«Alégrate, Jerusalén»

«Laetare. Ierusalem, et conventum facite, omnes qui diligitis eam. Guadete cum laetitia, qui in tristitia fuistis; ut exsultetis et satiemini ab uberibus consolationis vestrae».
«Alégrate, Jerusalén, y que se congreguen cuantos la aman. Compartan su alegría los que estaban tristes. Vengan a saciarse con su felicidad».
Traducción al castellano no literal

 

La Cuaresma es un tiempo penitencial, de oración, ayuno y limosna, donde el color litúrgico es el púrpura o morado.

Entretanto, tenemos, en el transcurso de éste tiempo penitencial, un momento de júbilo donde el color litúrgico pasa del púrpura al rosa. Es el llamado “Domingo Laetare”, o “Domingo de la Alegría”, como ocurre en éste domingo.

¿Pero, usted sabe el por qué?

El IV Domingo de Cuaresma recibe este nombre porque así comienza, tal y como hemos visto, la Antífona de Entrada de la Eucaristía: “Laetare, Ierusalem, etc…

Los dos tiempos litúrgicos de preparación a la venida del Señor, el adviento, cuarenta días de espera a su Nacimiento y la cuaresma, los mismos días de preparación para su Muerte y gloriosa Resurrección son tiempos de penitencia en los que el color morado es el propio de la liturgia.

Sin embargo, esta excepción en el que el color rosa hace acto de presencia brevemente durante ambos periodos litúrgicos. Rosa que simboliza alegría, aunque una alegría pasajera y efímera.

Como ya hemos dicho, se utiliza los domingos de Gaudete (es el imperativo del verbo latino “gaudeo” que significa gozar íntimamente, complacerse en algo. Por tanto “gaudete” significa regocijaos. Regocijo en Adviento porque pronto nacerá el Salvador) en el tercer domingo de Adviento y Laetare (que es el imperativo del verbo latino “laetor” que significa alegrarse, regocijarse. Alegraros y regocijaros porque el Señor padecerá, pero también resucitará) en el cuarto de Cuaresma. En medio de un tiempo de oración, limosna y ayuno, el rosa recuerda brevemente la alegría de en la proximidad de la Navidad o de la Pascua.

Gaudete y laetare, palabras latinas cuyo significado es similar, regocíjate y alégrate. La antífona de entrada de la Misa de este próximo domingo, comienza con esas palabra que da nombre al día; “Laetare, Ierúsalem” (Is 66), “Alégrate, Jerusalén”, de la misma forma que el del domingo de Adviento comienza con “Gaudéte in Dómino semper” “Estad siempre alegres en el Señor”.

Los ornamentos de color rosado, que es un morado aclarado o alegre, surgieron en la Baja Edad Media en el sur de Italia. Se asignan a los domingos III de Adviento, y IV de Cuaresma, por ser los penúltimos de cada tiempo señalado: es un respiro en el camino de la austeridad al divisar en el horizonte la gloria que se va a alcanzar.

El color rosa pasó al Caeremoniale Episcoporum y de ahí se extendió su uso, aunque nunca ha sido preceptivo, sino “ad libitum”, es decir, a consideración o discreción del celebrante o presidente de la celebración litúrgica.

Como vemos, la liturgia de este Domingo se ve marcada por la alegría, ya que se acerca el tiempo de vivir nuevamente los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, durante la Semana Santa. Al igual que el tercer Domingo de Adviento (“Gaudete”), se rompe el esquema litúrgico de la Cuaresma, con algunas particularidades:

  • – Predomina el carácter alegre (litúrgicamente hablando)
  • – Se usa color rosáceo en los ornamentos (siempre que esto sea posible).
  • – Los ornamentos pueden ser más bellamente adornados.
  • – Los diáconos pueden utilizar dalmática.
  • – Se puede utilizar el Órgano.

En general, son normas plenamente aplicables a ambas formas del rito romano, salvo del hecho de que algunas son obligatorias en la forma extraordinaria.

Entrando más en el sentido litúrgico de éste domingo, vemos que todo gesto y signo involucra algo verdaderamente en consonancia y dirección a los Sagrados Misterios que se vivirán pronto, donde el Señor sufre su pasión, muere por nuestros pecados, y resucita para darnos la Salvación.

Y es que el Domingo Laetare nos invita a mirar más allá de la triste realidad del pecado, mirando a Dios, quien es fuente de infinita Misericordia. Es una nueva invitación a convertirnos de corazón hacia Dios, para Amarlo y cumplir sus preceptos, que nos hacen libres.

Así mismo, no se debe olvidar que permanecemos en Cuaresma, por lo cual el Domingo Laetare no es un alto de la penitencia, sino que es para recordarnos que siempre, detrás de toda penitencia está el deber de aborrecer el pecado, el propósito de no pecar más y de confesar los pecados, para así vivir en Gracia, que nos es otorgada por Dios en su infinita misericordia.

 

Este IV domingo de Cuaresma, ya fue llamado también de “Domingo de las Rosas”, pues, en la antigüedad, los cristianos acostumbraban obsequiarse rosas. Y es aquí que surge la “Rosa de Oro”.

La singular institución de la Rosa de Oro, data del año 1049 y por el Papa León IX , ocasión en que el Santo Padre, en el IV Domingo de la Cuaresma, iba del Palacio de Letrán a la Basílica Estacional de Santa Cruz de Jerusalén, llevando en la mano izquierda una rosa de oro que significaba la alegría por la proximidad de la Pascua. Con la mano derecha, el Papa bendecía a la multitud. Regresando procesionalmente a caballo, el Papa veía su montura conducida por el prefecto de Roma. Al llegar, obsequiaba al prefecto la rosa, en reconocimiento por sus actos de respeto y homenaje.

Rosas de oro

De ahí, entonces, tuvo inicio la costumbre de ofrecer la “Rosa de Oro”, para personalidades y autoridades que mantenían una buena relación con la Santa Sede, como príncipes, emperadores, reyes…

En los tiempos modernos los papas acostumbran remitir este símbolo de afecto personal a santuarios destacados. Por ejemplo, el Santuario de Nuestra Señora de Fátima, Portugal, recibió una Rosa de Oro de Pablo VI, en 1965, y la Basílica de Nuestra Señora Aparecida, Brasil, recibió una también de Pablo VI, en 1967 y otra más de Benedicto XVI, en 2007.

Lectura del santo Evangelio según San Juan. (cuarto domingo Cuaresma)

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

«El mismo».

Otros decían:

«No es él, pero se le parece».

El respondía:

«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo».

Algunos de los fariseos comentaban:

«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

«Que es un profeta».

Le replicaron:

«Has nacido completamente empecatado ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo:

«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es».

Él dijo:

«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

Palabra del Señor.

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