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“¡Regocijaos! El Señor cerca está”

Gaudete es el nombre que recibe el tercer domingo de Adviento en el calendario litúrgico cristiano.

Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca).

Con ese término, se pretende animar al pueblo Cristiano a continuar con la preparación para la Solemnidad de la Natividad del Señor.

El color litúrgico usado, en las vestiduras del celebrante correspondiente a este domingo, es el rosado. No obstante, no es obligatorio el uso de este color, por lo que con cierta frecuencia se continúa vistiendo el color general del Tiempo de Adviento, es decir, el color morado.

 

Anviento CasullaGaudate casulla

Este tiempo de Adviento, se originó como un ayuno de cuarenta días en preparación para la Natividad, comenzando el día después de la fiesta de San Martín (12 de noviembre), de aquí que a menudo se le llamara la “Cuaresma de San Martín” nombre por el que se le conocía en el siglo V. La introducción de dicho ayuno de Adviento se puede datar en esas fechas porque no hay evidencia de que se celebrase la Navidad el 25 de diciembre, antes de finales del siglo IV.

En el siglo IX, la duración del Adviento se redujo de cinco a cuatro semanas; la primera alusión a la temporada acortada se encontró en una carta del Papa San Nicolás I a los búlgaros, y hacia el siglo XII el ayuno había sido ya reemplazado por una simple abstinencia.

El Papa San Gregorio I el Magno, fue el primero en redactar un Oficio para el Adviento, y el Sacramentario Gregoriano es el primero que señala Misas propias para los domingos de Adviento. En ambos (Oficio y Misa) se hace ya indicación para cinco domingos, pero hacia el siglo X el número usual eran cuatro, aunque algunas iglesias de Francia, observaban cinco domingos también en el siglo XIII.

Sin embargo, a pesar de todas estas modificaciones, el Adviento conservó muchas de las características de los tiempos penitenciales lo que lo hacía como un equivalente de la Cuaresma, y correspondiendo el tercer domingo de Adviento, mitad de este tiempo litúrgico, una similitud con el “laetare” o domingo de mitad de la Cuaresma.

En éste, al igual que el citado domingo de “laetare”, se permitía usar el órgano y las flores, prohibidos durante el resto de la estación; se permitía el uso de vestimentas color rosa en lugar del púrpura o negro como anteriormente; el diácono y subdiácono reasumieron el uso de la dalmática y de la túnica en la Misa principal, y los cardenales usaban color rosa en lugar del púrpura. Todas estas marcas características han continuado usándose y son la disciplina actual de la Iglesia Latina.

3º domingo adviento Gaudete

El domingo de “gaudete”, por lo tanto, hace un alto, como el domingo de “laetare”, a medio camino a través de una temporada que de otra manera es de carácter penitencial, y significa la cercanía de la venida del Señor.

De las “estaciones” que se celebran en Roma los cuatro domingos de Adviento, la de la basílica del Vaticano se le asigna el de este domingo “gaudete”, siendo el más importante de los cuatro domingos.

Tanto en el Oficio como en la Misa a través del Adviento, se hace referencia continua a la segunda venida de nuestro Señor, y esto se enfatiza en el tercer domingo por medio de la adición de signos de felicidad y alegría permitidos para ese día. El domingo de “gaudete” está marcado además por una nueva invitación, la Iglesia no invita ya a los fieles o laicos meramente a adorar “al Señor que va a venir”, sino que les llama a un saludo de alegría porque “el Señor está cerca y al alcance de la mano”.

Las lecturas de la profecía de Isaías, describen la venida del Señor y las bendiciones que resultan de ella, y las antífonas de vísperas hacen eco de las promesas proféticas. Los constantes aleluyas enfatizan la alegría de la espera, que ocurren tanto en el Oficio como en la Misa a través de todo la temporada. En la Misa, el introito “Gaudete in Domino temper” resalta la misma nota, y da su nombre al día. La epístola de nuevo nos incita a regocijarnos y nos urge a prepararnos para encontrarnos con el Salvador a través de oraciones, súplicas y acciones de gracia, mientras que el Evangelio, San Juan Bautista nos advierte que el Cordero de Dios está incluso ahora entre nosotros, aunque parezca que no le conocemos.

El espíritu del Oficio y de la liturgia a través de todo el Adviento es una espera y preparación para la Natividad o Navidad así como para la segunda venida de Cristo, y los ejercicios penitenciales, que han sido adecuados para ese espíritu, son suspendidos en el domingo de “gaudete” para simbolizar la alegría y el regocijo por la redención prometida, que nunca deben estar ausentes del corazón de todos nosotros, los fieles.

 

MI ALEGRIA ERES TU, SEÑOR

Vienes en silencio y tus pasos, Señor,
producen en mi, calma, seguridad y paz.
Necesito, Señor, un poco de tu mundo:
De tu gozo, para mi corazón triste
De tu alegría, para mi alma esquiva
De tu mano, en mis caminos inciertos

¡VEN, SEÑOR!

Y hazme recuperar la alegría perdida
El gusto por vivir, despertando cada mañana
La esperanza en tanta hora triste
Porque Tú, Señor, eres alegría
haz que mis dos ojos brillen
con el resplandor de la felicidad
con el encanto de la fe
con la virtud de la caridad

MI ALEGRIA ERES TU, SEÑOR

Porque vienes y te sientas a mi lado
Porque compartes mi condición humana
sabiendo lo frío, que tantas veces,
se encuentra mi corazón y mi pensamiento.
Porque, siendo Dios, apuestas fuerte por mí
Porque, estando en el cielo,
plantas tu tienda
en medio de tanta incertidumbre y viento
que sacude a nuestro viejo mundo

MI ALEGRIA ERES TU, SEÑOR

Por eso te doy gracias y bendigo tu nombre
Espero tu llegada y preparo mi interior
Anhelo la Noche Santa de la Navidad
y afino las cuerdas de mi alma,
con la verdad, la espera, el silencio,
la humildad o la vigilancia.
Sólo sé, mi Señor, que mi alegría
con tu llegada y por tu Nacimiento
eres Tú, Señor.

AMÉN

D. Javier Leóz Ventura.

“kecharitomene” Purísima Inmaculada Concepción de María.

 

La concepción es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres. La concepción es pues, el momento en que comienza la vida humana.

Cuando hablamos del dogma de la Inmaculada Concepción no nos referimos a la concepción de Jesús quién, claro está, también fue concebido sin pecado. El dogma declara que María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir, María es la “llena de gracia” desde su concepción.

La Encíclica “Fulgens corona”, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre»

Fundamento Bíblico

La Biblia no menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada Concepción, como tampoco menciona explícitamente muchas otras doctrinas que la Iglesia recibió de los Apóstoles. La palabra “Trinidad”, por ejemplo, no aparece en la Biblia. Pero la Inmaculada Concepción se deduce de la Biblia cuando ésta se interpreta correctamente a la luz de la Tradición Apostólica.

El primer pasaje que contiene la promesa de la redención (Genesis 3:15) menciona a la Madre del Redentor. Es el llamado Proto-evangelium, donde Dios declara la enemistad entre la serpiente y la Mujer. Cristo, la semilla de la mujer (María) aplastará la cabeza de la serpiente. Ella será exaltada a la gracia santificante que el hombre había perdido por el pecado. Solo el hecho de que María se mantuvo en estado de gracia puede explicar que continúe la enemistad entre ella y la serpiente. El Proto-evangelium, por lo tanto, contiene una promesa directa de que vendrá un redentor.  Junto a Él se manifestará su obra maestra: La preservación perfecta de todo pecado de su Madre Virginal.

En Lucas 1:28 el ángel Gabriel enviado por Dios le dice a la Santísima Virgen María «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.». Las palabras en español “Llena de gracia” no hace justicia al texto griego original que es “kecharitomene” y significa una singular abundancia de gracia, un estado sobrenatural del alma en unión con Dios. Aunque este pasaje no “prueba” la Inmaculada Concepción de María ciertamente lo sugiere.

El Apocalipsis narra sobre la «mujer vestida de sol» (Ap 12,1).  Ella representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la Santísima Virgen, en virtud de una gracia singular. Ella es toda esplendor porque no hay en ella mancha alguna de pecado. Lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Con la bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, proclamó como dogma de fe, la Inmaculada Concepción de María que por una gracia especial de Dios, fue preservada de todo pecado desde su concepción.

Con la bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, proclamó como dogma de fe, la Inmaculada Concepción de María que por una gracia especial de Dios, fue preservada de todo pecado desde su concepción.

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

 

¿Pero, que es un Dogma de fe?

El significado de dogma, es la creencia, doctrina o proposición sobre cuya verdad no se admiten dudas dentro de una religión cuyo acatamiento se exige a todos los fieles.

 

La Inmaculada Concepción en los primeros siglos

En los primeros siglos del cristianismo, los Santos Padres no se propusieron el problema de la Concepción Inmaculada de María. Pero la doctrina sobre el privilegio de María está contenida, como el árbol en la semilla, en las enseñanzas de los mismos Padres al contraponer la figura de María a la de Eva en relación con la caída y la reparación del género humano; al exaltar, con palabras sumamente encomiásticas, la pureza admirable de la Virgen; y al tratar sobre la realidad de su maternidad divina. Tres principios de la ciencia sobre María que dejaron firmísimamente sentados los primeros Doctores de la Iglesia.

La Inmaculada Concepción hasta la Edad Media

A partir del siglo IV, la Iglesia occidental no corre pareja con la oriental, en profesar la Concepción Inmaculada de María. La herejía nestoriana que atacó directamente, única en la historia, la prerrogativa máxima de la Virgen, su divina maternidad, y que iba extendiéndose en el siglo V, ofreció más frecuente ocasión y aun necesidad de exaltar la soberana figura de la Bienaventurada Madre de Dios; al paso que en Occidente, en esta misma época, el hereje Pelagio desfiguraba el concepto de pecado original y sus funestas consecuencias en los hombres, por lo que los Padres se ven constreñidos a tratar antes de la universalidad del pecado que de la gloriosa excepción que representa la Virgen.

  • En la Iglesia oriental

Encontramos el esforzado defensor de la maternidad divina de María, San Cirilo, que escribe: «¿Cuándo se ha oído jamás que un arquitecto se edifique una casa y la deje ocupar por su enemigo?». No se puede expresar más claramente la idea de la Concepción Inmaculada.

Teodoto de Ancira dice: «Virgen inocente, sin mancha, santa de alma y cuerpo, nacida como lirio entre espinas». Y en otra parte: «María aventaja en pureza a los serafines y querubines». Y Proclo, secretario de San Juan Crisóstomo, en el mismo siglo V, dice de María que está formada «de barro limpio», es decir, de naturaleza humana, pero incontaminada.

En el siglo VI, leemos en un himno compuesto por San Jaime Nisibeno: «Si el Hijo de Dios hubiera encontrado en María una mancha, un defecto cualquiera, sin duda se escogiera una madre exenta de toda inmundicia». Y a la santidad de María la califica de «Justicia jamás rota».

San Teófanes alaba así a María: «Oh, incontaminada de toda mancha». Y en otra parte: «El purísimo Hijo de Dios, como te hallase a Ti sola purísima de toda mancha, o totalmente inmune de pecado, engendrado de tus entrañas, limpia de pecados a los creyentes».

San Andrés de Creta: «No temas, encontraste gracia ante Dios, la gracia que perdió Eva… Encontraste la gracia que ningún otro encontró como Tú jamás».

Y en la carta a Sergio, aprobada por el Concilio Ecuménico VI, Sofronio dice de María: «Santa, inmaculada de alma y cuerpo, libre totalmente de todo contagio».

En adelante, la palabra Inmaculada, Purísima, ya no se refiere directamente a la sola virginidad de María. A medida que van adelantando los siglos se va perfilando con mayor precisión la idea de la Concepción Inmaculada.

Y así en el siglo VIII podemos leer estas palabras tan claras de San Juan Damasceno: «En este paraíso (María) no tuvo entrada la serpiente, por cuyas ansias de falsa divinidad hemos sido asemejados a las bestias».

En los siglos IX y X se contornea aún con mayor claridad la Concepción sin mancha de María. San José el Himnógrafo: «Inmune de toda mancha y caída, la única Inmaculada, sin mancha, sola sin mancha», dice de la Virgen.

Queda claro que en oriente, ya tiene éste significado preciso y concreto: la exención de María del pecado original. Además, desde el siglo VII la Iglesia oriental celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción, aunque no fuera universalmente. Sobre el significado de la fiesta dice San Juan de Eubea: «Si se celebra la dedicación de un nuevo templo, ¿cómo no se celebrará con mayor razón esta fiesta tratándose de la edificación del templo de Dios, no con fundamentos de piedra, ni por mano de hombre? Se celebra la concepción en el seno de Ana, pero el mismo Hijo de Dios la edificó con el beneplácito de Dios Padre, y con la cooperación del santísimo y vivificante Espíritu». Como se observará, en estas palabras se menciona la creación de María y, asimismo, su santificación, como insinúa la alusión al Espíritu Santo a quien se apropia.

  •   En la Iglesia occidental

En la Iglesia occidental, el proceso hasta llegar a la confesión clara y paladina de la Concepción Inmaculada de María resultó más lento debido a circunstancias especiales que lo entorpecieron. Pero el concepto que los Santos Padres manifiestan tener de la grandeza espiritual y moral de la excelsa Madre de Dios no desmerece ni cede en nada al de los orientales. La admisión de una mancha en María hubiera producido en Occidente, al igual que en el Oriente, un escándalo entre los fieles, y hubiera chocado con la idea que se profesaba sobre la santidad eximia de la Bienaventurada Virgen. Y en efecto, de ello echó mano el hereje Pelagio para atacar a su contrincante San Agustín, en la discusión sobre el pecado original que aquél negaba. Juliano, discípulo del hereje, escribía dirigiéndose al Obispo de Hipona: «Tú entregas a María al diablo por razón del nacimiento», es decir, si afirmas que el pecado original se trasmite por generación natural, María fue súbdita del diablo, porque de esta manera descendió y de este modo fue concebida por sus padres.

A esto contestó el Santo Doctor: «La condición del nacimiento se destruye por la gracia del renacimiento». Se discute si, con estas palabras, el santo Obispo admitió la Inmaculada Concepción. Pero es lo cierto que nuestro Doctor enseña que los pecados actuales tienen su origen en el pecado original. «Nadie, dice, está sin pecado actual, porque nadie fue libre del original». Ahora bien, opina que María no tuvo pecado actual alguno. «Excepto la Virgen María, de la cual no quiero, por el honor debido al Señor, suscitar cuestión alguna cuando se trata de pecado… Si pudiéramos congregar todos los santos y santas… cuando aquí vivían, ¿no es verdad que unánimemente hubieran exclamado: Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañamos y no hay verdad en nosotros?». Así, según el principio que sienta el mismo Santo Doctor, hemos de concluir que María careció del pecado original.

En esta misma época, hacia el 400, encontramos el máximo poeta cristiano Prudencio que, interpretando la fe de la Iglesia en la pureza sin mancha de María, canta en escogidos versos: «La víbora infernal yace, aplastada la cabeza, bajo los pies de la mujer. Por aquella virgen, que fue digna de engendrar a Dios, es disuelto el veneno, y retorciéndose bajo sus plantas, vomita impotente su tóxico sobre la verde yerba».

En el siglo V, San Máximo escribe estas palabras: «María, digna morada de Cristo, no por la belleza del cuerpo, sino por la gracia original».

Al revés de lo que sucede en Oriente, en Occidente, a medida que van avanzando los siglos, se habla con mayor cautela sobre este asunto. No que se nuble por completo la creencia en la Concepción Inmaculada de María, pues sabemos que pronto comenzó a celebrarse su fiesta, sino que los autores eclesiásticos, por la autoridad de San Agustín, cuya opinión sobre este misterio es dudosa, y ante la necesidad de defender el dogma cierto de la universalidad del pecado original y sus consecuencias, se ven constreñidos antes a tratar de este punto que a establecer e ilustrar la excepción que constituye María a la ley universal del pecado.

Buena prueba de que la fe en este glorioso privilegio de María no quedó ofuscada nos la suministra la Liturgia. Se dice que en el siglo VII, y por obra de San Ildefonso, Arzobispo de Toledo, ya se celebraba la fiesta de la Concepción Inmaculada en España. Algunos, empero, dudan de la autenticidad del documento en que se apoyan los que lo defienden. Pero con toda seguridad se celebraba ya en el siglo IX, como aparece por el calendario de mármol de Nápoles, que reza: «Día 9 de diciembre, la Concepción de la Santa Virgen María». La fecha de la celebración (la misma en que la celebran los orientales) indica que la fiesta transmigró de Oriente, con el que mantenía intensa relación comercial Nápoles. No es ésta la única constancia que queda de la celebración litúrgica. Por los calendarios de los siglos IX, X y XI sabemos que se celebraba también en Irlanda e Inglaterra.

Pero, a pesar de la celebración litúrgica, el significado de la solemnidad no estaba teológicamente fijado. Y no deja de llamar la atención que fuese, San Bernardo,  el Santo quizás más devoto de María, quien frenase los impulsos del pueblo cristiano, suscitando la discusión teológica más enconada de la historia de los dogmas.

Habiendo llegado a sus oídos que los monjes de Lyón, en 1140, introdujeron la fiesta, el Santo Abad les escribió una carta vehementísima, reprobando lo que él llama una innovación «ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua». La carta es uno de los mejores documentos para probar la gran devoción del Santo a María. Cada vez que la nombra, la pluma le rezuma unción, y con la inimitable galanura de estilo que le caracteriza, convence al lector de que en todo el raciocinio no hay ni brizna de pasión. Impugna el privilegio porque así cree deber hacerlo.

A pesar del enorme prestigio del santo Doctor, su carta no quedó sin réplica. El primero que replicó a la misma, Pedro Comestor, ya hace notar la confusión de San Bernardo en el asunto, y distingue entre la concepción del que concibe, es decir, el acto de los padres, y la concepción del ser concebido. Ni faltó tampoco, como en toda polémica, la frase dura y encendida de parte del contradictor: «Dos veces -escribió Nicolás, monje de San Albano- fue traspasada el alma de María: en la Pasión de su Hijo y en la contradicción de su Concepción».

Llegado al Concilio de Trento, al hablar de la universalidad del pecado original, aunque no define el dogma de la excepción de María, significó su opinión con estas palabras: «Declara, sin embargo, este santo Concilio que, al hablar del pecado original, no intenta comprender a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, sino que hay que observar sobre esto lo establecido por Sixto IV». Este Papa, ya en 1483, casi 4 siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

Apenas se hallará una Orden religiosa que no pueda presentar nombres ilustres de grandes teólogos que favorecieron la prerrogativa de la Virgen, contribuyendo a su triunfo. La Compañía de Jesús puede presentar a Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Toledo, Suárez, San Pedro Canisio, San Roberto Belarmino y otros muchos más. La gloriosa Orden Dominicana, el celebérrimo Ambrosio Catarino, Tomás Campanella, Juan de Santo Tomás, San Vicente Ferrer, San Luis Beltrán y San Pío V, papa, etc. La Orden Carmelitana, ya en 1306, determinó celebrar la fiesta en el Capítulo General reunido en Francia, y los agustinos defendieron también la prerrogativa de la Virgen ya en 1350.

La definición dogmática de la Inmaculada

La contribución de España al triunfo del Dogma de la Inmaculada Concepción merecería capítulo aparte, bien nutrido y glorioso, Habría que recordar como  significativas, las legaciones que reyes españoles hacen a los Sumos Pontífices pidiendo la definición del dogma. Por eso Pío IX quiso que el monumento a la Inmaculada, después de su definitivo oráculo, se levantara en la romana Plaza de España.

El Papa Pío IX, es quien decidió dar el último paso para la suprema exaltación de la Virgen, definiendo el dogma de su Concepción Inmaculada. Dícese que en las tristísimas circunstancias por las que atravesaba la Iglesia, en un día de gran abatimiento, el Pontífice decía al Cardenal Lambruschini: «No le encuentro solución humana a esta situación». Y el Cardenal le respondió: «Pues busquemos una solución divina. Defina S. S. el dogma de la Inmaculada Concepción».

Para dar este paso, el Pontífice quiso conocer la opinión y parecer de todos los Obispos, pero al mismo tiempo le parecía imposible reunir un Concilio para la consulta. La Providencia le salió al paso con la solución. Una solución sencilla, pero eficaz y definitiva. San Leonardo de Porto Maurizio había escrito una carta al Papa Benedicto XIV, insinuándole que podía conocerse la opinión del episcopado consultándolo por correspondencia epistolar…

La carta de San Leonardo fue descubierta en las circunstancias en que Pío IX trataba de solucionar el problema que hizo exclamar al Papa: «Solucionado». Al poco tiempo conoció el parecer de toda la jerarquía. Por cierto que un obispo de Hispanoamérica pudo responderle: «Los americanos, con la fe católica, hemos recibido la creencia en la preservación de María». Hermosa alabanza a la acción y celo de nuestra Patria.

Y el día 8 de diciembre de 1854, rodeado de la solemne corona de 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud ingentísima de pueblo, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen: «La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

Estas palabras, al parecer tan sencillas y simples, están seleccionadas una a una, y tienen resonancia de siglos. Son eco, autorizado y definitivo, de la voz solista que cantaba el común sentir de la Iglesia entre el fragor de las disputas de los teólogos de la Edad Media.

 

 

MARÍA, VIRGEN SANTÍSIMA, MADRE INMACULADA DESDE SU CONCEPCIÓN,

MADRE DE DIOS HECHO HOMBRE Y MADRE DE TODA LA HUMANIDAD.

Inmaculada

A ella dirijamos nuestra mirada en este tiempo de Adviento. A María, que preparó a conciencia el primer y verdadero adviento. Nadie como Ella supo interpretar los signos de los tiempos, sintiendo que el Señor estaba cerca, Ella oró como nadie con el Salmo 24: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza”

Cuando le fue propuesta la maternidad, nada menos que del mismísimo Hijo de Dios, no quiso decir que no. Su vida fue un “sí “rotundo a los planes de Dios. Ella con su sí, propició que el Dios lejano se hiciera nuestro, y a partir de la encarnación de su Hijo, Dios tuviera otro título que antes no tenía: “Emmanuel”, el Dios con nosotros, el Salvador, el que puso su tienda entre nosotros. Quién mejor que Ella para abrir y disponer nuestros corazones para que esta Navidad no tenga las características de ser sólo una fiesta más, o mejor la fiesta de las fiestas, donde hay de todo, pero donde se siempre sentimos un vacío, no tanto por las cosas de las que no se pude disponer para la fiesta y el festejo, sino precisamente por no haber dispuesto el corazón, para hacer el Adviento, la llegada, la recepción y la acogida para el recién nacido.

Navidad es o debe ser, un festejo anticipado de la Pascua del Señor. Sin su encarnación, no hubiera sido posible ni la entrega, ni la redención, ni la cruz; pero tampoco la Resurrección y la vuelta de los hijos de Dios a la casa, al Reino, a los brazos amorosos del buen Padre Dios.

La Navidad nos hermanará en torno al Divino Niño, nos hará compadecernos y enternecernos a la vista de quien se convierte en la presencia más cercana del Dios de los Cielos, y de la tierra. Y María, su Madre, nuestra Madre es un signo anticipado de Limpieza, de belleza, de santidad, de perfección, de plenitud, de vida nueva, de victoria pascual. Es un anticipo del ideal humano, del proyecto que Dios había soñado para el hombre. Un modelo, por lo tanto, para cada persona humana, para cada creyente, para la Iglesia, para la humanidad. Lo que tanto soñamos y deseamos es posible, en María se ha realizado ya.

María en la alegre aurora, cuando aparecen las primeras luces del día, cuando está amaneciendo y admiramos los tonos de color que vencen la oscuridad de la noche y nos alegramos. María es la luz de la mañana, que además de ofrecernos claridad y un nuevo día, nos llena de alegría. Así es María, Virgen Inmaculada, suave luz que anuncia victoria sobre el pecado y la muerte, señal segura de que se acerca el día, buena noticia para todos los hijos de la noche, causa de nuestra nuestro contento. Alegría verdadera, porque nos garantiza salvación y victoria. Después de tantos fracasos, después de tantas derrotas, por fin podemos levantar cabeza. El poder de las tinieblas ha sido superado. En la Madre aparece un punto de luz primero, como una flor, pero la luz va creciendo hasta el encanto. Es un regalo, no sólo para los ojos, sino para toda el alma.

Virgen Santísima, que agradaste al Señor y fuiste su Madre; inmaculada en el cuerpo, en el alma, en la fe y en el amor! Por piedad, vuelve benigna los ojos a los fieles que imploran tu poderoso patrocinio.
La maligna serpiente, contra quien fue lanzada la primera maldición, sigue combatiendo con furor y tentando a los miserables hijos de Eva.
¡Ea, bendita Madre, nuestra Reina y Abogada, que desde el primer instante de tu concepción quebrantaste la cabeza del enemigo!
Acoge las súplicas de los que, unidos a ti en un solo corazón, te pedimos las presentes ante el trono del Altísimo para que no caigamos nunca en las emboscadas que se nos preparan; para que todos lleguemos al puerto de salvación, y, entre tantos peligros, la Iglesia y la sociedad canten de nuevo el himno del rescate, de la victoria y de la paz.
Amén.

A la espera del Señor.

adviento

Hemos comenzamos nuevo tiempo litúrgico y nuevo Año Litúrgico, que comenzamos hoy en éste primer domingo de diciembre.

Para empezar, nos saltamos o mejor dicho hemos eliminado ese tiempo de preparación al que hoy, como ya hemos mencionado, entramos de lleno.

El sentido del Adviento, es avivar en los creyentes la espera del nacimiento del niño Jesús, Nuestro Señor y prepararnos para la celebración de la Navidad. Pero ¿Qué navidad preparamos?

Año tras año, y cada vez con más fuerza y con más anticipación, nos preparan y participamos con muchísimo entusiasmos de ello, en la festividad más adulterada y desvirtuada de las que conocemos.

Los grandes problemas cotidianos de muchas personas, siguen presentes antes durante y después de la Navidad. Los que duermen en la calle lo siguen haciendo, los ladrones siguen robando, los maltratadores maltratando, muchas personas en el mundo sin poder comer, los telediarios siguen dando las mismas porquerías de noticias que todos los días, los programas de ocio-basura siguen sin fallar día tras día, en un palabra, el odio, el desamor, la avaricia, codicia y la deshumanización, siguen presentes en nuestras vidas.

Si bien es verdad que algunas personas se vuelven especialmente cariñosos en esta época, las familias aparcan de momento sus desencuentros, parece que nos esforzamos por llevarnos bien, por demostrar lo bueno que tenemos y que llevamos dentro, de nuestros buenos propósitos y sentimientos y que podemos ofrecer a nuestros amigos y al resto de nuestro prójimo todo ello.

Grandes comidas y cenas de familias, de amigos, de compañeros de trabajo y de empresas, haciendo la imagen de llevarse bien o por lo menos de procurarlo. Intentamos desde nuestras limitadas posibilidades, cambiar el mundo para hacerlo un sitio más justo, dónde reine la paz entre nosotros y todas esas cosas….Todo momentáneo y de cualquier manera, falso.

La realidad es otra bien distinta. En el mundo hay mucha necesidad e injusticia. Muchos millones de personas mueren de hambre y enfermedades. Hay muchos, muchos necesitados.

No es necesario irnos a buscarlos a países lejanos como por ejemplo en África o en otros continentes, no. Los tenemos al lado nuestro, en nuestra ciudad, en nuestras calles, en nuestro mismo portal. Porqué ahora y más que nunca, nuestros hermanos de piso, de edificio, de calle, de barrio, de parroquia, etc…, están necesitados, muy necesitados.

Ahora más que nunca, debemos dejar de lado esos suntuosos gastos llamados de Navidad y ofrecer cuanta ayuda podamos para cubrir las necesidades de nuestros hermanos en Cristo. Nos vendrá muy bien para nuestro propio bolsillo, para ayuda del prójimo, solidarizándonos con ellos y sobre todo para nuestra conciencia, pues estaremos volviendo a la NAVIDAD que Dios espera de todos nosotros. Ojala fuera así y que todos los días fueran Navidad, pero Navidad de la buena.

Hemos perdido el sentido de esa verdadera Navidad y no precisamente por habernos hecho mayores en lo referente a la edad, no. Nos falta cada vez más ese llamado “espíritu de la Navidad”, del que tanto se habla y tan poco se nota.

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“Y su Reino, no tendrá fin.”

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

El año litúrgico llega a su fin. Desde que lo comenzamos, hemos ido recorriendo el círculo que describe la celebración de los diversos misterios que componen el único y gran misterio de Cristo: desde el anuncio de su venida (Adviento), su nacimiento (Navidad), presentación al mundo (Epifanía) hasta su muerte y resurrección (Ciclo Pascual), y la cadencia semanal del ciclo ordinario de cada domingo.

La festividad que ahora celebramos, es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico donde celebramos que Cristo, “el ungido”, es sin duda, el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace más de dos mil años, pero reinará definitivamente sobre todos los hombres, cuando vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, el camino hacia el Reino de Dios. “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.

Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.  La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.

Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

Un poco de historia sobre esta festividad.

La Solemnidad de esta festividad originalmente fue promulgada e instaurada por el Romano Pontífice Pío XI el día 11 de diciembre de 1925 a través de su encíclica “Quas primas”. Al conmemorar el año Jubilar, en el XVI centenario del I Concilio Ecuménico de Nicea que definió y proclamó el dogma de la consubstancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de incluir las palabras…y su reino no tendrá fin, en el Símbolo o “Credo Apostólico”, promulgando así la real dignidad de Cristo, quedó establecido para su celebración, el domingo anterior al día de Todos los Santos (1 de noviembre).

Tras la reforma litúrgica de Su Santidad el Papa Beato Pablo VI en 1969, la fiesta cambia de nombre, llamándose Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Desde 1970, esta solemnidad se celebra el último domingo del Año Litúrgico del rito romano, per amnum, es decir el quinto domingo anterior a la Navidad por lo tanto, su fecha varía u oscila entre los días 20 y 26 de noviembre y se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido, al cierre del año litúrgico y así se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

La Iglesia, ciertamente no había esperado dicha fecha para celebrar el soberano señorío de Cristo: Epifanía, Pascua, Ascensión, son también fiestas de Cristo Rey, y sí Pío XI estableció esa fiesta, fue como él mismo dijo explícitamente en la encíclica con una finalidad de pedagogía espiritual. Con ella se pretende motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de nuestra Iglesia es Cristo Rey y como principal objetivo es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.

Escribió el cardenal Ratzinger (Benedicto XVI): «…la fiesta de Cristo Rey es reciente, pero su contenido es tan viejo como la misma fe cristiana. Pues la palabra «Cristo» no es otra cosa que la traducción griega de la palabra Mesías: el Ungido, el Rey. Jesús de Nazaret, el hijo crucificado de un carpintero, es hasta tal punto Rey, que el título de “rey” se ha convertido en su nombre. Al denominarnos nosotros cristianos, nosotros mismos nos denominamos como la «gente del rey», como hombres que reconocemos en Él al Rey…».

Jesús reina desde la cruz, que es su TRONO o lo que esa cruz simboliza. El Reino de Jesús se construye desde el amor que se entrega y da la vida por los hermanos. Servir es reinar. No cabe otra lectura. La fuerza de este reino no son las divisiones acorazadas sino tan solo el amor dispuesto a entregar la vida. En este Reino no cabe la sangre derramada por el poder de las armas, sino la sangre derramada de uno mismo que la pone al servicio de los demás.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:
“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;
“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;
“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;
“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

VIVA JESUCRISTO REY.

“EUNTES”: Id y anunciad el Evangelio

Actos del sábado día 17 de noviembre

De 10,00 a 14,00

Recepción y montajes de todas las imágenes en sus respectivas andas para su preparación ante la salida procesional de la tarde.

A las 16,30

Comienzo de la Eucaristía. Los asistentes deberán estar en sus localidades asignadas un hora antes

A las 18,00

Inicio de la magna procesión con el siguiente recorrido: Desde la Plaza de Toros de La Ribera, calle La Ribera, Avda. de Doce Ligero, Avda. de la Paz, Portales, Plaza del Mercado, Portales, Plaza Martínez Zaporta, calle Mayor, Travesía de Santiago, hasta la Iglesia de Santiago El Real, donde concluirá sobre las 22,30.

Abrirá la procesión la imagen de la Virgen de la Esperanza, “CELESTIAL PATRONA ANTE DIOS DE LA CIUDAD DE LOGROÑO” y “ALCALDESA MAYOR DE LA MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD DE LOGROÑO”. Cerrará todo el cortejo la imagen de Nuestra Señora la Virgen de Valvanera, CELESTIAL PATRONA PRINCIPAL DE LA DIÓCESIS DE CALAHORRA, LA CALZADA Y LOGROÑO. 

 

Presentación de la Misión Diocesana

El obispo de la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño, Monseñor Carlos Escribano ha presidido el acto de presentación de la Misión Diocesana a la sociedad riojana.

Monseñor Carlos Escribano, invita a todo el Pueblo de Dios a una conversión pastoral, pone a la Iglesia en La Rioja en un estado de misión permanente y envía a los cristianos de toda La Rioja a evangelizar, contando con una rica herencia recibida y un rico presente y destacando los tres escenarios donde se desarrollará la Misión Diocesana. Estos tres escenarios comprenden:

  • En primer lugar, aquellos cristianos que, estando inmersos de algún modo en la vida de la Iglesia, no han descubierto todavía el potencial evangelizador al que les anima su bautismo. Este es el escenario en el que trascurre de modo habitual nuestra pastoral ordinaria, que estamos llamados a transformar.

  • En segundo lugar, aquellos que han pertenecido a la Iglesia pero que, por diversas circunstancias, se han separado de la misma. Participan ocasionalmente de la eucaristía (fiestas, funerales…) pero no están vinculados afectiva ni efectivamente a ninguna comunidad cristiana.

  • En tercer lugar, los ausentes. Aquellos hombres y mujeres totalmente alejados de la Iglesia, para quienes el hecho religioso no tiene relevancia. Leer el resto de esta entrada »