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Archivo de la categoría ‘Iglesia – estado, sociedad y religión’

¡Santiago y cierra, España!

SantiagoApostol-25Julio

¿Qué es el voto de Santiago?

Es el nombre con el que se conocía al compromiso impuesto a los cristianos de los reinos de la Península, no sometidos al Islam, por el que se imponía el pago, además de los ya reconocidos y ancestrales diezmos y primicias que todo creyente debía a la Santa Madre Iglesia, de un nuevo diezmo del cereal recolectado y del vino producido, así como que, de todo botín que en las distintas expediciones guerreras se cogiesen a los sarracenos, se entregase al bienaventurado apóstol una parte exacta de la que correspondía a un soldado de a caballo y cuyo beneficiario sería el obispado de Compostela.

Se basa en el resultado de la Batalla de Clavijo, y cuenta la tradición, que no la historia, que todo parte de la negativa del rey Ramiro I de Asturias a pagar a Al-Ándalus, el llamado Tributo de las Cien Doncellas.

Este tributo fue una especie de reconocimiento del reino de Asturias, único reino cristiano de la Península en aquel momento, de la supremacía militar del Emirato de Córdoba, cuando allá por el año setecientos ochenta y tres, el rey Mauregato se hizo con la corona de Asturias gracias al apoyo del emir Abderramán I. El tributo que como de su nombre se desprende, consistía en entregar a los sarracenos cada año, cien doncellas, la mitad del pueblo llano y la otra mitad de la nobleza y castas privilegiadas, siendo considerado bochornoso por toda la población del reino y así, cinco años más tarde, Mauregato fue asesinado por dos nobles como consecuencia de aquella vergonzosa firma, sentando en el trono a Bermudo I, el cual tiene una idea fija que era acabar con tan execrable tributo.

Bermudo lo consigue, aunque sustituyéndolo por un pago en dineros, cosa que tampoco era demasiado satisfactoria.

A la muerte de Bermudo le sucede Alfonso II, apodado El Casto, que ya había sido rey antes, cuando fue depuesto por Mauregato. El reinado de El Casto ha sido de los más largos de la historia de España, pues duró cincuenta y un años y durante el cual se descubrió la tumba del apóstol Santiago en el Campo de la Estrella.

Alfonso II, consideraba ominoso el pago en dinero del tributo de las doncellas y determinó no pagarlo más y las cosas quedaron así, pero a su muerte le sucedió Ramiro I, cuyo reinado coincidió con el del poderoso emir Abderramán II, el cual se acordó de aquel viejo tributo que los asturianos debían satisfacer y lo reclamó al rey Ramiro.

Corría el año 844 y el monarca no estaba dispuesto a seguir doblando la cerviz ante el sarraceno y formando un ejército importante para la época y las circunstancias económicas y sociales de Asturias, salió en busca de los moros.

Al llegar a Nájera y Albelda, dos ciudades próximas, situadas en La Rioja, las tropas de Ramiro se vieron rodeadas por un numerosísimo ejército musulmán al mando del propio Abderramán II que cayó sobre ellos causando tremendas bajas, debiendo los cristianos batirse en retirada, refugiándose en el Castillo de Clavijo, en la cima del Monte Laturce, montaña de poco más de mil metros de altura, desde el que se divisa gran parte de la comarca de La Rioja.

Castillo de Clavijo

Retirados apresuradamente, los cristianos se guarecen en los riscos del monte y en el castillo que en aquella época debía ser poco más que una torre de vigilancia, en donde se disponen a pasar la noche, entre el frío del momento y el miedo al ejército moro, cuyas proporciones ya habían podido comprobar.

El rey Ramiro, tuvo aquella noche un sueño en el que se le apareció el apóstol Santiago en todo su esplendor, asegurando su presencia en la batalla que al día siguiente tendría lugar y cuyo resultado, gracias a su ayuda, sería una rotunda victoria.

Siguiendo la leyenda, al día siguiente se libró la tremenda batalla en la que apareció el apóstol totalmente vestido de blanco y montando un corcel del mismo color, animando y combatiendo contra los moros y cuyo resultado fue una rotunda victoria cristiana que persiguiendo al ejército moro, ya derrotado y disperso, consiguieron llegar hasta la ciudad de Calahorra, en poder musulmán y restituirla a la fe cristiana.

Agradecido, el 25 de julio de aquel año, el rey instituyó en la ciudad de Calahorra, el llamado “Voto de Santiago”, por el que ofrecían al apóstol cosechas y botín de guerra.

santiago

Lo cierto es que de esta institución no se tiene constancia oficial, pues según cuentan las crónicas, al parecer, el diploma en el que se recogía el compromiso se habría extraviado en 1543, al ser presentado en la chancillería de Valladolid, con motivo de cierto pleito al respecto de algunas villas castellanas y el pago de dichos diezmos, pero, afortunadamente, existían copias en algunos monasterios, una de las cuales, escrita en latín, se conserva en la Biblioteca Nacional.

Desde la mítica batalla, se impuso, en los territorios cristianos del norte, la festividad del santo apóstol “Santiago Matamoros” el día 25 de julio y lo que fue mucho más importante es que se da a conocer que la tumba del apóstol, recién descubierta, está en Compostela y aquí se inicia la etapa de las peregrinaciones que tanto aportarían a Galicia y a toda la España cristiana.

Santiago “el Mayor”, Apóstol de Cristo.

 

 

Santiago el Mayor

Fue uno de los 12 apóstoles del Señor.

Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea, donde tenían una pequeña empresa de pesca. Tenían obreros a su servicio, y su situación económica era bastante buena pues podían ausentarse del trabajo por varias semanas, como lo hizo su hermano Juan cuando se fue a estarse una temporada en el Jordán escuchando a Juan Bautista.

Santiago formó parte del grupo de los tres preferidos de Jesús, junto con su hermano Juan y con Simón Pedro. Después de presenciar la pesca milagrosa, al oír que Jesús les decía: “Desde ahora seréis pescadores de hombres”, dejó sus redes y a su padre y a su empresa pesquera y se fue con Jesucristo a colaborarle en su apostolado. Presenció todos los grandes milagros de Cristo, y con Pedro y Juan fueron los únicos que estuvieron presentes en la Transfiguración del Señor y en su Oración en el Huerto de Getsemaní. ¿Por qué lo prefería tanto Jesús? Quizás porque (como dice San Juan Crisóstomo) era el más atrevido y valiente para declararse amigo y seguidor del Redentor, o porque iba a ser el primero que derramaría su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.

Aparece como una persona apasionada, llena de arrojo y decisión, capaz de ponerlo todo en juego; como una persona que arrasa por su empuje y que no se para en echar cálculos y medir consecuencias. Santiago forma parte del grupo inicial de la Iglesia Primitiva de Jerusalén.

Estuvo presente en momentos muy importantes de la vida de Jesús y se ha considerado uno de sus discípulos predilectos. Asistió, junto con Juan y Pedro, a la resurrección de la hija de Jairo. Fue testigo en la Transfiguración en el Monte Tabor y estuvo también el El Huerto de Getsemaní.

Lucas nos relata uno de sus momentos: “junto a su hermano Juan solicitó de Jesús que hiciese bajar fuego del Cielo para arrasar a inhospitalarios samaritanos que se negaban a dar albergue al maestro”.

La tradición le atribuye una gran labor de evangelización en la provincia hispánica que le correspondió en el reparto que los Apóstoles realizaron con el fin de difundir el Evangelio de Cristo.

Viajó desde Jerusalén hasta Cádiz (España), cruzando el mar Mediterráneo cuando los apóstoles fueron enviados por Jesús a predicar. Desembarcó en la Península Ibérica y cristianizó la región. Sus predicaciones no fueron bien recibidas, por lo que se trasladó posteriormente a Zaragoza. Aquí se convirtieron muchos habitantes de la zona. Estuvo predicando también en Granada, ciudad en la que fue hecho prisionero junto con todos sus discípulos y los convertidos.

Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, que entonces vivía aún en Jerusalén rogándole lo ayudase. La Virgen le concedió el favor de liberarlo y le pidió que se trasladara a Galicia a predicar la fe, y que luego volviese a Zaragoza.

Probablemente sería en el año 41 cuando llegó a España y permaneció en ella hasta fines del año 42. Recorrió los caminos de Itálica, Mérida, Coimbra, Braga, Iria, Lugo, Astorga, Palencia, Horma, Numancia y Zaragoza, donde se le apareció la Virgen en el Pilar. Después, por el Ebro, pudo tomar la Vía Augusta de Tortosa a Valencia, Chinchilla y Cazlona para regresar desde un puerto murciano o andaluz a Palestina.

Santiago cumplió su misión en Galicia y regresó a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. Una noche, el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara con él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía entonces negarle. De pronto, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado.

Sobre la columna, se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió internamente el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María debía crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén.

Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. En el lugar de la aparición, se levantó lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.

Santiago partió de España, para trasladarse a Jerusalén, como María le había ordenado, dejando a siete discípulos que continuaron su labor evangelizadora.

En este viaje visitó a María en Éfeso. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén, donde al poco tiempo fue hecho prisionero.

Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: “Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición y mi lengua”. Un tullido que se encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: “Ven tú hacia mí y dame tu mano”. El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.

Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: “Tú serás bautizado en tu propia sangre”. Y así se cumplió más adelante, siendo Josías asesinado posteriormente por su fe.

En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.

Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado a unas piedras. Le vendaron los ojos y le decapitaron.

Fue Herodes Agripa, rey de Judea ( Act, XII, 2), nieto de Herodes El Grande,  quien lo manda decapitar con espada. Fue hacia el año 44, y Santiago se convirtió en el primer apóstol en verter su sangre por Jesucristo.

El cuerpo de Santiago estuvo un tiempo en las cercanías de Jerusalén, prohibiéndose que fuese enterrado.

Cuando se desencadenó una nueva persecución contra los cristianos y sus simbologías, su cuerpo fue trasladado por los Apóstoles a la Península Hispánica. En secreto, durante la noche trasladaron su cuerpo hasta la orilla del mar, donde encontraron una barca preparada para navegar pero sin tripulación. Allí depositaron en un sepulcro de mármol el cuerpo del apóstol que llegaría de nuevo a España. Llevado en un bajel hasta Iria Flavia, puerto romano en la costa Gallega. Desembarcaron y caminaron unas 4 leguas hacia septentrión por la antigua vía romana de Iria a Brigatium llegando a Liberodonum,  enterraron su cuerpo en un compostum o cementerio en el cercano bosque de Liberum Donum, donde levantaron un altar sobre el arca de mármol. Elevaron un mausoleo, “Arca marmórica”, según diplomas de Alfondo III, Ordoño II, Ordoño III y Sancho el Craso. Según la tradición, junto al sepulcro de Santiago reposaban los cuerpos de sus discípulos Atanasio y Teodoro.

Apostol Santiago

Tras las persecuciones y prohibiciones de visitar el lugar, se olvidó la existencia del mismo, hasta que en el año 813 el eremita Pelayo observó resplandores y oyó cánticos en el lugar. En base a este suceso se llamaría al lugar Campus Stellae, o Campo de la Estrella, de donde derivaría al actual nombre de Compostela.

El eremita advirtió al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol identificados por la inscripción en la lápida.

Informado el Rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino, edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la Catedral. A partir de esta declaración oficial los milagros y apariciones se repetirían en el lugar, dando lugar a numerosas historias y leyendas como ya hemos contado, destinadas a infundir valor a los guerreros que luchaban contra los avances del islam y a los peregrinos que poco a poco iban trazando el Camino de Santiago.

En el siglo X la peregrinación a Compostela es un hecho consolidado en la cristiandad. Es la época del camino de la costa, más seguro que los del interior, expuestos a las correrías árabes. Será a partir del año 1000 cuando se popularizan las peregrinaciones a Santiago, como antes lo hicieran los romeros con Roma o los palmeros con Jerusalén. Los monarcas comprendieron que mantener el Camino libre y expedito era asegurarse una vía de vital importancia económica, comercial y militar para controlar su territorio.

Dos son los reyes que más apoyarán la ruta jacobea: el navarro Sancho III el Mayor y el castellano Alfonso VI. El Camino se dota de una serie de infraestructuras (calzadas y puentes) y de lugares asistenciales para el peregrino. Fundamentales en este campo han sido las órdenes religiosas hospitalarias, entre las que destaca la de Cluny.

La primera eclosión en las peregrinaciones a Santiago se produce en los siglos XI y XII, coincidiendo con el esplendor del arte románico. En 1122 el Papa Calixto II proclama Año Santo Jacobeo aquel en el que el 25 de julio coincida en domingo. Multitudes de gentes comienzan a llegar de todas partes de Europa dando un toque cosmopolita a las ciudades por las que pasa el camino. El Camino Francés es el más utilizado y por Roncesvalles se constatan miles y miles de peregrinos en estos años, más tarde con la conquista de Zaragoza se habilitaría el ramal de Somport a Puente La Reina. Las antiguas calzadas romanas de Burdeos a Astorga pasando por Vitoria y Briviesca y de Astorga a Iria Flavia sirven de base a la ruta jacobea y surgen gran cantidad de burgos y ciudades que acogen una nueva clase urbana de artesanos y comerciantes, la mayoría francos.

La Reconquista, todo un proceso que transcurre desde el año 711 a 1492 hasta que Granada es tomada por los Reyes Católicos y se cierra el ciclo y la unidad de España.

A partir del siglo XIV el Camino entra en declive, la peste negra ha diezmado la población europea, la cristiandad comienza a dividirse (los protestantes consideraban las peregrinaciones como actos populacheros), el mundo comienza a ensancharse y los monarcas dedican sus esfuerzos a conquistar nuevos mundos.

Allá por el siglo XVI, el Arzobispo de Santiago, Juan San Clemente, ocultó el cuerpo por temor a los ingleses que se aproximaban a la ciudad. Cuando más tarde el Cardenal Payá ocupó la sede de Compostela descubrió nuevamente las reliquias del santo. Inició un minucioso proceso que envió a Roma y finalmente una Bula de León XIII ” Deus omnipotens, del 1 de Noviembre de 1884 ratificó y confirmó la Sentencia de la Comisión Especial de la Sagrada Congregación de Ritos, en la que se declaraban auténticas las reliquias de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro.

La figura de Santiago, como Patrón de España, ha sido acogida a lo largo de toda nuestra historia de reconquista y conquista. Ahora comienza el Descubrimiento de América y de nuevo la figura de Santiago se hace notar: la intervención de Santiago es decisiva, en la mente de los descubridores y conquistadores:   “Y como cayó en tierra se espantaron los yndios y dijeron que abia caído yllapa, trueno y rayo del cielo,… Y asi bajó el señor Santiago a defender a los cristianos. Dizen que vino encima de un cavallo blanco,… y el santo todo armado y su bandera y su manta colorado y su espada desnuda y que venía con gran destrucción y muerto muy muchos yndios y desbarató todo el cerco de los indios a los cristianos que había ordenado Manco Inca y que llevaba el santo mucho ruido y de ellos se espantaron los indios. (..) Y desde entonces los indios al rayo lo llaman y le dicen Santiago…(F. Guaman Poma, 1615)

En los siglos XVII y XVIII se mejoran las comunicaciones y el Camino recobra parte del prestigio y recibe peregrinos ilustres, sin embargo en el XIX los librepensadores, los descubrimientos científicos, la revolución industrial y el desarrollo urbano no se llevan bien con un modo de vida con reminiscencias medievales. Fue tan aguda la crisis que en 1884 el papa León XIII tuvo que declarar verdaderos los restos del Apóstol reaparecidos en unas excavaciones (se habían escondido en el siglo XVI ante las amenazas de las incursiones inglesas comandadas por el pirata Francis Drake).

Concha peregrinaje

Hoy, la peregrinación a Santiago ha recobrado el esplendor de antaño. En 1985 la UNESCO declaró la ruta jacobea como Patrimonio Universal de la Humanidad.

Un santo por las calles de Logroño

Santos cuyas celebraciones son el 26 de Junio: Pelayo, niño, Superio, mártires; Salvio, obispo y mártir; José María Robles Hurtado, sacerdote y mártir; Juan y Pablo, hermanos mártires; Antelmo, Hermogio, Virgilio, Rodolfo, Constantino, Marciano, obispos; Majencio, presbítero; Perseveranda, virgen; David, eremita; José María Escrivá de Balaguer, presbitero y fundador.

En Logroño Pasión (www.logronopasion.com) en la sección del foro “Santoral” ponemos todos los días la vida y otros datos, de alguno de los santos cuya celebración se conmemoran en el día correspondiente del mes. Nuestro santo de hoy, vivió, jugó, paseó, así como estudió e ingresó en el seminario de nuestra ciudad de Logroño.

 

San José María Escrivá de Balaguer, presbítero y fundador.

Nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, siendo el segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás.

Sus padres, fervientes católicos, le llevaron a la pila bautismal el día 13 del mismo mes y año, y le transmitieron en primer lugar, con su vida ejemplar, los fundamentos de la fe y las virtudes cristianas: el amor a la Confesión y a la Comunión frecuentes, el recurso confiado a la oración, la devoción a la Virgen Santísima, la ayuda a los más necesitados.

Crece como un niño alegre, despierto y sencillo, travieso, buen estudiante, inteligente y observador. Tenía mucho cariño a su madre y una gran confianza y amistad con su padre, quien le invitaba a que con libertad le abriese el corazón y le contase sus preocupaciones, estando siempre disponible para responder a sus consultas con afecto y prudencia. Muy pronto, el Señor comienza a templar su alma en la forja del dolor: entre 1910 y 1913 mueren sus tres hermanas más pequeñas, y en 1914 la familia experimenta, además, la ruina económica. En 1915, los Escrivá se trasladan a Logroño, donde el padre ha encontrado un empleo que le permitirá sostener modestamente a los suyos.

En el invierno de 1917-18 tiene lugar un hecho que influirá decisivamente en el futuro de Josemaría Escrivá: durante las Navidades, cae una intensa nevada sobre la ciudad, y un día ve en el suelo las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; son las pisadas de un religioso carmelita que caminaba descalzo. Entonces, se pregunta: Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? De este modo, surge en su alma una inquietud divina: Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Sin saber aún con precisión qué le pide el Señor, decide hacerse sacerdote, porque piensa que de ese modo estará más disponible para cumplir la voluntad divina.


Terminado el Bachillerato, comienza los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y, en 1920, se incorpora al de Zaragoza, en cuya Universidad Pontificia completará su formación previa al sacerdocio. En la capital aragonesa cursa también por sugerencia de su padre y con permiso de los superiores eclesiásticos, la carrera universitaria de Derecho. Su carácter generoso y alegre, su sencillez y serenidad hacen que sea muy querido entre sus compañeros. Su esmero en la vida de piedad, en la disciplina y en el estudio sirve de ejemplo a todos los seminaristas, y en 1922, cuando sólo tenía veinte años, el Arzobispo de Zaragoza le nombra Inspector del Seminario.

Durante aquel periodo transcurre muchas horas rezando ante el Señor Sacramentado -enraizando hondamente su vida interior en la Eucaristía- y acude diariamente a la Basílica del Pilar, para pedir a la Virgen que Dios le muestre qué quiere de él: Desde que sentí aquellos barruntos de amor de Dios -afirmaba el 2 de octubre de 1968-, dentro de mi poquedad busqué realizar lo que El esperaba de este pobre instrumento. (…) Y, entre aquellas ansias, rezaba, rezaba, rezaba en oración continua. No cesaba de repetir: Domine, ut sit!, Domine, ut videam!, como el pobrecito del Evangelio, que clama porque Dios lo puede todo. ¡Señor, que vea! ¡Señor, que sea! Y también repetía, (…) lleno de confianza hacia mi Madre del Cielo: Domina, ut sit!, Domina, ut videam! La Santísima Virgen siempre me ha ayudado a descubrir los deseos de su Hijo.

El 27 de noviembre de 1924 fallece don José Escrivá, víctima de un síncope repentino. El 28 de marzo de 1925, Josemaría es ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza, y dos días después celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar; el 31 de ese mismo mes, se traslada a Perdiguera, un pequeño pueblo de campesinos, donde ha sido nombrado regente auxiliar en la parroquia.

El 2 de octubre de 1928 nace el Opus Dei. San Josemaría está realizando unos días de retiro espiritual, y mientras medita los apuntes de las mociones interiores recibidas de Dios en los últimos años, de repente ve -es el término con que describirá siempre la experiencia fundacional- la misión que el Señor quiere confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado. Pocos meses después, el 14 de febrero de 1930, el Señor le hace entender que el Opus Dei debe extenderse también entre las mujeres.

Desde este momento, San Josemaría se entrega en cuerpo y alma al cumplimiento de su misión fundacional: promover entre hombres y mujeres de todos los ámbitos de la sociedad un compromiso personal de seguimiento de Cristo, de amor al prójimo, de búsqueda de la santidad en la vida cotidiana. No se considera un innovador ni un reformador, pues está convencido de que Jesucristo es la eterna novedad y de que el Espíritu Santo rejuvenece continuamente la Iglesia, a cuyo servicio ha suscitado Dios el Opus Dei. Sabedor de que la tarea que le ha sido encomendada es de carácter sobrenatural, hunde los cimientos de su labor en la oración, en la penitencia, en la conciencia gozosa de la filiación divina, en el trabajo infatigable. Comienzan a seguirle personas de todas las condiciones sociales y, en particular, grupos de universitarios, en quienes despierta un afán sincero de servir a sus hermanos los hombres, encendiéndolos en el deseo de poner a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas mediante un trabajo santificado, santificante y santificador. Éste es el fin que asignará a las iniciativas de los fieles del Opus Dei: elevar hacia Dios, con la ayuda de la gracia, cada una de las realidades creadas, para que Cristo reine en todos y en todo; conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Se comprende así que pudiera exclamar: Se han abierto los caminos divinos de la tierra.

El Opus Dei está dando sus primeros pasos cuando, en 1936, estalla la guerra civil española. En Madrid arrecia la violencia antirreligiosa, pero don Josemaría, a pesar de los riesgos, se prodiga heroicamente en la oración, en la penitencia y en el apostolado. Es una época de sufrimiento para la Iglesia; pero también son años de crecimiento espiritual y apostólico y de fortalecimiento de la esperanza. En 1939, terminado el conflicto, el Fundador del Opus Dei puede dar nuevo impulso a su labor apostólica por toda la geografía peninsular, y moviliza especialmente a muchos jóvenes universitarios para que lleven a Cristo a todos los ambientes y descubran la grandeza de su vocación cristiana. Al mismo tiempo se extiende su fama de santidad: muchos Obispos le invitan a predicar cursos de retiro al clero y a los laicos de las organizaciones católicas. Análogas peticiones le llegan de los superiores de diversas órdenes religiosas, y él accede siempre.

En 1943, por una nueva gracia fundacional que recibe durante la celebración de la Misa, nace -dentro del Opus Dei- la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que se podrán incardinar los sacerdotes que proceden de los fieles laicos del Opus Dei. La plena pertenencia de fieles laicos y de sacerdotes al Opus Dei, así como la orgánica cooperación de unos y otros en sus apostolados, es un rasgo propio del carisma fundacional, que la Iglesia ha confirmado en 1982, al determinar su definitiva configuración jurídica como Prelatura personal. El 25 de junio de 1944 tres ingenieros -entre ellos Álvaro del Portillo, futuro sucesor del Fundador en la dirección del Opus Dei- reciben la ordenación sacerdotal. En lo sucesivo, serán casi un millar los laicos del Opus Dei que San Josemaría llevará al sacerdocio.

Apenas vislumbró el fin de la guerra mundial, San Josemaría comienza a preparar el trabajo apostólico en otros países, porque -insistía- quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica. En 1946 se traslada a Roma, con el fin de preparar el reconocimiento pontificio del Opus Dei. El 24 de febrero de 1947, Pío XII concede el decretum laudis; y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva. A partir de esta fecha, también pueden ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei hombres y mujeres no católicos y aun no cristianos, que ayuden con su trabajo, su limosna y su oración a las labores apostólicas.

Estaba profundamente convencido de que para alcanzar la santidad en el trabajo cotidiano, es preciso esforzarse para ser alma de oración, alma de profunda vida interior. Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado.

La raíz de la prodigiosa fecundidad de su ministerio se encuentra precisamente en la ardiente vida interior que hace de San Josemaría un contemplativo en medio del mundo: una vida interior alimentada por la oración y los sacramentos, que se manifiesta en el amor apasionado a la Eucaristía, en la profundidad con que vive la Misa como el centro y la raíz de su propia vida, en la tierna devoción a la Virgen María, a San José y a los Ángeles Custodios; en la fidelidad a la Iglesia y al Papa.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, San Josemaría muere en su habitación de trabajo, a consecuencia de un paro cardiaco, a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen a la que dirige su última mirada. Las obras de espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer (Camino, Santo Rosario, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, La Iglesia, nuestra Madre, Via Crucis, Surco, Forja) se han difundido en millones de ejemplares.

Fue beatificado por Su Santidad San Juan Pablo II, el 17 de mayo de 1.992 y canonizado por el mismo pontífice, el 6 de octubre de 2.002.

Corpus Christi 2017 Logroño

Custodia

«Mi carne es verdadera comida, y mi Sangre verdadera bebida; el que come mi Carne, y bebe mi Sangre, en Mí mora, y Yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mi.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor.

Los días 17 y 18 de Junio, se celebrarán los actos programados para la solemnidad del Corpus Christi, fiesta popular especialmente por su procesión.
Los actos organizados por el Cabildo de la S. I. Concatedral de La Redonda son los indicados en el cartel anunciador de este año.

Canto Eucarístico

Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor.

Dios está aquí, venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor.

Gloria a Cristo Jesús, cielos y tierra bendecid al Señor.

Honor y gloria a Ti, Rey de la Gloria, amor por siempre a Ti,

Dios del amor.

Gloria a Cristo Jesús, cielos y tierra bendecid al Señor.

Honor y gloria a Ti, Rey de la Gloria, amor por siempre a Ti,

Dios del amor.

Unamos nuestra voz a los cantares del coro celestial.

Dios está aquí, al Dios de los altares alabemos con gozo angelical.

Gloria a Cristo Jesús, cielos y tierra bendecid al Señor.

Honor y gloria a Ti, Rey de la Gloria, amor por siempre a Ti,

Dios del amor.

Gloria a Cristo Jesús, cielos y tierra bendecid al Señor.

Honor y gloria a Ti, Rey de la Gloria, amor por siempre a Ti,

Dios del amor.

Una y otra vez, nos viene el recuerdo del famoso dicho popular  “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”.  

En España, entre otro sitios y lugares, dos de esto tres jueves, han sido modificados de día dentro de la semana, pasándolos al domingo siguiente a la correspondiente festividad con alguna excepción en la del “Corpus Christi” que se sigue celebrando en algunas ciudades el mismo jueves correspondiente.

La celebración se lleva a cabo el jueves después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, que a su vez tiene lugar el domingo después de Pentecostés (es decir, Corpus Christi se celebra 60 días después del Domingo de Resurrección). Específicamente, Corpus Christi es el jueves que sigue al noveno domingo después de la primera luna llena de primavera del hemisferio norte; aunque en aquellos lugares en que no es festivo como ya hemos comentado, cosa habitual en nuestra Comunidad Autónoma de La Rioja,  se traslada al domingo siguiente.

Corpus Christi, en latín, “Cuerpo de Cristo” o Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, antes llamada Corpus Domini “Cuerpo del Señor”, es la principal finalidad de proclamar y aumentar la fe de los católicos con la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

En muchos lugares es una fiesta de especial relevancia y en varios países es un día festivo oficial (ciertas partes de España, Austria, partes de Alemania y Suiza, Brasil, República Dominicana, Bolivia, Croacia, Polonia, Trinidad y Tobago, Portugal, Perú y Venezuela). En España dejó de ser un día festivo hace algunos años, excepto en los municipios donde es fiesta local, y desde entonces la Iglesia lo celebra el domingo siguiente.

Las celebraciones del Corpus suelen incluir una procesión en la que la hostia, el mismo Cuerpo de Cristo, se exhibe en una custodia e incluso saliendo con toda solemnidad por las calles de las ciudades.

Otra costumbre de igual sentimiento, es engalanar los balcones con flores y adornos o emblemas de entidades y asociaciones religiosas, que serán verdaderas exposiciones en los diferentes recorridos de cada localidad.

Estas celebraciones del Día de Corpus Christi, se remontan a los años 1192-1258 y hasta la fecha estas festividades de la Iglesia Católica se realizan en muchos países del mundo.

En 1264 el papa Urbano IV extendió a toda la Iglesia la fiesta del Corpus Christi que ya se celebraba en Lieja (Bélgica) desde 1246.

Pero Daroca (Aragón) fue la primera población de España, y posiblemente del mundo, en la que desde veinticinco años antes ya se celebraba una fiesta pública en honor del Santísimo Sacramento. Tuvo esta su origen en el “milagro de los corporales” que más adelante contaremos y dichos corporales se veneran actualmente en la parroquia de Santa María.

En 1239, el párroco, don Mateo Martínez, celebraba la misa en la que iba a consagrar, además de la suya, seis hostias para la comunión de los capitanes de las tropas cristianas que se preparaban para conquistar el castillo de Chio en poder de los árabes.

El ataque inesperado de los moriscos, inmediatamente después de la consagración, obligó a todos a abandonar la misa y a enfrentarse a los atacantes. El sacerdote comulgó rápidamente y, para que las seis hostias recién consagradas no fueran profanadas, las ocultó bajo unas piedras; obtenida la victoria, cuando regresó al pedregal para recuperarlas las encontró teñidas en sangre y pegadas a los corporales en los que habían estado envueltas. Estos fueron a partir de entonces como la bandera que animaba a los soldados cristianos en sus luchas contra los enemigos de la fe en un tiempo en el que la península ibérica estaba sometida al Islam.

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Palio Logroño

Nuestra festividad del Corpus Christi está unida a la tradición de confeccionar las alfombras florales ó de otros materiales como semillas, arenas ó serrín teñido, etc… En infinidad de localidades y en muchos pueblos, es habitual ésta costumbre de adorna sus calles con el colorido de miles de pétalos ordenados para formar vistosas imágenes en el suelo de sus calles. Otras, utilizan los otros materiales pero la finalidad es la misma. Preparan sus calles para dejar el arte y dedicación de los autores de esas alfombras para hacer de esta celebración, algo muy especial, al igual que con las custodias, ostensorios, palios, carrozas, y otros objetos muy singulares, según en cada localidad.En nuestra ciudad de Logroño, tal y como lo recoge en un inmejorable trabajo, nuestro ilustre conciudadano y Académico C. de la Real Academia de la Historia D. José María Lope de Toledo, también desde hace muchísimos años (siglo XVI) está documentado como se desarrollaban dichas festividades y sus procesiones.

Dejo el enlace para que poder disfrutar del texto.  dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/61502.pdf

En la fiesta entrañable del Cuerpo y la Sangre del Señor invito a los lectores a meditar el soneto que escribió el que fuera vicario general de nuestra Diócesis, José Luis Moreno (+ 23.6.2009)

 A JESUCRISTO, PAN DE VIDA

Grano terrestre de origen divino,
que naciste en Belén por mi sustento,
tuviste en Nazaret florecimiento
y en tu Jerusalén era y destino.

La cruz en que moriste fue molino
que convierte en harina y sacramento
tu cuerpo triturado, testamento
que paga al hombre en pan su desatino.

Llamaste a tu sacerdote ya contigo
al gozo del Reino verdadero
invitado a la mesa del amigo.

Concédele, Señor, como postrero
Don celeste consagrar tu buen trigo
y ejercer junto a ti su ministerio.

 

¿Pero cómo y cuando se inicia esta festividad?

En el siglo XIII había prácticas religiosas que eran tildadas de herejías por la jerarquía católica porque se apartaban peligrosamente de las enseñanzas doctrinales de la Iglesia.

Estas prácticas convivían al mismo tiempo con ciertas creencias ancestrales de origen natural. La mayoría eran pervivencias atávicas de determinados rituales paganos, que tampoco tenían nada que ver con las enseñanzas de la Iglesia oficial, pero que el pueblo compaginaba con las prácticas cristianas.

Es en este contexto cuando nace la festividad del Corpus Christi. En aquella época, todas estas corrientes contradictorias y opuestas en el seno de la misma Iglesia católica acabaron estableciendo una verdadera guerra de milagros entre las diferentes posturas con el fin de validar la tendencia que cada uno defendía. La mayoría de estos hechos visionarios y milagrosos se centraban en el Sacramento de la Eucaristía y se acabaron convirtiendo en cruciales para defender los postulados oficiales emanados de la jerarquía eclesiástica.

Una de las herejías más divulgadas del momento, y uno de los detonantes originarios de la institución del Corpus, fue la profesada por Berenguer de Tours, que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No hace falta decir que esta teoría no gustaba nada a la Iglesia oficial, cansada por otra parte de tantas heterodoxias, debates y polémicas religiosas y que veía entonces cómo alguien atacaba directamente uno de los postulados básicos de su doctrina.

En Lieja, Bélgica, una religiosa cisterciense llamada Juliana de Bethune (1192-1258) tuvo una visión que interpretó como la necesidad de instituir una celebración a la presencia de Jesús en la Eucaristía.

La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont de Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella comunicó esta visión a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez con los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

El Papa Urbano IV instituyó pues la celebración del Corpus Christi para la Iglesia Católica Universal, fijándola el Jueves después de la fiesta de la Santísima Trinidad.

Por otro lado, se cuenta que en el año 1264 el Padre Pedro de Praga, Bohemia, dudaba sobre el misterio de la transustanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Acudió así en peregrinación a Roma para pedir sobre la tumba de San Pedro la gracia de una fe fuerte.

De regreso de Roma, Dios se le manifestó de manera milagrosa ya que cuando celebraba la Santa Misa en Bolsena, en la cripta de Santa Cristina, la Sagrada Hostia sangró llenando el Corporal de la Preciosa Sangre.

La noticia del prodigio llegó pronto al Papa Urbano IV, que se encontraba en Orvieto, ciudad cercana a Bolsena. Hizo traer el corporal y, al constatar los hechos, instituyó definitivamente la Solemnidad de Corpus Christi. El mismo Papa Urbano IV encargó a Santo Tomás de Aquino la preparación de un oficio litúrgico propio para esta fiesta y la creación de cantos e himnos para celebrar a Cristo Eucaristía. Entre los que compuso está la sublime secuencia “Lauda Sion” que se canta en la Misa de Corpus Christi.

El año 1290 el Papa Nicolás IV, a petición del clero y del pueblo, colocó la primera piedra de la nueva catedral de Orvieto donde aún se encuentra la sagrada reliquia.

Esta fiesta se comenzó a celebrar en Lieja en 1246, siendo extendida a toda la Iglesia occidental por el Papa Urbano IV en 1264, teniendo como finalidad proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Presencia permanente y substancial más allá de la celebración de la Misa y que es digna de ser adorada en la exposición solemne y en las procesiones con el Santísimo Sacramento que entonces comenzaron a celebrarse y que han llegado a ser verdaderos monumentos de la piedad católica.

Ocurre, como en la solemnidad de la Trinidad, que lo que se celebra todos los días tiene una ocasión exclusiva para profundizar en lo que se hace con otros motivos. Este es el día de la eucaristía en sí misma, ocasión para creer y adorar, pero también para conocer mejor la riqueza de este misterio a partir de las oraciones y de los textos bíblicos asignados en los tres ciclos de las lecturas.

El Espíritu Santo después del dogma de la Trinidad nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia, que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos extraordinarios de la Redención. Si Jesucristo en la cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la víspera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de la Pasión. El altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz.

La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». Como Cristo al ser hecho Hijo que recibió la vida eterna del Padre, los cristianos participan de Su eterna vida uniéndose a Jesús en el Sacramento, que es el símbolo más sublime, real y concreto de la unidad con la Víctima del Calvario.

Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por medio de la Eucaristía, es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamente disfrutaremos en el Cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo conmemoraremos después en el Cielo ya sin velos» (Concilio de Trento).

Veamos en la Santa Misa el centro de todo culto de la Iglesia a la Eucaristía, y en la Comunión el medio establecido por Jesús mismo, para que con mayor plenitud participemos de ese divino Sacrificio; y así, nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.

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El Sacramento de la Sagrada Eucaristía

La Eucaristía es el Sacramento que contiene verdaderamente el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, juntamente con su Alma y Divinidad, toda la Persona de Cristo vivo y glorioso, bajo las apariencias de pan y vino.

El concilio de Trento define claramente esta verdad, fundamental para la vivencia y adoración de Cristo: ” En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, juntamente con su Alma y Divinidad. En realidad Cristo íntegramente.”

Como católicos, creemos que Jesucristo está personalmente presente en el altar siempre que haya una hostia consagrada en el sagrario. Es el mismo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que andaba por los caminos de Galilea y Judea. Creemos que El viene ahora como nuestro huésped personal, cada vez que recibimos la Santa Comunión.

La Eucaristía es uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo para que participemos de la vida de Dios. Es el mayor de todos los sacramentos, porque contiene a Cristo mismo, el Autor Divino de los Sacramentos.

Hay tres aspectos o momentos en la Eucaristía. El primero se dice real Presencia de Cristo en el altar, siempre que haya una hostia consagrada en el Sagrario. Segundo, la Eucaristía como sacrificio, que es la Misa. Y tercero, la Santa Comunión.

La palabra Eucaristía, derivada del griego, significa “Acción de gracias”. Se aplica a este sacramento, porque nuestro Señor dio gracias a su Padre cuando la instituyó. Además, porque el Santo Sacrificio de la Misa es para nosotros el mejor medio de dar gracias a Dios por sus beneficios.

La Sagrada Eucaristía es el verdadero centro del culto católico, el corazón de la fe. Y porque creemos que el hijo de Dios está verdaderamente presente en el Sacramento del altar, construimos bellas iglesias, ricamente adornadas.

El Sacrificio de la Misa no se limita a ser mero ritual en recuerdo del sacrificio del Calvario. En él, mediante el ministerio sacerdotal, Cristo continua de forma incruente el Sacrificio de la Cruz hasta que se acabe el mundo.

La Eucaristía es también comida que nos recuerda la Ultima Cena; celebra nuestra fraternidad en Cristo y anticipa ya el banquete mesiánico del Reino de los Cielos.

Por la Eucaristía, se da Jesús mismo, Pan de Vida, en alimento a los cristianos para que sean un pueblo más grato a Dios, amándole más y al prójimo por Él.

Se reserva la Eucaristía en nuestras iglesias como ayuda poderosa para orar y servir a los demás. Reservar el Santísimo Sacramento significa que, al terminar la comunión, el Pan consagrado que sobra se coloca en el Sagrario y allí se guarda reverentemente. La Eucaristía en el Sagrario es un signo por el cual Nuestro Señor está constantemente presente en medio de su pueblo y es alimento espiritual para enfermos y moribundos.

Debemos agradecimiento, adoración y devoción a la real presencia de Cristo reservado en el Santísimo Sacramento.

Las tumbas de los mártires, las pinturas murales de las catacumbas y la costumbre de reservar el Santísimo Sacramento en las casas de los primeros cristianos durante las persecuciones, ponen de manifiesto la unidad de la fe en los primeros siglos del Cristianismo sobre la doctrina de la Eucaristía, en la cual Cristo realmente se contiene, se ofrece y se recibe. De la Eucaristía sacó fuerzas toda la Iglesia para luchar valerosamente y conseguir brillantes victorias. La Eucaristía es el centro de toda la vida sacramental, pues es de capital importancia para unir y robustecer la Iglesia.

La novena en honor del Sacramento de la Sagrada Eucaristía puede hacerse muchas veces durante el Año Litúrgico, para ahondar nuestra fe en este gran misterio de amor, centro de toda la vida sacramental de la Iglesia. Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por los Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306. El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta.

Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Juan Pablo II ha exhortado a que se renueve la costumbre de honrar a Jesús en este día llevándolo en solemnes procesiones.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

Las procesiones son a modo de públicas manifestaciones de fe; y por eso la Iglesia las fomenta y favorece hasta con indulgencias. Pero la más solemne de todas las procesiones es la de Corpus Christi. En ella se cantan himnos sagrados y eucarísticos de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico y de la Eucaristía. Algunos de los himnos utilizados tradicionalmente son: Pange lengua; Sacris solemniis; Verbum supérnum; Te Deum, al terminar la procesión; y, Tantum ergo, al volver de la procesión, en torno del altar para finalizar.

 

Oración y plegaria

Alaba, alma mía, a tu Salvador;

alaba a tu guía y Pastor con himnos y cánticos.

Pregona su gloria cuanto puedas,

porque Él está sobre toda alabanza,

y jamás podrás alabarle lo bastante.

El tema especial de nuestros loores

es hoy el Pan vivo y que da Vida.

El cual no dudamos fue dado en la mesa

de la Sagrada Cena a los doce Apóstoles.

Sea, pues, llena, sea sonora, sea alegre,

sea pura la alabanza de nuestra alma.

Porque celebramos solemnemente el día

en que este divino Banquete fue instituído.

En esta mesa del nuevo Rey,

la Pascua nueva de la Nueva Ley

pone fin a la Pascua antigua.

Instruídos, con sus santos mandatos,

consagramos el pan y el vino,

que se convierten en Hostia de salvación.

Es dogma para los cristianos,

que el pan se convierte en carne,

y el vino en sangre.

Lo que no comprendes y no ves,

una fe viva lo atestigua,

fuera de todo el orden de la naturaleza.

Bajo diversas especies,

que son accidente y no sustancia,

están ocultos los dones más preciados.

Su Carne es alimento y Su Sangre bebida;

mas todo entero está bajo cada especie.

Se recibe íntegro, sin que se le quebrante ni divida;

recíbese todo entero.

Recíbelo uno, recíbenlo mil;

y aquél le toma tanto como éstos,

pues no se consume al ser tomado.

Recíbenlo los buenos y los malos;

pero con desigual resultado,

pues sirve a unos de vida,

y a otros de condenación y muerte.

Es muerte para los malos,

y vida para los buenos;

mira cómo un mismo alimento

produce efectos tan diversos.

Cuando se divide el Sacramento,

no vaciles, sino recuerda que Jesucristo

tan entero está en cada parte,

como antes en el todo.

Ninguna partición hay en la sustancia,

tan sólo hay partición de los accidentes,

sin que se disminuya ni el estado,

ni la estatura del que está representado.

He aquí el Pan de los Ángeles,

hecho alimento de viandantes;

es verdaderamente el Pan de los hijos,

que no debe ser echado a los perros.

Estuvo ya representado

por las figuras de la antigua Ley,

en la inmolación de Isaac,

en el sacrificio del Cordero Pascual,

y en el Maná dado a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero,

¡oh Jesús! apiádate de nosotros.

Apaciéntanos y protégenos;

haz que veamos los bienes

en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo los sabes y puedes,

que nos apacientas aquí

cuando somos aún mortales,

haznos allí tus comensales,

coherederos y compañeros

de los santos ciudadanos del Cielo.

Amén. Aleluya

Procesión del Corpus Christi en la ciudad de Logroño

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Corpus Logroño 3

Corpus Logroño 4

Corpus Logroño 5

Imágenes de la carroza del Viático, una pieza barroca del siglo XVIII

Carroza

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Carroza 1

Tres personas distintas en un solo DIOS verdadero.

 

Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas distintas un solo Dios verdadero y reciben una misma adoración y gloria.

 

El Padre. Es increado e inengendrado.

El Hijo. No es creado sino engendrado eternamente por el Padre.

El Espíritu Santo. No es creado, ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo

Trinidad

No hay nada creado, nada sujeto a otro en la Trinidad: tampoco hay nada que haya sido añadido como si alguna vez no hubiera existido, pero que llegó luego: por lo tanto, el Padre nunca ha estado sin el Hijo, ni el Hijo sin el Espíritu: y esta misma Trinidad es inmutable e inalterable por los siglos de los siglos.

 

“Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la Santísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue” escribía San Ruperto en el siglo XII, y esta fecha para la celebración está muy bien escogida, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”

Santisima Trinidad 3

Es el lugar más apropiado del año litúrgico para esta celebración. Por el Espíritu Santo llegamos a creer y a reconocer la trinidad de personas en el único Dios. Habiendo celebrado todos los misterios de Cristo, la Iglesia echa una mirada de agradecimiento a la obra completa de la redención. Desde la contemplación de las obras maravillosas de Dios nos volvemos a considerar la vida interna de la Divinidad.

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él, y con él, el mismo y único Dios. La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo y por el Hijo que junto al Padre  revela que él es con ellos, el mismo Dios único. Por ello creemos y decimos “Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. Decía San Agustín “El Espíritu Santo procede del Padre en cuanto fuente primera y, por el don eterno de este al Hijo, del Padre y del Hijo en comunión”

Por la gracia del bautismo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la tierra, en  la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna. Esta es nuestra fe cristiana y católica: veneramos a un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es una sola divinidad. Las personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.

 

Evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor.

Santisima Trinidad 2

Historia de la Festividad

La historia de esta fiesta, comenzó a celebrarse hacia el año 1000, tal vez un poco antes. Parece ser que fueron los monjes los que asignaron el domingo después de Pentecostés para su celebración. Anteriormente existía una misa votiva y oficio en honor de la Trinidad pero no día de su fiesta como tal.

Las iglesias diocesanas comenzaron a seguir el ejemplo de los monjes benedictinos y cistercienses y en los dos siglos siguientes, la celebración se extendió por toda Europa.

En el año 1334,  el papa Juan XXII la introdujo como fiesta de la Iglesia universal.

El domingo de la Santísima Trinidad es de institución relativamente tardía pero fue precedido por siglos de devoción al misterio que celebra. Tal devoción arranca del mismo Nuevo Testamento pero lo que le dio especial impulso fue la lucha de la Iglesia contra las herejías de los siglos IV y V.

El arrianismo negaba la divinidad de Cristo. En el año 325, el concilio de Nicea afirmó que Cristo es coeterno y consustancial con el Padre, y así condenó el arrianismo. Esto fue reafirmado en el concilio de Constantinopla en el año 381 que declaró además que el Espíritu Santo es distinto del Padre y del Hijo pero consustancial, igual y coeterno con ellos.

La antigua iglesia hispánica en los siglos V al VII, enseñó magníficamente la fe trinitaria, sobre todo en los concilios de Toledo, y de su liturgia procede el prefacio propio de esta solemnidad. Es consolador saber que nuestro Dios es “Uno sólo, pero no solitario” como se dijo en el Concilio VI de Toledo en el año 638, “amor puro que sólo busca darse de forma creadora y llevarnos a participar en su unidad vital eterna.”

El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Hemos contemplado en las alturas, anchuras y larguras admirablemente proporcionadas de esos edificios, el símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se le representó por una mano, que sale de las nubes y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV ya se añadió la cara y luego el busto del Padre, en el cual desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por la juventud. Desde el siglo XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del siglo XIII lleva la cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se le representó a lo primero por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de entre ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el siglo XV un hombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre sí o en la mano, para distinguirle así de las otras dos divinas personas. Más desde el siglo XVI la paloma torna a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

Santisima Trinidad 1

La oración de nuestra FE y que contiene los principios y las creencias fundamentales de ella.  Credo de Nicea – Constantinopla (también conocido como “Credo Largo”)

Creo en un solo Dios,
Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros lo hombres,
y por nuestra salvación
bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.

Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo bautismo
para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.

Credo Apostólico ( “Credo corto”)

Es el llamado “Símbolo de los apóstoles”, conservado en la antigua Iglesia de Roma, la Iglesia de Pedro. Es más antiguo que el de Nicea-Constantinopla.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen;
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén

Festividad de Pentecostés. Tercera persona de la Santísima Trinidad

Una vez que Jesucristo hubo ascendido al Cielo, los testigos de aquel hecho maravilloso regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado. Y cuando llegaron, subieron al Cenáculo donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús, y sus hermanos (Hechos de los Apóstoles 1, 12-14).

Espíritu Santo

Origen de la fiesta.

Pentecostés (del griego Πεντηκοστή (ημέρα), Pentekosté (heméra)

Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. La fiesta de pentecostés originalmente se denominaba “fiesta de las semanas” y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos. Las siete semanas representaban cincuenta días y de ahí el nombre que recibió más tarde. Se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo y era pues una fiesta movible dependiendo de cuándo llegaba cada año la cosecha, pero tendría lugar casi siempre durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro Mayo/Junio. En su origen tenía un sentido fundamental de acción de gracias por la cosecha recogida, pero pronto se le añadió un sentido histórico: se celebraba en esta fiesta el hecho de la alianza y el don de la ley,  Ley entregada a Moisés. Con esta fiesta, recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre. La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés. Es en este marco de la fiesta judía es donde surge nuestra actual celebración cristiana de Pentecostés.

La Promesa del Espíritu Santo. Durante la Última Cena, Jesús promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17). Más adelante les dice: “He dicho estas cosas mientras estoy con vosotros; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.” (San Juan 14, 25-26). Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Os conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,… muchas cosas tengo todavía que deciros, pero no os las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,… y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14).

Jesús y Espíritu

Explicación de la fiesta.

Cumplían el mandato de Jesús, pues les había dicho que aguardaran en la Ciudad Santa el envío del Consuelo prometido, esperaron diez días su llegada, todos alrededor de María. Al perder la compañía física de su Maestro, los más íntimos se reúnen en torno a su Madre, que tanto les recordaría a Jesús: en las facciones, en el timbre de la voz, en el mirar cariñoso y maternal, en las delicadezas de su corazón y, sobre todo, en la paz que derramaba alrededor.

Además de los Apóstoles y de las santas mujeres, estaban los parientes más cercanos del Señor, esos mismos que antes habían dudado de Él, y que ahora, convertidos, se estrechan en torno a la Virgen de Nazaret.

Es fácil imaginar la vida en aquel Cenáculo, que debía de ser amplio para acoger a tantas personas. Los datos de la tradición no permiten asegurar con certeza de quién era aquella casa, aunque dos hipótesis parecen las más seguras: o bien se trataba de la casa de la madre de Marcos, el futuro evangelista, a la que se refiere más adelante el texto sagrado ( Hch 12, 12), o bien pudo ser la casa que la familia de Juan el evangelista tenía en la Ciudad Santa. En cualquier caso, la oración unánime de los discípulos con María produjo enseguida un primer resultado: la elección de Matías para ocupar el puesto de Judas Iscariote. Una vez completado el número de los doce Apóstoles, continuaron rezando en espera de la efusión del Espíritu Santo que Jesús les había prometido.

Pero no todo era rezar: debían ocuparse de muchas más tareas; aunque, en el fondo, todo lo que hacían era verdadera oración, porque su pensamiento estaba de continuo en Jesús y tenían con ellos a María. Podemos imaginar las conversaciones convertidas en verdaderas tertulias con la Virgen María. Después de haber visto a Cristo resucitado y contemplado su ascensión al Cielo, deseaban conocer muchos detalles de la vida de su Maestro , su niñez, su adolescencia etc. Y allí estaba la Madre, evocando aquellos recuerdos siempre vivos en su corazón: el anuncio de Gabriel en los años ya lejanos de Nazaret, los desposorios con José, a quien muchos de ellos no habían llegado a conocer, el nacimiento en Belén, la adoración de los pastores y los magos, la huida a Egipto, la vida de trabajo en el taller de Nazaret…

¡Cuántos temas brindaban y preparaban las palabras de María a la oración de los discípulos! ¡Con qué nueva luz debieron ver todos los sucesos vividos junto al Maestro, en sus tres años de acompañarle por tierras de Palestina! Junto a María, la Virgen fiel, se encendía en ellos la fe, la esperanza y el amor: la mejor preparación para recibir al Espíritu Santo.

Pentecostés

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar a cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: ¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios. Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros ¿Qué significa esto? Otros en cambio decían riéndose ¡Están llenos de vino nuevo! Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras… Hechos de los Apóstoles 2,1-14

La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado.

Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de San Pedro, quien confirma en su fe a los discípulos, quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles, quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús. En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.

Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre anunció el Señor a sus discípulos y os dará otro Consuelo para que esté con vosotros eternamente  Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida.

 

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El Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, tres personas distintas en un solo Dios verdadero, nos ayuda a asimilar la doctrina de Cristo, nos da la fuerza necesaria para vivir nuestros compromisos bautismales y no deja de venir a nosotros constantemente.

¿Porqué el Espíritu Santo nos ayuda a asimilar la doctrina de Cristo?.

La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo: el Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Nos manifiesta al Señor resucitado, nos recuerda su palabra y abre su mente para entender su muerte y resurrección. Con frecuencia notamos que tenemos ideas claras sobre la doctrina católica. Si nos hicieran un examen, probablemente sacaríamos todos, una buena nota. Pero una cosa es saberlo y otra es vivirlo. Necesitamos una ayuda especial para poder ir formando nuestra conciencia moral, y esta ayuda viene del Espíritu Santo.

En realidad, el verdadero artífice de una conciencia bien formada es el Espíritu Santo, quien, por un lado, señala la voluntad de Dios como norma suprema de comportamiento, y por otro lado, derrama en el alma las virtudes y dones, suscita en el corazón del hombre la íntima aspiración a la voluntad divina hasta hacer de ella su alimento.

Con mucha frecuencia no vemos claramente el por qué la Iglesia nos exige ciertos comportamientos morales. En esas ocasiones tenemos que acudir a una mano de ayuda.

Y esa mano superior, es la del Espíritu Santo. El puede enseñarnos y guiarnos para que nuestro juicio podamos hacerlo coincidir con el de Dios.

¿Cómo nos da el Espíritu Santo,  la fuerza necesaria para vivir nuestros compromisos cristianos hechos desde el bautismo?

La vida cristiana es una opción que debemos renovar a diario, todos los días. Dios nos deja libres. En cualquier momento cabe la posibilidad de echarnos atrás, de quedarnos indiferentes, de ser unos cristianos “domesticados” como ciertos animales que sólo sirven para adornar el hogar, pero que ya no son agresivos porque están domados.

Muchos de nosotros hacemos domesticar y recortarla a una medida cómoda. Hecha a nuestra medida. Una conciencia para andar por casa, una conciencia mansa, que nos presenta los grandes principios morales suavizados, y que nos ahorra sobresaltos, remordimientos y angustias. Ante las faltas, sabe encontrar justificantes y atenuantes: Estás muy cansado, los demás también lo hacen, actué con recta intención, lo hice por un bueno fin, apliqué sentido común.

¿El Espíritu Santo viene constantemente a nosotros?.

El Espíritu Santo, nunca deja de venir, nunca nos deja sin su ayuda.

Experimentamos muchas venidas del Espíritu Santo durante nuestra vida. Las más notables, cuando recibimos los sacramentos. Por medio de cada sacramento, el Espíritu Santo, verdadero artífice de nuestra santificación, va dibujando y acabando su gran obra en nosotros, que es nuestra transformación en Cristo.

Además de estas venidas sacramentales del Espíritu Santo, hay otras que son menos espectaculares, como su influencia sobre nuestra conciencia moral, y por ello no menos importantes ni pierden esa importancia. Para el alma en estado de gracia, la voz de la conciencia viene a ser la voz del Espíritu Santo, que ante ella se hace portador del querer del Padre celestial.

Nuestra vida debería ser un constante diálogo con el Espíritu Santo. Es imposible vivir la vida cristiana, cumplir con el principio y fundamento… sin esta colaboración con este  divino Huésped del alma, el Espíritu Santo.

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Señales del Espíritu Santo.

El viento, el fuego, la paloma. Estos símbolos nos revelan los poderes que el Espíritu Santo nos da: El viento es una fuerza invisible pero real. Así es el Espíritu Santo. El fuego es un elemento que limpia. Por ejemplo, se prende fuego al terreno para quitarle las malas hierbas y poder sembrar buenas semillas. En los laboratorios médicos para purificar a los instrumentos se les prende fuego. El Espíritu Santo es una fuerza invisible y poderosa que habita en nosotros y nos purifica de nuestro egoísmo para dejar paso al amor. Nombres del Espíritu Santo: El Espíritu Santo ha recibido varios nombres a lo largo del nuevo Testamento: el Espíritu de verdad, el Abogado, el Paráclito, el Consolador, el Santificador.

Misión del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es santificador: Para que el Espíritu Santo logre cumplir con su función, necesitamos entregarnos totalmente a Él y dejarnos conducir dócilmente por sus inspiraciones para que pueda perfeccionarnos y crecer todos los días en la santidad.

El Espíritu Santo mora en nosotros: Como ya se ha indicado anteriormente, en San Juan 14, 16, encontramos la frase: “Yo rogaré al Padre y os dará otro abogado que estará con vosotros para siempre”. También, en I Corintios 3. 16 dice: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?”. Es por esta razón que debemos respetar nuestro cuerpo y nuestra alma. Está en nosotros para obrar porque es “dador de vida” y es el amor. Esta aceptación está condicionada a nuestra aceptación y libre colaboración. Si nos entregamos a su acción amorosa y santificadora, hará maravillas en nosotros.

El Espíritu Santo ora en nosotros: Necesitamos de un gran silencio interior y de una profunda pobreza espiritual para pedir que ore en nosotros el Espíritu Santo. Dejar que Dios ore en nosotros siendo dóciles al Espíritu. Dios interviene para bien de los que le aman.

El Espíritu Santo nos lleva a la verdad plena, nos fortalece para que podamos ser testigos del Señor, nos muestra la maravillosa riqueza del mensaje cristiano, nos llena de amor, de paz, de gozo, de fe y de creciente esperanza. El Espíritu Santo y la Iglesia: Desde la fundación de la Iglesia el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es quien la construye, anima y santifica, le da vida y unidad y la enriquece con sus dones. El Espíritu Santo sigue trabajando en la Iglesia de muchas maneras distintas, inspirando, motivando e impulsando a los cristianos, en forma individual o como Iglesia entera, al proclamar la Buena Nueva de Jesús. Por ejemplo, puede inspirar al Papa a dar un mensaje importante a la humanidad; inspirar al obispo de una diócesis para promover un apostolado; etc. El Espíritu Santo asiste especialmente al representante de Cristo en la Tierra, el Papa, para que guíe rectamente a la Iglesia y cumpla su labor de pastor del rebaño de Jesucristo. El Espíritu Santo construye, santifica y da vida y unidad a la Iglesia. El Espíritu Santo tiene el poder de animarnos y santificarnos y lograr en nosotros actos que, por nosotros, no realizaríamos. Esto lo hace a través de sus siete dones.

Los siete dones del Espíritu Santo.

Estos dones son regalos de Dios y sólo con nuestro esfuerzo no podemos hacer que crezcan o se desarrollen. Necesitan de la acción directa del Espíritu Santo para poder actuar con ellos.

SABIDURÍA: Nos permite entender, experimentar y saborear las cosas divinas, para poder juzgarlas rectamente.

ENTENDIMIENTO: Por él, nuestra inteligencia se hace apta para entender intuitivamente las verdades reveladas y las naturales de acuerdo al fin sobrenatural que tienen. Nos ayuda a entender el porqué de las cosas que nos manda Dios.

CIENCIA: Hace capaz a nuestra inteligencia de juzgar rectamente las cosas creadas de acuerdo con su fin sobrenatural. Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo.

CONSEJO: Permite que el alma intuya rectamente lo que debe de hacer en una circunstancia determinada. Nos ayuda a ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el camino del bien.

FORTALEZA: Fortalece al alma para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Nos ayuda a no caer en las tentaciones que nos ponga el demonio.

PIEDAD: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos.

TEMOR DE DIOS: Le da al alma la docilidad para apartarse del pecado por temor a disgustar a Dios que es su supremo bien. Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él.

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Oración al Espíritu Santo

LAS ALAS DEL ESPÍRITU SANTO

–Dame, Espíritu Santo, tus alas de SABIDURIA. Para apreciar, no tanto las letras con las que se es poderoso en la tierra, cuanto el deseo de ver a Dios en las pequeñas cosas de cada jornada. No es sabio quien sabe sino aquel, que es consciente de que sabe poco.

-Dame, Espíritu Santo, tus alas de INTELIGENCIA. Para que pueda descubrir tantos secretos escondidos que, aparentemente, son inapreciables a mi vista. Que te vea en lo invisible.

-Dame, Espíritu Santo, tus alas de CONSEJO. Para que pueda conducir lo que digo y hago, lo que me dicen y lo que me hacen, hacia la voluntad de Dios. Que no me equivoque ni equivoque.

-Dame, Espíritu Santo, tus alas de FORTALEZA. Para que, en las dificultades en el vuelo de mi existencia cristiana, me sienta protegido y arropado por la mano poderosa de Dios.

-Dame, Espíritu Santo, tus alas de CIENCIA. Para no anteponer la fe a la cultura, para iluminar los acontecimientos del mundo con la transparencia de la fe. Que no me acobarde cuando no me entiendan ni comprendan mis planteamientos cristianos.

Dame, Espíritu Santo, tus alas de PIEDAD. Para que nunca me olvide del Señor que habita en el cielo y, por otro lado, para que no viva de espaldas a los sufrimientos de los que viven en la tierra.

-Dame, Espíritu Santo, tus alas de TEMOR DE DIOS. Para que pueda huir de mi vanidad y egocentrismo y, en cambio, sepa valorar la presencia de un Dios que –al final de mis días- me espera.
Que, sabiendo que Dios me aguarda, camine en la tierra con la sensación de que no puedo permitir aquello que me distancia de El.

Javier Leoz Ventura