Sin ser depositaria del arcano de las finanzas, he procurado sintetizar la realidad que vivimos para hacerla más comprensible; he resaltado el sentido genuino del trabajo y de las ganancias y he planteado algunas preguntas. Antes de pasar página, quiero hacer una llamada a la esperanza cristiana, ese “poderoso recurso social al servicio del desarrollo humano integral, en la libertad y en la justicia.” La esperanza – lejos de ser una actitud fatua – “sostiene a la razón y le da fuerzas para orientar la voluntad”. Puede que el dinero y la violencia muevan el mundo, pero en realidad, la justicia y el amor son los que marcan su rumbo. Definitivamente.

 Para la elaboración de los últimos diez números he consultado varias fuentes (escritos, vídeos y entrevistas personales). ¿Saben dónde he hallado más razones para creer en un final  feliz? En las palabras de Benedicto XVI: “La gratuidad, dice, está en la vida del hombre de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho  para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente”.

¡Qué curioso! Según el cristianismo, en palabras del propio Papa, el hombre es tanto más humano cuanto más se esfuerza en parecerse a su Padre, a su Dios y Creador. Algo saben de esto los que tienen hijos. Deberíamos tener presente esta premisa cuando compramos cualquier cosa, cuando contratamos o despedimos, cuando aceptamos los argumentos esgrimidos por bancos y políticos y cuando defendemos o atacamos un determinado modelo económico.

Según Benedicto XVI, “la exigencia de la economía de no estar sujeta a “injerencias” de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva”. Sin embargo, “todas las fases de proceso económico (obtención de recursos, financiación, producción, consumo), tienen ineludiblemente implicaciones morales”. “Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos”.

Ahora bien, el Papa no es un iluso,  sabe que “el mercado de la gratuidad no existe y que las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley”. Por eso nos plantea un gran desafío: mostrar, tanto en el orden de las ideas como en el de los comportamientos, que no se pueden olvidar principios éticos tradicionales como la transparencia, la honestidad y la responsabilidad y que, en las relaciones mercantiles, deben estar presentes el principio de la gratuidad y la lógica del don.

“El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un significado humano. Y es bueno que todo trabajador tenga la posibilidad de dar la propia aportación a su labor, de modo que él mismo sea consciente de que está trabajando en algo propio”. “Se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza”.  La práctica generalizada de la justicia hace que los primeros beneficiarios del desarrollo de los países pobres (aquellos que más necesitan comprar) sean los países ricos (aquellos que más pueden vender).

Las palabras pueden inducir a un cambio de conducta, o no, pero las obras buenas tienen una capacidad inaudita de transformación. Por eso necesitamos una  nueva generación de empresarios, políticos y consumidores. La fuerza de los dos primeros es obvia, pero la potencia de los últimos es inmensamente mayor. Eso sí, para que los usuarios o consumidores puedan ser eficaces instrumentos de cambio, han de ser capaces de asociarse (esta es la palabra mágica), y de mantener la atención de los medios de comunicación, últimamente muy escorados hacia el lado de los ricos y poderosos.

Todas las citas traídas a éste artículo, han sido tomadas del capítulo tercero de la encíclica “Caritas in Veritate”, de Benedicto XVI, publicada en 2009, sobre el desarrollo integral en la caridad y la verdad. ¡Merece la pena leerlo!

 

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