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Otro año más, campaña “X tantos”

 

por tantos

Año tras año, no me canso de recordar este mismo comentario que surgió viendo (haciendo zapping) un reportaje en la cadena de TV “CUATRO” sobre las casillas para la asignación tributaria de ayuda a la Iglesia Católica y otras ONG,s, escuchando unas declaraciones de un “impresentable” sobre éste tema, que todavía hoy me lo recuerda y le sigo dando vueltas.

Me imagino que “todo el mundo” sabe cómo funciona ésta cuestión de las casillas en las declaraciones del IRPF, pero lo recordaré. Hay en los impresos de la declaración, dos (antes eran tres) casillas para que cada cual, tache la que crea más conveniente con sus convicciones.

Marcando una de las dos casillas ó las dos, confirman lo que deseamos hacer con el porcentaje del o,7 de nuestros impuestos. Con ellas tachadas, el Estado entiende que asignamos a las entidades indicadas, esa cantidad de nuestra declaración de impuestos a las opciones a señalar.

Ahora bien, desde el comienzo de estas casillas en el IRPF, se han mantenido tres claras posturas que conviene resaltar para entender el sentido de éste hilo y la patente mala idea de las personas que siendo conscientes de ello, “tapan” una de las posturas y ensalzan las otras dos.

La primera opción es la adoptada desde siempre por la Iglesia Católica, tanto desde sus campañas publicitarias como desde las distintas manifestaciones de sus principales responsables (incluso desde los púlpitos de las iglesias en las homilías) han mantenido, animado y explicado siempre, que todos tachemos las dos casillas disponibles. “A LA IGLESIA CATOLICA” y la de “A FINES SOCIALES” y de esta manera se destinan un 0,7% a la Iglesia y otro 0,7% a otros fines sociales. Ni se resta de uno a otro, ni se divide entre las dos opciones, como tampoco incrementa nuestro pago de impuestos, ni nos retienen más. La única realidad es que de nuestros impuestos, marcando las dos opciones, ordenamos al Estado que se ingrese en las cuentas de la iglesia el 0,7% de los mismos y que de igual forma ingrese en las cuentas de las otras ONG,s otro 0,7% para ellas.

La segunda opción es centrarse en su propia campaña publicitaria, de información y hacer todas las manifestaciones necesarias para hacer llegar “SU” mensaje y solicitar para sus formaciones, organizaciones y entidades esas cantidades indicadas. Es decir (pongo el ejemplo) la ONG,s MEDICOS SIN FRONTERAS, solicita que se tache la casilla “A FINES SOCIALES” y de la totalidad recaudada para ese fin, ellos recibirán su parte correspondiente. Pero la diferencia puede venir según el talante de cada entidad, pues hay algunos que dándose cuenta de la realidad, han optado por AÑADIR a sus mensajes de petición, que también pueden marcar las OTRA casilla y con ello no dividen el pago de ese 0,7% sino todo lo contrario, entendiendo con ello, que de esta forma, llegará más y de mejor forma la ayuda para todos. No es así en parte de estas entidades, que “tapan” e inciden en señalar solo la casilla de “A FINES SOCIALES” negándole a la Iglesia Católica la posibilidad de que también a ella, le llegue ese dinero aun sabiendo que a ellos, no les afectará para nada en la cantidad a recibir. Todo lo contrario, pues esa parte del dinero, se quedan en las arcas del estado para otros gastos que sin duda no revertirán en beneficio social.

Y la tercera opción es la adoptada por el “cretino” e impresentable personaje (hay muchos ejemplos), que hacía esas manifestaciones en el programa citado. Solicitan para sus formaciones y entidades dicha asignación, cosa hasta aquí entendible según lo explicado en la segunda opción, pero lo que no es de recibo, que para justificar la necesidad de su interesada opción por esa parte de la asignación, difamen, tergiversen y mientan sobre la gran labor y muchas veces única, labor humanitaria que solamente la Iglesia Católica desarrolla en muchos temas y campos. Desde los comedores sociales, Caritas, Unicef, Manos Unidas, Misiones y un largo etc., terminando por la labor parroquial en estos temas sociales. No hace falta marcharnos muy lejos para encontrar a los “necesitados” ¿Dónde están las ayudas a los más necesitados por parte de PAPA ESTADO? ¿Los partidos políticos, sindicatos y sus ayudas sociales? ¿Alguna que otra ONG,s? Donde no han estado, ni están, ni estarán éstas entidades, allí ha estado, está y estará la IGLESIA CATOLICA.

Este era mi comentario de entonces, pero con el paso de los años, no solo se recrudece la situación de la sociedad sino que por el contrario, la gente se está volcando cada día más en la opción de la Iglesia Católica por entender que gracias a ella, mucha gente, mucha, está recibiendo la poca ayuda que se ofrece y que si hubiera más gente que apoyara y contribuyera, así como otras asociaciones incluso políticas, se verían incrementadas las cantidades tanto de ayudas como de montante económico. No creo que a estas alturas de la película, alguien necesitara de éstas aclaraciones para decidirse por asignar a la IGLESIA CATOLICA estos dineros. Si fuera así, es que estaba ciego y espero haber contribuido con estas líneas en arrojar luz y terminar con esas cegueras.

Solamente queda recordar de nuevo, que estamos ahora en plena campaña del IRPF, que se pueden y deben tacharse las dos casillas, mandando los dineros, nuestros dineros, a la Iglesia Católica y al resto de buenas gentes que alineadas con otras excelentes organizaciones se dedican en hacer el bien en obras sociales y humanitarias, en definitiva en el AMOR AL PRÓJIMO.

Ahora, el gran reto, es que se marquen las dos casillas del IRPF

http://www.portantos.es/que-es-xtantos

http://www.portantos.es/millones-iglesia-estado

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¡Luz de Cristo! Demos gracias a Dios.

Hoy es Pascua de Resurrección. Cantamos a plena voz ¡Aleluya! Sí, celebramos el triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado. Celebramos nuestra salvación.

Cuentan de un famoso sabio alemán que, al tener que ampliar su gabinete de investigaciones, fue a alquilar una casa que colindaba con un convento de carmelitas. Y pensó: «¡Qué maravilla, aquí tendré un permanente silencio!» Y, con el paso de los días, comprobó que, efectivamente, el silencio rodeaba su casa, salvo en las horas de recreo. Entonces, en el patio vecino estallaban surtidores de risa, limpias carcajadas, un brotar inextinguible de alegría. Y era un pozo que se colaba por puertas y ventanas. Un júbilo que perseguía al investigador por mucho que cerrase sus postigos. ¿Por qué se reían aquellas monjas? ¿De qué se reían? Estas preguntas intrigaban al investigador. Tanto, que la curiosidad le empujó a conocer las vidas de aquellas religiosas. ¿De qué se reían si eran pobres? ¿Por qué eran tan felices si nada de lo que alegra a este mundo era suyo? ¿Cómo podía llenarles la oración, el silencio? ¿Tanto valía la sola amistad? ¿Qué había en el fondo de sus ojos que los hacía brillar de tal manera?

Aquel sabio alemán no tenía fe. No podía entender que aquello, que para él eran puras ficciones, puros sueños sin sentido, llenara un alma. Menos aún que pudiera alegrarla hasta tal extremo.

Y comenzó a obsesionarse. Empezó a sentirse rodeado de oleadas de risas, que ahora escuchaba a todas horas. Y en su alma nació una envidia que no se decidía a confesarse a sí mismo. Tenía que haber algo que él no entendía, un misterio que le desbordaba. Aquellas mujeres, pensaba, no conocían el amor, ni el lujo, ni el placer, ni la diversión. ¿Qué tenían si no podían ser otra cosa que una acumulación de soledades?

Un día se decidió a hablar con la priora, y ésta le dio una sola razón:

Es que somos esposas de Cristo.
Pero -arguyó el científico- Cristo murió hace dos mil años.
Entonces creció la sonrisa de la religiosa, y el sabio volvió a ver en sus ojos aquel brillo que tanto le intrigaba.

Se equivoca -dijo la religiosa-; lo que pasó hace dos mil años fue que, venciendo a la muerte, resucitó.
¿Y por eso son felices?
Sí. Nosotras somos testigos de su resurrección.
Me pregunto ahora, después de leer esta preciosa narración, cuántos cristianos se dan cuenta de que ése es su oficio, que ésa es la tarea que les encomendaron el día de su bautismo: ser testigos de la resurrección. Un verdadero cristiano no pierde la alegría ni la esperanza. Sabe que Cristo, su Dios y Señor, su Amigo y Hermano, vive y le ama. ¿No fue esa certeza la que hizo desbordar de alegría a María Magdalena, a Tomás apodado el Mellizo, a los dos de Emaús, a Pedro…?

Este tiempo de Pascua debería ser la gran ocasión para hacer el repaso de la infinita serie de alegrías que apenas disfrutamos. Debería ser el tiempo de descubrir, y de saborear internamente, que:

Somos dichosos porque fuimos llamados a la vida
Somos dichosos porque fuimos llamados a la fe
Somos dichosos porque Dios nos amó el primero
Somos dichosos porque nosotros también le amamos
Somos dichosos porque el dolor es camino de resurrección
Somos dichosos porque Dios perdona nuestros pecados
Somos dichosos porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos
Somos dichosos porque el Reino está ya dentro de nosotros
Somos dichosos porque somos todos hermanos
Somos dichosos porque Él nos ha nombrado testigos de su gozo.
Vivamos, con humildad y sin complejos, el gozo Pascual, regalo del Resucitado. Tratemos de transmitir la alegría y la paz a nuestro derredor. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

† Cardenal Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Imagen del Cristo Resucitado de Logroño

La resurrección de Jesús es medular para la fe cristiana.

Si El no hubiera resucitado de entre los muertos, entonces la fe cristiana no tendría validez, siendo que Jesús mismo declaró que resucitaría de  entre los muertos al tercer día.  Por otro lado, si Jesús resucitó de entre los muertos, entonces todas sus afirmaciones son verdad y ahora podemos estar seguros que sí hay vida después de la muerte.

Jesús mismo, predijo su muerte y resurrección, y estos eventos sucedieron exactamente como él los había anunciado.

“Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo. Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.”

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”

“Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre. Entonces se dijeron algunos de sus discípulos unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice: Todavía un poco y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; y, porque yo voy al Padre? Decían, pues: ¿Qué quiere decir con: Todavía un poco? No entendemos lo que habla. Jesús conoció que querían preguntarle, y les dijo: ¿Preguntáis entre vosotros acerca de esto que dije: Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis? De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.

“Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.”

“Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.”

“Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará.”

Este evento está bien documentado por numerosos recursos históricos y confiables.

Historiadores como Josefo (c.37-110 DC), Ignacio (c.50-115 DC), Justino Mártir (c.100-165 DC) y Tertuliano (c.160-220 DC) estuvieron convencidos de la autenticidad de la resurrección.  Sus escritos validan los relatos de los escritores bíblicos, quienes conforme a los teólogos bíblicos, registraron el evento tan temprano como el año 37 DC y no más tarde del año 64 DC.

Además, otros historiadores del primer y segundo siglo incluyendo a Cornelio Tácito, Suetonio, Plinio Segundo, y Luciano de Samosata reconocieron el impacto que este evento increíble tuvo sobre la gente de esa época.

La resurrección es la única explicación aceptable del sepulcro vacío.

Los soldados romanos celosamente vigilaban la tumba donde el cuerpo de Jesús se encontraba. Además, la entrada al sepulcro estaba sellada con una enorme roca.  La guardia romana, que normalmente se componía de 16 miembros, hubiesen hecho imposible para los discípulos–quienes, a propósito, estaban acobardados por el miedo a perder sus propias vidas–robar el cuerpo. Si, como algunos aseguran, Jesús no estaba muerto, sino solamente debilitado, los soldados y la roca hubiesen evitado su escape.  Después de haber sido golpeado y flagelado, colgado en una cruz por seis horas, traspasado con una lanza por su verdugos para asegurar su muerte, y envuelto, como la  costumbre, en 100 libras de lino y especias, Jesús no hubiese estado en condición alguna para rodar una roca de dos toneladas cuesta arriba, ni ser más ágil que 16 soldados romanos y después aparecerse radiantemente a sus discípulos.

Los líderes judíos de la época fácilmente pudieron haber refutado  todas las aseveraciones sobre la resurrección simplemente al reponer el cuerpo, pero no pudieron porque no había cuerpo.

Hubo numerosos testigos de la resurrección.

Después de que él  resucitó de entre los muertos, Jesús apareció por lo menos diez veces a los que le conocían y a más de 500 personas a la misma vez.  Estas apariciones no fueron alucinaciones; Jesús comió y habló con sus seguidores y ellos le tocaron su cuerpo resucitado.

“Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”

“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”

“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; Y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; Y que se apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”

La resurrección es la única  explicación razonable para el comienzo del movimiento Cristiano.

La Iglesia Cristiana nació en la misma ciudad donde Jesús fue públicamente ejecutado y sepultado.  La creencia en un Jesús resucitado tuvo que haber sido auténtica para haberse enraizado en Jerusalén y crecido hasta abarcar el mundo entero.  La Iglesia Cristiana es ahora la institución más grande que existe y ha existido en la historia de la humanidad.   Claramente, esto hubiese sido imposible si la resurrección fuese solamente un cuento.

La resurrección es la única explicación lógica para la transformación de los discípulos. 

Ellos abandonaron y negaron a Jesús antes de su juicio público; después de su muerte ellos estaban desalentados y temerosos.  Aún, después de su resurrección y su experiencia en Pentecostés, estos mismos desalentados hombres y mujeres fueron transformados por el sobrenatural poder de Cristo resucitado.  En su nombre, ellos pusieron de cabeza al mundo .  Muchos perdieron la vida por su fe, otros fueron terriblemente perseguidos.  Su valiente comportamiento no tiene sentido aparte de su convicción de que Jesucristo fue verdaderamente resucitado de entre los muertos- un hecho digno por el cual morir.

A través de los siglos, los grandes teólogos que han considerado las pruebas de la resurrección han creído, y todavía creen, que Jesús está vivo.

Después de haber sopesado la evidencia de la resurrección dada por los escritores de los Evangelios, Simón Greenleaf, una eminencia sobre asuntos legales de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard, concluyó:

“Sería imposible que ellos hubieran persistido en afirmar las verdades que han narrado, de no ser por el hecho de que Jesús sí resucitó de entre los muertos.”

El señor Greenleaf, fue un profesor judío que se convirtió en un seguidor de Jesús, el Mesías, después de estudiar los hechos por sí mismo.

Después de haber sopesado esta evidencia, ¿cual es su conclusión?. Digo la de usted, la de la persona que me está leyendo en estos momentos. ¿Usted cree que Jesús está vivo?  Todo aquel que cree que El en verdad ha resucitado, puede recibir el regalo de la vida eterna y experimentar una relación personal con él.  Descubra cómo usted puede comenzar esta relación duradera.

Podemos analizar los hechos y pruebas.

Jesús Resucitado

 

Pruebas de la Resurrección.  

La máxima obra de Dios, la Resurrección de su Hijo, no tuvo testigos. Sin embargo sí se puede comprobar; hay “evidencias”: El sepulcro vacío.- Los cuatro evangelistas lo mencionan. Lo reconocen incluso los soldados, los sacerdotes y las autoridades romanas. Aunque no es una prueba directa, es un signo especial, es el primer paso para el reconocimiento de la Resurrección. Juan dice: “Vió y creyó (20,8).

Las apariciones del Resucitado.- En ellas se basa el argumento definitivo para afirmar la Resurrección. NO FUERON VISIONES subjetivas, sino HECHOS OBJETIVOS, HISTÓRICOS. Se describen (en los últimos capítulos de los evangelios), como presencia real y hasta carnal de Jesús; come, camina, deja que lo toquen, conversa con ellos. Son una base sólida de la fe en la Resurrección. El testimonio de los que creemos.- Aunque no hubo testigos de la resurrección, sí los hay del Resucitado. Quienes lo vieron comenzaron a decir que el “Crucificado estaba vivo” y así es como surge la Iglesia. Nuestra fe procede de los primeros que creyeron y continuamos hoy transmitiendo esa misma fe en Jesús de Nazaret que murió por nosotros, y que RESUCITÓ como primicia de lo que será nuestra propia resurrección. ¡desde hace dos mil años, hombres y mujeres han dado testimonio de la fe en la Resurrección y así seguirá ocurriendo hasta el fin de los tiempos! .

¿Qué se entiende por Resurrección de Jesús?. La Resurrección de Jesús es un HECHO REAL, HISTÓRICO -como todo lo que dicen los Evangelios sobre Jesús de Nazaret- y META HISTÓRICO, – va más allá, pues anticipa nuestra propia resurrección-. Cuando pienses en esta VERDAD DE FE, toma en cuenta estas cuatro afirmaciones:

  1. La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior, para volver a morir de nuevo. Jesús entra en la vida definitiva de Dios; es “exaltado” por Dios (Hch 2,23); es una vida diferente a la nuestra. (Rm 6, 9-10)
  2. Jesús resucitado no es una “alma inmortal”, ni un fantasma. Es un hombre completo, con cuerpo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte, del dolor, de las limitaciones materiales, con todo lo que constituye su personalidad.
  3. Dios interviene, no para volver a unir el cuerpo y el alma de Jesús, sino que ocurre un nuevo prodigio, una intervención creadora de Dios. El Padre actúa con su fuerza creadora y poderosa, levantando al muerto Jesús a la vida definitiva y plena.
  4. No se trata de que Jesús resucitó “en la fe” de sus discípulos, o “en su recuerdo”. Es algo que aconteció verdaderamente en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación. Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.

 

Significado de la Resurrección

Con la Resurrección de Jesús, Dios afirma cosas muy importantes:

  • Dios estaba de parte de Jesús, le da la razón en todo lo que hizo y dijo y se la quita a quienes estaban en su contra.
  • Rehabilita su causa y su persona: Jesús es su Hijo, el Cristo, el Mesías esperado.
  • Dice a la Iglesia naciente que su misión está fundada no solamente en el hecho histórico, sino en la experiencia pascual, en el encuentro de cada cristiano con Jesús Resucitado.
  • Es la anticipación de la meta de la historia; hace surgir una fuerza dinámica e invita a un programa de vida para cada hombre.
  • Hay un nuevo horizonte para la vida y nuevo sentido para la muerte. La vida es un camino que se puede andar con esperanza, pues la muerte no es el fin del hombre, sino el medio para volver a su destino final: Dios Padre.

 

El encuentro del hombre con el Resucitado

En los evangelios se describen varios “encuentros” de Jesús Resucitado con varios de sus discípulos; hay cosas en común en estas experiencias:

  1. Jesús se “deja ver”, para que salgan de su incredulidad y de su desconcierto.
  2. El encuentro afecta a la totalidad de sus personas: transforma el miedo en celo por el evangelio; la ignorancia por sabiduría; la debilidad por fortaleza; la tristeza por alegría. (Gal 1,23)
  3. Les descubre los enigmas de la fe: “se les abren los ojos” “ven y creen”.
  4. Los encuentros siempre conducen a una llamada a la evangelización “vayan y digan” (Mt 28, 18-20; Mc 16,15; Lc 24,28; Jn 20,21).
  5. Comprenden que deben vivir su vida cotidiana con otro sentido y otra profundidad, el encuentro con el Resucitado es una experiencia prolongada en la vida. (2Cor 4,10).

 

Se buscan testigos del Resucitado

Jesús dijo a Tomas: “Tu crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29)

Estas palabras de Jesús: “Felices los que creen sin haber visto“, se refieren a nosotros, a los cristianos de hoy que seguimos encontrando a Cristo Resucitado, aunque “no lo veamos” con los ojos del cuerpo, los efectos que se producen son exactamente los mismos: somos “felices”, porque tenemos la certeza de que creemos en algo real; porque tenemos una esperanza diferente a quienes no creen; porque vamos por la vida luchando por hacer realidad el sueño de Jesús: vivir el Reino de Dios entre los hombres.

Piensa, a quién le debes tu fe: ¿a tus padres?, ¿a un sacerdote?, ¿a un catequista?, ¿a algún amigo?. La fe es un don de Dios que recibimos en el bautismo, pero también es consecuencia del testimonio de alguien que ya se encontró con Jesús Resucitado. Quizá tú has sido la causa de la fe de alguna persona. ¡felicidades!, esa es la tarea de todos los cristianos.

Pero…. si tu eres alguien que siente que su fe no es firme, es probablemente porque no has hallado a alguien que te de testimonio de su encuentro con Jesús Resucitado, ¿o no lo has querido ver? ¡no te desanimes!. Vale la pena que busques entre las personas que conoces; busca a alguien que ya lo haya encontrado, desde luego tienes que entrar en el “ambiente” donde están estas personas: es gente común, pero se distingue en que vive los valores cristianos: la verdad, la justicia, el amor y la paz; seguramente están entre tus compañeros de trabajo o de escuela; quizá entre tus vecinos; ven a Misa los domingos, o acércate a algún grupo parroquial; puedes encontrar aquí a esos testigos de la Resurrección que viven inmersos en el mundo transmitiendo el amor de Jesús de Nazaret.

Cada vez que veas a alguien que vive esos valores del Reino de Dios, es porque es un Testigo del Resucitado; obsérvalo, pregúntale por qué cree y por qué vive de tal manera. Con toda seguridad su testimonio de contagiará y tú también serás un testigo más, ayudando a Jesús a transformar al mundo.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Esperando con María, la Resurrección de Jesús.

Miro tu imagen Dolorosa, María Santísima, tus ojeras profundas, tus ojos que guardan el recuerdo de la última mirada del Amado.

Todos te intentan dar ánimo, Madre querida… sí, sabemos que tienes el corazón traspasado de dolor por esa espada anunciada.

Todos pensábamos que no nos veía, que no nos escuchaba, que estaba rota por la tristeza. Pero María se vuelve hacia todos y dice: No os preocupéis. Aquí estoy, con todos vosotros, como cada día. Vinimos juntos “caminando”, y nuestro Padre Celestial así lo dispuso.

Intuimos que nuestra Madre está como siempre, mirando nuestros corazones que no pueden tener secretos ante Ella.

Muchos de nosotros, la gran mayoría, solo atinamos a decir tu nombre, Señora. No nos salen las palabras ante tanto dolor, llorando recordando la Pasión y muerte de Jesús Nuestro Señor, Hijo tuyo.…

Y tú, como Madre, la que más dolor tienes y la que más afectada tienes que estar por la pérdida de tu Hijo, eres la que incomprensiblemente más entereza tienes y más consuelo das a los demás. Incluso en estos momentos amargos, mientras nos abrazas suavemente, reclinas nuestras cabezas en tu hombro, y nos dices que vayamos, que te acompañemos, que debemos ir allí ahora, pues José de Arimatéa le está por bajar de la Cruz.

No podremos aguantar con entereza ese momento, Señora. No nos pidas eso… No lo soportaremos viendo a Jesús muerto, después de tan horrible pasión.

Es su propia Madre, nuestra Madre, la que con su entereza nos dice a cada uno de nosotros: No temas, te sostendré fuerte, para que no caigas en ese desánimo.

José de Arimatéa bajó el cuerpo del Señor, mientras tú, amada Madre, sostenías el Santo Sudario que envolvería el preciosísimo cuerpo. José y los demás colocaron a Jesús en tus brazos… le quitaron la corona de espinas… besaste su frente, María, como tantas y tantas veces lo hiciste en estos bellos treinta y tres años, besaste la frente del niño, la frente del joven, la frente del hijo del Hombre que aceptaste aquel lejano día de la Anunciación… Le abrazaste fuerte… muy fuerte.

Y sin entenderlo ninguno de nosotros, le decías claramente: “ OH amor mío e Hijo mío, ve a donde debes ir, haz lo que debes hacer, que aquí quedará tu madre esperando por ti… Vamos hijo, ve, termina tu misión, Oh Hijo del Altísimo, a quien Dios dio el trono de David, su antepasado, para que reines sobre la casa de Jacob para siempre, en un Reino que no tendrá fin…

A tu nuevo hijo designado por el mismo Jesús y a todos los demás, nos dijiste luego: Haced lo que debe hacerse. Ahora pues, ahora, solo resta esperar…

Juan, quien había tomado de Jesús la responsabilidad de cuidar a esta Santa Mujer, se sintió turbado, creía que ella había enloquecido por el dolor, pues no comprendía las extrañas palabras que había pronunciado. Nosotros al igual que Juan, así mismo lo creímos, pues una Madre que acaba de perder con la muerte a su único Hijo, no se le esperan palabras de ese tipo.

Las demás mujeres, y amigos, que habíamos acompañado al Señor desde Galilea, nos fuimos acercando lentamente, para ver la sepultura de Jesús… En cambio tú, María, comenzaste a alejarte, paso a paso, lentamente, volteando algunas veces el rostro hacia el sepulcro… pero no querías grabar en tu alma esas imágenes como el final de una historia, no… ese no era el final y tú, solo tú, amada Madre del alma, tenías los argumentos suficientes como para tener la certeza más absoluta de que ése…ése no era el final…

Te seguimos en silencio, seguramente irías cantando bajito alguna canción de cuna que Jesús te habría escuchado ya en Belén.

Los demás, cabizbajos y aterrorizados por los sucesos, caminábamos a tu lado preguntándonos muchas cosas que se nos venían una y otra vez a la mente.

María, nos pregunta con la mirada dolorosa e iluminada, al mismo tiempo ¿Sabéis que es lo que está sucediendo en esto momentos?

Desde nuestra ignorancia y también desde nuestra incredulidad, como tratando de justificarnos ante tal pregunta, y antes de que pudiéramos contestar, María se nos adelanta y nos dice: “Pues… librando la batalla final, la más grande batalla jamás concebida en todos los tiempos… y saldrá triunfante, lo sé, triunfará sobre la muerte, porque para eso ha venido al mundo, para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Y añade casi de inmediato sabiendo y conociendo nuestros corazones, algo que le preocupa, es el dolor de sus Apóstoles y de todos sus amigos. Sabe que sufrimos porque en el fondo del alma, no creemos ni entendemos que Jesús pueda resucitar, no creemos que un simple mortal, por sí mismo, pueda levantarse de la tumba y eso es algo que María, su Madre es precisamente lo que debe corregir.

Nosotros no sabemos quién es realmente el Padre de Jesús, pues creemos que es hijo de José, el carpintero Por eso ella nos tiene que hablar y explicar para que todo tenga sentido….

De esta manera, no desesperaremos y creeremos definitivamente Señora mía, Madre del alma.

Tú que siempre estas tan preocupada por todos, nos recuerdas: ¿No escuchasteis lo que dijo Jesús antes de partir?, ahora todos sois mis hijos, y por eso tengo que hablaros hoy mismo.

Y quedaste en silencio el resto del camino.

Llegamos a casa de Juan y te dispusiste a  esperar, en silencio y oración, la llegada del resto de los Apóstoles que fueron entrando, uno a uno, con la mirada sombría, el temor dibujado en el rostro, pues todos tenían la convicción de que estaban ante un final no deseado, que sus sueños estaban deshechos, que su Amado Maestro había partido para siempre

Y ante la mirada sorprendida de todos, dijiste: Hijos míos, debo hablar con vosotros.

Todos nosotros, Apóstoles y amigos, al verte tan calmada y serena, mirándonos entre sí con mirada compasiva, pensando de nuevo que el dolor te enloquecía más, como te amamos y respetamos, te escuchamos con mucha atención.

A Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, Simón, Judas hijo de Santiago, comenzaste mirándolos a cada uno de ellos a los ojos, a aquellos Hijos queridos del alma, que han seguido a Jesús hasta el último minuto y les dices: “Él, estoy segura, se llevó en sus ojos el rostro de cada uno de vosotros. Él, os ama de una manera increíble, de una manera imposible para un ser humano común. Como Jesús os ama, queridos hijos, ningún mortal puede amar, pero Jesús puede amaros de esa manera porque Jesús no es un hombre común. Yo quiero y necesito que sepáis esto.

Lo sabemos, Madre, le replicó Juan. Jesús era el Hijo de Dios, pero, él ya no está, se ha ido, yo quiero creer, necesito creer en su regreso, pero el dolor me nubla el alma, Madre querida. Conocemos todos tu sufrimiento y lo respetamos plenamente, hablas de Él como si no hubiese muerto, pues tu dolor de madre es atroz.

María le dice: Juan, hijo mío, veo que no has comprendido plenamente. Yo quiero deciros que Jesús no es hijo de José.

En la habitación se hizo un silencio tan profundo que cada uno podía oír el latido de su propio corazón, miraron a María de una manera extraña, primero como horrorizados pensando quizás en un adulterio, luego, su mirada se fue tornando compasiva, la pobre mujer habría perdido el juicio seguramente.

Ella tuvo que recurrir de nuevo: No me miréis así, no estoy loca, no. Por el contrario, jamás hablé tan en serio. Bueno si, ya lo hice otra vez. Fue hace más de treinta y tres años, en mi pequeña aldea de Nazaret… yo estaba comprometida con José, que era un hombre justo y fue de hecho, el mejor padre terrenal que pudo haber tenido mi hijo Jesús. Por esos días en mi corazón, latía el sueño de toda mujer judía: poder ser la madre del Mesías, pues había escuchado muchas veces el relato de Isaías, “La Virgen está embarazada”, aunque no entendía bien eso de “La Virgen”, pero al igual esperaba, todas esperábamos y una tarde, estando yo en oración sola en mi casa, apareció ante mí un ángel, creedme, jamás habría podido imaginar que fuesen de tal belleza.

Cuando comenzó a hablarme tenía la voz de mil campanas y la pureza de mil cascadas de agua cristalina: “Me dijo que concebiría y daría a luz un hijo, al que pondría por nombre Jesús, el sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo, pues Dios le daría el trono de David, su antepasado, reinaría sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendría fin”. También me habló del embarazo de Isabel, mi prima.

Pedro susurro: Esas palabras, fueron las que murmuraste mientras sostenías el Cuerpo del Maestro…..

María le contestó: Sí, Pedro, por ello, hijos míos, por este secreto que he llevado en mi corazón durante treinta y tres años, es que os pido, os suplico que no desesperéis, que Jesús resucitará en tres días, tal como os lo dijo tantas veces, Hijos de mi alma. ¿Sabéis cuantas veces me pregunté si debía hablar y cuando? Mientras vivía mi amado esposo nos sosteníamos el uno al otro, como guardianes del secreto, pero cuando Él se fue y quedé sola, antes del comienzo del ministerio, yo no comprendía cual sería la misión de ese muchacho trabajador, que estaba día y noche en el taller procurando el sustento para los dos. Muchas veces hablamos de Dios, de su amor. Era increíble como su mirada se iluminaba y a veces se entristecía, sobre todo cuando estaba por cumplir los treinta años. Y es que claro, Él sabía el final.

Sus ojos se llenaban de lágrimas al recordarlo…..

Mientras María hablaba, los hombres uno a uno, fuimos poniéndose de pie y acercándonos a la Madre, ahora mucho más sentida, querida y admirada Madre. Más que nunca. El primero en acercarse a ella fue Pedro, quien de rodillas ante María, besó su vestido en señal de respeto

María le dijo: Levántate Pedro, no es ante mí ante quien tienes que arrodillarte, sino ante Jesús, yo solo estoy aquí para hablaros de Él.

Pedro la abrazó con amor inmenso.

Así uno a uno, los discípulos los amigos y todos los ahora creyentes, hemos secando nuestras lágrimas y abrazando a María. Desde la primitiva Iglesia hemos estado más que nunca, unidos a la Madre como camino hacia el Hijo. Y aunque quedaba en los corazones el dolor de los últimos acontecimientos, también quizás alguna duda rebelde y empecinada, que seguirán dando vueltas en nuestras almas, hasta el domingo.

María ha encendido en nuestros corazones, la luz de la esperanza. Una luz que será camino para muchos, para todos. El Gran Secreto, ha visto la luz y se ha transformado precisamente en eso, en LUZ.

María, Madre nuestra, gracias por permitirnos compartir este maravilloso momento contigo, gracias por llenarnos de esperanza, de fuerza y sobre todo, de paz.

Ya no iremos al sepulcro de tu Hijo. No hace falta. Pero te acompañaremos en la mañana del domingo para estar presente cuando María Magdalena nos anuncie que el SEÑOR HA RESUCITADO. Queremos abrazar AL QUE VIVE.

Texto adaptado de María Susana Ratero. Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles de Cesario Gabaraín

Para ti, Madre querida, dedicarte una plegaria…..

Hoy quiero cantarte Señora de los Angeles, Reina soberana, Madre celestial.

Yo soy una Alondra que ha puesto en tí su nido, viendo tu hermosura te reza su cantar.

Luz de la mañana, María templo y cuna, mar de toda gracia, fuego, nieve y flor.

Puerta siempre abierta, Rosa sin espinas, yo te doy mi vida, soy tu Trovador.

Un aniversario “muy especial”

31 de marzo. Día muy especial para mí. En aquella ocasión, la fecha del calendario marcaba 31 de marzo de 1985, Domingo de Ramos.

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Todos y cada uno de los domingo de ramos, han representado para nosotros, para mí esposa y para mí, nuestro aniversario de boda y por su puesto, también en la fecha 31 de marzo.

Sucedió a las diez de la mañana de aquel día. Todo estaba preparado para la Eucaristía de la Cofradía como venía siendo ya habitual, antes de la salida procesional.

La capilla del Colegio de la Enseñanza (Compañía  de María) llena a rebosar. Más de  150 cofrades de la Entrada de Jesús en Jerusalén  todos revestidos con sus hábitos. Otros más de 300 hermanos de otras cofradías con sus palmas y ramos. El coro al completo de la Escolanía de la Rioja de las R.R.M.M. Escolapias bajo la dirección de Dña. Isabel Calatayud preparados todos para el inicio de la ceremonia. Todo preparado y decorado con los colores de la Cofradía, blanco y azul, incluso el coche utilizado para esta ocasión.

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En el centro del altar además de los sacerdotes oficiantes de la Eucaristía. D. Matías Sáinz de Ocáriz Hermano Mayor de la Hermandad de la Pasión y el Santo Entierro y D. Pedro Trevijano Etcheverría, Hermano Prior de la Cofradía Entrada de Jesús en Jerusalén. Junto a ellos, otras dos personas. Ella, Lourdes Esquíu Bustamante, cofrade de la Entrada de Jesús. El, Ricardo Ochoa Urízar, cofrade y fundador de esta misma cofradía, revestidos igualmente con el hábito. Como padrinos, el hermano de ella y la hermana de él también cofrades. Preparados para actuar como testigos del enlace, D. Antonio López-Castro Soria y D. Eugenio Martínez Abanzabalegui, Hnos. Mayores de la Hermandad y Cofradía respectivamente.

Terminada la ceremonia y ya como esposos, participamos un año más en la procesión de Ramos cada uno de nosotros en nuestros habituales puestos, ella como acompañante de los infantiles y yo como cabo de varas. Al salir de la capilla al patio interior donde estaba preparado Nuestro Señor montado en su pollino para su salida procesional, fuimos recibidos como suele ser tradicional en estos enlaces, por la consabida lluvia de arroz.

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Al finalizar la procesión y con el espíritu totalmente dividido en dos, nos dispusimos para acompañar a la familia en el ágape ofrecido en un restaurante. Pero nada más acabada ésta comida, nos marchamos mi esposa y yo dejando a toda la familia todavía en el restaurante, para reunirnos con la otra gran FAMILIA de nuestra cofradía, a la que les ofrecimos en una sociedad gastronómica del centro de Logroño  una comida de hermandad para la cofradía y amigos de otras cofradías, con los cuales nos reunimos en cuanto pudimos.

Permanecimos en nuestra ciudad de Logroño, participando de todos y cada uno de los desfiles procesionales hasta la tarde del Domingo de Resurrección que partimos de viaje de novios hacia Málaga para ver los diferentes traslados de imágenes.

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Como digo…un día muy especial para nosotros y aunque la fecha es el 31 de marzo, siempre lo celebramos con el corazón todos y cada uno de los DOMINGOS DE RAMOS.

Viacrucis: Camino de la Cruz y de la Luz

viacrucis

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.  Amén.

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Creador, Padre y Redentor mío.
Por ser Tú quién eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas,
me pesa de todo corazón haberte ofendido.

También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

 

VÍA-CRUCIS.

Vía CrucisI Estación. JESÚS ES CONDENADO A MUERTE.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, condenado en vez de mí: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisII Estación. JESÚS ES CARGADO CON LA CRUZ.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Jesús mío, cargado con mis pecados para descargarme de ellos: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisIII Estación. PRIMERA CAÍDA DEL SEÑOR.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, sucumbiendo bajo el peso de mis pecados para expiarlos: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisIV Estación. JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE SANTÍSIMA.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, encontrándote con vuestra angustiada Madre: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisV Estación. EL CIRINEO AYUDA A JESÚS.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, invitándome a participar de vuestra Cruz: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisVI Estación. LA VERÓNICA ENJUAGA EL ROSTRO DEL SEÑOR.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, con el rostro manchado de inmundas salivas para expiar mi orgullo: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisVII Estación. JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, sucumbiendo otra vez para enseñarme a levantar después de las caídas: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisVIII Estación. JESÚS HABLA CON LAS MUJERES.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, consolando a las mujeres de Israel, que, llorando, os seguían: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisIX Estación. JESÚS CAE POR TERCERA VEZ.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, sucumbiendo de nuevo al pensar en mis ingratitudes: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisX Estación. DESNUDAN AL SEÑOR Y SE REPARTEN SU TÚNICA.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, despojado de vuestras vestiduras para expiar mis verguenzas: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisXI Estación. JESÚS ES CALVADO EN LA CRUZ.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, clavado en la Cruz para expiar mis malas acciones: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

Vía CrucisXII Estación. MUERE JESÚS, NUESTRO SEÑOR, EN LA CRUZ.

 

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, muerto en la Cruz para abrirme las puertas del Paraíso: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisXIII Estación. COLOCAN A JESÚS EN LOS BRAZOS DE SU MADRE.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, puesto en los brazos de vuestra afligida Madre: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisXIV Estación. EL SEÑOR ES SEPULTADO.

Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

¡Jesús mío, encerrado entonces en el sepulcro y ahora en el Tabernáculo: Misericordia Señor!

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisTODO HA TERMINADO.

Pero no: después de la muerte, la Resurrección.

Enséñame a ver lo que pasa, lo transitorio y pasajero, a la luz de lo que no pasa. Y que esa luz ilumine todos mis actos. Así sea.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte. Amén.

Señor, pequé. Ten piedad y misericordia de mí y de todos nosotros, pecadores.

 

Vía CrucisORACIÓN FINAL.

Te suplico, Señor, que me concedas, por intercesión de tu Madre la Virgen, que cada vez que medite tu Pasión, quede grabado en mí con marca de actualidad constante, lo que Tú has hecho por mí y tus constantes beneficios.

Haz, Señor, que me acompañe, durante toda mi vida, un agradecimiento inmenso a tu Bondad. Amén.

 

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

 

La inocencia que, siendo bueno,

aparece como culpable,
el delincuente como honesto y,

el justo misericordioso,

odiosamente maltratado.

 

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ…

 

La humillación sin límite y,

la voz del que ya no dice nada,

en nombre de aquellos que son silenciados,

acallados y apartados en un mundo arrogante.

 

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

 

Dios, una vez más, desciende y asciende.

Desciende ante los ojos de mundo,

envuelto en llanto y sangre.

Y asciende, en un madero,

como precio del rescate para todo hombre.

 

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

 

Cesan los griteríos y los interesados en horas fáciles:

¿Dónde están sus amigos?

¿Tal vez sólo te siguieron por tus milagros?

¿Dónde las palmas, músicas y los júbilos?

¿Dónde las palmas y alfombras a tu paso?

¿Dónde la fe de los que fueron favorecidos?
 

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ
 

Soportas nuestros sufrimientos.

Aguantas nuestros dolores.

Cuelgan de ti nuestros pecados.

Depende de ti la mañana radiante de la Pascua.

Cargas, en tu agrietada madera,

nuestra existencia, a veces, cómoda y vacía

 

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

 

Dios se hace solidario con nosotros.

Vive, lo que nosotros viviremos,

Pero por la muerte de Jesús en ti, cruz,

un día nos levantaremos en triunfo definitivo.

Agradecemos tu amor,

oh Dios. Bendecimos la Santa Cruz de Cristo pues,

bien sabemos que en ella nos vino el fruto de la Redención.

 

Amén.

 

D. Javier Leoz Ventura. Párroco de San Lorenzo (Pamplona)
Delegado de Religiosidad Popular Diócesis de Pamplona y Tudela.

 

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