“Dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en el alojamiento.” (Lc. 2,7)

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En un sólo versículo, con muy pocas palabras, el Evangelista Lucas narra el suceso más grande de la historia: el nacimiento de Jesús. Las palabras sobran. El acontecimiento habla por sí solo. Se han cumplido todas las esperanzas del pueblo de Israel. Dios se ha hecho hombre en medio de los hombres para que los hombres puedan llegar a Dios.

La Navidad es una fiesta de resonancia universal. Ya sólo el hecho de que todo el planeta se rija oficialmente por el calendario cristiano, que divide la Historia en antes y después del nacimiento de Jesucristo, indica la trascendencia que tienen estas fechas para la humanidad en general.

Alrededor de ellas ha surgido toda una cultura, que se manifiesta en dos estilos de celebración: el sagrado y el profano. El primero se centra en la fe, en el misterio de la Encarnación del Verbo y en los valores que de ella se derivan; por eso es, sobre todo, una fiesta de la familia (la familia humana debe estar imbuida del espíritu de la Sagrada Familia, que es, a su vez, espejo de la Familia Trinitaria). El otro estilo de celebración de la Navidad se ha apropiado de la festividad cristiana, fagocitándola, vaciándola de su sentido primigenio y transformándola en una mera ocasión para el ocio y la diversión, sin ningún sentido religioso o con éste muy amortiguado y ahogado por la fiebre consumista y comercial que todo lo invade.

Uno de los síntomas de la pérdida de ese espacio social por parte de los católicos es la ausencia de símbolos cristianos en los adornos navideños. Abetos, «hombrecillos de rojo», bolas de colores, estrellitas, acebos, renos e incluso botellas de cava, inundan los escaparates, balcones e interiores de
nuestras viviendas y comercios, constituyen el principal motivo de los adornos y las guirnaldas luminosas que jalonan las calles de toda España.

Adornos navidad

Parece mentira, pero hay muchos de nuestros gobernantes, muchas de nuestras empresas e individuos de nuestro entorno más directo que quieren prohibir «Feliz Navidad» y reemplazarlo por «Felices Fiestas» porque, dicen, no querer  ofender a nadie.  ¿Y nosotros, no nos podemos sentir ofendidos por ello?

Urge reconquistar este espacio perdido y en esta página, te sugerimos cómo hacerlo. Desde estas líneas queremos contribuir con nuestro granito de arena a rescatar el sentido católico de la entrañable festividad que nos recuerda el nacimiento del Hijo de Dios según la carne. Los cristianos podemos  y debemos dar un paso al frente y proclamar en nuestros pueblos y ciudades que la Navidad no es sólo un periodo de vacaciones de invierno invadido por el consumismo, sino que celebramos el nacimiento de nuestro Salvador.

Uno de los mejores signos tanto de nuestra condición como de nuestra disposición a tal efecto, se inicia en nuestra decoración ambiental para preparar la celebración. Es importante que en nuestras casas esté representado el misterio de la Navidad, por ello invitamos a que en tu hogar, pongas el nacimiento o si puedes y dispones de espacios que recrees las escenas fundamentales de la Navidad montando el Belén. En el exterior, puedes colgar de tu balcón o ventana, las llamadas “balconeras ó balconadas” con la imagen de la Sagrada Familia, ó simplemente con el Niño Jesús junto a un Feliz Navidad. Los hay de diferentes imágenes, de diferentes tamaños y materiales y de precios, pero el resultado será el mismo, servirá para anunciar desde nuestras casas, la buena noticia del nacimiento del Salvador.

Niño Jesús

Nuestros principales adornos navideños son el belén y el abeto navideño. El primero es de más antigua e inequívoca tradición cristiana, pues fue San Francisco de Asís quien, en la Nochebuena de 1223, inauguró la costumbre de escenificar el nacimiento del Señor. En una gruta del monte Lacerote, cerca del castillo de Greccio en Umbría, dispuso un pesebre hecho con paja y sobre él colocó una imagen del Niño Jesús, haciendo traer junto a él a un buey y un asno vivos. Desde entonces en los conventos de las órdenes seráficas se hizo común la práctica de representar el portal de Belén por Navidad, lo cual pronto fue imitado por el pueblo fiel. Con el tiempo de fueron añadiendo personajes y otros elementos de modo que los belenes se llegaron a convertir en todo un arte, descollando en éste Nápoles, España y las Indias.

El núcleo esencial del pesebre y que por sí solo bastaría, es lo que se llama el Misterio, es decir: Jesús, María y José, que son los protagonistas de la Navidad. El buey o la vaca y el asno o la mula suelen ser infaltables aunque, como el resto de elementos, no sean imprescindibles. Pero es hermoso considerar que Jesús viene a restaurar todas las cosas y entre ellas la primigenia armonía de la Creación, la que existió en el Paraíso terrenal entre todas las criaturas salidas de la mano bondadosa del Padre. Los ángeles también constituyen parte del nacimiento, pues fueron ellos los que cantaron el “Gloria in excelsis” en la primera Nochebuena y anunciaron la gran noticia a los pastores. Éstos son asimismo representados con sus rebaños yendo a adorar al Niño. Los Reyes Magos tampoco faltan y en los belenes más elaborados figuran con sus animales de viaje y sus séquitos.

En fin, a veces, la escena de la Navidad se inserta en un marco monumental y se representa ya no sólo el portal o cueva donde nació Jesús, sino toda la ciudad de Belén con escenas costumbristas.

Sea como fuere que pongamos cada uno nuestro nacimiento, pesebre, o Belén, no debemos perder nunca de vista el hecho de que, mucho más que un motivo decorativo, se trata de una expresión plástica de la fe en la Encarnación del Verbo, por la cual nos vino la salvación. Las estatuas o figuras del pesebre, sobre todo si representan a la Sagrada Familia, son acreedoras de veneración y respeto por lo que representan y hay que inculcar a nuestros niños que no se trata de juguetes. Deberíamos tener la buena costumbre de hacer bendecir nuestros belenes o, al menos, las figuras principales y, por supuesto, el Niño Jesús. Sería muy loable que en la Nochebuena cada cabeza de familia adorara su imagen y la hiciera adorar por todos los de casa antes de ponerla devotamente en el pesebre, mientras se canta el Adeste fideles u otro cántico navideño.

Rompamos pues con la forma en que hemos convertido la navidad, aunque haya sido a nuestro pesar e incluso con nuestra oposición a ello pero con nuestra condescendencia. La NAVIDAD, ahora es una fiesta que está bajo ataque permanente y tremendo sobre todo en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar del niño JESUS. El centro comercial y resto de comercios, están sustituyendo a los Templos e Iglesias. Y pongo un buen ejemplo;  Que triste ver los domingos y días antes de Navidad,  los estacionamientos de las Iglesias. Están vacíos y en los centros comerciales es una proeza y una hazaña encontrar un lugar donde estacionar nuestro coche.

Dice la Palabra de Dios:»Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mat. 6:21) Ahora, la pregunta es ¿Dónde está nuestro corazón?  ¿En un centro comercial?…. Cuando llegue la tribulación a tu vida, ¿a donde vas a ir a buscar consuelo y paz? ¿Al centro comercial?

consumismo en navidad

Navidad es una fiesta de cumpleaños, donde se le compran regalos y se acude de vacaciones para visitar a todos menos al niño que cumple. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado. Donde aún se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, que triste… Ese niño es JESUS.

El Apóstol Pablo, un hombre que un día fue su enemigo y que se rindió a El, dice que: “frente a ese nombre se doblará toda rodilla en el cielo, en la tierra, y hasta en el infierno”  y a este «nombre sobre todo nombre» lo queremos borrar de nuestras vidas.

Los cristianos no celebramos fechas, celebramos hechos. Nosotros nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador.

Rescatemos la Navidad para Cristo y cantemos con los ángeles de Belén: «Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres que confían en El.»

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Dijo Jesús: «Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso…» (Lc. 21,34)

Este es el verdadero sentido de la Navidad, cuyo centro es Jesús y no un centro comercial o una fiesta pagana.

¿Hemos de limitarnos a llenarnos de signos exteriores, como hermosos adornos, guirnaldas y enormes árboles de navidad? ¿Hemos de limitarnos a servir opulentas cenas y entregar costosos regalos? ¿Hemos de limitarnos en marcharnos a las playas e incluso a países exóticos, gastando ingentes cantidad de dinero? ¿Hemos de limitarnos a arreglarnos y vestirnos lo mejor que podamos? Todo eso es exterior. Todo eso, es fachada y solo fachada.

El mismo Jesús, dice en otra parte: «El Señor le dijo: “Así son ustedes, los fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Estúpidos! « (Lc 11, 39)

Que esta Navidad sea otra ocasión para el nacimiento de Jesús pero en nuestro corazón, lo que supone que nazcamos a la nueva vida como El mismo nos lo enseñó.

“En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba.”Nicodemo le dijo: “¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al vientre de su madre para nacer otra vez?” Jesús le contestó: “En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu.» (Jn 3, 4-6)

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