«Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.»

Una serie de discusiones habían comenzado los adversarios con Jesús, siempre en el ámbito del Templo. En esta tercera polémica con sus ellos, pretendían desprestigiarlo por medio de preguntas difíciles. Es con esa intención que ahora un fariseo, después de haberlo deliberado en grupo, se acerca a Jesús a plantearle la pregunta sobre el mandamiento mayor de la Ley, con ánimo de ponerle a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?

Jesús les dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas’”.

Primero destaca el amor a Dios, es decir, amar a Dios con todas las fuerzas y facultades que tengamos; Con el corazón, donde radica la dimensión volitiva del hombre, su “querer”, sus “decisiones”, etc. Con el alma, siendo ésta la fuerza vital. Y con la mente, por ser la dimensión intelectiva, nuestra capacidad de interpretar y representar nuestro mundo.

Con todo ello se quiere decir que debemos emplear todas nuestras fuerzas, sin excepción, en el amor de Dios. La entrega a Él y por Él debe ser total, por eso a cada enunciado hay que añadirle un “todo/a”. Con todo el corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Jesús después, agrega el segundo mandamiento y dice de él, que es semejante al primero; “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En otras palabras, el amor que tenemos por nosotros mismos es el parámetro del amor que debemos tener por nuestros hermanos. ¿Y cómo entender el amor por nosotros mismos? Pues en la aceptación de nosotros mismos con todo lo que somos, lo que tenemos, lo que constituye nuestra personalidad, nuestras potencialidades y nuestras limitaciones. Cuando nos aceptamos a nosotros mismos le decimos “sí” al amor de Dios que nos ha creado, a ese amor que toma forma en nuestra persona.

El mandato dice que el amor al prójimo debe ser de la misma naturaleza del amor por nosotros mismos. Esto es, aceptamos al prójimo en su singularidad, lo reconocemos en su existencia como un “otro” amado y creado por Dios. En esta igualdad se reconoce también la singularidad del otro. Por eso el amor al prójimo es también un reconocimiento a la voluntad creadora de Dios y la relación con él un motivo de alabanza a Dios.

En el evangelio de este domingo, San Juan nos dice como Jesús, en la Última Cena, nos deja a través de los Apóstoles un nuevo mandamiento.

Cenáculo

“Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:  «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Sí Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Jesús pues, pone de manifiesto y da a sus discípulos este nuevo mandamiento. ¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre nuevo después de despojarnos del antiguo? Porque no es cualquier amor el que renueva al que oye, o mejor al que obedece, sino aquel a cuyo propósito añadió el Señor, para distinguirlo del amor puramente carnal: como yo os he amado.

Éste es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos, herederos del nuevo Testamento, intérpretes de un cántico nuevo. Este amor, renovó ya a los antiguos justos, a los patriarcas y a los profetas, y luego a los bienaventurados apóstoles; ahora renueva a los gentiles, y hace de todo el género humano, extendido por el universo entero, un único pueblo nuevo, el cuerpo de la nueva esposa del Hijo de Dios, de la que se dice en el Cantar de los Cantares: ¿Quién es ésa que sube del desierto vestida de blanco? Sí, vestida de blanco, porque ha sido renovada; ¿y qué es lo que la ha renovado sin el mandamiento nuevo?

Porque en la Iglesia, los miembros se preocupan unos por otros; y si padece uno de ellos, se compadecen todos los demás, y si uno de ellos se ve glorificado, todos los otros se congratulan. La Iglesia, en verdad, escucha y guarda estas palabras: Os doy un mandato nuevo: que os améis mutuamente. No como se aman quienes viven en la corrupción de la carne, ni como se aman los hombres simplemente porque son hombres; sino como se quieren todos los que se tienen por dioses e hijos del Altísimo, y llegan a ser hermanos de su único Hijo, amándose unos a otros con aquel mismo amor con que él los amó, para conducirlos a todos a aquel fin que les satisfaga, donde su anhelo de bienes encuentre su saciedad. Porque no quedará ningún anhelo por saciar cuando Dios lo sea todo en todos.

Este amor nos lo otorga el mismo que dijo: como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Pues para esto nos amó precisamente, para que nos amemos los unos a los otros; y con su amor hizo posible que nos ligáramos estrechamente, y como miembros unidos por tan dulce vínculo, formemos el cuerpo de tan espléndida cabeza.

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