Con motivo de la nueva Ley del aborto, en España se ha armado una enorme polvareda, Hoy quiero hablar sólo de la postura de la Iglesia, y en especial, de la del Papa Francisco.

El rechazo del aborto es uno de los puntos más claros de la doctrina católica. En el Antiguo Testamento hay el convencimiento que la vida humana empieza antes del nacimiento, pues Dios nos conoce cuando todavía estamos en el seno materno (Is 49, 1 y 5; Jr 1,5; Sal 139,13; Job 31,15; 2 Mac 7,22-23). En el Nuevo Testamento San Juan Bautista, todavía en el seno materno se alegra de la venida de Jesús (Lc 1,42-44). La Didaché inicia en el siglo II una larga serie, en la que están Clemente de Alejandría, Atenágoras, Tertuliano y muchos otros, de escritos religiosos contra el aborto y que llega hasta nuestros días.

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Así el Concilio Vaticano II lo califica de crimen abominable (Gaudium et Spesno 51). Para Juan Pablo II la despenalización del aborto, que priva a los más débiles de su derecho más fundamental, no es compatible ni con el bien común, ni con el justo orden público. Es una ley injusta y una práctica inmoral. Los políticos son personas que tienen responsabilidades morales y es legítimo recordárselas, tanto más cuanto que “si las leyes no son el único instrumento para defender la vida humana, sin embargo desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres” (Encíclica Evangelium Vitae n° 90). El aborto es un crimen, lo cual es cada vez más claro científicamente.

No nos extrañe por ello que Juan Pablo II nos diga que “la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto” (EV 59), porque “una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto, nunca es lícito someterse a ella, ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto” (EV 73), aunque sí se puede votar a favor de una ley que lo restringe. Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica “Sacramentum Caritatis” de Febrero del 2007 n° 83 dice así: “Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables”.

En su entrevista en el vuelo de vuelta de la JMJ de Río el Papa señaló, como no podía ser menos, que su postura era la de la Iglesia, soy hijo de la Iglesia, decía. Y en su Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” el Papa escribe: “213. Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y pro moviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades.

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Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre”.

“214. Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de nuestro  mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto.

Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones».

No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana. Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza.

¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?”.

Tras estas líneas creo que está clarísima la postura de la Iglesia en general y del Papa Francisco en particular, así como su advertencia que no hay que esperar un cambio de postura de la Iglesia sobre esta cuestión. Y es que la Iglesia está contra el crimen y la matanza de inocentes.

D. Pedro Trevijano Etcheverria

 

Pedro Trevijano

Profesor de la Moral Católica

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