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TREMENDAMENTE SATISFACTORIO

Con frecuencia me dicen otras mujeres: “si yo con un hijo – o dos – tengo tanto trabajo, ¿cómo te las apañas tú con tres?”. Mi respuesta es tan reiterada como cierta “donde más lo noto es en el número de coladas que hago al cabo de la semana, pero no he notado un gran incremento de trabajo en el resto de tareas asociadas al hogar”. Por no parecer una “predicadora” ni excesivamente convencional, me quedo con las ganas de cantar, a reglón seguido, las alegrías de ser madre.

Muchísimas veces me sorprendo a mí misma sonriendo por la calle al recordar a mis hijos: el abrazo que nos dimos cuando les arropaba para dormir, la carita que ponen cuando eligen algo de la caja de las sorpresas, las risas que nos echamos cuando jugamos a las “cosquillas”, etc. Cuando camino distraída pensando en ellos, la gente me mira con sorpresa y curiosidad. “¿Qué cosa tan divertida estará pensando esta que se ríe sola?”.

Mi realidad cotidiana dista mucho de ser, siquiera, sombra de la perfección; sin embargo, la enorme satisfacción que supone educar a niños no tiene parangón. Aunque los telediarios sólo hablen de la ansiedad de los profesores y del acoso escolar; aunque sólo sean objeto de atención mediática aquellos casos en los que los hijos someten a sus progenitores, padres y profesionales de la educación sabemos que criar y educar a nuestros hijos es una tarea muy, muy gratificante. De hecho, para la mayoría de las personas será la labor más retadora que jamás nadie decida encomendarles.

Relean la frase anterior porque esa idea es muy consoladora: no importa que ganemos más bien poco, ni que seamos personas anónimas en los ámbitos de poder, ni que el paso de los años sea evidente por la huella que deja en forma de “michelines”. Por el mero hecho de ser padres tenemos el privilegio de  contribuir a la labor más excepcional, compleja y trascendente: ayudar a nuestro hijo/a a ser un hombre/mujer sano, equilibrado, único, capaz de ser feliz y de contribuir al progreso de España y del mundo. Si logramos no perder de vista este objetivo tan emocionante y sugestivo, nos “engancharemos” a la tarea de educar y aún más a nuestros hijos.

Lo mismo que resulta bastante difícil realizar un trabajo de despacho sentado sobre una banqueta de cuatro patas, en lugar de en una silla giratoria con posa brazos,  educar requiere cierto esfuerzo,  tiempo y cualificación. Dejar al pequeño en casa de los abuelos de lunes a sábado y soportarlo, como podamos, el fin de semana, es una perspectiva ruin de la paternidad que nos impide disfrutarla como cabe. Leer sobre los temas que nos plantean dudas, o acudir tres veces al año a charlas relacionadas con la familia y la educación, es lo mínimo que se nos puede pedir. Hacer algunas cosas bien al principio ahorra muchas frustraciones y disgustos en la etapa adolescente y juvenil.

La madre de un niño hiperactivo decía en una ocasión: “cuando tu hijo es especial, la única forma eficaz de ayudarle que tenemos los padres es “profesionalizándonos”. Acompañar el desarrollo de un niño hiperactivo es reclamar la atención que necesita de las instituciones educativas y sanitarias, protegerle de los prejuicios en adultos y compañeros de colegio, entender el funcionamiento de los mecanismos neuronales que le funcionan bien y de los que no,  coordinar e integrar con normalidad el conjunto de tratamientos a los que debe someterse. Hacer los deberes con ellos para ayudarles a concentrarse, enseñarles a cuidar sus relaciones personales, alentar su autoestima, etc., son tareas difíciles de sacar adelante sólo con buena voluntad.  Para ayudarles eficazmente, los padres tenemos que ser sus abogados, psicólogos, sanitarios a domicilio y sus tutores a tiempo completo” (Josefina Rodríguez, presidenta de ARPANIH)

Salvados los retos añadidos que plantean niños como el suyo, creo firmemente que esta actitud se puede extrapolar a todos los padres. La capacidad de disfrutar de los hijos tiene más que ver con la actitud vital de cada unos de nosotros que con la ausencia de dificultades y problemas. Para gozar de los hijos no basta con quererlos (te decepcionarán tantas veces como tú a ellos, o a tu esposo/a, o a tus padres y amigos). Hay que creerse el potencial que encierran  desde la cuna. Hay que compartir con ellos nuestra forma de vida, seducirles con lo bueno y valioso, evitar someter su voluntad y su conciencia mediante el autoritarismo.

Saberse parte fundamental en el proyecto global de “persona” que serán nuestros hijos, créanme, da sentido a una vida.

MARTACM

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