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Archivo de la categoría ‘Iglesia – estado, sociedad y religión’

¡Luz de Cristo! Demos gracias a Dios.

Hoy es Pascua de Resurrección. Cantamos a plena voz ¡Aleluya! Sí, celebramos el triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado. Celebramos nuestra salvación.

Cuentan de un famoso sabio alemán que, al tener que ampliar su gabinete de investigaciones, fue a alquilar una casa que colindaba con un convento de carmelitas. Y pensó: «¡Qué maravilla, aquí tendré un permanente silencio!» Y, con el paso de los días, comprobó que, efectivamente, el silencio rodeaba su casa, salvo en las horas de recreo. Entonces, en el patio vecino estallaban surtidores de risa, limpias carcajadas, un brotar inextinguible de alegría. Y era un pozo que se colaba por puertas y ventanas. Un júbilo que perseguía al investigador por mucho que cerrase sus postigos. ¿Por qué se reían aquellas monjas? ¿De qué se reían? Estas preguntas intrigaban al investigador. Tanto, que la curiosidad le empujó a conocer las vidas de aquellas religiosas. ¿De qué se reían si eran pobres? ¿Por qué eran tan felices si nada de lo que alegra a este mundo era suyo? ¿Cómo podía llenarles la oración, el silencio? ¿Tanto valía la sola amistad? ¿Qué había en el fondo de sus ojos que los hacía brillar de tal manera?

Aquel sabio alemán no tenía fe. No podía entender que aquello, que para él eran puras ficciones, puros sueños sin sentido, llenara un alma. Menos aún que pudiera alegrarla hasta tal extremo.

Y comenzó a obsesionarse. Empezó a sentirse rodeado de oleadas de risas, que ahora escuchaba a todas horas. Y en su alma nació una envidia que no se decidía a confesarse a sí mismo. Tenía que haber algo que él no entendía, un misterio que le desbordaba. Aquellas mujeres, pensaba, no conocían el amor, ni el lujo, ni el placer, ni la diversión. ¿Qué tenían si no podían ser otra cosa que una acumulación de soledades?

Un día se decidió a hablar con la priora, y ésta le dio una sola razón:

Es que somos esposas de Cristo.
Pero -arguyó el científico- Cristo murió hace dos mil años.
Entonces creció la sonrisa de la religiosa, y el sabio volvió a ver en sus ojos aquel brillo que tanto le intrigaba.

Se equivoca -dijo la religiosa-; lo que pasó hace dos mil años fue que, venciendo a la muerte, resucitó.
¿Y por eso son felices?
Sí. Nosotras somos testigos de su resurrección.
Me pregunto ahora, después de leer esta preciosa narración, cuántos cristianos se dan cuenta de que ése es su oficio, que ésa es la tarea que les encomendaron el día de su bautismo: ser testigos de la resurrección. Un verdadero cristiano no pierde la alegría ni la esperanza. Sabe que Cristo, su Dios y Señor, su Amigo y Hermano, vive y le ama. ¿No fue esa certeza la que hizo desbordar de alegría a María Magdalena, a Tomás apodado el Mellizo, a los dos de Emaús, a Pedro…?

Este tiempo de Pascua debería ser la gran ocasión para hacer el repaso de la infinita serie de alegrías que apenas disfrutamos. Debería ser el tiempo de descubrir, y de saborear internamente, que:

Somos dichosos porque fuimos llamados a la vida
Somos dichosos porque fuimos llamados a la fe
Somos dichosos porque Dios nos amó el primero
Somos dichosos porque nosotros también le amamos
Somos dichosos porque el dolor es camino de resurrección
Somos dichosos porque Dios perdona nuestros pecados
Somos dichosos porque nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos
Somos dichosos porque el Reino está ya dentro de nosotros
Somos dichosos porque somos todos hermanos
Somos dichosos porque Él nos ha nombrado testigos de su gozo.
Vivamos, con humildad y sin complejos, el gozo Pascual, regalo del Resucitado. Tratemos de transmitir la alegría y la paz a nuestro derredor. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

† Cardenal Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Imagen del Cristo Resucitado de Logroño

La resurrección de Jesús es medular para la fe cristiana.

Si El no hubiera resucitado de entre los muertos, entonces la fe cristiana no tendría validez, siendo que Jesús mismo declaró que resucitaría de  entre los muertos al tercer día.  Por otro lado, si Jesús resucitó de entre los muertos, entonces todas sus afirmaciones son verdad y ahora podemos estar seguros que sí hay vida después de la muerte.

Jesús mismo, predijo su muerte y resurrección, y estos eventos sucedieron exactamente como él los había anunciado.

“Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo. Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.”

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”

“Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre. Entonces se dijeron algunos de sus discípulos unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice: Todavía un poco y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; y, porque yo voy al Padre? Decían, pues: ¿Qué quiere decir con: Todavía un poco? No entendemos lo que habla. Jesús conoció que querían preguntarle, y les dijo: ¿Preguntáis entre vosotros acerca de esto que dije: Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis? De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.

“Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.”

“Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.”

“Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará.”

Este evento está bien documentado por numerosos recursos históricos y confiables.

Historiadores como Josefo (c.37-110 DC), Ignacio (c.50-115 DC), Justino Mártir (c.100-165 DC) y Tertuliano (c.160-220 DC) estuvieron convencidos de la autenticidad de la resurrección.  Sus escritos validan los relatos de los escritores bíblicos, quienes conforme a los teólogos bíblicos, registraron el evento tan temprano como el año 37 DC y no más tarde del año 64 DC.

Además, otros historiadores del primer y segundo siglo incluyendo a Cornelio Tácito, Suetonio, Plinio Segundo, y Luciano de Samosata reconocieron el impacto que este evento increíble tuvo sobre la gente de esa época.

La resurrección es la única explicación aceptable del sepulcro vacío.

Los soldados romanos celosamente vigilaban la tumba donde el cuerpo de Jesús se encontraba. Además, la entrada al sepulcro estaba sellada con una enorme roca.  La guardia romana, que normalmente se componía de 16 miembros, hubiesen hecho imposible para los discípulos–quienes, a propósito, estaban acobardados por el miedo a perder sus propias vidas–robar el cuerpo. Si, como algunos aseguran, Jesús no estaba muerto, sino solamente debilitado, los soldados y la roca hubiesen evitado su escape.  Después de haber sido golpeado y flagelado, colgado en una cruz por seis horas, traspasado con una lanza por su verdugos para asegurar su muerte, y envuelto, como la  costumbre, en 100 libras de lino y especias, Jesús no hubiese estado en condición alguna para rodar una roca de dos toneladas cuesta arriba, ni ser más ágil que 16 soldados romanos y después aparecerse radiantemente a sus discípulos.

Los líderes judíos de la época fácilmente pudieron haber refutado  todas las aseveraciones sobre la resurrección simplemente al reponer el cuerpo, pero no pudieron porque no había cuerpo.

Hubo numerosos testigos de la resurrección.

Después de que él  resucitó de entre los muertos, Jesús apareció por lo menos diez veces a los que le conocían y a más de 500 personas a la misma vez.  Estas apariciones no fueron alucinaciones; Jesús comió y habló con sus seguidores y ellos le tocaron su cuerpo resucitado.

“Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”

“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”

“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; Y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; Y que se apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”

La resurrección es la única  explicación razonable para el comienzo del movimiento Cristiano.

La Iglesia Cristiana nació en la misma ciudad donde Jesús fue públicamente ejecutado y sepultado.  La creencia en un Jesús resucitado tuvo que haber sido auténtica para haberse enraizado en Jerusalén y crecido hasta abarcar el mundo entero.  La Iglesia Cristiana es ahora la institución más grande que existe y ha existido en la historia de la humanidad.   Claramente, esto hubiese sido imposible si la resurrección fuese solamente un cuento.

La resurrección es la única explicación lógica para la transformación de los discípulos. 

Ellos abandonaron y negaron a Jesús antes de su juicio público; después de su muerte ellos estaban desalentados y temerosos.  Aún, después de su resurrección y su experiencia en Pentecostés, estos mismos desalentados hombres y mujeres fueron transformados por el sobrenatural poder de Cristo resucitado.  En su nombre, ellos pusieron de cabeza al mundo .  Muchos perdieron la vida por su fe, otros fueron terriblemente perseguidos.  Su valiente comportamiento no tiene sentido aparte de su convicción de que Jesucristo fue verdaderamente resucitado de entre los muertos- un hecho digno por el cual morir.

A través de los siglos, los grandes teólogos que han considerado las pruebas de la resurrección han creído, y todavía creen, que Jesús está vivo.

Después de haber sopesado la evidencia de la resurrección dada por los escritores de los Evangelios, Simón Greenleaf, una eminencia sobre asuntos legales de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard, concluyó:

“Sería imposible que ellos hubieran persistido en afirmar las verdades que han narrado, de no ser por el hecho de que Jesús sí resucitó de entre los muertos.”

El señor Greenleaf, fue un profesor judío que se convirtió en un seguidor de Jesús, el Mesías, después de estudiar los hechos por sí mismo.

Después de haber sopesado esta evidencia, ¿cual es su conclusión?. Digo la de usted, la de la persona que me está leyendo en estos momentos. ¿Usted cree que Jesús está vivo?  Todo aquel que cree que El en verdad ha resucitado, puede recibir el regalo de la vida eterna y experimentar una relación personal con él.  Descubra cómo usted puede comenzar esta relación duradera.

Podemos analizar los hechos y pruebas.

Jesús Resucitado

 

Pruebas de la Resurrección.  

La máxima obra de Dios, la Resurrección de su Hijo, no tuvo testigos. Sin embargo sí se puede comprobar; hay “evidencias”: El sepulcro vacío.- Los cuatro evangelistas lo mencionan. Lo reconocen incluso los soldados, los sacerdotes y las autoridades romanas. Aunque no es una prueba directa, es un signo especial, es el primer paso para el reconocimiento de la Resurrección. Juan dice: “Vió y creyó (20,8).

Las apariciones del Resucitado.- En ellas se basa el argumento definitivo para afirmar la Resurrección. NO FUERON VISIONES subjetivas, sino HECHOS OBJETIVOS, HISTÓRICOS. Se describen (en los últimos capítulos de los evangelios), como presencia real y hasta carnal de Jesús; come, camina, deja que lo toquen, conversa con ellos. Son una base sólida de la fe en la Resurrección. El testimonio de los que creemos.- Aunque no hubo testigos de la resurrección, sí los hay del Resucitado. Quienes lo vieron comenzaron a decir que el “Crucificado estaba vivo” y así es como surge la Iglesia. Nuestra fe procede de los primeros que creyeron y continuamos hoy transmitiendo esa misma fe en Jesús de Nazaret que murió por nosotros, y que RESUCITÓ como primicia de lo que será nuestra propia resurrección. ¡desde hace dos mil años, hombres y mujeres han dado testimonio de la fe en la Resurrección y así seguirá ocurriendo hasta el fin de los tiempos! .

¿Qué se entiende por Resurrección de Jesús?. La Resurrección de Jesús es un HECHO REAL, HISTÓRICO -como todo lo que dicen los Evangelios sobre Jesús de Nazaret- y META HISTÓRICO, – va más allá, pues anticipa nuestra propia resurrección-. Cuando pienses en esta VERDAD DE FE, toma en cuenta estas cuatro afirmaciones:

  1. La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior, para volver a morir de nuevo. Jesús entra en la vida definitiva de Dios; es “exaltado” por Dios (Hch 2,23); es una vida diferente a la nuestra. (Rm 6, 9-10)
  2. Jesús resucitado no es una “alma inmortal”, ni un fantasma. Es un hombre completo, con cuerpo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte, del dolor, de las limitaciones materiales, con todo lo que constituye su personalidad.
  3. Dios interviene, no para volver a unir el cuerpo y el alma de Jesús, sino que ocurre un nuevo prodigio, una intervención creadora de Dios. El Padre actúa con su fuerza creadora y poderosa, levantando al muerto Jesús a la vida definitiva y plena.
  4. No se trata de que Jesús resucitó “en la fe” de sus discípulos, o “en su recuerdo”. Es algo que aconteció verdaderamente en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación. Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.

 

Significado de la Resurrección

Con la Resurrección de Jesús, Dios afirma cosas muy importantes:

  • Dios estaba de parte de Jesús, le da la razón en todo lo que hizo y dijo y se la quita a quienes estaban en su contra.
  • Rehabilita su causa y su persona: Jesús es su Hijo, el Cristo, el Mesías esperado.
  • Dice a la Iglesia naciente que su misión está fundada no solamente en el hecho histórico, sino en la experiencia pascual, en el encuentro de cada cristiano con Jesús Resucitado.
  • Es la anticipación de la meta de la historia; hace surgir una fuerza dinámica e invita a un programa de vida para cada hombre.
  • Hay un nuevo horizonte para la vida y nuevo sentido para la muerte. La vida es un camino que se puede andar con esperanza, pues la muerte no es el fin del hombre, sino el medio para volver a su destino final: Dios Padre.

 

El encuentro del hombre con el Resucitado

En los evangelios se describen varios “encuentros” de Jesús Resucitado con varios de sus discípulos; hay cosas en común en estas experiencias:

  1. Jesús se “deja ver”, para que salgan de su incredulidad y de su desconcierto.
  2. El encuentro afecta a la totalidad de sus personas: transforma el miedo en celo por el evangelio; la ignorancia por sabiduría; la debilidad por fortaleza; la tristeza por alegría. (Gal 1,23)
  3. Les descubre los enigmas de la fe: “se les abren los ojos” “ven y creen”.
  4. Los encuentros siempre conducen a una llamada a la evangelización “vayan y digan” (Mt 28, 18-20; Mc 16,15; Lc 24,28; Jn 20,21).
  5. Comprenden que deben vivir su vida cotidiana con otro sentido y otra profundidad, el encuentro con el Resucitado es una experiencia prolongada en la vida. (2Cor 4,10).

 

Se buscan testigos del Resucitado

Jesús dijo a Tomas: “Tu crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29)

Estas palabras de Jesús: “Felices los que creen sin haber visto“, se refieren a nosotros, a los cristianos de hoy que seguimos encontrando a Cristo Resucitado, aunque “no lo veamos” con los ojos del cuerpo, los efectos que se producen son exactamente los mismos: somos “felices”, porque tenemos la certeza de que creemos en algo real; porque tenemos una esperanza diferente a quienes no creen; porque vamos por la vida luchando por hacer realidad el sueño de Jesús: vivir el Reino de Dios entre los hombres.

Piensa, a quién le debes tu fe: ¿a tus padres?, ¿a un sacerdote?, ¿a un catequista?, ¿a algún amigo?. La fe es un don de Dios que recibimos en el bautismo, pero también es consecuencia del testimonio de alguien que ya se encontró con Jesús Resucitado. Quizá tú has sido la causa de la fe de alguna persona. ¡felicidades!, esa es la tarea de todos los cristianos.

Pero…. si tu eres alguien que siente que su fe no es firme, es probablemente porque no has hallado a alguien que te de testimonio de su encuentro con Jesús Resucitado, ¿o no lo has querido ver? ¡no te desanimes!. Vale la pena que busques entre las personas que conoces; busca a alguien que ya lo haya encontrado, desde luego tienes que entrar en el “ambiente” donde están estas personas: es gente común, pero se distingue en que vive los valores cristianos: la verdad, la justicia, el amor y la paz; seguramente están entre tus compañeros de trabajo o de escuela; quizá entre tus vecinos; ven a Misa los domingos, o acércate a algún grupo parroquial; puedes encontrar aquí a esos testigos de la Resurrección que viven inmersos en el mundo transmitiendo el amor de Jesús de Nazaret.

Cada vez que veas a alguien que vive esos valores del Reino de Dios, es porque es un Testigo del Resucitado; obsérvalo, pregúntale por qué cree y por qué vive de tal manera. Con toda seguridad su testimonio de contagiará y tú también serás un testigo más, ayudando a Jesús a transformar al mundo.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Esperando con María, la Resurrección de Jesús.

Miro tu imagen Dolorosa, María Santísima, tus ojeras profundas, tus ojos que guardan el recuerdo de la última mirada del Amado.

Todos te intentan dar ánimo, Madre querida… sí, sabemos que tienes el corazón traspasado de dolor por esa espada anunciada.

Todos pensábamos que no nos veía, que no nos escuchaba, que estaba rota por la tristeza. Pero María se vuelve hacia todos y dice: No os preocupéis. Aquí estoy, con todos vosotros, como cada día. Vinimos juntos “caminando”, y nuestro Padre Celestial así lo dispuso.

Intuimos que nuestra Madre está como siempre, mirando nuestros corazones que no pueden tener secretos ante Ella.

Muchos de nosotros, la gran mayoría, solo atinamos a decir tu nombre, Señora. No nos salen las palabras ante tanto dolor, llorando recordando la Pasión y muerte de Jesús Nuestro Señor, Hijo tuyo.…

Y tú, como Madre, la que más dolor tienes y la que más afectada tienes que estar por la pérdida de tu Hijo, eres la que incomprensiblemente más entereza tienes y más consuelo das a los demás. Incluso en estos momentos amargos, mientras nos abrazas suavemente, reclinas nuestras cabezas en tu hombro, y nos dices que vayamos, que te acompañemos, que debemos ir allí ahora, pues José de Arimatéa le está por bajar de la Cruz.

No podremos aguantar con entereza ese momento, Señora. No nos pidas eso… No lo soportaremos viendo a Jesús muerto, después de tan horrible pasión.

Es su propia Madre, nuestra Madre, la que con su entereza nos dice a cada uno de nosotros: No temas, te sostendré fuerte, para que no caigas en ese desánimo.

José de Arimatéa bajó el cuerpo del Señor, mientras tú, amada Madre, sostenías el Santo Sudario que envolvería el preciosísimo cuerpo. José y los demás colocaron a Jesús en tus brazos… le quitaron la corona de espinas… besaste su frente, María, como tantas y tantas veces lo hiciste en estos bellos treinta y tres años, besaste la frente del niño, la frente del joven, la frente del hijo del Hombre que aceptaste aquel lejano día de la Anunciación… Le abrazaste fuerte… muy fuerte.

Y sin entenderlo ninguno de nosotros, le decías claramente: “ OH amor mío e Hijo mío, ve a donde debes ir, haz lo que debes hacer, que aquí quedará tu madre esperando por ti… Vamos hijo, ve, termina tu misión, Oh Hijo del Altísimo, a quien Dios dio el trono de David, su antepasado, para que reines sobre la casa de Jacob para siempre, en un Reino que no tendrá fin…

A tu nuevo hijo designado por el mismo Jesús y a todos los demás, nos dijiste luego: Haced lo que debe hacerse. Ahora pues, ahora, solo resta esperar…

Juan, quien había tomado de Jesús la responsabilidad de cuidar a esta Santa Mujer, se sintió turbado, creía que ella había enloquecido por el dolor, pues no comprendía las extrañas palabras que había pronunciado. Nosotros al igual que Juan, así mismo lo creímos, pues una Madre que acaba de perder con la muerte a su único Hijo, no se le esperan palabras de ese tipo.

Las demás mujeres, y amigos, que habíamos acompañado al Señor desde Galilea, nos fuimos acercando lentamente, para ver la sepultura de Jesús… En cambio tú, María, comenzaste a alejarte, paso a paso, lentamente, volteando algunas veces el rostro hacia el sepulcro… pero no querías grabar en tu alma esas imágenes como el final de una historia, no… ese no era el final y tú, solo tú, amada Madre del alma, tenías los argumentos suficientes como para tener la certeza más absoluta de que ése…ése no era el final…

Te seguimos en silencio, seguramente irías cantando bajito alguna canción de cuna que Jesús te habría escuchado ya en Belén.

Los demás, cabizbajos y aterrorizados por los sucesos, caminábamos a tu lado preguntándonos muchas cosas que se nos venían una y otra vez a la mente.

María, nos pregunta con la mirada dolorosa e iluminada, al mismo tiempo ¿Sabéis que es lo que está sucediendo en esto momentos?

Desde nuestra ignorancia y también desde nuestra incredulidad, como tratando de justificarnos ante tal pregunta, y antes de que pudiéramos contestar, María se nos adelanta y nos dice: “Pues… librando la batalla final, la más grande batalla jamás concebida en todos los tiempos… y saldrá triunfante, lo sé, triunfará sobre la muerte, porque para eso ha venido al mundo, para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Y añade casi de inmediato sabiendo y conociendo nuestros corazones, algo que le preocupa, es el dolor de sus Apóstoles y de todos sus amigos. Sabe que sufrimos porque en el fondo del alma, no creemos ni entendemos que Jesús pueda resucitar, no creemos que un simple mortal, por sí mismo, pueda levantarse de la tumba y eso es algo que María, su Madre es precisamente lo que debe corregir.

Nosotros no sabemos quién es realmente el Padre de Jesús, pues creemos que es hijo de José, el carpintero Por eso ella nos tiene que hablar y explicar para que todo tenga sentido….

De esta manera, no desesperaremos y creeremos definitivamente Señora mía, Madre del alma.

Tú que siempre estas tan preocupada por todos, nos recuerdas: ¿No escuchasteis lo que dijo Jesús antes de partir?, ahora todos sois mis hijos, y por eso tengo que hablaros hoy mismo.

Y quedaste en silencio el resto del camino.

Llegamos a casa de Juan y te dispusiste a  esperar, en silencio y oración, la llegada del resto de los Apóstoles que fueron entrando, uno a uno, con la mirada sombría, el temor dibujado en el rostro, pues todos tenían la convicción de que estaban ante un final no deseado, que sus sueños estaban deshechos, que su Amado Maestro había partido para siempre

Y ante la mirada sorprendida de todos, dijiste: Hijos míos, debo hablar con vosotros.

Todos nosotros, Apóstoles y amigos, al verte tan calmada y serena, mirándonos entre sí con mirada compasiva, pensando de nuevo que el dolor te enloquecía más, como te amamos y respetamos, te escuchamos con mucha atención.

A Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, Simón, Judas hijo de Santiago, comenzaste mirándolos a cada uno de ellos a los ojos, a aquellos Hijos queridos del alma, que han seguido a Jesús hasta el último minuto y les dices: “Él, estoy segura, se llevó en sus ojos el rostro de cada uno de vosotros. Él, os ama de una manera increíble, de una manera imposible para un ser humano común. Como Jesús os ama, queridos hijos, ningún mortal puede amar, pero Jesús puede amaros de esa manera porque Jesús no es un hombre común. Yo quiero y necesito que sepáis esto.

Lo sabemos, Madre, le replicó Juan. Jesús era el Hijo de Dios, pero, él ya no está, se ha ido, yo quiero creer, necesito creer en su regreso, pero el dolor me nubla el alma, Madre querida. Conocemos todos tu sufrimiento y lo respetamos plenamente, hablas de Él como si no hubiese muerto, pues tu dolor de madre es atroz.

María le dice: Juan, hijo mío, veo que no has comprendido plenamente. Yo quiero deciros que Jesús no es hijo de José.

En la habitación se hizo un silencio tan profundo que cada uno podía oír el latido de su propio corazón, miraron a María de una manera extraña, primero como horrorizados pensando quizás en un adulterio, luego, su mirada se fue tornando compasiva, la pobre mujer habría perdido el juicio seguramente.

Ella tuvo que recurrir de nuevo: No me miréis así, no estoy loca, no. Por el contrario, jamás hablé tan en serio. Bueno si, ya lo hice otra vez. Fue hace más de treinta y tres años, en mi pequeña aldea de Nazaret… yo estaba comprometida con José, que era un hombre justo y fue de hecho, el mejor padre terrenal que pudo haber tenido mi hijo Jesús. Por esos días en mi corazón, latía el sueño de toda mujer judía: poder ser la madre del Mesías, pues había escuchado muchas veces el relato de Isaías, “La Virgen está embarazada”, aunque no entendía bien eso de “La Virgen”, pero al igual esperaba, todas esperábamos y una tarde, estando yo en oración sola en mi casa, apareció ante mí un ángel, creedme, jamás habría podido imaginar que fuesen de tal belleza.

Cuando comenzó a hablarme tenía la voz de mil campanas y la pureza de mil cascadas de agua cristalina: “Me dijo que concebiría y daría a luz un hijo, al que pondría por nombre Jesús, el sería grande y sería llamado Hijo del Altísimo, pues Dios le daría el trono de David, su antepasado, reinaría sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendría fin”. También me habló del embarazo de Isabel, mi prima.

Pedro susurro: Esas palabras, fueron las que murmuraste mientras sostenías el Cuerpo del Maestro…..

María le contestó: Sí, Pedro, por ello, hijos míos, por este secreto que he llevado en mi corazón durante treinta y tres años, es que os pido, os suplico que no desesperéis, que Jesús resucitará en tres días, tal como os lo dijo tantas veces, Hijos de mi alma. ¿Sabéis cuantas veces me pregunté si debía hablar y cuando? Mientras vivía mi amado esposo nos sosteníamos el uno al otro, como guardianes del secreto, pero cuando Él se fue y quedé sola, antes del comienzo del ministerio, yo no comprendía cual sería la misión de ese muchacho trabajador, que estaba día y noche en el taller procurando el sustento para los dos. Muchas veces hablamos de Dios, de su amor. Era increíble como su mirada se iluminaba y a veces se entristecía, sobre todo cuando estaba por cumplir los treinta años. Y es que claro, Él sabía el final.

Sus ojos se llenaban de lágrimas al recordarlo…..

Mientras María hablaba, los hombres uno a uno, fuimos poniéndose de pie y acercándonos a la Madre, ahora mucho más sentida, querida y admirada Madre. Más que nunca. El primero en acercarse a ella fue Pedro, quien de rodillas ante María, besó su vestido en señal de respeto

María le dijo: Levántate Pedro, no es ante mí ante quien tienes que arrodillarte, sino ante Jesús, yo solo estoy aquí para hablaros de Él.

Pedro la abrazó con amor inmenso.

Así uno a uno, los discípulos los amigos y todos los ahora creyentes, hemos secando nuestras lágrimas y abrazando a María. Desde la primitiva Iglesia hemos estado más que nunca, unidos a la Madre como camino hacia el Hijo. Y aunque quedaba en los corazones el dolor de los últimos acontecimientos, también quizás alguna duda rebelde y empecinada, que seguirán dando vueltas en nuestras almas, hasta el domingo.

María ha encendido en nuestros corazones, la luz de la esperanza. Una luz que será camino para muchos, para todos. El Gran Secreto, ha visto la luz y se ha transformado precisamente en eso, en LUZ.

María, Madre nuestra, gracias por permitirnos compartir este maravilloso momento contigo, gracias por llenarnos de esperanza, de fuerza y sobre todo, de paz.

Ya no iremos al sepulcro de tu Hijo. No hace falta. Pero te acompañaremos en la mañana del domingo para estar presente cuando María Magdalena nos anuncie que el SEÑOR HA RESUCITADO. Queremos abrazar AL QUE VIVE.

Texto adaptado de María Susana Ratero. Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles de Cesario Gabaraín

Para ti, Madre querida, dedicarte una plegaria…..

Hoy quiero cantarte Señora de los Angeles, Reina soberana, Madre celestial.

Yo soy una Alondra que ha puesto en tí su nido, viendo tu hermosura te reza su cantar.

Luz de la mañana, María templo y cuna, mar de toda gracia, fuego, nieve y flor.

Puerta siempre abierta, Rosa sin espinas, yo te doy mi vida, soy tu Trovador.

El Amor Fraterno, camino de amor a Dios

En la vida humana hay algunas circunstancias y situaciones que no son objeto de elección. No podemos elegir a nuestros padres ni el elegir o situación para nacer. Tampoco podemos elegir a nuestros hermanos. Y esto, en diversas etapas de la vida trae problemas. De pequeños hay peleas con los hermanos para llamar la atención de los padres. Ya mayores, también hay peleas por una relación desgastada.

Las peleas de infancia o de madurez pueden sanarse con el cultivo del amor fraternal. El amor fraternal es del deseo del bien de un prójimo que comparte nuestro origen y que es igual a nosotros. En el amor filial o paterno siempre hay una relación de autoridad o de superioridad. Por tanto, no puede haber un amor entre iguales, sino entre subordinados, pues el hijo se subordina al padre.

En cambio, entre hermanos hay una relación de iguales. Esta igualdad se da tanto por el origen como por la relación.  Los hermanos tienen una capacidad de desearse el bien más sinceramente porque ven en el otro un reflejo de sí mismo. Esto implica que hay un profundo conocimiento del otro y de sus necesidades. El amor fraterno, entonces, se da entre los iguales y desea el bien para los iguales. No olvidemos que el amor fraternal más perfecto es el mutuo, aunque a veces esto no suceda así. No obstante esta posible situación, el amor fraterno puede llegar a ser mutuo si uno de los hermanos comienza a amar desinteresadamente primero.

Quien no ama a su hermano no ama a Dios

Una lección universal sobre el amor fraternal la encontramos en la Primera carta de Juan. En ella se discute la posibilidad de amar a Dios sin amar a los hermanos, sean estos carnales o de religión. La respuesta de Juan es contundente: no se puede amar a Dios si no amamos a nuestro hermano. Pues si no amamos al hermano que os queda cercano y conocemos bien, ¡Cuánto más Dios, que es inmaterial y perfecto, el cual nos queda lejos como un objeto de amor si no lo conocemos bien!

Por eso dice San Juan: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. (1 Jn 4, 20) El apóstol nos invita a practicar el amor fraternal como un medio para conocer a Dios y como una práctica para el amor divino. Esto es una cuestión de posibilidades. No es posible amar lo que no se conoce. Y si conocemos al hermano que es semejante a nosotros, y no lo amamos no es posible que digamos a Dios. Pues Dios no es como el hermano que es cercano, sino que es misterioso y un tanto oculto. A Dios no lo conocemos como al hermano, y como no podemos amar lo que no conocemos no podemos amar a Dios si primero no ejercemos el amor fraternal.

El amor del que se habla aquí no se circunscribe a los hermanos carnales, sino que se expande a toda la comunidad de creyentes, que son hermanos por tener a Dios como Padre y por ser hijos en el Hijo. Incluso parece que el apóstol llama a los cristianos a amar a toda la comunidad humana en el amor fraternal.

Amor fraterno, Eucaristía, Sacerdocio.

Tres palabras que sobresalen en este día de Jueves Santo.

Tres palabras que, en este día, nos remiten a lo más nuclear de nuestra existencia cristiana. Antiguamente se decía que este día era uno de los tres jueves del año que relucen más que el sol. Y este jueves sigue reluciendo por el amor, por la eucaristía y por la institución del sacerdocio ministerial.

Celebramos el día del amor fraterno, solidario, servicial conjugando varios verbos y expresiones: “servir”, “abajarse”, “entregarse hasta el extremo”, “dar la vida por los demás”, “considerar a los pobres como amos y señores”, “descubrir en los pobres el rostro sufriente de Cristo”, “unir -como diría San Vicente de Paúl- el amor afectivo y el amor efectivo”…

Celebramos el día de la Eucaristía no como un precepto tranquilizador o una devoción privada, sino como lo que nos dice el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros: “No se construye ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración de la Sagrada Eucaristía” (nº 6); “La Eucaristía es fuente y cima de toda evangelización” (nº 5). O lo que también subraya el mismo Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos: “La Eucaristía es el centro y la cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana” (nº 30). Porque la Eucaristía es, en definitiva, la “experiencia fundamental de la Iglesia”.

Y celebramos la institución del sacerdocio dando gracias a Dios, porque a pesar de todos los pesares, sigue habiendo sacerdotes entregados a una tarea callada, sacrificada, abnegada, generosa… A pesar de todo, sigue habiendo sacerdotes “con olor a oveja”, como quiere el Papa Francisco; sigue habiendo sacerdotes que queman su vida por los pobres, por los marginados, por los desheredados de este mundo. Muchas gracias a TODOS ELLOS.

EL AMOR EXTREMO DE CRISTO.

«…habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El amor de Jesucristo es un amor divino, pues Él es el Hijo de Dios, hecho hombre sin dejar de ser Dios. Por eso su actuación nos sorprende tantas veces, nos desconcierta incluso, se nos hace incomprensible. En el pasaje de hoy eso es lo que le ocurre a San Pedro, no le cabe en la cabeza que Jesús lave los pies a sus discípulos, cuando ese menester era tan humillante que no se le podía exigir, según las leyes judías contenidas en la Mina, a ningún hijo de Israel. El gesto del lavatorio lo dice todo. Demuestra que ha venido a servir y no a ser servido, está dispuesto a dar la vida por todos.

Era el suyo, es y será, un amor sin límites, extremo. Algunos traducen hasta el fin en lugar de hasta el extremo.

NOS CONMUEVE, Y MUCHO, SEÑOR

Tu cena, con sabor a despedida
sazonada con palabras de testamento.
“Haced esto en conmemoración mía”
No tendremos ya más excusas, Señor
tu entrega es radical y verdadera
y, porque no quieres que falte nada,
nos dejas apiñados alrededor de una mesa
y con tres dones que acompañarán
toda nuestra existencia:
amor, eucaristía y sacerdocio

NOS CONMUEVE, Y MUCHO, SEÑOR

Tu Cuerpo y tu Sangre salvadora
como alimento de vida eterna
Tus Palabras, que selladas con tu sangre,
son exponente de la autenticidad de tu entrega
Tus rodillas, besando el suelo,
diciéndonos que no hay mayor galardón
que el desvivirse amando generosamente
sirviendo sin esperar nada a cambio
brindándonos incluso al adversario

NOS CONMUEVE, Y MUCHO, SEÑOR

Verte humillado y postrado como siervo
cuando tan amigos somos de las alturas
anhelando el ser servidos antes que servir
o estar simplemente, cómodamente sentados

NOS CONMUEVE, Y MUCHO, SEÑOR

Que nos ames y nos hagas tus confidentes
conociendo la madera en la que estamos tallados
nuestras traiciones y verdades a medias
nuestros egoísmos y falsedades
el Judas que, en el corazón o a la vuelta de la esquina
te malvende por unas monedas…..o por nada

NOS CONMUEVE, Y MUCHO, SEÑOR

Que te estremezcas con tal pasión por el hombre
Que te quedes, en la Eucaristía, para siempre
Que, seas Sacerdote de la Nueva Alianza
y te ofrezcas por la salvación de todos nosotros

NOS CONMUEVE, TODO ESO, SEÑOR

D. Javier Leoz Ventura. Párroco de San Lorenzo (Pamplona)
Delegado de Religiosidad Popular Diócesis de Pamplona y Tudela.

La imagen puede contener: una persona, sentada, noche e interior

San José, una historia de Fe.

Mucho se ha escrito acerca de Jesucristo, su vida y su obra. De sus años perdidos y sus años públicos, sobre su muerte, su resurrección y su capacidad de obrar milagros. Pero hay un gran personaje, casi desconocido, el gran olvidado y del que poco se habla en las Sagradas Escrituras; San José, perteneciente a la estirpe del Rey David, tal y como lo presentan San Mateo y San Lucas, artesano humilde, de oficio y profesión carpintero y que habría enseñado a su Hijo, como padre terrenal de Jesucristo, dicho oficio.

Tenemos que irnos a otras escrituras para completar más, la vida, obra y muerte de éste gran hombre que se encontró con hechos inexplicables y con situaciones que humanamente le desbordaron completamente.

¿Pero quién fue José, el carpintero?

 

En el Plan Reconciliador de Dios, San José tuvo un papel esencial: Dios le encomendó la gran responsabilidad y privilegio de ser el padre adoptivo y terrenal de su propio Hijo, y de ser esposo virginal de la Virgen María.

José, el santo custodio de la Sagrada Familia, es la persona que más cerca está de Jesús y de la Santísima Virgen María.

Hijo descendiente de Jacob e hijo de Helí. Nace en Belén, ciudad del Rey David del que era descendiente y después vive en Nazaret. De profesión carpintero, y San Justino lo confirma, así como la tradición ha aceptado esta interpretación de su oficio. Nuestro Señor Jesús fue llamado “Hijo de José”, “el carpintero” (Jn 1,45; 6,42; Lc 4,22).

Jesús, quién fue engendrado en el vientre virginal de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, es Hijo de Dios, pero José lo adoptó amorosamente y Jesús se sometió a él como un buen hijo ante su padre. ¡Cuánto influenció José en el desarrollo humano del niño Jesús! ¡Qué perfecta unión existió en su ejemplar matrimonio con María!

El evangelio de San Mateo (1: 18-24) muestra parte del drama que debió de vivir José de Nazaret al saber que María estaba embarazada. Iba a repudiarla en secreto porque era hombre bueno de corazón y justo, no queriendo fuera apedreada según lo dispuesto en la Ley.

Un ángel del Señor, le manifestó en sueños que el niño que María había concebido, era por obra del Espíritu Santo y que su hijo «salvaría a su pueblo de sus pecados», por lo que José, ya no tuvo ninguna duda y aceptó a María (Mateo 1: 20-24)

Las principales fuentes de información sobre la vida de San José son los primeros capítulos del evangelio de Mateo y de Lucas. En los relatos no conocemos palabras expresadas por él, tan sólo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección como padre responsable del bienestar de su amadísima esposa y de su excepcional Hijo.

Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. Es, pues, el “Santo del silencio”.

Su santidad se irradiaba desde antes de los desposorios. Es un “escogido” de Dios; desde el principio recibió la gracia de discernir los mandatos del Señor. No es que haya sido uno de esos seres que no pronunciaban palabra, fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: “sean pocas tus palabras”. Es decir, su vida sencilla y humilde se entrecruzaban con su silencio integral, que no significa mero mutismo, sino el mantener todo su ser encauzado a cumplir el Plan de Dios. San José, patrono de la vida interior, nos enseña con su propia vida a orar, a amar, a sufrir, a actuar rectamente y a dar gloria a Dios con toda nuestra vida.

Su libre cooperación con la gracia divina hizo posible que su respuesta sea total y eficaz. Dios le dio la gracia especial según su particular vocación y, al mismo tiempo, la misión divina excepcional que Dios le confió requirió de una santidad proporcionada.

Se ha tratado de definir muchas veces las virtudes de San José: “Brillan en él, sobre todo las virtudes de la vida oculta: la virginidad, la humildad, la pobreza, la paciencia, la prudencia, la fidelidad que no puede ser quebrantada por ningún peligro, la sencillez y la fe; la confianza en Dios y la más perfecta caridad. Guardó con amor y entrega total, el depósito que se le confiara con una fidelidad propia al valor del tesoro que se entrega a custodia en sus manos.”

San José es también modelo incomparable, después de Jesús, de la santificación del trabajo corporal. Por eso la Iglesia ha instituido la fiesta de S. José Obrero, celebrada el 1 de mayo, presentándole como modelo sublime de los trabajadores manuales.

La concepción del Verbo divino en las entrañas virginales de María se hizo en virtud de una acción milagrosa del Espíritu Santo. Este hecho es narrado por el Evangelio y constituye uno de los dogmas fundamentales de nuestra fe católica: la virginidad perpetua de María. En virtud a ello, San José a recibido diversos títulos: padre nutricio, padre adoptivo, padre legal, padre virginal; pero ninguna en si encierra la plenitud de la misión de José en la vida de Jesús.

San José ejerció sobre Jesús la función y los derechos que corresponden a un verdadero padre, del mismo modo que ejerció sobre María, virginalmente, las funciones y derechos de verdadero esposo. Ambas funciones constan en el Evangelio. Al encontrar al Niño en el Templo, la Virgen reclama a Jesús: ”Hijo, porque has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, te buscábamos”. María nombra a San José dándole el título de padre, prueba evidente de que él era llamado así por el propio Jesús, pues miraba en José el reflejo y la representación auténtica de su Padre Celestial.

La relación de esposos que sostuvo José con María, es ejemplo para todo matrimonio; ellos nos enseñan que el fundamento de la unión conyugal está en la comunión de corazones en el amor divino. Para los esposos, la unión de cuerpos debe ser una expresión de ese amor y por ende un don de Dios. San José y María Santísima, sin embargo, permanecieron vírgenes por razón de su privilegiada misión en relación a Jesús. La virginidad, como donación total a Dios, nunca es una carencia; abre las puertas para comunicar el amor divino en la forma más pura y sublime. Dios habitaba siempre en aquellos corazones puros y ellos compartían entre sí los frutos del amor que recibían de Dios.

Desde su unión matrimonial con María, José supo vivir con esperanza en Dios la alegría y también el dolor, fruto de los sucesos de la vida diaria.

En Belén tuvo que sufrir con la Virgen, la carencia de albergue hasta tener que tomar refugio en un establo. Allí nació Jesús, Hijo de Dios. El atendía a los dos como si fuese el verdadero padre. Como sería su estado de admiración a la llegada de los pastores, los ángeles y más tarde los magos de Oriente. Referente a la Presentación de Jesús en el Templo, San Lucas nos dice: “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él”.

Después de la visita de los magos de Oriente, Herodes el tirano, lleno de envidia y obsesionado con su poder, quiso matar al niño. José, de nuevo, escuchó el mensaje de Dios transmitido por un ángel: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle”. José obedeció y tomo responsabilidad por la familia que Dios le había confiado. Por este motivo, tuvieron que vivir José, María y el Niño en el exilio de Egipto.

Esto representaba dificultades muy grandes: la Sagrada familia, siendo extranjera, no hablaba el idioma, no tenían el apoyo de familiares o amigos, serían víctimas de prejuicios, dificultades para encontrar empleo y la consecuente pobreza. José aceptó todo eso por amor sin exigir nada, siendo modelo ejemplar de esa amorosa obediencia que como hijo debe a su Padre en el cielo.

Se ignora la fecha de su muerte, aunque se acepta que José de Nazaret murió cuando Jesucristo tenía ya más de 12 años, pero antes del inicio de su predicación. Se llega a esta aceptación pues en el evangelio de San Lucas (2: 41-50) menciona a «los padres» de Jesús cuando éste ya cuenta con 12 años, pero no se menciona a José de Nazaret en los Evangelios canónicos durante el ministerio público de Jesús, por lo que se presume que murió antes de que éste tuviera lugar.

También por ello, es lo más probable que San José hubiera muerto antes del comienzo de la vida pública de Jesús ya que no estaba presente en las bodas de Canaá ni se habla más de él. De estar vivo, San José hubiese estado sin duda al pie de la Cruz con María. La entrega que hace Jesús de su Madre a San Juan da también a entender que ya San José estaba muerto.

Según San Epifanius, San José murió ya mayor y el Venerable Beda dice que fue enterrado en el Valle de Josafat.

El Papa Pío IX, atendiendo a las innumerables peticiones que recibió de los fieles católicos del mundo entero, y, sobre todo, al ruego de los obispos reunidos en el concilio Vaticano I, declaró y constituyó a San José, Patrono Universal de la Iglesia, el 8 de diciembre de 1870.

¿Que mejor guardián o patrón va a darle Dios a su Iglesia? pues el que fue el protector de su propio Hijo, el Niño Jesús y de María.

Cuando Dios decidió fundar la familia divina en la tierra, eligió a San José para que sea el protector y custodio de su Hijo; para cuando se quiso que esta familia continuase en el mundo, esto es, de fundar, de extender y de conservar la Iglesia, a San José se le encomienda el mismo oficio. Un corazón que es capaz de amar a Dios como a hijo y a la Madre de Dios como a esposa, es capaz de abarcar en su amor y tomar bajo su protección a la Iglesia entera, de la cual Jesús es cabeza y María es Madre.

Una de las más fervientes propagadoras de la devoción a San José fue Santa Teresa de Ávila. En el capítulo sexto de su vida, escribió uno de los relatos más bellos que se han escrito en honor a este santo: “Tomé por abogado y protector al glorioso San José, y encomiéndeme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores, este padre y señor mío me saco con más bien de lo que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa tan grande las maravillosas mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; de este santo tengo experiencia que socorre en todas las necesidades, y es que quiere el Señor darnos a entender, qué así como le fue sujeto en la tierra, que como tenia nombre de padre, y le podía mandar, así en el cielo hace cuánto le pide. Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de este glorioso santo por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios”.

Otros santos que también propagaron la devoción a San José, fueron San Vicente Ferrer, Santa Brígida, San Bernardino de Siena (que escribió en su honor muy hermosos sermones) y San Francisco de Sales, que predicó muchas veces recomendando la devoción al Santo Custodio.

Pero José de Nazaret, es el gran olvidado por nosotros o por lo menos, por la gran mayoría. Durante siglos a San José se le ha “separado” de hecho de su esposa María. Basta con mirar muchas de nuestras iglesias: María está y reina en lugar destacado, en el presbiterio, a veces incluso más visible que la cruz de Cristo. San José, cuando hay suerte, está en una capilla lateral oscura y llena de polvo.

Y gracias a que La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos hizo público el 19 de junio de 2013, el decreto con el que se incluía el nombre de San José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV de la tercera edición del Misal Romano, añadiendo después del nombre de la Bienaventurada Virgen María, a San José, su esposo…

María, Madre de Jesús Nuestro Señor, mi Madre, nuestra Madre, llenando oraciones, fiestas litúrgicas, diversidad de cantos, bellísimas obras de arte, esculturas excepcionales… San José, pintado como un viejo durante siglos, sin aparecer incluso en muchos villancicos…

Cuantas y cuantas fiestas de los diferentes pueblos llevan el nombre de María. Cuantas fechas del calendario son para María y solamente un solo día, y además en muchos lugares a veces ni festivo para San José…Bueno, sí, también el primero de mayo… pero ahora ya, por otros motivos y significados.

Quizás la Virgen María y Jesús su hijo, pudieran estar un poco enojados con nosotros, por no darle la debida atención y culto. Por suerte la devoción popular fue avanzando y comenzó en el siglo XVI a venerar a San José como se merece este hombre bueno y justo.

A la Sagrada Familia no podemos cantarla por separado: Jesús por un lado, María por otro y José…para quien se acuerde ¿Cuántas veces Jesús adolescente no entraría en una casa diciendo “vengo de parte de mi padre” refiriéndose a José al igual que de mayor lo dijo para referirse a su otro Padre y a su misión?

De siempre se dice que a Dios se llega por María y es verdad, pero también se debe de ir por José, pues en cualquier situación de nuestra vida a través de José, a su lado encontraremos siempre a María. Y en sus brazos al Niño. Que de ahí le viene a José la grandeza: El mismísimo Dios, se acurrucó en sus brazos para dormir tranquilo…

 

 

 

 

Sigamos el ejemplo de “las almas más sensibles a los impulsos del amor divino”, las cuales “ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior”

dijo Su Santidad el Papa SAN JUAN PABLO II

Y también a nosotros, como padres, nos dirigió Su Santidad el Papa FRANCISCO un bonito y sencillo detalle: “Pido para ustedes la gracia de estar siempre muy cerca de sus hijos, dejándolos crecer, pero de estar muy cercanos, ¿eh? Ellos tienen necesidad de ustedes, de su presencia, de su cercanía, de su amor. Sean para ellos como San José: custodios de su crecimiento en edad, sabiduría y gracia.”

 

 

 

COMO SAN JOSE, SEÑOR

Quisiera ser hombre de fe y de esperanza
De fe; para no perderte
De esperanza; para nunca dejar de desearte
Quisiera, Señor, que el hilo de mi vida
tuviera el color de mi confianza en Ti.
Que, incertidumbres ni dudas pasajeras,
dinamitasen la mirada que tengo puesta en TI.
Sí, Señor;
como San José, me fiaré y te buscare
me entregaré y colabore contigo
Obedeceré y allanaré muchos senderos
meditaré tu Palabra y la llevaré a mi vivir.

COMO SAN JOSE, SEÑOR

Quisiera que, más que mis palabras,
mi vida hablase de Ti y por Ti
Quisiera que, mis noches,
estuvieran iluminadas y, siempre respondidas
o aconsejadas por sueños divinos
Quisiera que, mis amaneceres,
fueran saludados por la mano de Santa María.

COMO SAN JOSE, SEÑOR

Ojala que, mis actos y mis pensamientos,
fueran reflejo de la justicia que Tú deseas
Que mis manos, apoyadas en el cayado de la bondad,
regalasen tanto amor como él te ofreció.

COMO SAN JOSE, SEÑOR

Quisiera ponerme en pie, y para salvarte,
llevarte allá donde nadie te pudiera herir ni ofender,
lastimar o despreciar, humillar o aniquilar.

COMO SAN JOSE, SEÑOR

Quisiera acoger en mis manos, a tu Hijo
Enseñarle sus pasos a todos mis hermanos
Creer como él creyó
Esperar como él esperó
Y vivir, contigo, como el vivió
Silencio, buenas obras….y escasas palabras
Amén.

¡A TODOS LOS PADRES, FELICIDADES!!!!!!!

D. Javier Leoz Ventura. Párroco de San Lorenzo y
Delegado de Religiosidad Popular Diócesis de Pamplona

“Domingo Laetare” o “Domingo de la Alegría”

La Cuaresma es un tiempo penitencial, de oración, ayuno y limosna, donde el color litúrgico es el púrpura o morado.

Entretanto, tenemos, en el transcurso de éste tiempo penitencial, un momento de júbilo donde el color litúrgico pasa del púrpura al rosa. Es el llamado “Domingo Laetare”, o “Domingo de la Alegría”, como ocurre en éste domingo.

¿Pero, usted sabe el por qué?

El IV Domingo de Cuaresma recibe este nombre porque así comienza la Antífona de Entrada de la Eucaristía: “Laetare, Ierusalem, et conventum facite omnes qui diligites eam; gaudete cum laetitia, qui in tristitia fuistis; ut exsultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestrae” (“¡Alégrate Jerusalén! ¡Reuníos, vosotros todos que la amáis; vosotros que estáis tristes, exultad de alegría! Saciaos con la abundancia de sus consolaciones”), conforme Isaías 66, 10-11.

El color litúrgico puede variar del púrpura al rosa para representar la alegría por la proximidad de la Pascua.

Laetare 2

Este domingo ya fue llamado también de “Domingo de las Rosas”, pues, en la antigüedad, los cristianos acostumbraban obsequiarse rosas. Y es aquí que surge la “Rosa de Oro”.

En el siglo X surgió, entonces, la tradición de la “Bendición de la Rosa”, ocasión en que el Santo Padre, en el IV Domingo de la Cuaresma, iba del Palacio de Letrán a la Basílica Estacional de Santa Cruz de Jerusalén, llevando en la mano izquierda una rosa de oro que significaba la alegría por la proximidad de la Pascua. Con la mano derecha, el Papa bendecía a la multitud. Regresando procesionalmente a caballo, el Papa veía su montura conducida por el prefecto de Roma. Al llegar, obsequiaba al prefecto la rosa, en reconocimiento por sus actos de respeto y homenaje.

Rosas de oro

De ahí, entonces, tuvo inicio la costumbre de ofrecer la “Rosa de Oro”, para personalidades y autoridades que mantenían una buena relación con la Santa Sede, como príncipes, emperadores, reyes…

En los tiempos modernos los papas acostumbran remitir este símbolo de afecto personal a santuarios de destaque. Por ejemplo, el Santuario de Nuestra Señora de Fátima, Portugal, recibió una Rosa de Oro de Pablo VI, en 1965, y la Basílica de Nuestra Señora Aparecida, Brasil, recibió una también de Pablo VI, en 1967 y otra más de Benedicto XVI, en 2007.

 

 

Los dos tiempos litúrgicos de preparación a la venida del Señor, el adviento, cuarenta días de espera a su Nacimiento y la cuaresma, los mismos días de preparación para su Muerte y gloriosa Resurrección son tiempos de penitencia en los que el color morado es el propio de la liturgia.
Sin embargo, esta excepción en el que el color rosa hace acto de presencia brevemente durante ambos periodos litúrgicos. Rosa que simboliza alegría, aunque una alegría pasajera y efímera.
Como ya hemos dicho, se utiliza los domingos de Gaudete (es el imperativo del verbo latino “gaudeo” que significa gozar íntimamente, complacerse en algo. Por tanto “gaudete” significa regocijaos. Regocijo en Adviento porque pronto nacerá el Salvador) en el tercer domingo de Adviento y Laetare (que es el imperativo del verbo latino “laetor” que significa alegrarse, regocijarse. Alegraros y regocijaros porque el Señor padecerá, pero también resucitará) en el cuarto de Cuaresma. En medio de un tiempo de oración, limosna y ayuno, el rosa recuerda brevemente la alegría de en la proximidad de la Navidad o de la Pascua.
Gaudete y laetare, palabras latinas cuyo significado es similar, regocíjate y alégrate. La antífona de entrada de la Misa de este próximo domingo, comienza con esas palabra que da nombre al día; “Laetare, Ierúsalem” (Is 66), “Alégrate, Jerusalén”, de la misma forma que el del domingo de Adviento comienza con “Gaudéte in Dómino semper” “Estad siempre alegres en el Señor”.

Los ornamentos de color rosado, que es un morado aclarado o alegre, surgieron en la Baja Edad Media en el sur de Italia. Se asignan a los domingos Gaudete, III de Adviento, y Laetare, IV de Cuaresma, por ser los penúltimos de cada tiempo señalado: es un respiro en el camino de la austeridad al divisar en el horizonte la gloria que se va a alcanzar.
El color rosa pasó al Caeremoniale Episcoporum y de ahí se extendió su uso, aunque nunca ha sido preceptivo, sino “ad libitum”, es decir, a consideración o discreción del celebrante o presidente de la celebración litúrgica.
Como vemos, la liturgia de este Domingo se ve marcada por la alegría, ya que se acerca el tiempo de vivir nuevamente los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, durante la Semana Santa. Al igual que el tercer Domingo de Adviento (“Gaudete”), se rompe el esquema litúrgico de la Cuaresma, con algunas particularidades:

  • – Predomina el carácter alegre (litúrgicamente hablando)
  • – Se usa color rosáceo en los ornamentos (siempre que esto sea posible).
  • – Los ornamentos pueden ser más bellamente adornados.
  • – Los diáconos pueden utilizar dalmática.
  • – Se puede utilizar el Órgano.

En general, son normas plenamente aplicables a ambas formas del rito romano, salvo del hecho de que algunas son obligatorias en la forma extraordinaria.

Entrando más en el sentido litúrgico de éste domingo, vemos que todo gesto y signo involucra algo verdaderamente en consonancia y dirección a los Sagrados Misterios que se vivirán pronto, donde el Señor sufre su pasión, muere por nuestros pecados, y resucita para darnos la Salvación.

Y es que el Domingo Laetare nos invita a mirar más allá de la triste realidad del pecado, mirando a Dios, quien es fuente de infinita Misericordia. Es una nueva invitación a convertirnos de corazón hacia Dios, para Amarlo y cumplir sus preceptos, que nos hacen libres.

Así mismo, no se debe olvidar que permanecemos en Cuaresma, por lo cual el Domingo Laetare no es un alto de la penitencia, sino que es para recordarnos que siempre, detrás de toda penitencia está el deber de aborrecer el pecado, el propósito de no pecar más y de confesar los pecados, para así vivir en Gracia, que nos es otorgada por Dios en su infinita misericordia.

 

Evangelio 4º domingo de Cuaresma “Laetare”

Lectura del santo evangelio según San Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

Palabra del Señor.