2º domingo de Adviento – Inmaculada Concepción

Año 2019 Celebración de la Inmaculada Concepción 2º domingo de Adviento

Al coincidir algunos años el 2º Domingo de Adviento con la Festividad Solemne de la Inmaculada Concepción de María y dada la tradición y sentimiento tan grande Mariana en España, la Conferencia Episcopal Española solicita a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, la correspondiente dispensa.

 

CONCESIÓN DE DISPENSA PARA QUE LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN PUEDA CELEBRARSE EN ESTE AÑO 2019, A PESAR DE COINCIDIR CON EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Eminencia Reverendísima:

Esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha recibido su carta, en la que solicita que en España se pueda celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción el día 8 de diciembre de este año 2019, pese a ser Domingo Segundo de Adviento, el cual debería prevalecer a tenor de las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y sobre el calendario.

Este Dicasterio, teniendo en cuenta que la solemnidad de la Inmaculada Concepción es de precepto y en atención a la tradición de esta fiesta en España, considera oportuno acceder a la solicitud presentada, dispensando para el año 2019 de la observancia de las normas litúrgicas que imponen su traslado al lunes siguiente, día 9 de diciembre.

Sin embargo, rogamos encarecidamente, para no perder el sentido del domingo segundo de Adviento, que se observe lo siguiente:

a) La segunda lectura de la Misa sea del segundo domingo de Adviento.

b) En la homilía se haga mención al Adviento.

c) En la Oración de los Fieles se haga al menos una petición con el sentido del Adviento y se concluya con la Oración Colecta del segundo domingo de Adviento.

Aprovecho la ocasión para manifestar a Vuestra Eminencia mi mayor consideración y aprecio en el Señor.

Afectísimo en Cristo

(J. A. Di N., Arzobispo Secretario)

María, preparó a conciencia el primer y verdadero adviento. Nadie como Ella supo interpretar los signos de los tiempos, sintiendo que el Señor estaba cerca, Ella oró como nadie con el Salmo 24: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza”

Quién mejor que Ella para abrir y disponer nuestros corazones para que esta Navidad no tenga las características de ser sólo una fiesta más, o mejor la fiesta de las fiestas, donde hay de todo, pero donde se siempre sentimos un vacío, no tanto por las cosas de las que no se pude disponer para la fiesta y el festejo, sino precisamente por no haber dispuesto el corazón, para hacer el Adviento, la llegada, la recepción y la acogida para el recién nacido.

Navidad es o debe ser, un festejo anticipado de la Pascua del Señor. Nos hermanará en torno al Divino Niño, nos hará compadecernos y enternecernos a la vista de quien se convierte en la presencia más cercana del Dios de los Cielos, y de la tierra. Y María, su Madre, nuestra Madre es un signo anticipado de Limpieza, de belleza, de santidad, de perfección, de plenitud, de vida nueva, de victoria pascual. Es un anticipo del ideal humano, del proyecto que Dios había soñado para el hombre. Un modelo, por lo tanto, para cada persona humana, para cada creyente, para la Iglesia, para la humanidad. Lo que tanto soñamos y deseamos es posible, en María se ha realizado ya.

La contribución de España al triunfo del Dogma de la Inmaculada Concepción.

Merecería capítulo aparte, bien nutrido y glorioso, y habría que recordar como significativas, las legaciones que reyes españoles hacen a los Sumos Pontífices pidiendo la definición del dogma. Por eso Pío IX quiso que el monumento a la Inmaculada, después de su definitivo oráculo, se levantara en la romana Plaza de España.

El Papa Pío IX, es quien decidió dar el último paso para la suprema exaltación de la Virgen, definiendo el dogma de su Concepción Inmaculada. Dícese que en las tristísimas circunstancias por las que atravesaba la Iglesia, en un día de gran abatimiento, el Pontífice decía al Cardenal Lambruschini: «No le encuentro solución humana a esta situación». Y el Cardenal le respondió: «Pues busquemos una solución divina. Defina S. S. el dogma de la Inmaculada Concepción».

Para dar este paso, el Pontífice quiso conocer la opinión y parecer de todos los Obispos, pero al mismo tiempo le parecía imposible reunir un Concilio para la consulta. La Providencia le salió al paso con la solución. Una solución sencilla, pero eficaz y definitiva. San Leonardo de Porto Maurizio había escrito una carta al Papa Benedicto XIV, insinuándole que podía conocerse la opinión del episcopado consultándolo por correspondencia epistolar… La carta de San Leonardo fue descubierta en las circunstancias en que Pío IX trataba de solucionar el problema que hizo exclamar al Papa: «Solucionado». Al poco tiempo conoció el parecer de toda la jerarquía. Por cierto que un obispo de Hispanoamérica pudo responderle: «Los americanos, con la fe católica, hemos recibido la creencia en la preservación de María». Hermosa alabanza a la acción y celo de nuestra Patria.

Y el día 8 de diciembre de 1854, rodeado de la solemne corona de 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud ingentísima de pueblo, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen: «La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

Estas palabras, al parecer tan sencillas y simples, están seleccionadas una a una, y tienen resonancia de siglos. Son eco, autorizado y definitivo, de la voz solista que cantaba el común sentir de la Iglesia entre el fragor de las disputas de los teólogos de la Edad Media.

 

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a liberarnos,
ven, tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño va a nacer.

De los montes la dulzura,
de los ríos leche y miel,
de la noche será aurora
la venida de Emmanuel.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Consolaos y alegraos,
desterrados de Sión,
que ya viene, ya está cerca,
él es nuestra salvación.

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