Histórico de artículos
noviembre 2017
L M X J V S D
« Oct    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Castidad (VII): EN LA DISTANCIA, CON DIOS COMO COMPLICE

Cuarto axioma de la educación afectiva y sexual cristiana:

Es necesario aprender a amar en la distancia. A una distancia suficiente, no muy larga.

Si vemos por el campo un bicácaro, un narciso o una primavera y nos lo llevamos a casa, disfrutaremos de su belleza y fragancia durante unas horas; luego, la flor morirá. Debemos aprender a disfrutarlas en la distancia: en la pradera, una vez al año, en su época de floración porque, trasplantadas a la maceta de casa, las flores silvestres nos suelen arraigar.

Si tenemos un bebé y le achuchamos con fuerza para expresarle nuestro amor, o le pellizcamos los papos y le mordemos, le haremos daño y llorará. Debemos transmitirle nuestro afecto en la forma que él puede entender o necesita, no tal como nos lo pida el cuerpo a nosotros.

Por lo tanto, es necesario aprender a amar en la distancia para no hacer daño al otro, para respetar su identidad, su libertad y sus tiempos. También es necesario amar en la distancia porque: 1- esta forma de amar no crea dependencia. Hace que la persona amada se sienta permanentemente conectada a ti sin temer que su fidelidad a ese amor le exija renunciar a emprender su propio vuelo; sin temer que emprender su ascenso le suponga perder tu afecto.  

2- Porque los corazones que viven su amor a distancia buscan el mayor efecto posible de los momentos de intimidad compartida. Superar la tentación de la inmediatez les permite establecer prioridades, elegir gestos y momentos, redefinir la transversalidad de su amor.

3- Porque esta forma de amor potencia el músculo de la mutua confianza: te quiero, reconozco tu potencial y espero que le saques partido, ¡ve! O: sé que me quieres, por eso voy y vuelvo sin temer tu olvido y abandono. O: nos queremos y estamos pendientes el uno del otro, dispuestos a  apoyarnos y a salvarnos las veces que haga falta sin caer en la subordinación a los caprichos pueriles del otro.

El amor verdadero no zarandea, ni fuerza, ni  manipula para obtener la atención, dedicación y devoción exclusivas del otro. ¿Será por eso que Dios es tan escrupuloso con el respeto a nuestro libre albedrio? Siendo nuestro Creador y Padre, El jamás someterá nuestra voluntad para obtener la consideración y afecto que merece y espera de nosotros.

Los cristianos no deberíamos perder de vista este arquetipo, ni en la educación afectiva y sexual de nuestros hijos, ni en la vivencia de nuestro amor conyugal. Los jóvenes deberían aprender a querer a sus novios/as sin sentido de la propiedad, sin acoso, ni celos; sin dañarles en su integridad física o moral. No deben tomar de ellos – aunque les fuera ofrecido – algo tan definitivo como la total entrega en cuerpo y alma. No, a menos que sean capaces de ofrecer, a cambio, algo suyo igual de incondicional y definitivo: el compromiso matrimonial. Lo cual no sucederán – por muchas palabras y expresiones de amor que medien entre ellos – hasta que alcancen la madurez personal propia de un adulto sano, equilibrado y sin impedimentos para entregarse como desearía.

MartaCM.

Quinto axioma de la educación afectiva y sexual cristiana: nada colma el corazón humano, hasta el fondo, como Dios. Saberlo nos evitará pasar la vida intentando llenarlo de cosas y personas que no logran este fin.

El deseo de ser felices está en el fondo de todo lo que hacemos. Para ser felices necesitamos sentirnos seguros. Nada nos da más estabilidad que el sabernos amados, respaldados, protegidos y consolados por otra persona. Cuando buscas con desesperación un amor despersonalizado, o cuando lo exiges sin estar dispuesto/a a entregarte, surge un desasosiego interior que no desaparece con cada nueva adquisición personal o material. La gente que en vez de vivir la castidad conforme su estado de vida va de relación en relación, en el fondo, o está en el grupo de los que sólo se toman en serio sus propias y peregrinas “necesidades”, o intenta curar su soledad o atajar el miedo a ser intrascendente, invisible, innecesario, anormal…

No deberíamos acercarnos a nadie sólo para usarlo. Vivir la castidad mientras llega la persona idónea, incluso rezar para que Dios la guarde hasta que nos encontremos con él o ella, implica concedernos (a uno mismo y al otro) un valor único como personas; implica vivir de cara a Dios, “compinchados” con Él, sin sentir vergüenza por nuestro comportamiento y actitudes. Saberse incondicionalmente amado por Dios, evitará que gastes tu vida buscando una amor a medida de tu narcisismo.

Deja un comentario