Lunes Santo 2013 – Vía-Crucis Penitencial Nuestro Padre Jesús Cautivo

Vía-Crucis Penitencial Nuestro Padre Jesús Cautivo.

Organizado por la Cofradía Entrada de Jesús en Jerusalén, éste Lunes Santo 25/03/2013, está programado el Vía-Crucis Penitencial de Nuestro Padre Jesús Cautivo.

Salida procesional: 20.30 Desde la Residencia Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, calle Capitán Gaona nº 2

Recorrido: Calle Capitán Gaona, Avenida de Viana, Rodríguez Paterna, Plaza Amós Salvador, San Bartolomé, Caballerías, Juan Lobo, Herrerías, Travesía de Palacios, Marqués de San Nicolás, Avenida de Viana, Capitán Gaona, hasta Residencia Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars.

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EL PRENDIMIENTO DE JESUS NAZARENO

La última ocasión en la que Jesús de Nazaret se reunió con sus discípulos para compartir el pan y el vino antes de su muerte, fue en la llama Última Cena. Este Sagrado Momento, es considerado como uno de los más importantes de nuestra fe, el de la institución del Sacramento de la Eucaristía, con las «especies» como «cuerpo y sangre» de Cristo.

Entre los hechos que se incluyen en dicha cena, está el lavatorio de los pies de los apóstoles por parte del Señor, junto a dos profecías de Cristo que se cumplieron en las horas inmediatas: la traición de Judas y la negación de Pedro. También se enuncia el denominado último y principal mandamiento, “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”

Tras la cena, Cristo y once de los apóstoles, todos menos Judas, salieron de la ciudad de Jerusalén hacia el huerto de Getsemaní, situado en la falda del Monte Olivette frente a la explanada del Templo.

Entrado en el huerto, dijo Jesús a sus discípulos: Quedaos aquí mientras yo me retiro allá a orar.

Y señalando un sitio algo más apartado y más solitario del huerto, con solo tres de ellos, los más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, se introdujeron dentro del citado huerto de los olivos. Jesús, apartándose un poco más de los tres, se dispuso a orar. De repente, Jesús comenzó a dar muestras de «tristeza», de «pavor», de «tedio», términos que emplean los evangelistas.

Él mismo, con expresión verdaderamente trágica, reveló a sus tres confidentes la angustia de su alma diciendo: Triste está mi alma hasta la muerte. Un consuelo en medio de aquella angustia pudo ser para él que sus apóstoles velaran mientras él oraba. Por eso añadió: Aguardad aquí y velad conmigo.

Y allí, postrado de rodillas, se derribó en tierra sobre su rostro, y comenzó a pedir que si era posible, pasase de Él aquella hora. Ofreció con gran clamor y lágrimas, preces y súplicas a Aquel que le podía salvar de la muerte: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú. Padre, Padre, todas las cosas te son posibles; si quieres, pasa este cáliz de mí; pero no se haga mi voluntad sino la tuya.

Claramente sale al exterior ese grito del alma de Jesús, dejando ver que en él, hay dos naturalezas distintas: una divina y otra humana; y dos voluntades: la voluntad humana que se estremece ante el horrible panorama de la Pasión, y la voluntad divina que no es otra sino la del Padre.

Ninguna imperfección habría en que la voluntad humana sintiera repugnancia a padecer; era el gemido inevitable de la naturaleza humana, pero sobre ese gemido se alza resuelta la voz del Espíritu que se rinde en todo y por todo a la divina ordenación. Sin duda en absoluto, podía Dios apartar de los labios de Jesús el cáliz amarguísimo de la Pasión; dueño era Él de atar las manos de los verdugos, y aún de quitarles la vida. Pero estaba decretado que la redención del mundo, se había de obrar por la Pasión y la muerte del Mesías, y Jesús, que lo sabe, se somete a este decreto con entera resignación, pronto a beber el cáliz que su Padre le presenta. Ese cáliz, era la Pasión con todos sus dolores y afrentas; la muerte, con todas sus angustias e ignominias.

Agobiado por la tristeza y el terror, al cabo de un largo rato, Jesús busca consuelo en sus discípulos; en los más amigos, en Pedro, en Santiago y en Juan. Pero los encontró dormidos. ¿Simón duermes?, dice dirigiéndose ante todo a Pedro. Y luego a todos, en general, ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Pues velad y orad, para que no entréis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil.

Nuevamente volvió a la oración, diciendo las mismas palabras: Padre mío, si no es posible que pase este cáliz de mí, sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Otra vez vuelve junto a sus tres discípulos, y de nuevo los encuentra dormidos. Sus ojos estaban cargados, no sólo de sueño, sino de tristeza. Esta vez, ni los despertó. Ni antes, ni ahora, los discípulos supieron responderle. Dejándoles pues, se volvió a su oración, repitiendo por tercera vez las mismas palabras.

Esta vez, se le apareció un ángel para reconfortarlo. Y puesto en agonía oraba más prolijamente. Le sobrevino un sudor, como gotas de sangre que caían hasta la tierra.

No había sido inútil ni podía serlo, la oración de nuestro Sumo Sacerdote. Si el cáliz de la Pasión no se alejó de sus labios, al menos su alma se sintió confortada y animosa para beberle. Ya no necesitaba del consuelo de sus discípulos.

Volviendo donde ellos estaban, les dijo con divina tranquilidad: Dormid ya y descansad. Al cabo de un rato, les despertó y les dijo: Llegó la hora; he aquí que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos allá; ya está cerca el que me ha de entregar. Todavía estaba él hablando, cuando Judas se presentó en el huerto, y con él una gran multitud, con espadas y palos, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los escribas y los ancianos del pueblo.

Judas conocía bien a Jesús y sus costumbres de ir frecuentemente al huerto de los olivos a orar, incluso le había acompañado a menudo y por ello, sabía que esa noche no sería distinta y que lo encontraría allí, junto al resto de compañeros. sus discípulos.

Nada más salió Judas del Cenáculo, empezó los preparativos para sorprenderle en aquel lugar retirado. Los Pontífices y fariseos le facilitaron una escolta compuesta de criados del Sanedrín y de guardias del Templo, con sus capitanes y con algunos magistrados que dirigieran y autorizaran el prendimiento. Él mismo como adalid, iba delante de toda esa gente. Para que los encargados de echar mano a Jesús, pudieran hacerlo con toda seguridad, les había dado una señal, diciéndoles: Aquel a quien yo besare, ése es. Prendedle, y llevadle con cautela.

El beso era entre los judíos la forma habitual de saludo entre los discípulos y el maestro. Sólo un alma vil como la de Judas, pudo hacer de una señal de amistad una contraseña de traición.

En efecto, nada más llegar al huerto, Judas fue derecho a su Maestro, y le saludó, diciendo: Dios te guarde, Maestro. Y le besó.
Jesús, se dejó besar por aquel hombre infame, pero queriendo hacerle ver que sabía sus intenciones  y le dijo: Amigo, ¿a qué has venido? ¡Oh Judas! ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre? Aun dada la contraseña, nadie se movió para prenderlo. Fue el mismo Jesús quien, sabiendo todo lo iba a venir, avanzó hacia ellos, y les dijo: ¿A quién buscáis? A Jesús Nazareno, respondieron.

Jesús les dice: Yo soy. Asustándose se echaron un poco hacia atrás, cayendo algunos a tierra. Jesús de nuevo pregunta:  ¿A quién buscáis? Y nuevamente ellos, aturdidos, le contestaron: A Jesús el Nazareno.

Respondió Jesús: Ya os he dicho que soy yo. Si, pues, me buscáis a mí, dejad ir a éstos.
Dijo esto, para que se cumpliera otra de las profecías.

Viendo los que con Él estaban lo que ocurría, le preguntaron: Maestro: ¿herimos a cuchillo?
Y sin esperar respuesta, uno de ellos, Simón Pedro, con su brío acostumbrado, desenvainó la espada, e hirieron a un siervo del príncipe de los sacerdotes, le cortó la oreja derecha.

CIMG1753Basta, dijo Jesús. Y dirigiéndose a Pedro: Vuelve tu espada a la vaina; porque todos los que se sirven de la espada, a espada morirán. O ¿piensas que no puedo orar a mi Padre, y me daría ahora más de doce legiones de ángeles? Pero, el cáliz que me dio mi Padre ¿no lo he de beber? Y ¿cómo se cumplirán las Escrituras, según las cuales conviene que así suceda? Y no queriendo el Señor que sus enemigos tuvieran que echarle en cara el daño causado a un pobre hombre por sus discípulos, tocando la oreja del siervo herido, le sanó.

Entonces dijo Jesús a las turbas y a los príncipes de los sacerdotes, y magistrados del templo, y a los ancianos que habían ido a prenderle: ¡Como a ladrón habéis salido a prenderme, con espadas y con palos! Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el templo y no me apresasteis. Pero, para que se cumplan las Escrituras, esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.

La cohorte, el tribuno y los ministros de los judíos le apresaron y le ataron. Y los discípulos, abandonándole, huyeron. De nuevo se cumplía la profecía del Salvador: herido el pastor, se dispersaba el rebaño.

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