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Santa María, Madre de Dios (Theotokos)

Theotokos quiere decir Madre de Dios en griego.

La maternidad Divina de María fue el primer dogma mariano, promulgado en el Concilio de Éfeso en el año 430 d.C. En aquel tiempo ya se decía que era creído desde los orígenes del cristianismo que María había dado a luz al Dios Vivo, segunda persona de la Trinidad, el Emmanuel, o Dios con nosotros.

Aún con todo esto, la mayoría de los protestantes niegan esta gran verdad, revelada muy claramente en las escrituras, pero ya que no han admitido ningún dogma mariano tampoco este iba a ser la excepción.

María es verdadera Madre, ya que ella fue participe activo de la formación de la naturaleza humana de Cristo, de la misma manera en la que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre.

La Iglesia Católica comienza todos los nuevos años, celebrando la Festividad de María, Madre de Dios, fiesta solemne y propicia para pedir y solicitar la protección de la Santísima Virgen María. Es la fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente. Es la fiesta de la mismísima “Madre de Dios, nuestro Señor”.

San Pablo en su carta a los gálatas dice de Jesucristo: “nacido de mujer, nacido bajo la ley”, para indicarnos que como hombre, Dios necesariamente ha tenido que tener una madre. La bendición litúrgica de la primera lectura parece que fue escrita dirigida a María madre: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te dé la paz”. El rostro del Señor es Jesús de Nazaret, el hijo de María. El evangelio nos permite intuirlo cuando con impresionante sencillez nos dice, refiriéndose a los pastores: “Fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre”.

Ya en las Catacumbas Romanas que están cavadas debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Eucaristía en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este lema: “María, Madre de Dios”.

La mujer y que mujer, es el centro de atención en la liturgia de hoy. Particularmente la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre, es María, la Madre de Dios, nada más y nada menos.

María, no formó a Dios, pero es Madre de Dios. Y si nosotros, hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿Qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener, como mujer y como madre.

María no engendró a Dios desde la eternidad. María comienza a ser Madre de Dios cuando el Hijo Eterno se encarnó en sus entrañas, es decir en la misma “Encarnación del Señor”.

¿A quién llamamos madre? Pues a la mujer que engendra un hijo, y por ello, es madre de la persona por ella engendrada.

Si reconocemos que María engendró y dio a luz a Jesús, entonces reconocemos que María es madre de Jesús. Y si además reconocemos que Jesús es una persona divina, la Segunda Persona de la Trinidad, entonces reconocemos que María, por ser madre de esa Persona, Jesús, es verdaderamente Madre de Dios.

En el credo profesamos que el Hijo es engendrado (eternamente), no creado por Dios. Dios no tenía necesidad de hacerse hombre pero quiso hacerse. Quiso tener madre verdaderamente. Gálatas 4,4: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios, por ende María es madre de Jesús, Dios y hombre verdadero.

Dios no necesitaba tener madre pero la quiso tener para acercarse a nosotros con infinito amor. Dios es el único que pudo escoger a su madre y, para consternación de algunos y gozo de otros, escogió a la Santísima Virgen María quién es y será siempre la Madre de Dios.

Cuando la Virgen María visitó a su prima Isabel en su Visitación, ésta, movida por el Espíritu Santo, la reconoció como Madre de Dios al llamarle “Madre de mi Señor”.

La verdad de que María es Madre de Dios es parte de la fe de todos los cristianos.  Esto fue proclamado dogmáticamente en el Concilio de Efeso en el año 431 y es el primer dogma Mariano. Negar que María es Madre de Dios es negar que el Verbo se hizo hombre, negando la Encarnación de Dios Hijo.

¿Pero ha habido controversia sobre la maternidad divina de María Santísima?

Pues sí. En el siglo V, Nestorio, Patriarca de Constantinopla afirmaba los siguientes errores:

Que hay dos personas distintas en Jesús, una divina y otra humana.

Sus dos naturalezas no estaban unidas.

Por lo tanto, María no es la Madre de Dios pues es solamente la Madre de  Jesús hombre.

Jesús nació de María solo como hombre y más tarde “asumió” la divinidad, y por eso decimos que Jesús es Dios.

Vemos que estos errores de Nestorio, al negar que María es Madre de Dios, niegan también que Jesús fuera verdaderamente una Persona divina que asume una naturaleza humana.

La doctrina referente a María está totalmente ligada a la doctrina referente a Cristo. Confundir una es confundir la otra. Cuando la Iglesia defiende la maternidad divina de María está defendiendo la verdad de que, su hijo, Jesucristo, es una Persona divina.

En esta batalla doctrinal, San Cirilo, Obispo de Alejandría, jugó un papel muy importante en clarificar la posición de nuestra fe en contra de la herejía de Nestorio. En el año 430, el Papa Celestino I en un concilio en Roma, condenó la doctrina de Nestorio y comisionó a S. Cirilo para que iniciara una serie de correspondencias donde se presentara la verdad.

“Me extraña en gran manera, que haya alguien que tenga duda de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿Por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos transmitieron los discípulos del Señor. Así nos lo han enseñado los Santos Padres” dijo San Cirilo de Alejandría.

Pero en el transcurrir de los tiempos y hasta nuestros días, en los diferentes Concilios y diferentes Papas, se ha venido constatando y dejando bien claro el Dogma de Madre de Dios.

Al año siguiente, en el año 431, se reunieron 200 obispos en el Concilio Ecuménico de Efeso, ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años. En dicho Concilio, proclamaron solemnemente que “La Virgen María, sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios”. Por ello, canonizó el título de “Theotokos”

“Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios”

En vez de Theotokos, algunos padres proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Precisamente, en ese Concilio de Efeso, se confirmó, por una parte la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios y, por otra la legitimidad de la atribución a la Virgen, del título de Theotokos, Madre de Dios.

Para celebrar la proclamación de Efeso, los Padres, acompañados por el gentío de la ciudad, que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Así de esta forma, la Theotokos es representada e invocada como la reina y señora por ser Madre del Rey y del Señor.

“Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia en el año 451, en el que Cristo fue declarado “verdadero Dios y verdadero hombre, nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad”

La Maternidad de María fue también afirmada por otros concilios universales, como el segundo de Constantinopla en el año 553.

En el siglo XIV se introduce en el Ave María la segunda parte donde dice: “Santa María Madre de Dios”. En el siglo XVIII se extiende su rezo oficial a toda la Iglesia.

El Papa Pío XI reafirmó el dogma en la Encíclica Lux Veritatis en el año 1931 y el Concilio Vaticano II, recogió en un capítulo de la Constitución Dogmática “Lumen gentium” sobre la Iglesia, punto octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina. El capítulo se titula: “La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”. Este documento presenta la maternidad divina de María en dos aspectos:

1) La maternidad divina en el misterio de Cristo.
2) La maternidad divina en el misterio de la Iglesia.

“Y, ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Sta. Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades…. Y las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los límites de la sana doctrina, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo por razón del cual son todas las cosas, sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos”

En el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI, ya en el año 1968, dice: “Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y salvador nuestro”

También en 1984, San Juan Pablo II dice al mundo entero, a través de toda la oración de consagración “Recurrimos a tu protección, Santa Madre de Dios”

María por ser Madre de Dios transciende en dignidad a todas las criaturas, hombres y ángeles, ya que la dignidad de la criatura está en su cercanía con Dios. Y María es la más cercana a la Trinidad. Madre del Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu.

“El Conocimiento de la verdadera doctrina católica sobre María, será siempre la llave exacta de la comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia”

Saludamos a la Virgen con la Antífona de entrada de la Misa: “Salve, Madre santa, Virgen, Madre del Rey”

Santa María es la madre, llena de gracia y de virtudes, concebida sin pecado, que es Madre de Dios y Madre nuestra, y está en los cielos en cuerpo y alma.

Después de Cristo, Ella ocupa el lugar más alto y el más cercano a nosotros, en razón de su maternidad divina.

Decía San Juan de la Cruz:”Y la Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío”

Benedicto XVI decía en el año 2008: “El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de “Madre de la Iglesia”.

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiς tά íδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: “La Madre de Dios es también madre mía”. Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: “He ahí a tu madre”, ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Pidamos a María, a la doncella de Nazareth, a la llena de gracia, al asumir en su vientre al Niño Jesús, Segunda Persona de la Trinidad, y que por ello se convierte en la Madre de Dios, dando todo de sí para su Hijo y Dios nuestro, nos facilite y sea la guía segura que nos introduzca en la vida del Señor Jesús, pues vemos y creemos que todo en ella apunta a su Hijo. Es por ello  que María es modelo para todo cristiano que busca día a día alcanzar su santificación.

Que MARIA, la mismísima MADRE DE DIOS, nos lleve por este nuevo año que hoy comienza por los caminos de su mismísimo HIJO.

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Sagrada Familia

Solemnidad de la Sagrada Familia de Nazaret

“La familia, la primera comunidad de vida y amor, es el primer ambiente donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios.” (San Juan Pablo II)

El Papa San Juan Pablo II, en su carta a las familias nos dijo que es necesario que los esposos orienten, desde el principio, su corazón y sus pensamientos hacia Dios, para que su paternidad y maternidad, encuentre en Él la fuerza para renovarse continuamente en el amor.

Así como Jesús creció en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, en nuestras familias debe suceder lo mismo. Esto significa que los niños deben aprender a ser amables y respetuosos con todos, ser estudiosos, obedecer a sus padres, confiar en ellos, ayudarlos y quererlos, orar por ellos, y todo esto en familia.

El hogar familiar debe ser una escuela de virtudes. Es el lugar donde crecen los hijos, donde se forman los cimientos de su personalidad para el resto de su vida y donde se aprende a ser un buen cristiano. Es en la familia donde se formará la personalidad, inteligencia y voluntad del niño. Esta es una labor hermosa y delicada. Enseñar a los niños el camino hacia Dios, llevar estas almas al cielo. Esto se hace con amor y cariño.

Las familias de hoy, deben seguir este ejemplo tan hermoso que nos dejó Jesús tratando de imitar las virtudes que vivía la Sagrada Familia: sencillez, bondad, humildad, caridad, laboriosidad, etc.

Hoy, en medio de una fuerte crisis de integridad de la familia, Dios nos brinda nuevamente el modelo de pleno amor familiar. María, José y el niño Jesús, “La Sagrada Familia de Nazaret”.

El mensaje que viene de la Sagrada Familia es ante todo un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad. María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos.

Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia. Es necesario alimentar esa atmósfera de fe. Recordemos que “la salvación del mundo vino a través del corazón de la Sagrada Familia”.

La salvación del mundo, el porvenir de la humanidad de los pueblos y sociedades, pasa siempre por el corazón de toda familia. Es la célula de la sociedad.

Los Cristianos, en ésta festividad, recordamos y celebramos que Dios quiso nacer dentro de una familia para que tuviera alguien que lo cuidara, lo protegiera, lo ayudara y lo aceptara como era. Al nacer Jesús en una familia, el Hijo de Dios ha santificado la familia humana. Por eso nosotros veneramos a la Sagrada Familia como Familia de Santos, puesto que desde la intensa comunión hay una total entrega amorosa por parte de cada miembro de la familia santa elevando cada acto generoso hacia Dios, como el aroma del incienso, para darle gloria.

¿Pero cómo era la Sagrada Familia?

María y José cuidaban a Jesús, se esforzaban y trabajaban para que nada le faltara, tal como lo hacen todos los buenos padres por sus hijos.

  • San José, el padre.

Es el jefe de la familia y actúa siempre como Dios le manda, muchas veces sin comprender el por qué de lo que Dios le pide, pero teniendo fe y confianza en Él. “Al despertarse, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa”. (Mt 1, 24-25) Cuando se entera que María estaba embarazada piensa en abandonarla porque la quería mucho y no deseaba denunciarla públicamente (como era la costumbre de la época), pero el Ángel de Dios se le apareció en sueños y le dijo que lo que había sido engendrado en el vientre de María era obra del Espíritu Santo y que no temiera en recibirla. “Ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús” (Mt 1, 25) Cuando nace el niño, él le pone el nombre de Jesús, como el Ángel le había dicho. Luego, cuando Herodes tenía intenciones de matar al Niño Jesús y ante otro aviso del Ángel del Señor, José toma a su familia y marcha hacia Egipto. Por último, con la muerte de Herodes y ante un nuevo aviso del Ángel de Dios, lleva a su familia a instalarse en Nazaret. San José, Casto Esposo de Santa María, acoge a Jesús en su corazón paternal, educándolo, cuidándolo, amándolo como si fuere hijo suyo.

José es carpintero, el Niño Jesús aprende de su “santo padre adoptivo” muchas cosas, entre estas, el oficio de carpintero, pues Jesús le ayudaba en sus trabajos, y después lo reconocen como el “hijo del carpintero”.

  • Santísima Virgen María, la madre.

La Santísima Virgen María, desde el momento de la Anunciación, es el modelo de entrega a Dios. “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38) En la Anunciación, María responde con un Sí rotundo desde una libertad poseída, poniéndose en las manos de Dios. En Santa María vemos una continua vivencia de la dinámica de la alegría-dolor: criando, educando, siguiendo de cerca a su Hijo Jesús mostrándole en todo momento un auténtico amor maternal. “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2, 52) Ella fue vislumbrando lentamente el misterio trascendente de la vida de Jesús, manteniéndose fielmente unida a Él.

María se dedicaba a cuidar de toda la familia, de que no faltara nada en la casa de Nazaret.

  • Jesús, el hijo.

Tal como era la costumbre en aquella época, los hijos ayudaban a sus madres moliendo el trigo y acarreando agua del pozo y a sus padres en su trabajo. Podemos suponer que en el caso de Jesús no es diferente. Jesús aprendió a trabajar y a ayudar a su familia con generosidad. Él siendo Todopoderoso, obedecía a sus padres humanos, confiaba en ellos, los ayudaba y los quería.

Desde niño, Jesús demuestra que es el Hijo de Dios y que cumple fielmente lo que su Padre le manda. “Vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51) Como niño, Él obedecía a su madre y a su padre adoptivo, y permanecía siempre junto a ellos. María y José fueron sus primeros educadores. “El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la Gracia de Dios estaba con Él” (Lc 2, 40) Jesús aprende el oficio de carpintero de su padre adoptivo José. “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49) Cuando Jesús se queda en el Templo, a los doce años, se puede pensar que desobedece a sus padres y que eso está mal. No es así, Jesús demuestra en este hecho su plena independencia con respecto a todo vínculo humano cuando está de por medio el Plan de su Padre y la Misión que Él le ha encomendado.

¡Qué enseñanza nos da Jesús, quien hubiera podido reinar en el más suntuoso palacio de Jerusalén siendo obedecido por todos! Él, en cambio, rechazó todo esto para esconderse del mundo obedeciendo fielmente a María y a José y dedicándose a los más humildes trabajos diarios, el taller de San José y en la casa de Nazaret.

 

Un niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado.

Niño Jesús

Hoy la Paz bajo del Cielo

Hoy brilla una nueva Luz

Un niño nos ha nacido

Un Hijo se nos ha dado

Canta el Cielo con los hombres

la salvación de nuestro Dios.

Hosanna en el Cielo, hosanna al Señor

  • La Natividad del Señor.

El nacimiento de Jesús es motivo de una excepcional celebración. El ángel dijo a los pastores: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. El mismo ángel, catalogó el evento como “nuevas de gran gozo para todo el pueblo” y a raíz del alumbramiento, una multitud de ángeles alababan a Dios en clara actitud de celebración.

Habrá gente que no celebrará este nacimiento y otros que pongan en duda tanto la fecha como el año, criticando la celebración de la Navidad y en parte llevan razón. La sociedad actual ha llevado ésta celebración a los límites del paganismo. Todo se reduce a fiesta, comilonas, gasto desmesurado, regalos, etc., mientras hay muchas personas alrededor nuestro pasando muchas dificultades tanto económicas como personas que han llevado a desvirtuar estas fechas, días de amor, de paz y de hermandad.

Los Cristianos y el mundo entero debemos celebrar, no la Navidad, sino la Natividad de Cristo. . .¡Y por supuesto, todos los días! Lo importante no es la fecha, sino la conmemoración de un hecho trascendental: el nacimiento de Jesús Cristo, el Salvador, el Ungido, que vino como Cordero de Gloria para perdón de nuestros pecados, y para que todo aquél que crea en Él, no se pierda más y tenga vida eterna (Juan 3:16).

Dios prometió (Génesis 3:15) su “Herencia”, la que confirmó en Isaías 9:6 nombrándolo entre otros hermosísimos títulos, “Príncipe de Paz”, y realizándose miles de años después en el nacimiento de Cristo Jesús relatado en los evangelios, especialmente, en Mateo y Lucas.

Los hijos de Dios, somos sus herederos y coherederos con Cristo. Pero, ¿herederos y coherederos de qué? Bueno, si Cristo es considerado y llamado Príncipe, Su Padre es el Rey, y como tal, tiene un reino. Un reino de paz y justicia con gozo en el Espíritu Santo. Si Cristo es Príncipe de Paz, y la herencia de Dios para nosotros, también nosotros hemos heredado su reino. Y no para el futuro, para ahora mismo. Esto es precisamente, lo que debemos celebrar en la Navidad, la venida de ese Reino a través de la Natividad del Hijo de Dios, Príncipe de Paz, Él trajo la paz al mundo a través de la paz del perdón.

  • ¿Pero es correcta la fecha y el año del nacimiento de Jesús?

Los primeros cristianos no parece que celebrasen su “cumpleaños”. Celebraban su “dies natalis”, el día de su entrada en la patria definitiva, como participación en la salvación obrada por Jesús al vencer a la muerte con su pasión gloriosa. Recuerdan con precisión el día de la glorificación de Jesús, el 14/15 de Nisán, pero no la fecha de su nacimiento, de la que nada nos dicen los datos evangélicos.

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico “filocaliano” del año 354.

“Ian. natus Christus in Betleem Iudeae” que traducido dice: “El 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”. A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

  • Es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento.

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día, porque  a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el “dies natalis Solis invicti”, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.). Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución. Es posible, no obstante, que con el transcurso del tiempo la fiesta cristiana fuera asimilando la fiesta pagana.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.

La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí. Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz. Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

Actualmente, los más serios estudiosos y eruditos de la Biblia coinciden en que Jesús no nació el 25 de Diciembre como la tradición cristiana decimos. ¿Por qué? Es sencillo.

Porque los pastores tenían a sus rebaños fuera, en el campo, lo que implica que esto sucedió antes de Octubre. Y asimismo hay que tener en cuenta de que la razón del peregrinaje de José y su esposa embarazada, María, fue para ser censado. Ningún administrador romano que se respetara, hubiera requerido hacer un censo que implicara el viajar por Judea en la temporada en que ésta era intransitable.

  • ¿Quién decidió entonces que Diciembre 25 fuera la fecha de nacimiento oficial de Jesús?

La primera mención del día 25 de diciembre registrada es la del Calendario de Filócalo  quien asumió que el cumplimiento de Jesús fue el Viernes 25 de Diciembre del año primero de la Era Cristiana.

El 25 de Diciembre fue oficialmente proclamada por los padres de la iglesia en el año 440 DC, como un sincretismo entre la religión del entonces Imperio Romano y la tradición del día festivo de la Saturnalia, la que se observaba cerca del solsticio de invierno, que era una de las muchas tradiciones paganas heredadas del sacerdocio babilónico.

Entonces, ¿Cuándo es exactamente cuando nace Jesús? A pesar de que la Biblia no identifica específicamente la fecha de nacimiento de nuestro Señor, muchos eruditos han desarrollado diversas opiniones, sobre cual pudiera ser la fecha más probable del nacimiento de Jesús.

  • El año del Nacimiento de Jesús.

Por el otro lado, el año en que Jesús nació es ampliamente aceptado como válido en el año 4 A.C., debido a las conclusiones erróneas derivadas de la datación que Josefo diera a un eclipse que se supone tuvo lugar en Marzo 13 A.C. “poco antes de la muerte de Herodes”. Hay varios problemas con esta aseveración además de que este eclipse con toda probabilidad tuvo lugar en Diciembre 29, año 1 A.C.

Esto es un considerable lapso de tiempo transcurrido entre el nacimiento de Jesús y la muerte de Herodes, dado que la familia escapó a Egipto huyendo del edicto de Herodes y no regresó sino después de la muerte de éste.

Pero hay más hechos: Tertuliano, nacido cerca del año 160 DC, declara que Augusto comenzó a gobernar 41 años antes del nacimiento de Jesús y que murió 15 años después de ese evento. Si Augusto murió el 19 de Agosto del año 14 D.C, hay que situar entonces el nacimiento de Jesús en el año 2 A.C. Además, igualmente Tertuliano hace notar que Jesús nació 28 años después de la muerte de Cleopatra, en el año 30 A.C, lo que es coincidente con la fecha del año 2 A.C.

Otro hecho es el de Irineo, que nació aproximadamente un siglo después de Jesús, y también comenta que el Señor nació en el año 41 del reinado de Augusto. Como Augusto inició su reinado en el otoño del año 43 A.C, esto también apoya al año 2 A.C como la fecha del nacimiento de Jesús.

Más hechos. Eusebio (264-340 D.C), el “Padre de la Historia de la Iglesia”, la describe en el año 24 del reinado de Augusto y el 28 a partir del sometimiento de Egipto a la muerte de Marco Antonio y Cleopatra. Para comprender esto, debemos tomar en cuenta que el año 42 del reinado de Augusto comienza a correr desde el otoño del año 2 A.C hasta el otoño del año 1 A.C. El sometimiento de Egipto por el Imperio Romano ocurrió en el otoño del año 30 D.C. Así, si el 28avo año se extiende del otoño del año 3 al otoño del año 2 A.C, la única fecha que se ajustaría a esto sería el otoño del año 2 A.C.

  • Juan el Bautista.

Otra forma de determinar la fecha del nacimiento de Jesús es obtenerla ó calcularla, de la información acerca de Juan el Bautista. Santa Isabel, la madre de Juan, era prima de María y la esposa de un sacerdote llamado Zacarías, quien era de la “clase” de Abías. Los sacerdotes eran divididos en 24 clases y cada clase o turno, oficiaba en el Templo por una semana, de Sabbat  “el Sábado judío” a Sabbat.)

Cuando el Templo fue destruido por Tito el 5 de Agosto del año 70 D.C, la primera clase de sacerdotes acababa de comenzar su servicio. Y dado que el curso de Abías era el octavo, podemos rastrear hacia atrás y determinar que Zacarías terminó su servicio el 13 de Julio del año 3 A.C.

Si el nacimiento de Juan se efectuó 280 días después, debió haber sucedido entre el 19 y el 20 de Abril del año 2 A.C, precisamente para la Pascua de ese año. El nacimiento de Juan y el de Jesús estuvieron separados por 5 meses. Por lo tanto, de nuevo tenemos como resultado el otoño del año 2 D.C. como fecha probable del nacimiento del Divino Maestro. Más datos sobre ello se pueden sonsacar desde Juan el Bautista pues  cuando  inicia su misión, era el año 15 de César Tiberio. La edad mínima para un ministerio de este orden eran los 30 años. Sabiendo que Augusto murió el 19 de Agosto del año 14 D.C, entonces podemos aseverar que ese año ascendió al poder Tiberio.

Si Juan nació el 19 o 20 de Abril del año 2 A.C, su trigésimo cumpleaños debió haber sido el 19 o 20 de Abril del año 29 D.C, es decir, el año 15 de Tiberio. Esto parece confirmar por sí mismo, la fecha del 2 A.C y como Juan era mayor a Jesús por 5 meses, esto confirma también a otoño como la época del nacimiento de éste último.

El que Juan presentara a Jesús repetidamente como el “Cordero de Dios” resulta interesante dado que Juan fue nacido en la Pascua.

  • La fecha exacta.

Santa Isabel se recluyó por cinco meses y entonces el Arcángel Gabriel anuncia a María, tanto la condición de Isabel así como que María daría a luz un hijo que se llamaría Jesús. María fue “de prisa” a visitar a Isabel, quien se encontraba en ese momento en la primera semana de su 6o mes de embarazo, en la 4a semana de Diciembre del año 3 A.C. Si Jesús nació 280 días después, esto sitúa su nacimiento el 29 de septiembre,  año 2 A.C.

Jesús no nació pues por todo lo descrito anteriormente el 25 de diciembre del año 1 antes de Cristo, como la lógica de nuestro calendario nos hace pensar. En realidad, todo parece indicar que lo hizo entre el 6 y el 4 A.C., siendo este último año el más probable y el más aceptado entre los historiadores.

Un análisis de los datos de los que se dispone debe comenzar por la lectura de los textos sagrados de la Biblia. En primer lugar, San Mateo dejó escrito: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él”. (Mateo, 2. 1-3).

Por su parte, San Lucas que al parecer recibió la información directamente de María, escribió: “Por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, mandando empadronar a todo el mundo. Este fue el primer empadronamiento hecho por Cirino, que después fue gobernador de la Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a la ciudad de su estirpe. José, pues, como era de la casa y familia de David, vino desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea” (Lucas, 2. 1-8).

Si se presta atención y se otorga credibilidad a la información legada por los apóstoles, se llega a la conclusión de que Jesús nació durante el reinado de Herodes en Israel, mientras Cirino era gobernador de Siria. Además, en esas fechas se estaba realizando un censo de población por orden de Augusto César.

  • La pista de Herodes.

Los historiadores modernos dan por cierto que Herodes el Grande, rey de Judea, nació en el año 73 A.C. y murió después de un eclipse de Luna que pudo contemplarse desde Jericó, antes de la Pascua Judía. Se sabe que se produjo un eclipse de esas características en el mes de marzo del 4 A.C. Por lo tanto, Jesús nunca pudo nacer más tarde de esa fecha.

También San Mateo escribió que “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.” (Mateo, 2. 16)

Si de nuevo se concede credibilidad a la cita, los datos anteriores quedan parcialmente confirmados, puesto que Jesús no contaría más de dos años cuando Herodes ordenó la matanza, lo que conduce a situar la horquilla temporal entre los años 7 y 5 A.C.

Por otro lado, Augusto César ordenó realizar censos con carácter tributario en tres ocasiones durante sus cuatro décadas de gobierno, en los años 28 A.C., 8 A.C. y 14 D.C., respectivamente. Además, Cirino (Quirinius por su nombre romano) desempeñó cargos de responsabilidad desde los años 6 y 5 A.C., de manera que las pistas dejadas por San Lucas también limitan el tiempo entre el 8 A.C. y el 5 A.C.

  • El calendario de Dionisio.

El principal responsable del calendario que hoy utilizamos fue Dionisio el Exiguo, un monje y astrónomo del siglo VI D.C. Dionisio propuso al obispo Petronio sustituir el calendario romano, basado en los años transcurridos desde la fundación de Roma, por otro cristiano que tomara como origen el nacimiento de Jesús.

Para ello, se basó en una tabla en la que apareciesen los emperadores romanos, contando los años que habían gobernado cada uno de ellos. Aunque el método era correcto, el astrónomo se equivocó en dos cosas: primero, marcó el año del nacimiento de Jesucristo como el año 1 sin tener en cuenta el número cero.

Y segundo, no contabilizó los cuatro años que Augusto César había gobernado con su verdadero nombre, Octavio. Por consiguiente, se deduce una diferencia de cinco años. Así, y según nuestro actual calendario Jesús habría nacido el 5 A.C.

  • La fecha del 25 de diciembre.

Como se está diciendo, tampoco el día del año en el que se conmemora el nacimiento del Mesías, 25 de diciembre, parece que sea el correcto. Este día fue declarado oficialmente como el de la Navidad por el Papa Julio I en el siglo IV, concretamente en el año 350. La fecha no fue fruto del azar, sino del deseo de la Iglesia de apropiarse de la fiesta pagana que celebraba entonces el alargamiento del día frente a la noche invernal, la victoria de la luz sobre las tinieblas. Es por lo tanto, una fecha arbitraria.

Pero, entonces, ¿Qué día pudo nacer Jesús en realidad? Resulta difícil de concretar, aunque San Lucas da alguna pista en su evangelio cuando dice que los pastores “dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño“. En Judea, los pastores y el ganado no podían pasar la noche al aire libre entre noviembre y febrero puesto que las bajas temperaturas lo impiden.

  • A principios de otoño.

Algunos historiadores como Mario Saban creen que Jesús pudo nacer a principios de otoño, puesto que el establo al que se refiere la Biblia como lugar de nacimiento de Jesús podría ser una deformación de la cabaña que cada familia judía debía construir y en la que tenía que pasar ocho días durante la festividad de Sukot, en recuerdo –según la Torá– de las cabañas que Dios hizo para su pueblo cuando salió de Egipto.

Los dos evangelistas antes mencionados sitúan los hechos en Belén. Mateo ubica a María y José en la aldea desde el principio, pero Lucas recurre al censo para justificar su mudanza desde Nazaret. La elección de Belén para el nacimiento de Jesús puede responder no a la realidad, sino a la necesidad de cumplir la profecía de Miqueas (5, 1-3): “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel“.

  • Origen de la fecha del 25 de Diciembre: Desde el 221, los cristianos celebraban la Navidad en esta fecha.

Se ha dicho que la fecha del 25 de diciembre fue tomada de la fiesta pagana del sol. Según esta teoría, la Iglesia escogió ese día para suplantar la fiesta pagana en que se celebraba al sol, conocida como “dies natalis Solis invicti”. Es cierto que, según el calendario juliano, utilizado en el imperio romano a partir del 45 A.D., el 25 de diciembre marca el día del solsticio de invierno (cuando comienza a alargarse la luz del día y reducirse la oscuridad).Sin embargo en ese día no se celebraba ninguna fiesta pagana hasta el 274 AD con el emperador Aurelio, es decir, más de cincuenta años después de que los cristianos celebrasen en ese día la Navidad. El culto al sol tenía poca importancia en Roma antes del 274 AD y no se celebraba el 25 de diciembre sino en agosto hasta ese año. De manera que parece ser que fue el emperador pagano Aurelio, conocido por su hostilidad al cristianismo, el que quiso suplantar la fiesta cristiana trasladando a ese día la fiesta pagana del sol.

Es cierto que la celebración de la Navidad en la ciudad de Roma está comprobada solo a partir del 336 AD. Pero aun en el caso en que la Iglesia hubiese querido remplazar la fiesta pagana, lo cierto es que la Navidad es una fiesta radicalmente distinta a las paganas y los cristianos no las confundían. El verdadero Sol que nace de lo alto no es el astro sino Jesucristo. El es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.  San Cipriano decía: “Él es el verdadero Sol” y San Agustín: “Él es el nuevo Sol”.

  • La imprecisión de la fecha en ningún modo disminuye la importancia de celebrar el nacimiento de Jesús.

No cambia la realidad histórica y trascendental de que el Verbo Eterno se hizo hombre y habitó entre nosotros para salvarnos. Lo importante no es la fecha exacta del nacimiento de Jesús sino el hecho de que el Verbo verdaderamente se hizo hombre y habitó entre nosotros, naciendo de María Santísima en el tiempo y en la historia.  Esa realidad es digna de la mayor de las celebraciones porque trae la salvación al mundo entero.  Para celebrar unidos, es razonable que, al no saber a ciencia cierta el día natalicio de Jesús, la Iglesia haya escogido una fecha con la mayor aproximación de que era capaz cuando se hizo el calendario.

¿Qué más da un día ú otro?.

¿Qué más da un mes que otro?.

¿Qué más da un año antes ó un año después?.

¿Qué más da si donde nació, fue pesebre, gruta o cabaña?.

¿Qué más da si había o no, buey y asno?

Muchas preguntas intranscendentes en el enunciado e intranscendentes en cualquier respuesta a dar

Lo importante para los CRISTIANOS, es celebrar la Natividad del Señor y celebrar el Gran jubileo de nuestra redención con todo el corazón porque celebramos a Jesucristo. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es Señor del cosmos y también Señor de la historia, de la que es « el Alfa y la Omega », « el Principio y el Fin ». En El, el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia. Esto es lo que expresa sintéticamente la Carta a los Hebreos: « Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo » (1, 1-2).

FELIZ NAVIDAD – FELICES PASCUAS

acebo

Feliz Natividad del Señor.