AUTONOMÍA TEMPORAL II – ¿Libres o exclavos del dinero?

Tiene razón HOYCURIOSO al señalar esta aparente contradicción. Pero resulta que, una vez más, la virtud está en el medio.
Es evidente que no pueden tener igual tratamiento las empresas o los particulares con capacidad de generar recursos propios, para hacer con ellos lo que quieran – fijar la sede en el rascacielos más alto de España o comprarse un Rolex-, que aquellas asociaciones de ciudadanos, constituidas sin ánimo de lucro, cuyo objetivo es lograr un bien común, por ejemplo, socorrer a las mujeres embarazadas que se plantean el aborto por la falta de recursos materiales para criar a sus hijos. La Iglesia católica entra en esta segunda categoría.
El objetivo de una empresa es ganar dinero vendiendo algo que el resto del mundo está dispuesto a comprarle. El objetivo de la Iglesia, y de muchas otras asociaciones, no es ganar dinero, sino dar respuesta a múltiples necesidades planteadas en determinados colectivos. Por pretender un bien común, no un interés personal, sólo por eso, ya merecería el apoyo estatal.
El Estado es subsidiario de los derechos y deberes de las personas que habitamos dentro del mismo, pero no debe decidir -pese a los antecedentes en sentido contrario- que un derecho deja de serlo porque el Gobierno de turno lo quiera, ni usurpar el ejercicio particular de cualquier derecho, ni inventarse derechos que atentan contra la ley natural, esa que todos los hombres del mundo entendemos y podemos aceptar como el marco universal de la justicia que regirá nuestras vidas.
Un estado razonable, plural, sin condicionamientos ideológicos ni religiosos, debe ayudar a la Iglesia porque los fines que persigue son buenos, y porque, en el caso de nuestro país, integran esta institución en torno al 85% de los españoles.
Soslayo deliberadamente el asunto de la participación – a mi juicio obligada – en el mantenimiento del patrimonio cultural legado por los cristianos españoles de todos los tiempos, y el asunto de si se nos debe el mismo trato o no, que a otras religiones.
Ahora bien, no es el Estado quien debe asegurar el funcionamiento de la Iglesia, sino los propios cristianos. Así sucede de hecho en aquellas regiones del mundo donde la Iglesia es perseguida, y así ha sucedido tradicionalmente. La Iglesia ha sabido subsistir pese a desamortizaciones y expolios varios.
Si los cristianos no podemos contar con ninguna ayuda económica estatal, haremos como hacen las familias que padecen el paro: funcionar con lo que tenemos. Dejaremos caer los tejados que no podamos reparar, alquilaremos lonjas para celebrar la misa dominical en lugar de comprar parcelas para levantar templos, elegiremos entre pagar el recibo de la luz de la parroquia o volver a las velas, y entre asegurar el alimento, vestido y alojamiento de nuestros sacerdotes, en nuestras casas, o entregarles un sueldo digno obtenido a escote. Los cristianos no somos esclavos del dinero, nunca lo hemos sido y nunca lo seremos, porque si una cualidad nos caracteriza, esa es la capacidad de compartir y ayudar.
Ello no obstante, será difícil mantener el enorme abrazo que ofrecemos a los más necesitados de la sociedad – que no siempre son pobres – si no tenernos más medios que nuestro oído para escuchar con amor.
¡Venga! Seamos consecuentes y generosos.”Suscribámonos” a la Iglesia. Vayamos esta misma semana al banco, y demos orden de transferir mensualmente a la cuenta de nuestra iglesia diocesana , o de nuestra parroquia, o de Manos Unidas, o de… la cantidad que podamos permitirnos (15, 70, 150 €, o los que sean).
Hagamos lo que está a nuestro alcance para logar la autonomía temporal de la Iglesia. Démosle y exijámosle al mismo tiempo.
Iglesia somos todos, y será tanto mejor, más actual, más potente, dinámica, austera, generosa, intelectual, práctica, etc., cuanto más actuales, dinámicos, austeros, generosos, formados, prácticos, etc. seamos cada uno de nosotros.

Puedes obtener el número de cuenta de la Diócesis preguntando en la Curia Diocesana o en tu parroquiaa

 

2 pensamientos sobre “AUTONOMÍA TEMPORAL II – ¿Libres o exclavos del dinero?

  1. Totalmente de acuerdo en el planteamiento. Lo difícil es dar el paso y, por supuesto, «sentirse» integrante de la Iglesia.

  2. ¿Qué es el amor a la Iglesia? ¿Cómo se descubre? ¿Cómo se alimenta? ¿Qué expresiones adopta? Yo no soy teóloga, de modo que la respuesta que les ofrezco a continuación es mi respuesta.
    Por naturaleza me resulta difícil no amar o entusiasmarme con aquellas responsabilidades que afronto en cada momento. No podría vivir la dicha de ser madre de familia si no me fascinaran los niños, su inocencia, su espontaneidad, su capacidad de aprendizaje, sus respuestas o su forma de pedir y dar amor. No apoyaría a Manos Unidas ni integraría la Comisión promotora de la ILP de apoyo a la mujer embarazada en La Rioja, si no entendiera la capacidad regeneradora de los proyectos que promueven ambas a favor de la mujer.
    Cuando algo me paree irrelevante, vulgar o mezquino lo ignoro deliberadamente; a fin de cuentas mi tiempo y mi capacidad son limitados. Ahora bien, los que siempre critican a la Iglesia ¿lo hacen porque la valoran y esperan lo mejor de ella?
    Sé que no existe norma o institución que responda completamente a mis expectativas. La experiencia me ha enseñado que cuanto más tratas con algo o alguien y más profundamente lo conoces (norma legal, institución o persona), más veces te topas con sus miserias. También con aquellas cualidades que la hacen grande.
    Jesús fundó la Iglesia hace más de 2000 años y aquí sigue, con sus crisis y sus etapas de esplendor, integrada por hombres y mujeres de bien- algunos santos-, sin haber perdido de vista su misión primigenia. ¿Podría yo decir que amo a Jesús-Dios y detestar a su “niña bonita”? Lo hermoso del amor es que provoca empatía en los otros hacia el objeto de tu amor.
    ¿Dónde descubrí y aprendí esté amor? No lo sé. Me consta la honestidad de mis padres, su fidelidad a los preceptos cristianos y su predisposición abierta y generosa a todo lo referente a la parroquia, pero creo que yo aprendí el amor a la Iglesia de las monjitas que me educaron en los años de la adolescencia y juventud. Quizás fuera por el hecho de que los consagrados y sacerdotes encarnan como nadie ¿? el rostro de la institución que yo amo – ¡ojo!, que esto tiene su doble lectura -. Quizás fuera por su empeño en utilizar el “nosotros” en lugar del “tú”. Quizás porque todos los días rezaban conmigo el credo, o porque se esforzaron en explicarme la Historia y la Tradición de la Iglesia…
    Fernando Loza Martínez, sacerdote y amigo, me decía que este amor es un don de Dios. Si eso es cierto, ¿reciben todos los cristianos este don? ¿Cómo se alimenta?
    Desde la óptica de una mujer casada puedo contestarme diciendo que el amor no se aviva “dando leña” al otro cada vez que mete la pata, ni juzgándole sin conocer los motivos y sentimientos que se agazapan tras la intencionalidad de sus acciones. El perdón y el diálogo profundo – aquel que tiene lugar tras la escucha atenta del otro- sí son motores del amor.
    Apostatar para mostrar el desacuerdo con las declaraciones de un obispo, firmar la Shahada (profesión de fe musulmana) al casarse con un no cristiano, ordenarse sacerdote apartándose de la Iglesia en el tema del celibato sacerdotal desde el seminario, formular votos religiosos y reservarse la prerrogativa de flagelar al Papa por oponerse a la ordenación de mujeres, casarse según el rito católico despreciando el modelo de matrimonio, familia y hombre o sociedad que propone la Iglesia, son formas drásticas (mortales podría decirse) de agredir este amor. Es cierto que no se puede cambiar nada si no estás dentro primero, pero ¿merece la pena estar dentro si lo que no se comparte o se cuestiona es tan básico? ¿No dicen que no se puede confundir amor con intentar cambiar al otro?
    No podemos ser eternamente adolescentes en esta materia, ni vivir criticando todo lo que hace o dice la Iglesia cual hijo que se queja por todo, sin atender a explicaciones, sin escucharla siquiera. Tampoco podemos pretender vivir en el seno de la familia católica como si ésta actitud quejica no creara tensiones internas y fisuras. Es hora de ser responsables, también, de esta otra familia nuestra: la Iglesia. Responsabilidad implica cuestionar donde toca (no siempre, ni ante cualquiera), pero también es apoyar y promover expresamente lo bueno (cosa que no hacemos), asumir que podemos estar equivocados, permanecer abiertos de corazón…

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