Archivo de la categoría ‘Semana Santa 2014’

Nuevo proyecto archivo fotográfico de Semana Santa

Desde www.logronopasion.com estamos preparando un formulario para poder reagrupar en un único archivo, todo tipo de fotografías de la Semana Santa, pudiendo clasificarlas por distintos conceptos: Cofradía, Autor, Título, Año y algún que otro dato.

De esta manera, podremos ENTRE TODOS y PARA TODOS, disponer reagrupadas montones de fotografías de todas las Cofradías tanto de Logroño como de cualquier población de La Rioja, como de cualquier localidad de España o de fuera.

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Si alguien pudiera tener alguna idea o quisiera aportar alguna otra cosa para el inicio de este proyecto, puede mandar su comentario a través de éste mismo artículo en esta página.

Esperemos que en breve éste proyecto, esté en funcionamiento y que la acogida y colaboración sea buena. Muchas gracias por adelantado.

Quisiera recordar que algo parecido está ya en marcha para recoger carteles de todo tipo en el enlace http://logronopasion.com/paginas/carteles En éste enlace, podéis ver, consultar añadir y sustituir cualquier cartel de Semana Santa ó con ella relacionada de cualquier lugar.

Feliz Pascua de Resurrección.

Aleluya, Cristo ha resucitado. “Pasalo”

 

Él había de resucitar de entre los muertos.

Lectura del santo evangelio según San Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

- «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le hablan cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

Imagen del Cristo Resucitado de Logroño

Imagen del Cristo Resucitado de Logroño

Domingo de Resurrección 20/04/2014

PROCESIÓN CRISTO RESUCITADO

Si el tiempo lo permite, hoy Domingo de Resurrección, 20/04/2014, a las 11,00 horas y en el cementerio municipal se celebra la Eucaristía de Pascua de Resurrección organizada por la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén.

Al término de la misa, 12,00 salida procesional por las calles; Carretera de Navarra, Puente de Piedra, Avenida de Viana y Capitán Gaona hasta el colegio de la Compañía de María donde concluye tanto el recorrido de esta procesión como la Semana Santa 2014 en Logroño.

CRISTO HA RESUCITADO, “PASALO”

La resurrección de Jesús es medular para la fe cristiana. Si El no hubiera resucitado de entre los muertos, entonces la fe cristiana no tendría validez, siendo que Jesús mismo declaró que resucitaría de  entre los muertos al tercer día.  Por otro lado, si Jesús resucitó de entre los muertos, entonces todas sus afirmaciones son verdad y ahora podemos estar seguros que sí hay vida después de la muerte.

Jesús mismo, predijo su muerte y resurrección, y estos eventos sucedieron exactamente como él los había anunciado.

“Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo. Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.”

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”

“Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre. Entonces se dijeron algunos de sus discípulos unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice: Todavía un poco y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; y, porque yo voy al Padre? Decían, pues: ¿Qué quiere decir con: Todavía un poco? No entendemos lo que habla. Jesús conoció que querían preguntarle, y les dijo: ¿Preguntáis entre vosotros acerca de esto que dije: Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis? De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.

“Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.”

“Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.”

“Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará.”

Este evento está bien documentado por numerosos recursos históricos y confiables.

Historiadores como Josefo (c.37-110 DC), Ignacio (c.50-115 DC), Justino Mártir (c.100-165 DC) y Tertuliano (c.160-220 DC) estuvieron convencidos de la autenticidad de la resurrección.  Sus escritos validan los relatos de los escritores bíblicos, quienes conforme a los teólogos bíblicos, registraron el evento tan temprano como el año 37 DC y no más tarde del año 64 DC.

Además, otros historiadores del primer y segundo siglo incluyendo a Cornelio Tácito, Suetonio, Plinio Segundo, y Luciano de Samosata reconocieron el impacto que este evento increíble tuvo sobre la gente de esa época.

La resurrección es la única explicación aceptable del sepulcro vacío.

Los soldados romanos celosamente vigilaban la tumba donde el cuerpo de Jesús se encontraba. Además, la entrada al sepulcro estaba sellada con una enorme roca.  La guardia romana, que normalmente se componía de 16 miembros, hubiesen hecho imposible para los discípulos–quienes, a propósito, estaban acobardados por el miedo a perder sus propias vidas–robar el cuerpo. Si, como algunos aseguran, Jesús no estaba muerto, sino solamente debilitado, los soldados y la roca hubiesen evitado su escape.  Después de haber sido golpeado y flagelado, colgado en una cruz por seis horas, traspasado con una lanza por su verdugos para asegurar su muerte, y envuelto, como la  costumbre, en 100 libras de lino y especias, Jesús no hubiese estado en condición alguna para rodar una roca de dos toneladas cuesta arriba, ni ser más ágil que 16 soldados romanos y después aparecerse radiantemente a sus discípulos.

Los líderes judíos de la época fácilmente pudieron haber refutado  todas las aseveraciones sobre la resurrección simplemente al reponer el cuerpo, pero no pudieron porque no había cuerpo.

Hubo numerosos testigos de la resurrección.

Después de que él  resucitó de entre los muertos, Jesús apareció por lo menos diez veces a los que le conocían y a más de 500 personas a la misma vez.  Estas apariciones no fueron alucinaciones; Jesús comió y habló con sus seguidores y ellos le tocaron su cuerpo resucitado.

“Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”

“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”

“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; Y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; Y que se apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”

La resurrección es la única  explicación razonable para el comienzo del movimiento Cristiano.

La Iglesia Cristiana nació en la misma ciudad donde Jesús fue públicamente ejecutado y sepultado.  La creencia en un Jesús resucitado tuvo que haber sido auténtica para haberse enraizado en Jerusalén y crecido hasta abarcar el mundo entero.  La Iglesia Cristiana es ahora la institución más grande que existe y ha existido en la historia de la humanidad.   Claramente, esto hubiese sido imposible si la resurrección fuese solamente un cuento.

La resurrección es la única explicación lógica para la transformación de los discípulos. 

Ellos abandonaron y negaron a Jesús antes de su juicio público; después de su muerte ellos estaban desalentados y temerosos.  Aún, después de su resurrección y su experiencia en Pentecostés, estos mismos desalentados hombres y mujeres fueron transformados por el sobrenatural poder de Cristo resucitado.  En su nombre, ellos pusieron de cabeza al mundo .  Muchos perdieron la vida por su fe, otros fueron terriblemente perseguidos.  Su valiente comportamiento no tiene sentido aparte de su convicción de que Jesucristo fue verdaderamente resucitado de entre los muertos- un hecho digno por el cual morir.

A través de los siglos, los grandes teólogos que han considerado las pruebas de la resurrección han creído, y todavía creen, que Jesús está vivo.

Después de haber sopesado la evidencia de la resurrección dada por los escritores de los Evangelios, Simón Greenleaf, una eminencia sobre asuntos legales de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard, concluyó:

“Sería imposible que ellos hubieran persistido en afirmar las verdades que han narrado, de no ser por el hecho de que Jesús sí resucitó de entre los muertos.”

El señor Greenleaf, fue un profesor judío que se convirtió en un seguidor de Jesús, el Mesías, después de estudiar los hechos por sí mismo.

Después de haber sopesado esta evidencia, ¿Cual es su conclusión, digo la de usted? ¿Usted cree que Jesús está vivo?  Todo aquel que cree que El en verdad ha resucitado, puede recibir el regalo de la vida eterna y experimentar una relación personal con él.  Descubra cómo usted puede comenzar esta relación duradera.

Podemos analizar los hechos y pruebas.

Jesús Resucitado

Pruebas de la Resurrección.  

La máxima obra de Dios, la Resurrección de su Hijo, no tuvo testigos. Sin embargo sí se puede comprobar; hay “evidencias”: El sepulcro vacío.- Los cuatro evangelistas lo mencionan. Lo reconocen incluso los soldados, los sacerdotes y las autoridades romanas. Aunque no es una prueba directa, es un signo especial, es el primer paso para el reconocimiento de la Resurrección. Juan dice: “Vió y creyó (20,8).

Las apariciones del Resucitado.- En ellas se basa el argumento definitivo para afirmar la Resurrección. NO FUERON VISIONES subjetivas, sino HECHOS OBJETIVOS, HISTÓRICOS. Se describen (en los últimos capítulos de los evangelios), como presencia real y hasta carnal de Jesús; come, camina, deja que lo toquen, conversa con ellos. Son una base sólida de la fe en la Resurrección. El testimonio de los que creemos.- Aunque no hubo testigos de la resurrección, sí los hay del Resucitado. Quienes lo vieron comenzaron a decir que el “Crucificado estaba vivo” y así es como surge la Iglesia. Nuestra fe procede de los primeros que creyeron y continuamos hoy transmitiendo esa misma fe en Jesús de Nazaret que murió por nosotros, y que RESUCITÓ como primicia de lo que será nuestra propia resurrección. ¡desde hace dos mil años, hombres y mujeres han dado testimonio de la fe en la Resurrección y así seguirá ocurriendo hasta el fin de los tiempos! .

¿Qué se entiende por Resurrección de Jesús?. La Resurrección de Jesús es un HECHO REAL, HISTÓRICO -como todo lo que dicen los Evangelios sobre Jesús de Nazaret- y META HISTÓRICO, – va más allá, pues anticipa nuestra propia resurrección-. Cuando pienses en esta VERDAD DE FE, toma en cuenta estas cuatro afirmaciones:

1.              La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior, para volver a morir de nuevo. Jesús entra en la vida definitiva de Dios; es “exaltado” por Dios (Hch 2,23); es una vida diferente a la nuestra. (Rm 6, 9-10)

2.              Jesús resucitado no es una “alma inmortal”, ni un fantasma. Es un hombre completo, con cuerpo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte, del dolor, de las limitaciones materiales, con todo lo que constituye su personalidad.

3.              Dios interviene, no para volver a unir el cuerpo y el alma de Jesús, sino que ocurre un nuevo prodigio, una intervención creadora de Dios. El Padre actúa con su fuerza creadora y poderosa, levantando al muerto Jesús a la vida definitiva y plena.

4.              No se trata de que Jesús resucitó “en la fe” de sus discípulos, o “en su recuerdo”. Es algo que aconteció verdaderamente en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación. Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.

 

Significado de la Resurrección Con la Resurrección de Jesús, Dios afirma cosas muy importantes:

·                 Dios estaba de parte de Jesús, le da la razón en todo lo que hizo y dijo y se la quita a quienes estaban en su contra.

·                 Rehabilita su causa y su persona: Jesús es su Hijo, el Cristo, el Mesías esperado.

·                 Dice a la Iglesia naciente que su misión está fundada no solamente en el hecho histórico, sino en la experiencia pascual, en el encuentro de cada cristiano con Jesús Resucitado.

·                 Es la anticipación de la meta de la historia; hace surgir una fuerza dinámica e invita a un programa de vida para cada hombre.

·                 Hay un nuevo horizonte para la vida y nuevo sentido para la muerte. La vida es un camino que se puede andar con esperanza, pues la muerte no es el fin del hombre, sino el medio para volver a su destino final: Dios Padre.

 

El encuentro del hombre con el Resucitado En los evangelios se describen varios “encuentros” de Jesús Resucitado con varios de sus discípulos; hay cosas en común en estas experiencias:

1.              Jesús se “deja ver”, para que salgan de su incredulidad y de su desconcierto.

2.              El encuentro afecta a la totalidad de sus personas: transforma el miedo en celo por el evangelio; la ignorancia por sabiduría; la debilidad por fortaleza; la tristeza por alegría. (Gal 1,23)

3.              Les descubre los enigmas de la fe: “se les abren los ojos” “ven y creen”.

4.              Los encuentros siempre conducen a una llamada a la evangelización “vayan y digan” (Mt 28, 18-20; Mc 16,15; Lc 24,28; Jn 20,21).

5.              Comprenden que deben vivir su vida cotidiana con otro sentido y otra profundidad, el encuentro con el Resucitado es una experiencia prolongada en la vida. (2Cor 4,10).

 

Se buscan testigos del Resucitado Jesús dijo a Tomas: “Tu crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29)

Estas palabras de Jesús: “Felices los que creen sin haber visto“, se refieren a nosotros, a los cristianos de hoy que seguimos encontrando a Cristo Resucitado, aunque “no lo veamos” con los ojos del cuerpo, los efectos que se producen son exactamente los mismos: somos “felices”, porque tenemos la certeza de que creemos en algo real; porque tenemos una esperanza diferente a quienes no creen; porque vamos por la vida luchando por hacer realidad el sueño de Jesús: vivir el Reino de Dios entre los hombres.

Piensa, a quién le debes tu fe: ¿a tus padres?, ¿a un sacerdote?, ¿a un catequista?, ¿a algún amigo?. La fe es un don de Dios que recibimos en el bautismo, pero también es consecuencia del testimonio de alguien que ya se encontró con Jesús Resucitado. Quizá tú has sido la causa de la fe de alguna persona. ¡felicidades!, esa es la tarea de todos los cristianos.

Pero…. si tu eres alguien que siente que su fe no es firme, es probablemente porque no has hallado a alguien que te de testimonio de su encuentro con Jesús Resucitado, ¿o no lo has querido ver? ¡no te desanimes!. Vale la pena que busques entre las personas que conoces; busca a alguien que ya lo haya encontrado, desde luego tienes que entrar en el “ambiente” donde están estas personas: es gente común, pero se distingue en que vive los valores cristianos: la verdad, la justicia, el amor y la paz; seguramente están entre tus compañeros de trabajo o de escuela; quizá entre tus vecinos; ven a Misa los domingos, o acércate a algún grupo parroquial; puedes encontrar aquí a esos testigos de la Resurrección que viven inmersos en el mundo transmitiendo el amor de Jesús de Nazaret.

Cada vez que veas a alguien que vive esos valores del Reino de Dios, es porque es un Testigo del Resucitado; obsérvalo, pregúntale por qué cree y por qué vive de tal manera. Con toda seguridad su testimonio de contagiará y tú también serás un testigo más, ayudando a Jesús a transformar al mundo.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Con María, esperando la Resurrección de Cristo.

Virgen DolorosaMiro tu imagen Dolorosa, María Santísima, tus ojeras profundas, tus ojos que guardan el recuerdo de la última mirada del Amado.

Todos te intentan dar ánimo, Madre querida… sí, sabemos que tienes el corazón traspasado de dolor por esa espada anunciada.

Todos pensábamos que no nos veía, que no nos escuchaba, que estaba rota por la tristeza. Pero María se vuelve hacia todos y dice: No os preocupéis. Aquí estoy, con todos vosotros, como cada día. Vinimos juntos “caminando”, y nuestro Padre Celestial así lo dispuso.

Intuimos que nuestra Madre está como siempre, mirando nuestros corazones que no pueden tener secretos ante Ella.

Muchos de nosotros, la gran mayoría, solo atinamos a decir tu nombre, Señora. No nos salen las palabras ante tanto dolor, llorando recordando la Pasión y muerte de Jesús Nuestro Señor, Hijo tuyo.…

Y tú, como Madre, la que más dolor tienes y la que más afectada tienes que estar por la pérdida de tu Hijo, eres la que incomprensiblemente más entereza tienes y más consuelo das a los demás. Incluso en estos momentos amargos, mientras nos abrazas suavemente, reclinas nuestras cabezas en tu hombro, y nos dices que vayamos, que te acompañemos, que debemos ir allí ahora, pues José de Arimatea le está por bajar de la Cruz.

No podremos aguantar con entereza ese momento, Señora. No nos pidas eso… No lo soportaremos viendo a Jesús muerto, después de tan horrible pasión.

Es su propia Madre, nuestra Madre, la que con su entereza nos dice a cada uno de nosotros: No temas, te sostendré fuerte, para que no caigas en ese desánimo.

José de Animatea bajó el cuerpo del Señor, mientras tú, amada Madre, sostenías el Santo Sudario que envolvería el preciosísimo cuerpo. José y los demás colocaron a Jesús en tus brazos… le quitaron la corona de espinas… besaste su frente, María, como tantas y tantas veces lo hiciste en estos bellos treinta y tres años, besaste la frente del niño, la frente del joven, la frente del hijo del Hombre que aceptaste aquel lejano día de la Anunciación… Le abrazaste fuerte… muy fuerte.

Y sin entenderlo ninguno de nosotros, le decias claramente: “ OH amor mío e Hijo mío, ve a donde debes ir, haz lo que debes hacer, que aquí quedará tu madre esperando por ti… Vamos hijo, ve, termina tu misión, Oh Hijo del Altísimo, a quien Dios dio el trono de David, su antepasado, para que reines sobre la casa de Jacob para siempre, en un Reino que no tendrá fin…

A tu nuevo hijo designado por el mismo Jesús y a todos los demás, nos dijiste luego: Haced lo que debe hacerse. Ahora pues, ahora, solo resta esperar…

Juan, quien había tomado de Jesús la responsabilidad de cuidar a esta Santa Mujer, se sintió turbado, creía que ella había enloquecido por el dolor, pues no comprendía las extrañas palabras que había pronunciado. Nosotros al igual que Juan, así mismo lo creímos, pues una Madre que acaba de perder con la muerte a su único Hijo, no se le esperan palabras de ese tipo.

Las demás mujeres, y amigos, que habíamos acompañado al Señor desde Galilea, nos fuimos acercando lentamente, para ver la sepultura de Jesús… En cambio tú, María, comenzaste a alejarte, paso a paso, lentamente, volteando algunas veces el rostro hacia el sepulcro… pero no querías grabar en tu alma esas imágenes como el final de una historia, no… ese no era el final y tú, solo tú, amada Madre del alma, tenías los argumentos suficientes como para tener la certeza más absoluta de que ése…ése no era el final…

Te seguimos en silencio, seguramente irías cantando bajito alguna canción de cuna que Jesús te habría escuchado ya en Belén.

Los demás, cabizbajos y aterrorizados por los sucesos, caminábamos a tu lado preguntándonos muchas cosas que se nos venían una y otra vez a la mente.

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María, nos pregunta con la mirada dolorosa e iluminada, al mismo tiempo ¿Sabeis que es lo que está sucediendo en esto momentos?

Desde nuestra ignorancia y también desde nuestra incredulidad, como tratando de justificarnos ante tal pregunta, y antes de que pudiéramos contestar, María se nos adelanta y nos dice: “Pues… librando la batalla final, la más grande batalla jamás concebida en todos los tiempos… y saldrá triunfante, lo sé, triunfará sobre la muerte, porque para eso ha venido al mundo, para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Y añade casi de inmediato sabiendo y conociendo nuestros corazones, algo que le preocupa, es el dolor de sus Apóstoles y de todos sus amigos. Sabe que sufrimos porque en el fondo del alma, no creemos ni entendemos que Jesús pueda resucitar, no creemos que un simple mortal, por sí mismo, pueda levantarse de la tumba y eso es algo que María, su Madre es precisamente lo que debe corregir.

Nosotros no sabemos quién es realmente el Padre de Jesús, pues creemos que es hijo de José, el carpintero Por eso ella nos tiene que hablar y explicar para que todo tenga sentido….

De esta manera, no desesperaremos y creeremos definitivamente Señora mía, Madre del alma.

Tú que siempre estas tan preocupada por todos, nos recuerdas: ¿No escuchasteis lo que dijo Jesús antes de partir?, ahora todos sois mis hijos, y por eso tengo que hablaros hoy mismo.

Y quedaste en silencio el resto del camino.

Llegamos a casa de Juan y te dispusiste a  esperar, en silencio y oración, la llegada del resto de los Apóstoles que fueron entrando, uno a uno, con la mirada sombría, el temor dibujado en el rostro, pues todos tenían la convicción de que estaban ante un final no deseado, que sus sueños estaban deshechos, que su Amado Maestro había partido para siempre

Y ante la mirada sorprendida de todos, dijiste: Hijos míos, debo hablar con vosotros.

Todos nosotros, Apóstoles y amigos, al verte tan calmada y serena, mirándonos entre sí con mirada compasiva, pensando de nuevo que el dolor te enloquecía más, como te amamos y respetamos, te escuchamos con mucha atención.

A Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, Simón, Judas hijo de Santiago, comenzaste mirándolos a cada uno de ellos a los ojos, a aquellos Hijos queridos del alma, que han seguido a Jesús hasta el último minuto y les dices: “Él, estoy segura, se llevó en sus ojos el rostro de cada uno de vosotros. Él, os ama de una manera increíble, de una manera imposible para un ser humano común. Como Jesús os ama, queridos hijos, ningún mortal puede amar, pero Jesús puede amaros de esa manera porque Jesús no es un hombre común. Yo quiero y necesito que sepáis esto.

Lo sabemos, Madre, le replicó Juan. Jesús era el Hijo de Dios, pero, él ya no está, se ha ido, yo quiero creer, necesito creer en su regreso, pero el dolor me nubla el alma, Madre querida. Conocemos todos tu sufrimiento y lo respetamos plenamente, hablas de Él como si no hubiese muerto, pues tu dolor de madre es atroz.

María le dice: Juan, hijo mío, veo que no has comprendido plenamente. Yo quiero deciros que Jesús no es hijo de José.

En la habitación se hizo un silencio tan profundo que cada uno podía oír el latido de su propio corazón, miraron a María de una manera extraña, primero como horrorizados pensando quizás en un adulterio, luego, su mirada se fue tornando compasiva, la pobre mujer habría perdido el juicio seguramente.

Ella tuvo que recurrir de nuevo: No me miréis así, no estoy loca, no. Por el contrario, jamás hablé tan en serio. Bueno si, ya lo hice otra vez. Fue hace más de treinta y tres años, en mi pequeña aldea de Nazaret… yo estaba comprometida con José, que era un hombre justo y fue de hecho, el mejor padre terrenal que pudo haber tenido mi hijo Jesús. Por esos días en mi corazón, latía el sueño de toda mujer judía: poder ser la madre del Mesías, pues había escuchado muchas veces el relato de Isaías, “La Virgen está embarazada”, aunque no entendía bien eso de “La Virgen”, pero al igual esperaba, todas esperábamos y una tarde, estando yo en oración sola en mi casa, apareció ante mí un ángel, creedme, jamás habría podido imaginar que fuesen de tal belleza.

Cuando comenzó a hablarme tenía la voz de mil campanas y la pureza de mil cascadas de agua cristalina: “Me dijo que concebiría y daría a luz un hijo, al que pondría por nombre Jesús, el sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo, pues Dios le daría el trono de David, su antepasado, reinaría sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendría fin”. También me habló del embarazo de Isabel, mi prima.

Pedro susurro: Esas palabras, fueron las que murmuraste mientras sostenías el Cuerpo del Maestro…..

María le contestó: Sí, Pedro, por ello, hijos míos, por este secreto que he llevado en mi corazón durante treinta y tres años, es que os pido, os suplico que no desesperéis, que Jesús resucitará en tres días, tal como os lo dijo tantas veces, Hijos de mi alma. ¿Sabeis cuantas veces me pregunté si debía hablar y cuando? Mientras vivía mi amado esposo nos sosteníamos el uno al otro, como guardianes del secreto, pero cuando Él se fue y quedé sola, antes del comienzo del ministerio, yo no comprendía cual sería la misión de ese muchacho trabajador, que estaba día y noche en el taller procurando el sustento para los dos. Muchas veces hablamos de Dios, de su amor. Era increíble como su mirada se iluminaba y a veces se entristecía, sobre todo cuando estaba por cumplir los treinta años. Y es que claro, Él sabía el final.

Sus ojos se llenaban de lágrimas al recordarlo…..

Mientras María hablaba, los hombres uno a uno, fuimos poniéndose de pie y acercándonos a la Madre, ahora mucho más sentida, querida y admirada Madre. Más que nunca. El primero en acercarse a ella fue Pedro, quien de rodillas ante María, besó su vestido en señal de respeto

María le dijo: Levántate Pedro, no es ante mí ante quien tienes que arrodillarte, sino ante Jesús, yo solo estoy aquí para hablaros de Él.

Pedro la abrazó con amor inmenso.

Así uno a uno, los discípulos los amigos y todos los ahora creyentes, hemos secando nuestras lágrimas y abrazando a María. Desde la primitiva Iglesia hemos estado más que nunca, unidos a la Madre como camino hacia el Hijo. Y aúnque quedaba en los corazones el dolor de los últimos acontecimientos, también quizás alguna duda rebelde y empecinada, que seguirán dando vueltas en nuestras almas, hasta el domingo.

María ha encendido en nuestros corazones, la luz de la esperanza. Una luz que será camino para muchos, para todos. El Gran Secreto, ha visto la luz y se ha transformado precisamente en eso, en LUZ.

María, Madre nuestra, gracias por permitirnos compartir este maravilloso momento contigo, gracias por llenarnos de esperanza, de fuerza y sobre todo, de paz.

Ya no iremos al sepulcro de tu Hijo. No hace falta. Pero te acompañaremos en la mañana del domingo para estar presente cuando Maria Magdalena nos anuncie que el SEÑOR HA RESUCITADO. Queremos abrazar AL QUE VIVE.

Texto adaptado de María Susana Ratero. Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles de Cesario Gabaraín

Para ti, Madre querida, dedicarte una plegaria…..

Hoy quiero cantarte Señora de los Angeles, Reina soberana, Madre celestial.

Yo soy una Alondra que ha puesto en tí su nido, viendo tu hermosura te reza su cantar.

Luz de la mañana, María templo y cuna, mar de toda gracia, fuego, nieve y flor.

Puerta siempre abierta, Rosa sin espinas, yo te doy mi vida, soy tu Trovador.

Pasión y muerte de Jesús Nazareno.

Vía Crucis y traslado del Santo Cristo de las Ánimas.

A las 12,00 horas en la Iglesia de Santa María de Palacio.

Al término del mismo, se procede a al traslado del “paso ” hasta la Catedral de la Redonda por el recorrido Marqué de San Nicolás Avda. de Viana, Rodríguez Paterna, Portales, para introducir el “paso” del Cristo en la Capilla de los Ángeles de la Catedral.

Procesión del Santo Entierro.

Organizada por el Cabildo Catedralicio y la Hermandad de Cofradías de la Pasión de la Ciudad de Logroño, partirá el cortejo procesional a las 19.30 horas por el recorrido: Portales, Rodríguez Paterna, Avda. Viana, Marqués de San Nicolás, Merced y Portales hasta la Catedral.

 

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¿Cuánto sufrió Jesús en su Pasión y muerte? La pregunta, sobre todo para los creyentes, es muy dura. Los evangelios, San Marcos en particular, establecen una cronología para la tortura tras la cena pascual, la última que celebró con sus apóstoles: a la hora tercia (comenzaba a las nueve de la mañana) fue condenado, a la sexta (las doce) fue crucificado y a la nona (las tres de la tarde) expiró. La explicación procede de Vicente Balaguer, director y profesor del departamento de Sagrada Escritura de la Universidad de Navarra, quien realiza para el diario ABC el esfuerzo de sumergirse en el relato de los cuatro evangelistas que de una u otra manera contaron cómo fueron aquellos días trágicos para el mundo, que se han dado en llamar Semana Santa en el nuestro. «Todo sucedió en unas 12-14 horas, desde la agonía en el Huerto de los Olivos, las doce, una o dos de la madrugada del Jueves (el canto del gallo es hacia las tres de la madrugada) y que es el comienzo físico de la Pasión, hasta las tres de la tarde del día siguiente, viernes, establece otro estudioso de estos relatos desde su óptica profesional, el catedrático de Fisiología, Santiago Santidrián Alegre, también de la Universidad de Navarra. Era el mes de Nisán, que coincide con los meses de marzo o abril de nuestro calendario.

De la mano de fisiólogos, médicos e historiadores que han abordado intrínsecamente esas horas de sumo martirio y desprendimiento del ser humano repasamos esas vejaciones, golpes y el largo proceso agónico que tuvo que padecer el redentor. Élo mismo se había encargado de anunciarlo y estaba seguro de su muerte para la posterior resurrección y salvación del mundo. «Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu», recogen los evangelios, pero hasta ese momento tuvo que sufrir la flagelación, la humillación de ser escupido por los soldados romanos, el trato como un esclavo cargando la cruz, el dolor de la corona de espinas y la agonía máxima de la crucifixión. Películas y libros como La Pasión de Cristo, han tratado de recrear la dureza sin parangón de estas horas para un ser humano, mas no parece haber un sufrimiento tan extremo y soportable por un organismo como el que se va a contar, y para lo que rogamos no continúe leyendo la persona muy sensible o para la que resulten tormentosas estas explicaciones de lo que Jesús padeció por los hombres.

Han pasado más de dos mil años, y en este tiempo es abultada la documentación científica e histórica que trata de acercarse a los aspectos médicos de la muerte de Jesucristo, que existen ya desde el siglo I. «Con base a los conocimientos de la Fisiopatología del paciente traumatizado, se puede llegar a inferir que Jesús sufrió el más cruel de los castigos, el más inhumano y despiadado de los tratos que puede recibir alguien», escribe desde Barranquilla el médico interno y de cuidados intensivos Rubén Darío Camargo. Históricamente este acontecimiento se inicia durante la celebración de la Pascua Judía. Los escritores sagrados ya plasman lo acaecido en el Huerto de los Olivos o Getsemaní. Aquí, fue tal el grado de sufrimiento moral, que presentó como manifestación somática el sudor de sangre, o hematidrosis, «sudor de sangre que le cubrió todo el cuerpo y corrió en gruesas gotas hasta la tierra» (Lucas, 22,43). Jesús, aún sabiendo lo que le esperaba, manifestó una angustia intensa tal que sudó sangre. A partir de este momento se añadió también el ayuno durante el juicio y todo el suplicio hasta su muerte. Comparte el catedrático de Fisiología Santidrián: «San Lucas, médico, escribe en su evangelio que Jesús sudó sangre y que ésta empapó la tierra del suelo del Huerto. Lo cierto es que describe una hematidrosis, situación extremadamente rara que se ha descrito en personas en las horas previas a una ejecución cierta, irrevocable y extremadamente cruel».

También escribe sobre este calvario físico en la revista «Der Spiegel Historia» el patólogo alemán Frederik Zugibe, quien afirma desde el punto de vista científico: «Fue un conjunto de diferentes causas lo que llevó a Jesús a la muerte. Evidentemente Jesús sentía con tranquilidad cómo sucederían las horas venideras, por ello durante un momento con sus discípulos sudó sangre, algo que los médicos conocen como un claro síntoma de estar bajo un grandísimo estrés o angustia de muerte. Ser apaleado y vejado por los fanáticos, como le ocurrió en casa del sacerdote Caifás, al inicio del jueves, habría inquietado fuertemente a la persona más valiente. Pero mucho más dramática fue la tortura que siguió y que se llevó a cabo con el flagran», una fusta con varias correas de cuero y a cuyos extremos los romanos colocaban trozos de huesos de oveja o bolas de plomo. Y Zugibe equipara: «Es como si a uno le dieran un golpe en las costillas con extrema violencia con un bate de beisbol, provocando un intenso dolor durante semanas».

Los expertos consultados hablan de los 39 latigazos (porque 40 es la cantidad máxima que tolera la ley judía) que recibiría con probabilidad el Salvador. El doctor Zugibe plasma que el tórax y los pulmones sufrieron en este punto grandes daños. La flagelación es la romana, llamada «verberatio», y que se aplicaba solamente a esclavos y soldados rebeldes. Se practicaba con el flagrum (flagelo o azote) y era por sí sola tan brutal que a veces por sí sola ya provocaba el deceso.

El barbarismo no había hecho más que comenzar. Los soldados romanos, que iban escupiéndole para hacer más grande su humillación, le pusieron una corona de espinas (que causan múltiples heridas pequeñas punzantes) y le golpearon la cabeza con una caña. Las palabras de los calumniadores debieron suponer para él la segunda coronación, escriben algunos historiadores del hecho. Para el patólogo germano, «esa coronación sádica se podría comparar a aplicar sobre la carne un atizador de hierro candente». Costumbre romana también para los que habían perdido todos sus derechos ciudadanos era obligarle a cargar la cruz, durante un recorrido de algo más de medio kilómetro, hasta lo alto del monte Gólgota (que en hebreo significaría algo así como «lugar de la calavera» y cuya traducción latina es calvario). La cruz pesaba más de 300 libras o 136 kilos; Jesús cargó con entre 75 y 125 libras del patíbulo en su nuca y se balanceaba sobre sus hombros. Antes se le dio una bebida narcótica que Jesús no quiso probar.

Al ser colgado en la cruz, con clavos de doce centímetros de largo en los talones y muñecas que le sujetaban al patíbulo, «Jesús sufrió los dolores más terribles que conoce la humanidad –remacha Zugibe-, ya que con el más mínimo movimiento en la cruz, el dolor se extendía por todo el cuerpo como un golpe de corriente» y fuertes contracciones. Pese a todo, en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios y en los discursos de los apóstoles se percibe la grandeza de Jesús. Así la pone de relieve por ejemplo San Mateo ante la perfidia de sus acusadores, recuerda con sus escritos el profesor Balaguer. Y San Juan como si tuviese plena consciencia y control de su situación. «Los autores sagrados no están interesados tanto en el sufrimiento de Jesús como en su sentido. Por eso, no se encuentran en los textos “valoraciones” del sufrimiento o del dolor. La descripción es muy “sobria”, el material es narrativo, más que descriptivo», avala Vicente Balaguer. Con todo, «el evangelio ofrece suficientes datos para que el lector conozca el sufrimiento de Jesús: habla de la oración, del llevar a Jesús arrestado, de la noche sin dormir, del escarnio, la flagelación, la corona de espinas y así hasta la muerte». Santidrián recoge: «El evangelio no ofrece ningún dato de alteraciones neurológicas ni psíquicas de Jesús; más bien, todo lo contrario: la capacidad de sufrir, perdonar y aceptar la pasión revelan una integridad espiritual, psíquica y neurológica» sin igual. Y eso que «es difícil imaginar más sufrimientro físico y moral», colige.

Desde la óptica médico-fisiológica en exclusiva, los doctores Darío, Zugibe y Santidrián describen que murió deshidratado, que estuvo durante tiempo al borde del shock hipovolémico o colapso, con el cuerpo magullado, cortado y sangrante, con un dolor intenso, ardiente y horrible por el desgarro de los clavos en pies y manos, sintiendo, llegan a decir, como relámpagos atravesando el brazo hacia la médula espinal. En la cruz, la posición de estar clavado hace muy difícil la respiración. Cada movimiento, como un espasmo natural hacia arriba para poder tomar aire, se convertiría en un dolor inescrutable. Los doctores dan su opinión médica acerca de que el efecto principal de la crucifixión era la interferencia con la respiración normal, sobre todo en la espiración muy comprometida, que sería primero diafragmática y muy leve. Se produciría pronto retención de CO2 o hipercapnia. En suma, cada esfuerzo de respiración se volvería fatigoso y eventualmente llevaría a la asfixia, luego al fallecimiento. Tendría además una sed irreparable, fiebre y el dolor derivado por la inflamación alrededor de cada herida abierta por los azotes y los clavos. Con falta de oxígeno, sin respirar bien, el clavado empujaba hacia arriba con los pies para permitir que los pulmones se expandieran, por lo que se escogía entre respirar (hipoxia pulmonar) o dejar caer el cuerpo agotado por el cansancio. Hay muchas teorías distintas sobre la verdadera razón de la muerte física de Jesús. «Incluso la brisa le dolería», ilustran algunos médicos. De todas las muertes, la de la cruz era la más inhumana, suplicio infamante que en el imperio romano se reservaba a los esclavos («servile supplicium», se llamaba).

Y más aún: era costumbre de los romanos que los cuerpos de los crucificados permaneciesen horas en la cruz e incluso una operación bárbara llamada «crurifragium», que era rematar a los ajusticiados, quebrándoles las piernas. Cuando llegaron a Jesús, renunciaron al golpe en las extremidades pero no al de gracia, atravesándole el pecho con una lanza. Salió sangre y agua del costado, por lo que los médicos han determinado aplicando el rigor científico que el pericardio que envuelve el corazón fue traspasado y perforado. El profesor Balaguer recupera a San Pedro: «Israelitas… le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos. Pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, porque no era posible que éste lo retuviera bajo su dominio» (2, 22-24). A partir de su muerte y resurrección, los apóstoles entendieron que en Jesús se habían cumplido aquellos oráculos sobre el Siervo del Señor. San Mateo lo dice expresamente y cita a Isaías 42, 1-4 al recordar cómo actuaba Jesús curando a todos y ocultando su gloria. En el mismo sentido, al narrar la pasión del Señor los evangelistas parece que tienen delante los poemas del Siervo sufriente para mostrar el valor expiatorio de la muerte de Cristo (Mt 26,63; 27, 13-14; e Is 53,7; Mt 27,38 e Is 53,12). En el salmo 22, se relata cómo Jesús entiende su misión y acaba fijando una nota de esperanza: la salvación de todas las naciones. «El grito de Jesús no es pues de desesperación», rescata el director del departamento de Sagrada Escritura de la Universidad de Navarra.

«El siervo doliente calló. Hablaba para enseñar, pero guardó silencio ante el tribunal». Los designios de Dios se cumplen tanto en la Pasión como en la muerte de Jesús, pero también en su resurrección.

SantoSepulcro

Dos mil años después sigue sorprendiendo y enardeciendo al mundo cómo fue condenado por el rechazo mesiánico, por su confesión de que era el hijo de Dios. Isaías escribe: «Resucitará fecundo como la muerte del grano de trigo echado en el surco». Jesús «tomó su cruz» y quiso asumir la condición de cada hombre, a fin de liberarlo del poder de la muerte debido al pecado. Cargó con todos los pecados y culpas con un gesto de amor infinito, su muerte no fue casual, él mismo la había anunciado a sus discípulos para prevenirlos de lo que pudiese originar un suplicio así para ellos y su fe. Por ello no se encontrará en ninguno de los relatos de los evangelistas la presentación de estas horas agónicas como la muerte de un prohombre o como elemento negativo para el porvenir. Burlas, azotes, escupitajos, bofetadas, degradaciones… «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, baja de la cruz», le gritaban los fariseos. «Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Ignoraban que estando en vida, anunció: “A los tres días, resucitaré”». Con su muerte sellaba una vida de amor.

Jesús se encuentra en el camino al Golgota con su Madre

Procesión del Encuentro 2014 en Logroño

Para la noche del Miércoles Santo 17/04/2014, la Hermandad de Cofradías de la Pasión de la Ciudad de Logroño ha preparado una vez más, una de las más antiguas y tradicionales procesiones de la ciudad.

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Se encargan de organizarla, la Cofradía Jesús Nazareno y Cofradía Virgen de la Soledad, con nuevo recorrido y punto de encuentro.

Salida procesional Cofradía Jesús Nazareno: 22.30 desde la Parroquia de Santiago el Real. Recorrido: Travesía Santiago, Marqués de San Nicolás, Plaza del Parlamento, Once de Junio, hasta el cruce con Portales.

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Salida Procesional Cofradía Virgen de la Soledad: 22.15 desde la Con-Catedral Santa María de la Redonda. Recorrido: Calle Portales Capitán Gallarza, Bretón de los Herreros, Once de Junio hasta cruce con Portales.

Encuentro: 23.00 en el cruce de Portales y Once de Junio.

Regreso juntos por calle Portales hasta cruce de Martínez Zaporta.

Regreso de Jesús Nazareno: Plaza Martínez Zaporta, Marqués de San Nicolás, Travesía de Santiago Hasta la Iglesia de Santiago el Real.

Regreso de Virgen de la Soledad: Calle Portales, Plaza del Mercado hasta la Con-Catedral de Santa María de la Redonda.

Jesús se encuentra con María, su madre, en la Vía Dolorosa.

Cuando Pilatos salió del tribunal, una parte de los soldados le siguió, y se formó delante del palacio una pequeña escolta que se quedó con los condenados.

Mucha gente, entre los cuales están los enemigos de Jesús que habían estado presentes en su arresto en el Huerto de Los Olivos, vinieron a caballo para acompañarlo al suplicio. Los alguaciles lo condujeron al medio de la plaza, donde vinieron esclavos a echar la Cruz a sus pies. Los dos brazos estaban provisionalmente atados a la pieza principal con cuerdas. Los soldados colocaron con gran esfuerzo sobre el hombro derecho la pesada Cruz, y pusieron sobre el cuello de los dos ladrones las piezas traveseras de sus respectivas cruces, atándoles las manos a ellas.

La trompeta de la caballería de Pilatos empezó a sonar, dando la señal de marcha. Uno de los fariseos a caballo se acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga y le dijo: ¡arriba!”.

El gobernador en persona se puso a la cabeza de un destacamento para impedir todo movimiento tumultuoso. Delante marchaba un soldado con una trompeta tocando en todas las esquinas y proclamando la sentencia. A pocos pasos seguía una multitud de hombres y de chiquillos, que traían cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos; otros, más robustos, traían los palos, las escaleras y las piezas principales de las cruces de los dos ladrones.

Al final del cortejo, venía Jesús Nuestro Señor. Los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo el peso de la Cruz, temblando, lleno de llagas y heridas, debilitado por la pérdida de la sangre y por no haber comido ni bebido nada desde la víspera, devorado de calentura y de sed y asaeteado por dolores infinitos. Con la mano derecha sostenía la Cruz sobre su hombro derecho; con su mano izquierda, exhausta, hacía de cuando en cuando esfuerzos para levantarse su larga túnica, con la que tropezaban sus pies heridos. Su cara estaba ensangrentada e hinchada; su barba y sus cabellos manchados de sangre; el peso de la Cruz y las cadenas apretaban contra su Cuerpo la túnica de lana, que se pegaba a sus llagas y las abría. A su derredor no había más que irrisión y crueldad; mas su boca rezaba y sus ojos perdonaban.

Detrás de Jesús iban los dos ladrones, con los brazos atados a los travesaños de sus cruces separados del pie. No tenían más vestidos que un largo delantal; la parte superior del cuerpo la llevaban cubierta con una especie de escapulario sin mangas abierto por ambos lados y en la cabeza un gorro de paja. El buen ladrón estaba tranquilo mientras que el otro no cesaba de protestar y quejarse.

La escolta romana impedía que se acercasen la muchedumbre excesivamente, así que los curiosos tenían que dar la vuelta por otras calles transversales y correr delante de ellos para verles pasar. Casi todos ellos llegaron antes que Jesús al Calvario.

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Antes de empezar la subida al Gólgota, Jesús ya no podía andar; como los soldados tiraban de Él y lo empujaban sin misericordia, cayó al suelo y la Cruz cayó a su lado. Los verdugos se detuvieron, llenándolo de imprecaciones y pegándole. A los dos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Jesús levantó la cabeza y aquellos hombres atroces en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron en su sitio la corona de espinas y de nuevo le cargaron la Cruz sobre los hombros, y a causa de la corona hubo de ladear la cabeza, con dolores infinitos, para poder colocar sobre su hombro el peso de la Cruz con que estaba cargado y así continuó de nuevo su camino, cada vez más duro.

La dolorosa Madre de Jesús había salido de la plaza después de pronunciada la sentencia inicua, acompañada de Juan y de algunas mujeres. Pero cuando el sonido de la trompeta, el ruido del pueblo y la escolta de Pilatos anunciaron la marcha hacia el Calvario, no pudo resistir al deseo de ver a su Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde Jesús debía pasar. Encontraron un palacio, seguramente la residencia del Sumo Pontífice Caifás, cuya puerta daba a la calle. Juan obtuvo de un criado compasivo el permiso para ponerse en la puerta con María y los que la acompañaban, entre ellos, José de Arimatea, y Salomé de Jerusalén.

La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos enrojecidos de tanto llorar y cubierta enteramente de una capa gris parda azulada. Se oía ya el ruido que se acercaba, el sonido de la trompeta y la voz del pregonero, publicando la sentencia en las esquinas. El criado abrió la puerta, el ruido era cada vez más fuerte y espantoso. María se arrodilló y oró fervientemente. Luego volviéndose a Juan dijo: “¿Me quedo? ¿Debo irme? ¿Cómo podré soportar este espectáculo?” Juan le respondió: “Si no te quedas a verlo pasar luego lamentarás no haberlo hecho”. Salieron a la puerta con los ojos fijos en la procesión que aún estaba distante, pero que avanzaba poco a poco. La gente no se ponía delante sino detrás y a los lados.

La escolta estaba a ochenta pasos. Cuando los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron con aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó: “¿Quién es esa mujer que se lamenta?” y otro respondió: “Es la Madre del Galileo”. Los miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa Madre, la señalaban con el dedo y uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la Cruz y se los presentó a la Virgen en tono de burla.

Pero María miraba a Jesús que se acercaba y se agarró al pilar de la puerta para no caerse, pálida como un cadáver, con los labios azules.

Encuentro Jesús y MaríaJesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la Cruz, inclinando sobre su hombro la cabeza coronada de espinas. Echó sobre su Madre una mirada de compasión y habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus manos.

María, en medio de la violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos; no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado y se abrazó a Él. Juan y las santas mujeres querían levantar a María. Algunos soldados sin embargo, tuvieron compasión y, aunque se vieron obligados a separar a la Santísima Virgen, ninguno de ellos le puso las manos encima.

Juan y las otras mujeres, ayudaron a María a levantarse y rodeándola la condujeron de nuevo a la puerta del palacio, donde cayó por el dolor sobre sus rodillas. Muchas mujeres con velos y derramando lágrimas. Los escoltas, le empujaron a Jesús con mucha crueldad para que siguiese adelante.

Con inmenso amor María mira otra vez a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran de nuevo , y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo.

Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús. Se ha cumplido la profecía de Simeón: una espada traspasará tu alma. En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina.

Cuánto sufrió cuando tuvo que huir con José y el niño para que no se lo mataran.

Cuánto sufrió aquellos tres días en que Jesús estuvo perdido cuando tenía doce años.

Cuánto sufrió experimentado el dolor que provocan las críticas y calumnias contra el hijo amado.

Pero nada comparado con esto. ¡Qué llaga tan dolorosa comenzó a abrirse en el preciso instante que le avisaron que su hijo había sido preso! Dolor que fue creciendo al ver a su hijo flagelado, condenado a muerte, cargando un pesado madero, y ella sin poder aliviarle, sin poder mitigar su dolor…