“Aquel a quién yo bese”

Vía Crucis Procesional  de Jesús Cautivo

Organizado por la Hermandad de Cofradías de la Pasión de la Ciudad de Logroño y la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén, saldrá hoy Lunes Santo 15/04/2019 a las 20,30 horas, la tradicional procesión con la imagen de Jesús Cautivo con el siguiente recorrido desde la Residencia de Ancianos Santa Teresa Jornet e Ibars: Capitán Gaona, Avenida de Viana, Marques de San Nicolás (Mayor), Travesía de Palacio, Herrerías, San Bartolomé, Plaza Amós Salvador, Rodríguez Paterna, Avenida de Viana, Capitán Gaona, y regreso a la Residencia de Ancianos Santa Teresa Jornet e Ibars.

 PRENDIMIENTO DE JESÚS.

En aquel tiempo uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: ¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego a Jesús el Nazareno? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando la ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los ázimos, los discípulos de Jesús se acercaron y le preguntaron: Maestro, ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? El, les contestó: Id a casa de Fulano y decidle: «El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían dijo: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: ¿Soy yo acaso, Señor? El respondió: El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no haber nacido.

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: ¿Soy yo acaso, Maestro? Y Jesús le respondió: Así es.

Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo. Y cogiendo un cáliz pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: Bebed todos; porque esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

Jesús les dijo: Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño.» Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea. Pedro replicó: Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré. Jesús le dijo: Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás.  Pedro le replicó: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.

Y señalando un sitio algo más apartado y más solitario del huerto, con solo tres de ellos, los más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, se introdujeron dentro del citado huerto de los olivos. Jesús, apartándose un poco más de los tres, se dispuso a orar. De repente, Jesús comenzó a dar muestras de «tristeza», de «pavor», de «tedio», términos que emplean los evangelistas.

Él mismo, con expresión verdaderamente trágica, reveló a sus tres confidentes la angustia de su alma diciendo: Triste está mi alma hasta la muerte. Un consuelo en medio de aquella angustia pudo ser para él que sus apóstoles velaran mientras él oraba. Por eso añadió: Aguardad aquí y velad conmigo.

Y allí, postrado de rodillas, se derribó en tierra sobre su rostro, y comenzó a pedir que si era posible, pasase de Él aquella hora. Ofreció con gran clamor y lágrimas, preces y súplicas a Aquel que le podía salvar de la muerte: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú. Padre, Padre, todas las cosas te son posibles; si quieres, pasa este cáliz de mí; pero no se haga mi voluntad sino la tuya.

Claramente sale al exterior ese grito del alma de Jesús, dejando ver que en él, hay dos naturalezas distintas: una divina y otra humana; y dos voluntades: la voluntad humana que se estremece ante el horrible panorama de la Pasión, y la voluntad divina que no es otra sino la del Padre.

Ninguna imperfección habría en que la voluntad humana sintiera repugnancia a padecer; era el gemido inevitable de la naturaleza humana, pero sobre ese gemido se alza resuelta la voz del Espíritu que se rinde en todo y por todo a la divina ordenación. Sin duda en absoluto, podía Dios apartar de los labios de Jesús el cáliz amarguísimo de la Pasión; dueño era Él de atar las manos de los verdugos, y aún de quitarles la vida. Pero estaba decretado que la redención del mundo, se había de obrar por la Pasión y la muerte del Mesías, y Jesús, que lo sabe, se somete a este decreto con entera resignación, pronto a beber el cáliz que su Padre le presenta. Ese cáliz, era la Pasión con todos sus dolores y afrentas; la muerte, con todas sus angustias e ignominias.

Agobiado por la tristeza y el terror, al cabo de un largo rato, Jesús busca consuelo en sus discípulos; en los más amigos, en Pedro, en Santiago y en Juan. Pero los encontró dormidos. ¿Simón duermes?, dice dirigiéndose ante todo a Pedro. Y luego a todos, en general, ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Pues velad y orad, para que no entréis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil.

Nuevamente volvió a la oración, diciendo las mismas palabras: Padre mío, si no es posible que pase este cáliz de mí, sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Otra vez vuelve junto a sus tres discípulos, y de nuevo los encuentra dormidos. Sus ojos estaban cargados, no sólo de sueño, sino de tristeza. Esta vez, ni los despertó. Ni antes, ni ahora, los discípulos supieron responderle. Dejándoles pues, se volvió a su oración, repitiendo por tercera vez las mismas palabras.

Esta vez, se le apareció un ángel para reconfortarlo. Y puesto en agonía oraba más prolijamente. Le sobrevino un sudor, como gotas de sangre que caían hasta la tierra.

No había sido inútil ni podía serlo, la oración de nuestro Sumo Sacerdote. Si el cáliz de la Pasión no se alejó de sus labios, al menos su alma se sintió confortada y animosa para beberle. Ya no necesitaba del consuelo de sus discípulos.

 

Volviendo donde ellos estaban, les dijo con divina tranquilidad: Dormid ya y descansad. Al cabo de un rato, les despertó y les dijo: Llegó la hora; he aquí que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos allá; ya está cerca el que me ha de entregar. Todavía estaba él hablando, cuando Judas se presentó en el huerto, y con él una gran multitud, con espadas y palos, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los escribas y los ancianos del pueblo.

Judas conocía bien a Jesús y sus costumbres de ir frecuentemente al huerto de los olivos a orar, incluso le había acompañado a menudo y por ello, sabía que esa noche no sería distinta y que lo encontraría allí, junto al resto de compañeros. sus discípulos.

Nada más salió Judas del Cenáculo, empezó los preparativos para sorprenderle en aquel lugar retirado. Los Pontífices y fariseos le facilitaron una escolta compuesta de criados del Sanedrín y de guardias del Templo, con sus capitanes y con algunos magistrados que dirigieran y autorizaran el prendimiento. Él mismo como adalid, iba delante de toda esa gente. Para que los encargados de echar mano a Jesús, pudieran hacerlo con toda seguridad, les había dado una señal, diciéndoles: Aquel a quien yo besare, ése es. Prendedle, y llevadle con cautela.

El beso era entre los judíos la forma habitual de saludo entre los discípulos y el maestro. Sólo un alma vil como la de Judas, pudo hacer de una señal de amistad una contraseña de traición.

En efecto, nada más llegar al huerto, Judas fue derecho a su Maestro, y le saludó, diciendo: Dios te guarde, Maestro. Y le besó. Jesús, se dejó besar por aquel hombre infame, pero queriendo hacerle ver que sabía sus intenciones  y le dijo: Amigo, ¿a qué has venido? ¡Oh Judas! ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre? Aun dada la contraseña, nadie se movió para prenderlo. Fue el mismo Jesús quien, sabiendo todo lo iba a venir, avanzó hacia ellos, y les dijo: ¿A quién buscáis? A Jesús Nazareno, respondieron.

Jesús les dice: Yo soy. Asustándose se echaron un poco hacia atrás, cayendo algunos a tierra. Jesús de nuevo pregunta:  ¿A quién buscáis? Y nuevamente ellos, aturdidos, le contestaron: A Jesús el Nazareno.

Respondió Jesús: Ya os he dicho que soy yo. Si, pues, me buscáis a mí, dejad ir a éstos. Dijo esto, para que se cumpliera otra de las profecías.

Viendo los que con Él estaban lo que ocurría, le preguntaron: Maestro: ¿herimos a cuchillo? Y sin esperar respuesta, uno de ellos, Simón Pedro, con su brío acostumbrado, desenvainó la espada, e hirieron a un siervo del príncipe de los sacerdotes, le cortó la oreja derecha.

Basta, dijo Jesús. Y dirigiéndose a Pedro: Vuelve tu espada a la vaina; porque todos los que se sirven de la espada, a espada morirán. O ¿piensas que no puedo orar a mi Padre, y me daría ahora más de doce legiones de ángeles? Pero, el cáliz que me dio mi Padre ¿no lo he de beber? Y ¿Cómo se cumplirán las Escrituras, según las cuales conviene que así suceda? Y no queriendo el Señor que sus enemigos tuvieran que echarle en cara el daño causado a un pobre hombre por sus discípulos, tocando la oreja del siervo herido, le sanó.

Entonces dijo Jesús a las turbas y a los príncipes de los sacerdotes, y magistrados del templo, y a los ancianos que habían ido a prenderle: ¡Como a ladrón habéis salido a prenderme, con espadas y con palos! Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el templo y no me apresasteis. Pero, para que se cumplan las Escrituras, esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.

La cohorte, el tribuno y los ministros de los judíos le apresaron y le ataron. Y los discípulos, abandonándole, huyeron. De nuevo se cumplía la profecía del Salvador: herido el pastor, se dispersaba el rebaño.

prendimiento

Un error lleva a otro error, una mala elección a otra, a un pecado sigue otro. Eso es lo que le sucedió a Judas. Quizá pensaba que bastaba con la delación para finalizar sus planes de entregar al Maestro; pero no era así. Cuando manifestó a los reunidos el lugar idóneo para prender a Jesús sin alboroto quedó prendido en una red, y, una vez atrapado, le será imposible la escapatoria. Primero le comprometerán para que conduzca a los soldados y criados que acudirán aquella noche a prender a Jesús y le ordenarán que les señale exactamente quién es, para que no pueda escaparse en el tumulto, y ¿qué mejor saludo que un beso para que el perseguido quede señalado? Los hijos de las tinieblas son astutos y despiertos para sus maldades, más que los hijos de la luz.

Mientras ocurrían estos hechos en el Sanedrín, Jesús concluía la Cena Pascual, la última Cena, donde se da plenamente, hasta que calla, y en silencio comienza la Pasión cruenta.

Judas también está preocupado, pero para acabar su obra perversa. Los que le pagan su sacrílega venta le exigen que acuda al huerto. Juntan los soldados, se une un grupo heterogéneo de soldados y gentes armadas con palos que descienden también por el torrente del Cedrón, por donde poco antes pasó el Señor; suben al huerto guiados por Judas que conoce bien el lugar. Ahora toca el turno de encararse con Jesús y los demás.

Judas dijo: prendedlo con cuidado e iba al frente de ellos, al frente de los soldados del Templo, de algunos soldados romanos y de algunos voluntarios que se arman de palos.

No hay precipitación, sino actividad clarividente, aunque nerviosa, pues es inevitable pensar que en un momento dado Jesús pueda hacer un milagro poderoso y justo. Por otra parte es imposible acallar del todo la conciencia, aunque la actividad intensa lo facilite.

Entonces se produce la escena del beso de Judas. La iniciativa del encuentro partió de Jesús que se dirigió a él sin ocultarse. Jesús camina hacia el beso traidor con decisión, casi con prisa. El Jesús derrumbado de unos momentos antes en el sudor de sangre se rehace, retoma, de pronto, las riendas de su alma, se levanta y va hacia la muerte con una serenidad que ha sacado de su oración y de su entrega total. Parece que tiene prisa. Debía quedar claro que iba hacia la muerte cuando él quería. Libremente. Con plena conciencia. La hora tan esperada había llegado.

Judas se sorprende, pero trata de aparentar una cierta naturalidad y con un temor contenido, saluda: “Salve, Maestro”. Es probable también que dijese el saludo tradicional y cotidiano “Shalom”, paz. “Y le besó”. Parece que le prendieron enseguida, aunque antes se da la defensa violenta de los discípulos prontamente detenida por el Señor.

También se produce un extraño diálogo en el que Jesús pregunta a quién buscan, y al responderles “Yo soy” expresión que recuerda el “Yo soy” del nombre Yhavé Dios, caen todos al suelo. Jesús tiene una respuesta ante Judas que estremece, y le dice: “Amigo, ¡a lo que has venido! Con un beso entregas al Hijo del Hombre?. Todo es mentira en los labios de Judas. Miente cuando saluda deseando “paz” a Jesús y sólo le lleva guerra y muerte. Miente cuando le llama Maestro y no ha aprendido ninguna lección, y menos, aún, la del amor, predicada con mil acentos por el divino pedagogo. Miente cuando besa más bien mancha, a Cristo con la señal para prender al que no quiere defenderse. Y el beso queda como una marca de fuego en la mejilla de Jesús. Realmente Judas es el hijo de la mentira.

Jesús sólo dice verdad en sus palabras llenas de mansedumbre. Le llama amigo, no sólo para que Judas pueda conservar esa palabra y vuelva cuando quiera si se arrepiente, sino porque realmente le quiere como ha querido y quiere a todos los pecadores que han sido y son. Le invita a la reflexión sobre el saludo y el motivo de la visita. Sólo un íntimo podía delatar la intimidad, y la traición del ser querido es más dura que la del extraño. Se queja del beso, pero lo acepta para que Judas nunca pueda pensar que ha sido rechazado y pueda acusar al Redentor de no haberlo sido para él. Pero de nada sirvió la mansedumbre del Señor, y, tras el prendimiento, Judas se quedó solo en el sentido más estricto. Solo frente a Dios. Lejos de los apóstoles a los que él ha abandonado, y solo, no podía ser de otro modo, por el desprecio de aquellos que le habían comprado con halagos y dinero.

Y lo que suele ser señal de amor, se convierte en signo de traición y de engaño. Entonces, acercándose, echaron mano a Jesús y le prendieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó la espada e hirió a Malco, criado del Sumo Sacerdote cortándole la oreja. Entonces le dijo Jesús: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que emplean espada a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? ¿Cómo entonces se cumplirían las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así?. Con sorpresa de todos se dirige Jesús al herido que grita en su dolor, cogió la oreja y se la curó. Así, cura al indigno, y detiene al violento que pretende defenderse, pero Jesús renuncia hasta a la legítima defensa. Y, recordándoles el poder de Dios y sus ángeles, prefiere manifestarse en la debilidad que en la fuerza.

En aquel momento dijo Jesús a las turbas: ¿Cómo si fuera un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me prendisteis. Todo esto sucedió para que se cumplieran las escrituras de los Profetas.

Era de noche, muy entrada la madrugada. No quieren los conspiradores la luz del día, quieren la sorpresa, como si pudiesen sorprender a Jesús, que les espera consciente del peligro y entregándose a él.

Entonces todos los discípulos, abandonándole, huyeron. De poco les han servido sus promesas de dar la vida. Eran capaces de morir matando, pero no de sufrir la injusticia con paciencia y humildad. Todo permanecía oculto ante sus ojos, pues se trataba de un sacrificio, del sacrificio de la nueva Ley, esa que han aprendido en teoría y ahora están aprendiendo en la práctica. Es la lógica del amor sin límites, del amor puro, y ellos no la entienden. Jesús está solo.

Los apóstoles y hasta Judas, se dispersan cuando prenden a Jesús. La comitiva se aleja: el preso será llevado ante el Sanedrín, o al menos parte de él, durante la noche, y por la mañana temprano, lo llevarán ante el gobernador romano.

Judas, ve a sus acompañantes, que golpean a Jesús y lo maltratan; también ve como huyen sus antiguos amigos y compañeros, casi hermanos en otros tiempos. Judas Iscariote está solo. Providencia de Dios es que no se encuentre con sus antiguos amigos, los discípulos de Cristo, pues quizá no hubiesen podido contenerse, y entonces no es impensable que corriese su sangre. Pero un extraño miedo les ha dispersado a todos. No conocían las tinieblas y la fuerza de la tentación diabólica que ahora muestra todo su poder limitado, pero terrible.

Sus nuevos amigos también le abandonan. Lo han usado, les ha servido, y le abandonan. Es lógico, pues ¿Quién va a confiar en un traidor? Conocido es que quien traiciona una vez, ciento puede reincidir. Las alianzas de los perversos duran el tiempo que les atan sus intereses; después se desatan incluso con odios antes inexistentes. Y Judas está solo.

Solo, pero con la voz de la conciencia que parecía acallada por la intensa actividad de las últimas jornadas y las justificaciones que ha ido elaborando en los tiempos de su vocación malvivida. Ahora, en el silencio de la noche nada puede acallar el grito potente de la voz de Dios que grita desde lo hondo: “Has entregado al Inocente”. Con fuerza vendrían a su memoria las delicadezas de Jesús con él, el perdón repetido, los milagros, la sabiduría, su mirada fuerte y amorosa. Además… incluso al final le dijo “Amigo”.

Sí, es cierto, en toda su vida Jesús ha sido el único Amigo, el que más le ha querido de verdad; ¿Con qué moneda le ha pagado? con la traición. Y el horror de su acción se hace evidente a sus ojos.

En estas idas y venidas siente el dinero, las treinta monedas de plata en su cinto. Y se desvela más aún su conciencia: Has entregado y vendido al Inocente. Su culpa se le presenta ahora clara ante los ojos, pero unida a la desesperación.

Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, Arrepentido, devolvió a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos las treinta monedas de plata, diciendo: He pecado entregando sangre inocente. La verdad está en las palabras de Judas. Y recuerda, que le engañaron diciéndole que juzgarían a Jesús con equidad y quizá se desvelaría si realmente era el Mesías o no. Se puede deducir esto ya que el precio de la traición es simbólico. Quizá Judas se engañaba a sí mismo diciéndose que estaba colaborando a aclarar de una vez por todas la mesianidad de Jesús. Pero al ver al Señor condenado la misma madrugada contra toda justicia en una parodia de juicio amañando, se le quita toda venda de los ojos.

Y se arrepintió… pero sin esperanza. La respuesta de los que debían ser los religiosos en Israel debió ser como un puñal en su alma: “¿Qué nos importa a nosotros? Tú verás. Y vio la mirada torva, sonriente, de engaño triunfante, y se sintió duramente humillado. Entonces, él arrojó las monedas al templo y se ahorcó.

Duro es seguir a Judas hasta el campo situado fuera de la ciudad. Era aquel un lugar cercano al valle llamado Gehenna, valle de las basuras, lugar utilizado por Jesús para mostrar gráficamente lo que era el Infierno donde sufren los condenados: el lugar de las basuras que se consumen con un fuego que no se acaba. Con las monedas del precio de su pecado, las que entregaron a Judas y que después rehusó, se adquirió ese campo, y allí se ahorcó terminado así con su vida.

Y el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, siendo de aquel modo como se llamó, campo de sangre, adquirido por los sanedritas y que en su hipocresía, , se dijeron: Con ese dinero, no es lícito echarlas en el tesoro, porque es precio de sangre.

En estos hechos, viene a la memoria lo dicho por Jesús sobre el traidor:”¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! más le valiera no haber nacido”. No se puede deducir de estas palabras la declaración de la condenación eterna, pero desde luego sí la destrucción de una vida de un modo horrible, y quizá la pena eterna.

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