El salario es la consecuencia más inmediata del trabajo en una sociedad libre, pero no el único objetivo ni el más importante a medio o largo plazo.

La Iglesia, consciente de la relevancia que tiene esta dimensión del ser humano, ha explicado a través de numerosas encíclicas, libros y asignaturas de ámbito universitario los principios de justicia y las líneas de acción que deberían fundamentar el desarrollo del trabajo.

Pero yo voy a contarles una historia que les permitirá – o eso espero – intuir con nitidez el sentido y la capacidad regeneradora del trabajo, así como las pérdidas irremediables que ocasionamos si vivimos nuestra profesión con egoísmo, considerando nuestra labor mera fuente de lucro personal.

“La secretaria de un famoso cirujano cardiovascular entró a su despacho y le anunció que un anciano, llegado a la clínica por recomendación de un médico del hospital público, deseaba hacerle una consulta. Tras dos horas de espera, el anciano pasó a  consulta y le dijo al doctor: “Mi médico me envía porque considera que usted es la única persona capaz de resolver mi problema de corazón. Me dijo que su clínica posee los equipos necesarios para llevar a cabo la operación que salvará mi vida”.

El médico evaluó cuidadosamente el historial que su colega le había hecho llegar, y le preguntó al anciano: “¿A qué obra social pertenece usted?”

– Ahí está el problema: no estoy asociado a ninguna obra social y tampoco tengo dinero. Soy muy pobre y sin familia que pueda ayudarme. Sé que le pido demasiado pero quizás usted pueda…

Indignado con su colega del hospital, le remitió una nota con el paciente. En ella le explicaba que su clínica era privada, de mucho prestigio, y que no estaba para hacer beneficencia a nadie. Esto último en mayúsculas.

Cuando el anciano abandonó la consulta privada se dejó sobre la mesa una carpeta. Contenía poesías y algunas frases sueltas. Una de ellas decía: “El órgano que mejor habla es el corazón. Firmado, Jean Marcel”. Esta frase le sorprendió al médico, pero lo que más llamó su atención fue el nombre del autor. Le hizo recordar su niñez y juventud: en la Primaria, la maestra les leía sus hermosos cuentos infantiles; en el instituto, la profesora de Literatura les enseñaba sus bellísimas poesías;  él mismo le dedicó precisamente uno de sus poemas a la que fue su primera novia.

Trascurridas pocas semanas, su secretaria entró en la consulta con el periódico en la mano y le dijo: “Mire, hoy encontraron muerto en un banco, al poeta Jean Marcel. Tenía 88 años”. El médico respondió:”Hombres como él no deberían morir nunca. ¡Cuánto me hubiera gustado conocerlo!”.

– ¿No lo recuerda? -le dijo la secretaria – y señalando la foto del periódico añadió: “era el anciano que vino hace unos pocos días”.

Cuando el médico vio la foto y reconoció al anciano, su corazón se llenó de angustia. El resto del día no quiso atender a ninguna visita y durante horas lamentó su actitud con aquel paciente. Finalmente levantó su vista hacia el crucifijo de su despacho y, entre lágrimas, dijo: “Perdóname Señor. No soy digno de ti. Mi orgullo y mi egoísmo no me permitieron ver que al ayudar a este magnífico y talentoso hombre, te estaba sirviendo a Tí. Estoy avergonzado de mi actitud porque cuanto tengo te lo debo a Ti, yo en cambio no curé el corazón de ese hombre. ¡Te prometo que a partir de este momento las cosas serán de otra manera!”.

Como homenaje al anciano, la clínica pasaría a llamarse “Jean Marcel”. El doctor habilitó una sección para atender a pacientes sin recursos y practicaba personalmente las operaciones necesarias en cada caso”

Compartir no es dar lo que nos sobra, sino de lo que tenemos.     Sepamos compartir desde nuestros trabajos porque la vida no es lo que planeamos, sino lo que nos sucede.

MARTACM

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