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Castidad (VI): SENTIR, PENSAR, ACTUAR

Tercer axioma de la educación afectiva y sexual cristiana:

Es  distinto “sentir el impulso de”, que desear hacer algo y realizarlo finalmente. P.e., es distinto sentir el impulso de estudiar que sentarse a “hincar codos”, o sentir atracción por un chico/a que tener relaciones sexuales.

Explicar esto a nuestros jóvenes evitará que crezcan sintiéndose culpables por todo  y les ayudará a tomar conciencia del valor que tiene el ejercicio de la voluntad en su libertad.

Muchas personas desearían ser buenos hijos de Dios. Saben que para lograrlo han de estar atentos a la práctica de algunas virtudes (esperanza, caridad, justicia, prudencia, templanza… ¡castidad!), pero finalmente se dejan llevar del sentimiento o de la pereza y renuncian a hacer lo correcto, a ser constantes haciendo el bien, viviendo esas virtudes.

No es malo – ni bueno – sentir curiosidad, deseo, enamoramiento o cualquier otro sentimiento. Los atentados contra la castidad llegan cuando, en lugar de encauzar eso que sentimos, renunciamos a usar la inteligencia y la voluntad para ceder a la, casi siempre estéril, autocomplacencia.

En materia de sexualidad y emociones, lo maduro es actuar integrando sentimientos y emociones con inteligencia y voluntad: siento lo que sea sin caer en la culpabilidad, encauzo esa emoción, reflexiono sobre lo que quiero – o lo que no – y tomo las decisiones que me acerquen a lo que deseo alcanzar.

Esto nos hace más libres y responde a la esencia de nuestra naturaleza: criaturas de cuerpo y alma en unión inseparable, llenas de posibilidades, hechas a imagen y semejanza de Dios, creadas para ser felices disfrutando y difundiendo el bien.

El liberalismo sexual sólo beneficia los bolsillos de unos pocos. Ni al individuo en general, ni a la familia, ni a la sociedad en su conjunto. Es más honesto y libre vivir afrontando los remordimientos – los cuales nos mantienen conscientes de la posición precaria en la que estamos -, que negar la implicación moral y las consecuencias de los actos que realizamos.

Dicho lo anterior,  conviene alertar contra el “deberismo”. Es decir, huyamos de hacer o imponer nada sólo porque sí o sólo porque no. Esta actitud en padres y educadores, que puede ser práctica y útil durante algunos momentos de la infancia, es motivo de rebeldía indiscriminada y efusiva en adolescentes, jóvenes, e incluso adultos.

En la educación afectiva y sexual cristiana – esa que aboga por valores como la espera, el perdón, el respeto exquisito al otro y la libertad de las personas -, tenemos que dar criterios sin descanso, una y otra vez, desde que nuestros hijos nacen hasta que son adultos. De ahí la importancia de la educación remota en virtudes para introducirles en una sexualidad sana, constructiva, fácil, orientada a su fin y satisfactoria; tenemos que alentarles a decir sí o decir no; a no aceptar la palabra, promesa u orden de alguien mayor o aparentemente más listo que ellos, si su propuesta les hace sentir mal, o si genera rechazo en sus conciencias; debemos enseñarles a vivir atentos a la verdad y depositar en ellos – fundamental como medio y objetivo –  nuestra confianza. La certeza de nuestra confianza en ellos “recincela”, a diario, las virtudes que intentamos inculcarles.

Marta CM.

Conviene explicar la diferencia entre mostrar cariño y dar o recibir una caricia sexual. Es vital para prevenir los abusos sexuales en los más pequeños, quienes suelen sufrirlos bajo persuasión o engaño de un familiar o conocido; y es vital para salvar a los jóvenes de quedar atrapados en una relación prematura u homosexual.

La frontera entre amistad y atracción no es absoluta. Ni entre hombre y mujer, ni entre personas del mismo sexo. Tenemos que tener muy claro que hasta que no pasa ese periodo de maduración sexual durante el cual los adolescentes y jóvenes pueden sentir la AMS-transitoria, la duda sobre si sólo les gusta su mejor amigo/a o si además les atrae sexualmente genera confusión. Recordémosles que probar no soluciona esta duda, que es muy importante darse tiempo sin entrar en la dinámica de los actos, que el hecho de que nos gusten las personas – y no los árboles – quiere decir que estamos bien hechos.

Saber esto de antemano, y saber que la identidad sexual no queda definitivamente asentada hasta los 20 años, puede liberar muchas conciencias: las de los padres que viven con angustia la etapa “del amigo preferido”, las de los jóvenes que sienten la atracción pero ignoran que es un proceso natural en su crecimiento, y las de aquellos que alguna vez entraron en la dinámica de los actos por curiosidad y se quedaron con la angustia existencial de saber si, en el fondo, son homosexuales o no.

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