajos diarios, el taller de San José y en la casa de Nazaret.

Solemne Festividad Virgen de la Esperanza

PATRONA Y ALCALDESA

La Virgen de la Esperanza, a petición del clero, las autoridades y pueblo logroñés, fue declarada y confirmada por Su Santidad Pío XII ‘CELESTIAL PATRONA ANTE DIOS DE LA CIUDAD DE LOGROÑO’ con todos los derechos y privilegios litúrgicos correspondientes, sin que nada obste en contrario, el día 14 de mayo de 1948.

La proclamación fue leída el día 11 de junio de dicho año por el entonces obispo de Orense y nacido en Logroño, D. Francisco Blanco Nájera en la iglesia de Santa María de la Redonda.

Y el día 18 de diciembre de 1976, según decisión adoptada por la Corporación Municipal presidida por su alcalde, el Excmo. Sr. D. Narciso San Baldomero y Ruíz de Morales, la Patrona de Logroño recibió el título de ALCALDESA MAYOR DE LA MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD DE LOGROÑO, siendo al año siguiente cuando dicho alcalde le entregó el bastón de mando para que pueda ostentar su poder de alcaldesa mayor.

FESTIVIDAD VIRGEN DE LA ESPERANZA

Actos para hoy día 18 de Diciembre.

Hoy, Festividad de la Patrona, la celebración comenzará a las 12.00 horas con la Misa solemne en honor a la Virgen de la Esperanza en la iglesia de Santiago El Real, desde donde partirá la procesión.

Posteriormente, se celebrará la inauguración de la nueva sede de la Cofradía, cedida por el Ayuntamiento de Logroño, donde la alcaldesa Cuca Gamarra les hará la entrega oficial de la Bandera de Logroño.

A las 18.00 horas, la Cofradía Virgen de la Esperanza celebra el Reparto de Luz del Belén, y a las 19.30 se celebrará la Eucaristía, Novena y la tradicional presentación de los niños a la Virgen en la misma iglesia.

LA IMAGEN

La imagen de Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza es una bellísima talla de comienzos del siglo XIV, profundamente rehecha con posterioridad.

La Virgen no se presenta con el vientre henchido, encinta, expectante para dar a luz al Hijo de Dios hecho carne en sus purísimas entrañas.

Sino por el contrario, se nos presenta regia, sentada en su trono, mostrándonos al niño Dios en su regazo.

 

Antiguamente sostenía la Virgen en su mano derecha un ramillete de tres azucenas, que según parece, eran más bien tres flores de lis, en recuerdo de la gesta de 1521.

Tanto la Virgen como el Niño presentan una irresistible atracción.

Quién se detenga a contemplar las imágenes quedará, de seguro, prendido de su rara belleza, cautivado por el encanto del risueño semblante de ambos, Madre e Hijo.

 

Esa imagen de la Virgen, contemporánea de la batalla de Clavijo, con el tiempo llegó a desaparecer y en el siglo XIII fue sustituida por otra a la que también se le denominó NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA, imagen que actualmente se conserva en la parroquia del pueblo de Clavijo, a la que fue traslada al marchar los monjes del monasterio de San Prudencio en tiempos del rey Carlos III.

 

Esta última imagen, con el tiempo, estaba olvidada de propios y extraños hasta que hacia el año de 1950, gracias a los inventarios de la Parroquia, se supo que la reseñaban con estas palabras rituales:

“Es una imagen muy antigua, traída a la Parroquia al extinguirse el monasterio de San Prudencio y se denomina LA VIRGEN DE LA ESPERANZA.”

 

A esta imagen es a la que invocaban los logroñeses en su peregrinación. Y a tal grado llegaría la devoción a esa imagen que el pueblo logroñés hizo una imagen similar o igual (finales del siglo XIII o principios del XIV) y es la que actualmente está en la iglesia de Santiago El Real (Logroño) y a la que también denominaron LA VIRGEN DE LA ESPERANZA, imagen gótica de semblante maternal, sonriente y benevolente.

 

También se le conoce a esta imagen (se desconocen las razones) por LA TOLEDANA.

Acaso ese título se deba a que la festividad de la Anunciación (con la Anunciación a María empieza la expectación del parto de la Virgen) y cuya festividad se trasladó del 25 de marzo al 18 de diciembre en el X Concilio de Toledo (año 656) por propuesta de San Ildefonso.

Por otro lado, la Liturgia en España por aquellos tiempos era la hispánica, también conocida como visigótica o mozárabe, y estuvo vigente hasta la implantación del rito romano.

 

Alfonso VI a instancias del enérgico pontífice Gregorio VII y de la reina Inés de Aquitania, decidió implantar en la liturgia el rito romano en sustitución del mozárabe; un concilio celebrado en Burgos en 1080 ponía fin a la tradición visigoda.

 

En 1081 la liturgia romana imperaba ya en España. Lo de LA TOLEDANA puede, pues, ser debido a los orígenes mozárabes o hispánicos de esta liturgia.

 

La imagen pues de Nuestra Señora de la Esperanza es una talla sedente del siglo XIV.

 

Pero si los cristianos damos a las imágenes de este tipo, el título de la Esperanza, es por dos razones importantes:

a) Por la expectación del parto, ‘Virgen de la Esperanza’, virgen que espera el nacimiento del hijo y de la maternidad y que se la representa con el vientre abultado cual mujer parturienta. Es la festividad que la Iglesia celebra el día 18 de diciembre.

b) ‘Virgen de la Esperanza’ que se reza en la bella oración LA SALVE: “Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida y dulzura, ESPERANZA nuestra…”

Si nos fijamos en nuestra imagen de la Virgen de la Esperanza de la Iglesia de Santiago el Real de la ciudad de Logroño veremos que es una talla que lleva al Niño Jesús sobre sus rodillas.

 

No está pues en ‘expectación de parto’, no es la Virgen que espera el nacimiento del hijo.

 

Entonces, el motivo por el que se llamó a la imagen de Santiago El Real ‘Virgen de la Esperanza’ por ser la Virgen, ESPERANZA NUESTRA.

LA DEVOCIÓN

Atendiendo a su antigüedad, la tradición nos dirá como hemos ya comentado que los antepasados logroñeses comenzaron a profesar gran devoción a una talla de la Virgen bajo la advocación de la Esperanza a partir de un suceso ocurrido en la legendaria batalla de Clavijo.

 

Se cree que, ante la angustiosa situación surgida para las tropas cristianas tras la derrota en la Batalla de Albelda, el rey Ramiro junto con los monjes del monasterio de San Prudencio, se pusieron bajo la protección de la Virgen y de Santiago.

 

Elevando sus fervientes súplicas ante una imagen de Santa María que se encontraba en la iglesia de dicho monasterio y en la cual depositaron su esperanza en la noche del 22-23 de mayo del año 884.

 

La Esperanza no fue defraudada ya que el mismo dio 23 de mayo, el rey Ramiro I con su ejército derrotaba a los moros en la batalla conocida con el nombre de BATALLA DE CLAVIJO, con la especialísima ayuda del apóstol Santiago.

 

A partir de ahí se hizo costumbre que todos los años, el día 23 de mayo, los logroñeses peregrinaran a Clavijo (pueblo de La Rioja a 17 Km de Logroño) para dar gracias al apóstol Santiago y a la Virgen por ese acontecimiento.

 

Así como el del ‘cese del tributo a los moros de las cien doncellas’, y se dirigían al Monasterio de San Prudencio donde había una imagen de la Virgen a la que se llamaba ‘La Virgen de la Esperanza’.

 

Ya en el Siglo XII se registra un voto de la ciudad de Logroño por el que se obligaba, subir anualmente al monasterio de San Prudencio.

 

Este voto se cumplió con más o menos incidencias hasta que en 1837 desapareció el monasterio como consecuencia de la ley de supresión de órdenes.

 

Con la extinción del monasterio, la talla original pasó a la iglesia parroquial de Clavijo, donde se conserva en la actualidad bajo la advocación tradicional de la Esperanza, al igual que en la Iglesia de Santiago el Real.

* datos extraidos de la web forosdelavirgen.org

“¡Regocijaos! El Señor cerca está”

Gaudete es el nombre que recibe el tercer domingo de Adviento en el calendario litúrgico cristiano.

Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca).

Con ese término, se pretende animar al pueblo Cristiano a continuar con la preparación para la Solemnidad de la Natividad del Señor.

El color litúrgico usado, en las vestiduras del celebrante correspondiente a este domingo, es el rosado. No obstante, no es obligatorio el uso de este color, por lo que con cierta frecuencia se continúa vistiendo el color general del Tiempo de Adviento, es decir, el color morado.

 

Anviento CasullaGaudate casulla

Este tiempo de Adviento, se originó como un ayuno de cuarenta días en preparación para la Natividad, comenzando el día después de la fiesta de San Martín (12 de noviembre), de aquí que a menudo se le llamara la “Cuaresma de San Martín” nombre por el que se le conocía en el siglo V. La introducción de dicho ayuno de Adviento se puede datar en esas fechas porque no hay evidencia de que se celebrase la Navidad el 25 de diciembre, antes de finales del siglo IV.

En el siglo IX, la duración del Adviento se redujo de cinco a cuatro semanas; la primera alusión a la temporada acortada se encontró en una carta del Papa San Nicolás I a los búlgaros, y hacia el siglo XII el ayuno había sido ya reemplazado por una simple abstinencia.

El Papa San Gregorio I el Magno, fue el primero en redactar un Oficio para el Adviento, y el Sacramentario Gregoriano es el primero que señala Misas propias para los domingos de Adviento. En ambos (Oficio y Misa) se hace ya indicación para cinco domingos, pero hacia el siglo X el número usual eran cuatro, aunque algunas iglesias de Francia, observaban cinco domingos también en el siglo XIII.

Sin embargo, a pesar de todas estas modificaciones, el Adviento conservó muchas de las características de los tiempos penitenciales lo que lo hacía como un equivalente de la Cuaresma, y correspondiendo el tercer domingo de Adviento, mitad de este tiempo litúrgico, una similitud con el “laetare” o domingo de mitad de la Cuaresma.

En éste, al igual que el citado domingo de “laetare”, se permitía usar el órgano y las flores, prohibidos durante el resto de la estación; se permitía el uso de vestimentas color rosa en lugar del púrpura o negro como anteriormente; el diácono y subdiácono reasumieron el uso de la dalmática y de la túnica en la Misa principal, y los cardenales usaban color rosa en lugar del púrpura. Todas estas marcas características han continuado usándose y son la disciplina actual de la Iglesia Latina.

3º domingo adviento Gaudete

El domingo de “gaudete”, por lo tanto, hace un alto, como el domingo de “laetare”, a medio camino a través de una temporada que de otra manera es de carácter penitencial, y significa la cercanía de la venida del Señor.

De las “estaciones” que se celebran en Roma los cuatro domingos de Adviento, la de la basílica del Vaticano se le asigna el de este domingo “gaudete”, siendo el más importante de los cuatro domingos.

Tanto en el Oficio como en la Misa a través del Adviento, se hace referencia continua a la segunda venida de nuestro Señor, y esto se enfatiza en el tercer domingo por medio de la adición de signos de felicidad y alegría permitidos para ese día. El domingo de “gaudete” está marcado además por una nueva invitación, la Iglesia no invita ya a los fieles o laicos meramente a adorar “al Señor que va a venir”, sino que les llama a un saludo de alegría porque “el Señor está cerca y al alcance de la mano”.

Las lecturas de la profecía de Isaías, describen la venida del Señor y las bendiciones que resultan de ella, y las antífonas de vísperas hacen eco de las promesas proféticas. Los constantes aleluyas enfatizan la alegría de la espera, que ocurren tanto en el Oficio como en la Misa a través de todo la temporada. En la Misa, el introito “Gaudete in Domino temper” resalta la misma nota, y da su nombre al día. La epístola de nuevo nos incita a regocijarnos y nos urge a prepararnos para encontrarnos con el Salvador a través de oraciones, súplicas y acciones de gracia, mientras que el Evangelio, San Juan Bautista nos advierte que el Cordero de Dios está incluso ahora entre nosotros, aunque parezca que no le conocemos.

El espíritu del Oficio y de la liturgia a través de todo el Adviento es una espera y preparación para la Natividad o Navidad así como para la segunda venida de Cristo, y los ejercicios penitenciales, que han sido adecuados para ese espíritu, son suspendidos en el domingo de “gaudete” para simbolizar la alegría y el regocijo por la redención prometida, que nunca deben estar ausentes del corazón de todos nosotros, los fieles.

 

MI ALEGRIA ERES TU, SEÑOR

Vienes en silencio y tus pasos, Señor,
producen en mi, calma, seguridad y paz.
Necesito, Señor, un poco de tu mundo:
De tu gozo, para mi corazón triste
De tu alegría, para mi alma esquiva
De tu mano, en mis caminos inciertos

¡VEN, SEÑOR!

Y hazme recuperar la alegría perdida
El gusto por vivir, despertando cada mañana
La esperanza en tanta hora triste
Porque Tú, Señor, eres alegría
haz que mis dos ojos brillen
con el resplandor de la felicidad
con el encanto de la fe
con la virtud de la caridad

MI ALEGRIA ERES TU, SEÑOR

Porque vienes y te sientas a mi lado
Porque compartes mi condición humana
sabiendo lo frío, que tantas veces,
se encuentra mi corazón y mi pensamiento.
Porque, siendo Dios, apuestas fuerte por mí
Porque, estando en el cielo,
plantas tu tienda
en medio de tanta incertidumbre y viento
que sacude a nuestro viejo mundo

MI ALEGRIA ERES TU, SEÑOR

Por eso te doy gracias y bendigo tu nombre
Espero tu llegada y preparo mi interior
Anhelo la Noche Santa de la Navidad
y afino las cuerdas de mi alma,
con la verdad, la espera, el silencio,
la humildad o la vigilancia.
Sólo sé, mi Señor, que mi alegría
con tu llegada y por tu Nacimiento
eres Tú, Señor.

AMÉN

D. Javier Leóz Ventura.

“kecharitomene” Purísima Inmaculada Concepción de María.

 

La concepción es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres. La concepción es pues, el momento en que comienza la vida humana.

Cuando hablamos del dogma de la Inmaculada Concepción no nos referimos a la concepción de Jesús quién, claro está, también fue concebido sin pecado. El dogma declara que María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir, María es la “llena de gracia” desde su concepción.

La Encíclica “Fulgens corona”, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre»

Fundamento Bíblico

La Biblia no menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada Concepción, como tampoco menciona explícitamente muchas otras doctrinas que la Iglesia recibió de los Apóstoles. La palabra “Trinidad”, por ejemplo, no aparece en la Biblia. Pero la Inmaculada Concepción se deduce de la Biblia cuando ésta se interpreta correctamente a la luz de la Tradición Apostólica.

El primer pasaje que contiene la promesa de la redención (Genesis 3:15) menciona a la Madre del Redentor. Es el llamado Proto-evangelium, donde Dios declara la enemistad entre la serpiente y la Mujer. Cristo, la semilla de la mujer (María) aplastará la cabeza de la serpiente. Ella será exaltada a la gracia santificante que el hombre había perdido por el pecado. Solo el hecho de que María se mantuvo en estado de gracia puede explicar que continúe la enemistad entre ella y la serpiente. El Proto-evangelium, por lo tanto, contiene una promesa directa de que vendrá un redentor.  Junto a Él se manifestará su obra maestra: La preservación perfecta de todo pecado de su Madre Virginal.

En Lucas 1:28 el ángel Gabriel enviado por Dios le dice a la Santísima Virgen María «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.». Las palabras en español “Llena de gracia” no hace justicia al texto griego original que es “kecharitomene” y significa una singular abundancia de gracia, un estado sobrenatural del alma en unión con Dios. Aunque este pasaje no “prueba” la Inmaculada Concepción de María ciertamente lo sugiere.

El Apocalipsis narra sobre la «mujer vestida de sol» (Ap 12,1).  Ella representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la Santísima Virgen, en virtud de una gracia singular. Ella es toda esplendor porque no hay en ella mancha alguna de pecado. Lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Con la bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, proclamó como dogma de fe, la Inmaculada Concepción de María que por una gracia especial de Dios, fue preservada de todo pecado desde su concepción.

Con la bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, proclamó como dogma de fe, la Inmaculada Concepción de María que por una gracia especial de Dios, fue preservada de todo pecado desde su concepción.

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

 

¿Pero, que es un Dogma de fe?

El significado de dogma, es la creencia, doctrina o proposición sobre cuya verdad no se admiten dudas dentro de una religión cuyo acatamiento se exige a todos los fieles.

 

La Inmaculada Concepción en los primeros siglos

En los primeros siglos del cristianismo, los Santos Padres no se propusieron el problema de la Concepción Inmaculada de María. Pero la doctrina sobre el privilegio de María está contenida, como el árbol en la semilla, en las enseñanzas de los mismos Padres al contraponer la figura de María a la de Eva en relación con la caída y la reparación del género humano; al exaltar, con palabras sumamente encomiásticas, la pureza admirable de la Virgen; y al tratar sobre la realidad de su maternidad divina. Tres principios de la ciencia sobre María que dejaron firmísimamente sentados los primeros Doctores de la Iglesia.

La Inmaculada Concepción hasta la Edad Media

A partir del siglo IV, la Iglesia occidental no corre pareja con la oriental, en profesar la Concepción Inmaculada de María. La herejía nestoriana que atacó directamente, única en la historia, la prerrogativa máxima de la Virgen, su divina maternidad, y que iba extendiéndose en el siglo V, ofreció más frecuente ocasión y aun necesidad de exaltar la soberana figura de la Bienaventurada Madre de Dios; al paso que en Occidente, en esta misma época, el hereje Pelagio desfiguraba el concepto de pecado original y sus funestas consecuencias en los hombres, por lo que los Padres se ven constreñidos a tratar antes de la universalidad del pecado que de la gloriosa excepción que representa la Virgen.

  • En la Iglesia oriental

Encontramos el esforzado defensor de la maternidad divina de María, San Cirilo, que escribe: «¿Cuándo se ha oído jamás que un arquitecto se edifique una casa y la deje ocupar por su enemigo?». No se puede expresar más claramente la idea de la Concepción Inmaculada.

Teodoto de Ancira dice: «Virgen inocente, sin mancha, santa de alma y cuerpo, nacida como lirio entre espinas». Y en otra parte: «María aventaja en pureza a los serafines y querubines». Y Proclo, secretario de San Juan Crisóstomo, en el mismo siglo V, dice de María que está formada «de barro limpio», es decir, de naturaleza humana, pero incontaminada.

En el siglo VI, leemos en un himno compuesto por San Jaime Nisibeno: «Si el Hijo de Dios hubiera encontrado en María una mancha, un defecto cualquiera, sin duda se escogiera una madre exenta de toda inmundicia». Y a la santidad de María la califica de «Justicia jamás rota».

San Teófanes alaba así a María: «Oh, incontaminada de toda mancha». Y en otra parte: «El purísimo Hijo de Dios, como te hallase a Ti sola purísima de toda mancha, o totalmente inmune de pecado, engendrado de tus entrañas, limpia de pecados a los creyentes».

San Andrés de Creta: «No temas, encontraste gracia ante Dios, la gracia que perdió Eva… Encontraste la gracia que ningún otro encontró como Tú jamás».

Y en la carta a Sergio, aprobada por el Concilio Ecuménico VI, Sofronio dice de María: «Santa, inmaculada de alma y cuerpo, libre totalmente de todo contagio».

En adelante, la palabra Inmaculada, Purísima, ya no se refiere directamente a la sola virginidad de María. A medida que van adelantando los siglos se va perfilando con mayor precisión la idea de la Concepción Inmaculada.

Y así en el siglo VIII podemos leer estas palabras tan claras de San Juan Damasceno: «En este paraíso (María) no tuvo entrada la serpiente, por cuyas ansias de falsa divinidad hemos sido asemejados a las bestias».

En los siglos IX y X se contornea aún con mayor claridad la Concepción sin mancha de María. San José el Himnógrafo: «Inmune de toda mancha y caída, la única Inmaculada, sin mancha, sola sin mancha», dice de la Virgen.

Queda claro que en oriente, ya tiene éste significado preciso y concreto: la exención de María del pecado original. Además, desde el siglo VII la Iglesia oriental celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción, aunque no fuera universalmente. Sobre el significado de la fiesta dice San Juan de Eubea: «Si se celebra la dedicación de un nuevo templo, ¿cómo no se celebrará con mayor razón esta fiesta tratándose de la edificación del templo de Dios, no con fundamentos de piedra, ni por mano de hombre? Se celebra la concepción en el seno de Ana, pero el mismo Hijo de Dios la edificó con el beneplácito de Dios Padre, y con la cooperación del santísimo y vivificante Espíritu». Como se observará, en estas palabras se menciona la creación de María y, asimismo, su santificación, como insinúa la alusión al Espíritu Santo a quien se apropia.

  •   En la Iglesia occidental

En la Iglesia occidental, el proceso hasta llegar a la confesión clara y paladina de la Concepción Inmaculada de María resultó más lento debido a circunstancias especiales que lo entorpecieron. Pero el concepto que los Santos Padres manifiestan tener de la grandeza espiritual y moral de la excelsa Madre de Dios no desmerece ni cede en nada al de los orientales. La admisión de una mancha en María hubiera producido en Occidente, al igual que en el Oriente, un escándalo entre los fieles, y hubiera chocado con la idea que se profesaba sobre la santidad eximia de la Bienaventurada Virgen. Y en efecto, de ello echó mano el hereje Pelagio para atacar a su contrincante San Agustín, en la discusión sobre el pecado original que aquél negaba. Juliano, discípulo del hereje, escribía dirigiéndose al Obispo de Hipona: «Tú entregas a María al diablo por razón del nacimiento», es decir, si afirmas que el pecado original se trasmite por generación natural, María fue súbdita del diablo, porque de esta manera descendió y de este modo fue concebida por sus padres.

A esto contestó el Santo Doctor: «La condición del nacimiento se destruye por la gracia del renacimiento». Se discute si, con estas palabras, el santo Obispo admitió la Inmaculada Concepción. Pero es lo cierto que nuestro Doctor enseña que los pecados actuales tienen su origen en el pecado original. «Nadie, dice, está sin pecado actual, porque nadie fue libre del original». Ahora bien, opina que María no tuvo pecado actual alguno. «Excepto la Virgen María, de la cual no quiero, por el honor debido al Señor, suscitar cuestión alguna cuando se trata de pecado… Si pudiéramos congregar todos los santos y santas… cuando aquí vivían, ¿no es verdad que unánimemente hubieran exclamado: Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañamos y no hay verdad en nosotros?». Así, según el principio que sienta el mismo Santo Doctor, hemos de concluir que María careció del pecado original.

En esta misma época, hacia el 400, encontramos el máximo poeta cristiano Prudencio que, interpretando la fe de la Iglesia en la pureza sin mancha de María, canta en escogidos versos: «La víbora infernal yace, aplastada la cabeza, bajo los pies de la mujer. Por aquella virgen, que fue digna de engendrar a Dios, es disuelto el veneno, y retorciéndose bajo sus plantas, vomita impotente su tóxico sobre la verde yerba».

En el siglo V, San Máximo escribe estas palabras: «María, digna morada de Cristo, no por la belleza del cuerpo, sino por la gracia original».

Al revés de lo que sucede en Oriente, en Occidente, a medida que van avanzando los siglos, se habla con mayor cautela sobre este asunto. No que se nuble por completo la creencia en la Concepción Inmaculada de María, pues sabemos que pronto comenzó a celebrarse su fiesta, sino que los autores eclesiásticos, por la autoridad de San Agustín, cuya opinión sobre este misterio es dudosa, y ante la necesidad de defender el dogma cierto de la universalidad del pecado original y sus consecuencias, se ven constreñidos antes a tratar de este punto que a establecer e ilustrar la excepción que constituye María a la ley universal del pecado.

Buena prueba de que la fe en este glorioso privilegio de María no quedó ofuscada nos la suministra la Liturgia. Se dice que en el siglo VII, y por obra de San Ildefonso, Arzobispo de Toledo, ya se celebraba la fiesta de la Concepción Inmaculada en España. Algunos, empero, dudan de la autenticidad del documento en que se apoyan los que lo defienden. Pero con toda seguridad se celebraba ya en el siglo IX, como aparece por el calendario de mármol de Nápoles, que reza: «Día 9 de diciembre, la Concepción de la Santa Virgen María». La fecha de la celebración (la misma en que la celebran los orientales) indica que la fiesta transmigró de Oriente, con el que mantenía intensa relación comercial Nápoles. No es ésta la única constancia que queda de la celebración litúrgica. Por los calendarios de los siglos IX, X y XI sabemos que se celebraba también en Irlanda e Inglaterra.

Pero, a pesar de la celebración litúrgica, el significado de la solemnidad no estaba teológicamente fijado. Y no deja de llamar la atención que fuese, San Bernardo,  el Santo quizás más devoto de María, quien frenase los impulsos del pueblo cristiano, suscitando la discusión teológica más enconada de la historia de los dogmas.

Habiendo llegado a sus oídos que los monjes de Lyón, en 1140, introdujeron la fiesta, el Santo Abad les escribió una carta vehementísima, reprobando lo que él llama una innovación «ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua». La carta es uno de los mejores documentos para probar la gran devoción del Santo a María. Cada vez que la nombra, la pluma le rezuma unción, y con la inimitable galanura de estilo que le caracteriza, convence al lector de que en todo el raciocinio no hay ni brizna de pasión. Impugna el privilegio porque así cree deber hacerlo.

A pesar del enorme prestigio del santo Doctor, su carta no quedó sin réplica. El primero que replicó a la misma, Pedro Comestor, ya hace notar la confusión de San Bernardo en el asunto, y distingue entre la concepción del que concibe, es decir, el acto de los padres, y la concepción del ser concebido. Ni faltó tampoco, como en toda polémica, la frase dura y encendida de parte del contradictor: «Dos veces -escribió Nicolás, monje de San Albano- fue traspasada el alma de María: en la Pasión de su Hijo y en la contradicción de su Concepción».

Llegado al Concilio de Trento, al hablar de la universalidad del pecado original, aunque no define el dogma de la excepción de María, significó su opinión con estas palabras: «Declara, sin embargo, este santo Concilio que, al hablar del pecado original, no intenta comprender a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, sino que hay que observar sobre esto lo establecido por Sixto IV». Este Papa, ya en 1483, casi 4 siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

Apenas se hallará una Orden religiosa que no pueda presentar nombres ilustres de grandes teólogos que favorecieron la prerrogativa de la Virgen, contribuyendo a su triunfo. La Compañía de Jesús puede presentar a Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Toledo, Suárez, San Pedro Canisio, San Roberto Belarmino y otros muchos más. La gloriosa Orden Dominicana, el celebérrimo Ambrosio Catarino, Tomás Campanella, Juan de Santo Tomás, San Vicente Ferrer, San Luis Beltrán y San Pío V, papa, etc. La Orden Carmelitana, ya en 1306, determinó celebrar la fiesta en el Capítulo General reunido en Francia, y los agustinos defendieron también la prerrogativa de la Virgen ya en 1350.

La definición dogmática de la Inmaculada

La contribución de España al triunfo del Dogma de la Inmaculada Concepción merecería capítulo aparte, bien nutrido y glorioso, Habría que recordar como  significativas, las legaciones que reyes españoles hacen a los Sumos Pontífices pidiendo la definición del dogma. Por eso Pío IX quiso que el monumento a la Inmaculada, después de su definitivo oráculo, se levantara en la romana Plaza de España.

El Papa Pío IX, es quien decidió dar el último paso para la suprema exaltación de la Virgen, definiendo el dogma de su Concepción Inmaculada. Dícese que en las tristísimas circunstancias por las que atravesaba la Iglesia, en un día de gran abatimiento, el Pontífice decía al Cardenal Lambruschini: «No le encuentro solución humana a esta situación». Y el Cardenal le respondió: «Pues busquemos una solución divina. Defina S. S. el dogma de la Inmaculada Concepción».

Para dar este paso, el Pontífice quiso conocer la opinión y parecer de todos los Obispos, pero al mismo tiempo le parecía imposible reunir un Concilio para la consulta. La Providencia le salió al paso con la solución. Una solución sencilla, pero eficaz y definitiva. San Leonardo de Porto Maurizio había escrito una carta al Papa Benedicto XIV, insinuándole que podía conocerse la opinión del episcopado consultándolo por correspondencia epistolar…

La carta de San Leonardo fue descubierta en las circunstancias en que Pío IX trataba de solucionar el problema que hizo exclamar al Papa: «Solucionado». Al poco tiempo conoció el parecer de toda la jerarquía. Por cierto que un obispo de Hispanoamérica pudo responderle: «Los americanos, con la fe católica, hemos recibido la creencia en la preservación de María». Hermosa alabanza a la acción y celo de nuestra Patria.

Y el día 8 de diciembre de 1854, rodeado de la solemne corona de 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud ingentísima de pueblo, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen: «La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

Estas palabras, al parecer tan sencillas y simples, están seleccionadas una a una, y tienen resonancia de siglos. Son eco, autorizado y definitivo, de la voz solista que cantaba el común sentir de la Iglesia entre el fragor de las disputas de los teólogos de la Edad Media.

 

 

MARÍA, VIRGEN SANTÍSIMA, MADRE INMACULADA DESDE SU CONCEPCIÓN,

MADRE DE DIOS HECHO HOMBRE Y MADRE DE TODA LA HUMANIDAD.

Inmaculada

A ella dirijamos nuestra mirada en este tiempo de Adviento. A María, que preparó a conciencia el primer y verdadero adviento. Nadie como Ella supo interpretar los signos de los tiempos, sintiendo que el Señor estaba cerca, Ella oró como nadie con el Salmo 24: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza”

Cuando le fue propuesta la maternidad, nada menos que del mismísimo Hijo de Dios, no quiso decir que no. Su vida fue un “sí “rotundo a los planes de Dios. Ella con su sí, propició que el Dios lejano se hiciera nuestro, y a partir de la encarnación de su Hijo, Dios tuviera otro título que antes no tenía: “Emmanuel”, el Dios con nosotros, el Salvador, el que puso su tienda entre nosotros. Quién mejor que Ella para abrir y disponer nuestros corazones para que esta Navidad no tenga las características de ser sólo una fiesta más, o mejor la fiesta de las fiestas, donde hay de todo, pero donde se siempre sentimos un vacío, no tanto por las cosas de las que no se pude disponer para la fiesta y el festejo, sino precisamente por no haber dispuesto el corazón, para hacer el Adviento, la llegada, la recepción y la acogida para el recién nacido.

Navidad es o debe ser, un festejo anticipado de la Pascua del Señor. Sin su encarnación, no hubiera sido posible ni la entrega, ni la redención, ni la cruz; pero tampoco la Resurrección y la vuelta de los hijos de Dios a la casa, al Reino, a los brazos amorosos del buen Padre Dios.

La Navidad nos hermanará en torno al Divino Niño, nos hará compadecernos y enternecernos a la vista de quien se convierte en la presencia más cercana del Dios de los Cielos, y de la tierra. Y María, su Madre, nuestra Madre es un signo anticipado de Limpieza, de belleza, de santidad, de perfección, de plenitud, de vida nueva, de victoria pascual. Es un anticipo del ideal humano, del proyecto que Dios había soñado para el hombre. Un modelo, por lo tanto, para cada persona humana, para cada creyente, para la Iglesia, para la humanidad. Lo que tanto soñamos y deseamos es posible, en María se ha realizado ya.

María en la alegre aurora, cuando aparecen las primeras luces del día, cuando está amaneciendo y admiramos los tonos de color que vencen la oscuridad de la noche y nos alegramos. María es la luz de la mañana, que además de ofrecernos claridad y un nuevo día, nos llena de alegría. Así es María, Virgen Inmaculada, suave luz que anuncia victoria sobre el pecado y la muerte, señal segura de que se acerca el día, buena noticia para todos los hijos de la noche, causa de nuestra nuestro contento. Alegría verdadera, porque nos garantiza salvación y victoria. Después de tantos fracasos, después de tantas derrotas, por fin podemos levantar cabeza. El poder de las tinieblas ha sido superado. En la Madre aparece un punto de luz primero, como una flor, pero la luz va creciendo hasta el encanto. Es un regalo, no sólo para los ojos, sino para toda el alma.

Virgen Santísima, que agradaste al Señor y fuiste su Madre; inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe y en el amor! Por piedad, vuelve benigna los ojos a los fieles que imploran tu poderoso patrocinio.
La maligna serpiente, contra quien fue lanzada la primera maldición, sigue combatiendo con furor y tentando a los miserables hijos de Eva.
¡Ea, bendita Madre, nuestra Reina y Abogada, que desde el primer instante de tu concepción quebrantaste la cabeza del enemigo!
Acoge las súplicas de los que, unidos a ti en un solo corazón, te pedimos las presentes ante el trono del Altísimo para que no caigamos nunca en las emboscadas que se nos preparan; para que todos lleguemos al puerto de salvación, y, entre tantos peligros, la Iglesia y la sociedad canten de nuevo el himno del rescate, de la victoria y de la paz.
Amén.