Cooperación del estado con las religiones

IGLESIA – ESTADO, SOCIEDAD Y RELIGIÓN

   

Ya en el primer decenio del siglo XX el gran poeta Charles Pèguy decía que se estaba alumbrando, por primera vez, “un mundo sin Jesús después de Jesús”’.

 

Esta afirmación no merecería comentario alguno si fuera la constatación de un hecho accesorio. Pero yo les pregunto: ¿el mundo que teníamos antes de Jesús era mejor? Si pudiéramos coger en las manos la historia, como si de la cinta de una película se tratara, y cortar o borrar de la misma el fenómeno del cristianismo, a las personas realizaron cualquier obra alentados por sus convicciones religiosas y todo lo que tiene algún matiz cristiano, tras los reajustes necesarios en la línea espacio temporal, el nuevo resultado obtenido, sin Jesús, ¿sería un mundo más humano o más salvaje?

Benedicto XVI sentenciaba en su viaje a Compostela en 2010: “es una tragedia que en Europa haya arraigado la convicción  de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad”.

En el fondo de toda discusión que implique los términos iglesia, estado, sociedad civil, religión y libertad, está el afán por responder a ésta pregunta: ¿la presencia de las religiones en el  mundo contribuye al desarrollo de las sociedades o es un elemento prescindible y pasado de moda?

Es público y notorio que el derecho y la economía han reducido el peso que en otro tiempo tenían la teología y la filosofía en la reflexión sobre el hombre y su acción personal y social. Hoy todos reivindicamos el respeto a los llamados derechos fundamentales y cada vez más personas tienen como única aspiración “el gozar de sus derechos sobre los demás hombres”. No logramos encontrar el justo equilibrio entre “mi derecho” y el “derecho ajeno”. Recurrimos constantemente al arbitrio del Estado renunciando, con frecuencia, a la reflexión en términos de moral, verdad o bien común y concediéndole al Estado la máxima potestad y libertad para interpretar los derechos fundamentales.

Esto no debería ocurrir jamás. El poder político y el Estado no son sagrados ni omnipotentes. La afirmación de Jesús: “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, desmitifica la dimensión absoluta del poder político. Los llamados cuerpos intermedios de la sociedad (familia, asociaciones de todo pelaje, religiones con estructura  social definida), deben tener su peso -y cada vez más- en la solución de conflictos y en la educación de la sociedad.

Por otro lado, pensamos que si logramos hacernos ricos, tendremos el futuro y la felicidad asegurados. ¿Qué cosa nueva o necesaria o gratificante nos podrían aportar las religiones?

Teniendo en mente a las cinco grandes religiones del mundo (cristianismo, judaísmo, islamismo, budismo e hinduismo), y aún reconociendo diferencias notables, la respuesta no deja lugar a dudas: las religiones promocionan valores que configuran las relaciones entre las personas o entre el estado y el sujeto. De este modo refuerzan la identidad y la conciencia de los pueblos, dos aspectos que determinan la evolución de cualquier sociedad.

La democracia necesita, ante todo, un capital social de confianza y un marco de ideales compartidos. Sin ellos degenera en pura administración de los conflictos entre intereses contrapuestos. Las religiones son amplios marcos, válidos dentro de ese primer marco general, que apelan continuamente a la antropología, que son fuente de civilización y prueba de que es posible construir la unidad desde la diferencia.

La libertad religiosa no sólo es un derecho individual en la línea de la libertad de pensamiento, la objeción de conciencia o la libertad de cátedra. Es también un derecho de las sociedades a decidir, con absoluta libertad, de qué fuentes de conocimiento quiere nutrir su  pensamiento colectivo –mayoritario o no-, sus leyes y sus expresiones culturales.

Francia, Italia y España son los países europeos que tienen un debate sobre la laicidad más vivo. En los tres se sostiene normalmente que el estado ha de ser laico y neutro. Pero es necesario interpretar bien esta fórmula porque en las lecturas más radicales el adjetivo “laico” no significa “a-religioso”, sino “anti-religioso”.

¿Cuál podría ser el nuevo perfil público que se espera de las religiones en la actual coyuntura histórica de Occidente? Lo más urgente sería permitir la creación de una esfera – pública y plural, religiosamente cualificada- en la que las religiones desempeñen un papel de sujeto público, bien separado de la institución estatal y bien distinto dentro de la propia sociedad civil.

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