“Todo está cumplido”

 

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

 

Y dicho ésto, expiró.

 

Jesús ya no padece más. De todas y cada una de sus heridas brota todavía sangre. Una lanzada atraviesa su costado y sale sangre y agua. Se aseguran que está muerto. El cielo se ha cubierto y aún siendo de día, ha llegado la oscuridad. Rayos y truenos rasgan el cielo y la tierra. “En verdad éste era el Hijo de Dios” comentan algunos. La gente huye despavorida ante tales fenómenos. Nos han quitado al Maestro, al Señor, al Amigo. Pero era necesario que Él muriera para que todo cambiara, para que el hombre despertara al fin. Ahí tenemos a Jesús, hecho Sacramento, alimento.

Apenas se restableció un poco la tranquilidad en la ciudad, el gran consejo de los judíos pidió a Pilatos que mandara romper las piernas a los crucificados, para que no estuvieran en la cruz el sábado. Al día siguiente tenían que celebrar la Pascua, por ello había que darse mucha prisa. Pilatos dio las órdenes necesarias.

José de Arimatea habló a Pilatos, pidiéndole el cuerpo de Jesús, pues junto a Nicodemus habían formado el proyecto de enterrar a Jesús en un sepulcro nuevo, que había hecho construir a poca distancia del Calvario. Pilatos se extrañó que un hombre tan honorable pidiese con tanta instancia el permiso de rendir los últimos honores al que habían hecho morir tan ignominiosamente.

Hizo llamar al centurión Abenadar y le preguntó si el Rey de los judíos había expirado. Abenadar le contó la muerte del Salvador, sus últimas palabras, el temblor de tierra y la roca abierta por el terremoto. Pilatos pareció extrañar sólo que Jesús hubiera muerto tan pronto, porque ordinariamente los crucificados vivían más tiempo; pero interiormente estaba lleno de angustia y de terror por la coincidencia de esas señales con la muerte de Jesús. Quizá también quiso en algo reparar su crueldad y concedió el permiso de tomar el cuerpo de Jesús a José de Arimatea. También de este modo, daba un desaire a los sacerdotes, que hubiesen visto gustosos ver a Jesús ser enterrado ignominiosamente entre los dos ladrones.

Envió a su centurión Abenadar al Calvario para ejecutar sus órdenes, y contemplo todo el proceso del descendimiento de la Cruz.

Descendimiento de Cristo

Benjamín y Cayo, traen escaleras para ayudar a José de Arimatea y a Nicodemus. Se disponen para desclavar y descender a Jesús. Bajan al Señor con sumo cuidado. Lo recoge su Madre, la Virgen María en sus brazos. Todos forman un corro alrededor de la Madre y del Hijo. Cayo sostiene el brazo izquierdo de Jesús, Benjamín el derecho. Los dos observan las llagas de sus manos. ¡Abraza y besa María, nuestra Madre, el Cuerpo destrozado de su Hijo! No nos cansamos de mirar tampoco nosotros esta piedad, este cariño…

El divino Rostro de Nuestro Señor, apenas se podía conocer, tan desfigurado como estaba, con las llagas que lo cubría, la barba y el cabello estaban apelmazados por la sangre. María le alzó suavemente la cabeza y con esponjas mojadas fue lavándole la sangre seca. Conforme lo hacía, las horribles crueldades ejercidas sobre Jesús se hacían más visibles en el Rostro de Jesús y se acrecentaban herida tras herida. Lavó las llagas de la cabeza, la sangre que cubría los ojos, la nariz y las orejas de Jesús, con una pequeña esponja y un paño extendido sobre los dedos de su mano derecha. Lavó del mismo modo, su boca entreabierta, la lengua, los dientes y los labios. Limpió y desenredó lo que restaba del cabello del Salvador y lo dividió en tres partes, una sobre cada sien y la tercera sobre su nuca.

Tras haberle limpiado la cara, La Santísima Virgen se la cubrió después de haberla besado, luego se ocupó del cuello y de los hombros, de los brazos y de las manos. Todos los huesos del pecho, todas las coyunturas de los miembros estaban dislocados y no podían doblarse. El hombro que había llevado la Cruz, era una llaga enorme, toda la parte superior del Cuerpo estaba cubierta de heridas y desgarrada por los azotes.  En el lado izquierdo se veía una pequeña abertura, por donde había salido la punta de la lanza de Casio. Y en el lado derecho, el ancho corte por donde había entrado la lanza que le había atravesado el corazón.

La Virgen María lavó todas las llagas de Jesús. Mientras Magdalena, de rodillas le ayudaba en algún momento, pero sin apartarse de los pies de Jesús que bañaba con lágrimas y secaba con sus cabellos. La cabeza, el pecho y los pies del Salvador estaban ya limpios: el Sagrado Cuerpo, blanco y azulado como carne sin sangre, lleno de manchas moradas y rojas, allí donde se le había arrancado la piel, reposaba sobre las rodillas de la Madre, después se encargó de embalsamar todas las heridas, empezando por la cara.

Las santas mujeres arrodilladas frente a María, le acercan algún ungüento precioso con el que untaba las heridas y también el cabello. Tomó en su mano izquierda las manos de su Hijo, las besó con amor y llenó con ungüento y perfume las heridas de los clavos. Ungió también las orejas, la nariz y la herida del costado. Cuando La Virgen hubo ungido todas las heridas, envolvió la cabeza del Salvador en paños, mas no cubrió todavía la cara; le cerró los ojos entreabiertos y dejó reposar un tiempo su mano sobre ellos. Cerró su boca  y  abrazó el Sagrado Cuerpo de su Hijo y dejó caer su cara sobre la de Él.

Juan, repasando todas y cada una de las palabras del Maestro, les recuerda su promesa. “El Señor volverá a estar con nosotros. Él es el verdadero Mesías, el que nos salva del pecado y de la muerte. No tengáis miedo”

También una de las mujeres recordó lo que en una ocasión dijo: “Dios, no es Dios de muertos, sino de vivos”.

Y María Magdalena reza en voz alta con unas palabras del profeta Isaías: “Él tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias”.

José y Nicodemus llevaban un rato esperando en respetuoso silencio cuando Juan, acercándose a la Virgen, le suplicó que se separase de su Hijo para que le pudieran terminar de embalsamar, porque se acercaba el sábado.

Cuesta arrancarle el Cuerpo de Jesús a María. Juan la abraza, la consuela, la mima… También los demás. Pero ella sigue abrazando el Cuerpo de su Hijo. Se separa de Él en los términos más tiernos. Entonces los hombres cogieron la sábana donde estaba depositado el Cuerpo y así lo tomaron de los brazos de su Madre y lo llevaron aparte para terminar de embalsamarlo. María Santísima de nuevo abandonada a su dolor, que habían aliviado un poco los tiernos cuidados dispensados al Cuerpo de Nuestro Señor, se derrumbó ahora con la cabeza cubierta en brazos de las santas mujeres. Magdalena como si hubieran querido robarle a su amado corrió algunos pasos hacia Él con los brazos abiertos, pero tras un momento volvió junto a la Santísima Virgen.

Jesús trasladado al sepulcro

José de Arimatea, deja depositado el cuerpo de Jesús en un pequeño carro. El sepulcro que tiene preparado está en un huerto próximo. Es nuevo y no está lejos. Todos le acompañan. Cayo se queda junto a María. Benjamín sin embargo sube al carro, junto al Cuerpo de Jesús.
La Cruz de Jesús queda ahí, sola, en la cumbre del monte Calvario. Cayo se acerca a ella y la besa.

El sufrimiento de Jesús ha sido locura de amor. Él nos enseña, con su ejemplo, a no quejarnos tanto, a ofrecer a Dios lo que nos cuesta, lo que no nos gusta. El mérito está en el amor que ponemos al hacer las cosas. Todo tiene sentido para aquel que ama la voluntad de Dios.

El Sagrado Cuerpo es trasladado a un sitio más bajo y allí lo depositaron encima de una roca plana, que era un lugar adecuado para embalsamarlo. Primero pusieron sobre la roca un lienzo de malla, y tendieron el Cuerpo sobre ese lienzo calado, manteniendo otra sábana extendida sobre Él. José y Nicodemo se arrodillaron y, debajo de esta cubierta, le quitaron el paño con el que lo habían cubierto al descenderlo de la Cruz y el lienzo de la cintura, y con esponjas le lavaron todo el Cuerpo, lo untaron con mirra, perfume y espolvorearon las heridas con unos polvos que había comprado Nicodemo y, finalmente envolvieron la parte inferior del Cuerpo.

Entonces llamaron a las santas mujeres, que se habían quedado al pie de la Cruz. María Santísima se arrodilló cerca de la cabeza de Jesús, puso debajo un lienzo muy fino que le había dado la mujer de Pilatos, y que llevaba Ella alrededor de su cuello, bajo su manto; después, con la ayuda de las santas mujeres lo ungió desde los hombros hasta la cara con perfumes, aromas y perfumes aromáticos. Magdalena echó un frasco de bálsamo en la llaga del costado y las santas mujeres pusieron también hierbas en las llagas de las manos y de los pies. Después, los hombres envolvieron el resto del Cuerpo, cruzaron los brazos de Jesús sobre su pecho y envolvieron su Cuerpo en la gran sábana blanca hasta el pecho, ataron una venda alrededor de la cabeza y de todo el pecho.

Finalmente colocaron al Dios Salvador en diagonal sobre la gran sábana de seis varas que había comprado José de Arimatea y lo envolvieron con ella; una punta de la sábana fue doblada desde los pies hasta el pecho y la otra sobre la cabeza y los hombros; las otras dos, envueltas alrededor del Cuerpo.

Pusieron el Sagrado Cuerpo sobre una especie de parihuelas de cuero y Nicodemus con José llevaban sobre sus hombros los palos de delante y Abenadar y Juan los de atrás.

Detrás venían la Virgen María, María de Helí, Magdalena y María la de Cleofás, después las mujeres que habían estado al pie de la Cruz sentadas a cierta distancia: Verónica, Juana Chusa, María madre de Marcos, Salomé mujer de Zebedeo, María Salomé, Salomé de Jerusalén, Susana y Ana sobrina de San José. Casio y los soldados cerraban la marcha. Las otras mujeres habían quedado en Betania con Lázaro y Marta.

Dos soldados con antorchas iban delante para alumbrar la gruta del sepulcro y mientras llegaban a él, cantaban salmos con voces dulces y melancólicas. Trasladaron el Santo Cuerpo al interior con una tabla cubierta con una sábana. La gruta que había sido excavada recientemente, había sido barrida por los colaboradores de Nicodemus

Las santas mujeres se sentaron en frente de la entrada. Los cuatro hombres introdujeron el Cuerpo del Señor, llenaron de aromas una parte del sepulcro, extendieron una sábana sobre la cual pusieron el Cuerpo. Le testimoniaron una última vez su amor con sus lágrimas y salieron de la gruta.

Entonces entró la Virgen, se sentó al lado de la cabeza y se echó llorando sobre el Cuerpo de su Hijo. Magdalena entró precipitadamente a depositar unas flores que había cogido en el jardín, flores y ramos que echó sobre Jesús. Cruzó las manos y besó, llorando, los pies sagrados de Jesús.

Saliendo todos fuera, cerraron el sepulcro. La piedra gruesa destinada a cerrar la gruta del sepulcro, estaba a un lado. Era muy pesada y solo con las palancas pudieron hacerla rodar hasta la entrada del sepulcro.

sepulcro

Caifás y los principales judíos, hablaban respecto de las medidas que debían adoptarse.

Vistos los prodigios que habían sucedido y la disposición del pueblo, pudiera ser que robasen sus discípulos el cuerpo de Jesús y esparcir la voz de su Resurrección.

Fueron por la noche a casa de Pilatos y le dijeron que como ese «seductor» había asegurado que resucitaría el tercer día, era menester guardar el sepulcro tres días. Sus discípulos pueden llevarse su cuerpo y decir que ha resucitado. Pilatos, no queriendo mezclarse en ese negocio, les dijo: «Tenéis una guardia: mandad que guarde el sepulcro como queráis». Sin embargo, les mandó también  Casio, que debía observarlo todo, para hacer una relación exacta de lo que viera.

Salieron de la ciudad unos doce, antes de levantarse el sol. Los soldados que los acompañaban eran soldados del templo. Llevaban faroles puestos en palos para alumbrarse en la oscura gruta donde se encontraba el sepulcro. Así que llegaron, se aseguraron de la presencia del cuerpo de Jesús en el interior,  ataron una cuerda atravesada delante de la puerta del sepulcro y otra segunda sobre la piedra gruesa que estaba delante y lo sellaron todo con un sello semicircular.

Los fariseos volvieron a Jerusalén y los guardas se pusieron enfrente de la puerta exterior. Casio, enviado por Pilatos, no se movió de su puesto.

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